Serie Los del Podio
17 de octubre de 2023

Serie Los del podio II. Cap 4. Isabel Palacios

Serie Los del podio II. Cap 4. Isabel Palacios

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Este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabela Iturriza, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Gian Carlos Caravaggio. También puedes seguir la transmisión en vivo en mundour.com, debes buscar la pestaña de radio en vivo, bajar y darle clic en Unión Radio 90.3. Recuerda que nos puedes seguir en arroba Mundo UR Web y arroba Radio Escuela UR.

Los del Podio, segunda temporada. Hoy tenemos el gusto, el honor de contar con Isabel Palacios en el estudio. Te saludamos Isabel, un gusto que estés aquí.

Gracias Rafael, un placer estar aquí. Vale, muchas gracias, vamos a comenzar. Isabel, con esa casa a la que tú llegas, hija de Gonzalo Palacio Herrera y de Luisa Zuloaga de las Casas, conocida como pintora, como Luisa Palacios. A tu mamá la conocí mucho, a tu papá muy poco, pero entiendo que tu papá era un aficionado taurino importante y un hombre cercano a las fiestas de celebraciones en la vida.

Sí, papá es una persona muy lúdica. Sí, fue torero, llegaron unas copas y todos como novilleros. Y formó parte de la comisión taurina muchas veces junto con mi tío Oscar Palacios, los dos eran taurinos.

Así es que recuerdo de pequeña haber ido a los encierros y al sorteo sobre todo, al sorteo de los toros, y a los toros, muy chiquitica, en el Nuevo Circo de Caracas. Y papá, un bailador, bailaba muy bien, cantaba muy lindo, tenía amigos muy particulares. Era amigo del Trío Calavera, que era amigo de Pedro Vargas, entonces las rumbas cantando en mi casa eran serenatas a mi mamá, parece que eran antológicas, con ese grupito que estaba con él.

De hecho, el piano que había en mi casa era un piano que se compró para que Álvarito acompañara a Agustín Lara y para que Bola de Nieve tocara. Entonces esos son los personajes que rodeaban a mi papá, o sea que esa cercanía tuya con la música viene por el lado de tu padre, sí, pero por las músicas. Papá le gustaba la música popular y al mismo tiempo le gustaba la ópera.

Cuando yo empecé a crecer un poquito más, papá oía conmigo Rigoletto y hacíamos... cantábamos los dos, era muy cómico. Papá tenía mucho sentido del humor, realmente un hombre... él fue realmente abogado y publicista, eso es una parte seria, ¿no?

Y a la vez papá aprendió, estaba aburrido de esto que mi mamá con los artistas plásticos, mi papá aprendió a hacer cerámica y también se ganó el Premio Nacional de Artes Aplicadas. Era un personaje realmente muy divertido, de gran sentido del humor además, Rafael. Y cuando tú llegaste a esa casa ya había nacido María Fernanda, tu hermana era una niña de cinco años o algo así.

Cinco años mayor que yo estaba María Fernanda, mi hermana maravillosa, personaje también. Eso es ser hermana de María Fernanda, un reto en la vida más o menos. Y siempre en Los Rosales, cerca de Valle Abajo. Siempre en Los Rosales, porque mi abuelo, mi abuela Zuloaga, Oscar Zuloaga, él no se quiso mudar con el resto de los Zuloaga, que todos se fueron, y a El Country iban o no sé cuántos, pero bueno, no, mi abuelo dijo que él se quedaba cuidando a las hembras que tenía Elisa Elvira, la pintora, Elisa Elvira Zuloaga, y María Luisa Zuloaga de Tovar, la ceramista.

Entonces, las dos viejas... bueno, para decir viejas, eran las muchachas. Eran las muchachas. Mi abuelo se quedó cuidándolas y entonces en la Lomita de Los Rosales él se hizo una casa. Papá, mi abuelito era ingeniero hidráulico. Él se fue construyendo poco a poco la casa y después se pegó la casa a mi mamá. Nos quedamos siempre en Los Rosales, yo todavía vivo en Los Rosales.

Incluso recuerdo que esa casa tenía un nombre quijotesco, ¿no? Mico-micona. Así llamaba mi abuelo a mi abuela, la princesa Mico Micona. Claro. Sí señor.

Qué tal, y esa casa existe, creo que es un instituto de folclores hoy en día, el INIDEF, ¿no? Sí, fue el INIDEF y ahora se llama La Casa de la Diversidad Cultural, sigue allí, siguen ahí las casas hechas por él, por Oscar Zuloaga. Él hacía casas como vascas, sí, muy española. El que hizo fue el embalse del Guaire para la Torre del Centro Simón Bolívar, según me contaron.

Lo de La Mariposa; era un ingeniero hidráulico, pero por supuesto hacía sus casas a la española y era un gran jardinero además junto con mi abuela. Mi abuela tenía un invernadero y hacían injertos y bromas rarísimas, donde ponías en las manos, nacía la mata, era perfecto. Qué maravilla. Y tú estudiaste la escuela primaria, entiendo, en el colegio Santa María de los Rosales, ¿y el bachillerato también?

También, salvo un año, se me va a caer la cédula, en que me pasé para cerca de mi casa porque estaban haciendo las Fuerzas Armadas. Entonces el tierrero me estaba produciendo como una especie de asma y el médico dijo, Enrique Benayín Pinto dijo: no, vamos a mandar a Isabel a que se quede cerca de la casa. Fue el único año, sufrí mucho porque yo estaba muy acostumbrada a mi colegio y volví para el Santa María después y sí, toda mi primaria y todo mi bachillerato. ¿Te graduaste de bachiller y empiezas a estudiar música?

Ya estudiaba música desde chiquitica. Desde los 6 años empecé a hacer unas primeras incursiones en la música, extrañas, porque la verdad yo quería ser veterinaria. Sí, el problema conmigo era que yo viera un perro en la calle y me tenían que tapar los ojos porque quería recoger al perro, llamarlo para mi casa, cuidarlo, etcétera. Yo quería ser veterinaria; cuando tuve la edad suficiente para quitarle la casa de muñecas del jardín a mi hermana María Fernanda, yo la transformé en una granja inmediatamente, una granja full de animalitos.

Y en ese asunto el piano que había en mi casa, como te digo, era para que tocara Bola de Nieve y para que María Fernanda, que era la intelectual y la seria de la familia, tocara piano. Pero un día a mí me dio por componer y me senté en este piano. Mi mamá salió, yo estuve en el piano como desde las 9 de la mañana hasta que mi mamá llegó como a la una. Yo me portaba muy mal, Rafael, yo era muy tremenda.

En mi casa la pregunta usual era: ¿qué hizo Isabel? Porque podía hacer cualquier cosa, ¿no? Y ese día, sorpresa: Isabel estuvo tranquila en un piano tocando todo el día. Cuando mamá me dijo qué estabas haciendo, llegó mi papá de la oficina de publicidad y yo le dije: tocando piano, componiendo. Me dice: “¿qué compusiste?” y le dije: “Las horas del día”.

La mañana a la tarde en el centro de los pianos, la noche eran los graves, la mañana eran los agudos, no sé qué. Tenía seis años y papá, que era muy echador de bromas, me dijo: “ay catira, toca mi, re, tres y cuatro, a ver cómo suenan”, y bueno, por ahí fue la cosa. Y después conocí a mi profesora de piano muy poquitos meses después de ese acontecimiento, de Las horas del día, en una piñata en casa de Mariana Otero. Me acuerdo clarito de eso.

¿Cómo se llamaba la profesora de piano? Gerti Haas, mi segunda madre. Sí, qué belleza, tu segunda madre, y egresaste de la Juan Manuel Olivares en el año 1967. ¿Eso fue después de Gerti Haas?

Sí, yo empecé con Gerti Haas... O sea que los estudios de música son larguísimos. Cuando nació mi hijo Gonzalo, realmente en el 72... no, en el 67 me gradué de bachiller. En el 72 yo estaba por terminar el piano, pero tener un niño chiquito recién nacido, etcétera, no me daba mucho tiempo para estudiar y empecé a negociar mi décimo año de piano para hacerlo en dos partes, pero bueno, casi nadie hace eso, ¿no? Esto de la segunda parte, que por el camino te vas quedando.

Y entonces al mismo tiempo el Ministerio de Educación pedía un instrumento complementario. En ese momento yo quería tocar fagot y no había fagots, o sea no se conseguía fagot, yo estaba con un fastidio con el fagot y yo tenía que inscribir la materia complementaria. Entonces una amiga mía, soprano, a quien yo acompañaba en el piano, dijo: “mira Isabel, deja el fastidio, Isa, yo te inscribí en canto”. Dije: canto.

Yo tenía muchos chistes contra los cantantes, que decía que los músicos estaban movidos cuando llegaban los cantantes, como decir que los cantantes no fueran músicos. Y bueno, además yo fumaba, parecía Al Capone con un cigarrillo, el piano tocando, era un personaje un poco raro, ¿no? Pero me pareció divertido eso de estudiar canto. Entonces me dijeron: ¡ah!, pero tienes que hacer un examen de admisión.

Y yo no estaba preparada para ningún examen de admisión, entonces... No, no, pues tienes que ir ya a hacer un examen de admisión en las cátedras del canto de Carmen Teresa D’Hurtado. Yo me presento al salón de la señora Hurtado, que era como ir a visitar la Virgen de Lourdes. Están todos los alumnos haciendo como una peregrinación, siempre saludarla, y yo no sabía que iba a cantar.

Y entonces vi una partitura en el piano que se llamaba “Las flores que me diste”, de las cosas que me divertí hacer e imitar a Morela Muñoz porque la imitaba todo el tiempo en mi cabeza. Entonces imité a Morella toda la audición, imité a Morela, y después la estudiantada dijo que tenía la voz colocada, que había estudiado canto con alguien, y le dije: “¿qué hay con Morela Muñoz?” Bueno, así fue que empecé yo con el canto y el piano.

Pero ya ahí por esa época, siendo muy joven, ya tenías prefiguradas tus vocaciones porque ya habías hecho... ya habías estado componiendo siendo una niña y había empezado a cantar. Y ya tenías una formación musical académica como pianista. En la lista de tus maestros tengo a Fedora Alemán, a Gonzalo Castellanos, a Modesta Bor, Ángel Sauce, a Ruth Goez de Winkler y Alberto Grau. De todos ellos ya me dijiste que Gerti Haas fue muy importante, pero esta lista que te he dado, ¿cuál te parece?

Todos, cada uno de los maestros. Nosotros tenemos, yo creo, que los padres nos dan el ser y los maestros nos dan el estar. Eso es lo bueno del castellano; en inglés estamos más limitados. Pero la profe Fedora, estudiar con Fedora Alemán fue una experiencia muy grande como profesora de canto. Además una mujer que tenía una carrera tan bonita, era una persona tan elegante, tan culta, empezó a dármele al canto una cosa que era como no sé cómo explicar, pero el canto era como algo más de cantar bonito.

El canto era una manera de ser; hacer un recital era como si yo te invitara a comer a mi casa, pero te preparaba desde el primer plato hasta el último y no compraba nada hecho. Entonces un recital te enseñaba cómo hacer el menú del recital, la nota. Gonzalo Castellanos era bueno, Gonzalo Castellanos casi es el causante que yo haga música. Yo fui, a veces como de asistente, él me llamaba maleta. Yo me sentía muy frustrada porque era mala, ¿no?

Y aquel dijo que en mí se podía meter cualquier cosa y yo lo conservaba. Entonces me encantaba hacer su maleta, profesor que me enseñó a amar y a divertirme con la música, sobre todo gran profesor de lujo como profesora Solcego. Luego Ruth fue mi primera profesora de música barroca, Ruth Goez de Winkler, una persona también fundamental en mi vida. Alberto es mi profesor de dirección coral, Ángel Sauce me fue profesor de armonía. Modesta, Dios mío, las clases con Modesta Bor de contrapunto y fuga, eso no se podía creer, ¿no? Esas son personas...

Y mi primer director del coro del colegio era Antonio Lauro, o sea realmente tuve mucha suerte tener unos nombresotes de la música venezolana formándome. ¿Cómo escogiste el posgrado en la Guildhall School of Music, en Londres? ¿Cómo llegaste ahí? ¿Por qué ahí y no en otro sitio?

Bueno, porque primero la escuela de la Guildhall tenía la fama de ser la que estaba produciendo mejores cantantes, donde el estudio del canto iba a abarcar menos solamente la ópera sino algo que a mí me importaba mucho, que era el recital y el oratorio. Porque por el tipo de voz que yo tenía y que tengo todavía, bueno ya no tengo, pero la que tuve hasta hace poco tiempo, de contralto coloratura, a mí realmente la vida me iba a poner a cantar mucho Rossini y a mí me gusta Rossini, pero no para dedicarle mi vida, ¿no? Me gusta más Bach, por ejemplo.

Entonces definitivamente yo creo que cantar oratorio y cantar recitales me iba a crear a mí lo que yo quería como mi carrera. Yo no quería estar todo el tiempo... Para mí cantar ópera es como comer siempre en un restaurante: el menú lo pone el restaurante y si tú comes todo el tiempo con un restaurante, pues enfermas del estómago. A mí me gusta crearme mis propias comidas, ¿no? Entonces el recital me daba ese contacto con el canto, donde por supuesto que puedo cantar óperas también y no tenés que estar esperando que montaran la ópera que yo quería, y después agarrarnos a pelear con 45 cantantes a ver si me daban el papel, eso no me gustaba para mi vida.

Entonces, me decidí por otro lado y Guildhall era la escuela perfecta para eso. ¿Cuánto tiempo tuviste allá? Un año, un año muy bien allí. Y entiendo que tuviste cursos también con la profesora Elena Lasarska y con la maestra Raquel Adonailo Iberarrolla.

Sí, esas tres señoras. La Lasarska polaca, profesora de canto del conservatorio de Cracovia, una contralto que fue también muy importante en mi formación vocal. Luego Vera Rózsa era maestra estrella en Londres, no era profesora en Guildhall propiamente dicha, pero tuve la suerte de que la profe me escuchara, le interesara mi voz y quisiera darme clases. Entonces estudiar con Rózsa era estudiar con la maestra de técnica natural, la profesora de Nicolai Gedda, de Irina Arkhipova, o sea estábamos... estábamos hablando de un nivel... ¡grandes ligues! ¡Oh Dios mío, sí!

Una clase con ella era una cosa, no te digo lo que era aquello. Y después Raquel Adonailos en los años 90 aquí en Venezuela; en ese momento yo estaba dirigiendo la Ópera Nacional y consideré que los cantantes venezolanos necesitaban una pulitura de otro nivel. Me recomiendan mucho a esta profesora, que era profesora del Curtis de Filadelfia, y viene Raquel y fue conocer, pero no pude hacer ni nada, también lo que era esa maestra, ¿no? Ella es la profesora de repertorio de Ruggiero Ricci, por ejemplo, no solamente cantantes sino de grandes instrumentistas, pianista amiga de Ginastera, un personaje. Esa fue otra de mis maestras fundamentales.

Y en ese repertorio de tus intereses musicales tan amplios, que felizmente es así, no te quedaste solamente en la ópera. Entiendo que lo medieval es muy importante, sí, los medievales, renacentistas, todo este mundo para mí fue algo muy particular porque yo entré con esa pasión, igual que con los animalitos cuando estaba muy niña por culpa de un viaje a Italia y mi papá, mi mamá y mi hermana.

Y claro, una persona bastante sensible como yo, yo no sé cómo explicar... Yo me mimetizaba con los personajes, para lo mismo, y me llevaban al cine chiquita a ver el estreno del Cid Campeador, Rafael, y yo pasaba un mes disfrazada de doña Jimena con una dormícola a mi mamá y hablaba con un idioma que yo me inventaba cuando estaba niñita, ¿no? Y así, Lo que el viento se llevó, bueno, me ocasionó crinolina por toda la casa.

Entonces claro, llevarme para Italia a los nueve años y entrar en contacto con la Edad Media y con el Renacimiento me golpeó. Por supuesto para mí ver Viterbo, para mí ver, no sé, Florencia, me enfermé, me dio fiebre, eso fue un desastre que pasó porque una especie como de empache renacentista. Benozzo Gozzoli, yo no me quería salir del fresco de Benozzo Gozzoli siguiendo los Reyes Magos, que los ojos me daban vuelta, ¿no? Claro, acuérdese: soy hija de una pintora, por lo tanto mis viajes a Italia fueron museos y museos, menos mal que me gustaba.

Y cuando llegué y me di cuenta de que lo que yo tocaba en el piano no sonaba a Fray Angélico. No sonaba igual, no tenía nada que ver, entonces empecé como una especie de angustia de cómo es que era esa cosa. Eso me duró desde los nueve años hasta los quince, que me compré mi primer instrumento renacentista y en esa época, a los sesenta y cinco, vamos a decir que el gran movimiento de la música antigua europea empieza en el 60, ya yo en el 65 estaba metida con eso y fui investigando cómo es que era la cosa.

Y me gustó muchísimo y además para una venezolana, pienso yo, un canto de trabajo medieval tiene más que ver con un canto de ordeño. Eso me encantaba, por supuesto. Y la dirección, ¿cómo surgió, en qué momento de tu carrera? Bueno, porque siempre pensé que yo no iba a ser buena pianista, en primer lugar, y no me tomaba muy en serio el canto, entonces me interesaba la dirección. ¿Para no tomarte muy en serio el canto?

Terminé siendo cantante definitivamente, pero yo sentí que el canto era como una cosa complementaria al principio, pues me agarró y me agarró, porque la maravilla que hay en el canto es que nada más la poesía está metida ahí. Entonces lo que estás diciendo, cómo lo dices, y Monteverdi, eso me empezó a mí, primero la parola, luego la música, todas esas cosas. Pero la dirección me interesaba mucho, muchísimo, entonces empecé a estudiar, claro, con cuidado, primero en dirección coral. Obviamente no había mujeres directoras.

Entonces no era muy fácil aquí en Venezuela meterse en ese campo, te veían feo, ¿no? Tú puedes hacer directora de coro, ¿directora de orquesta?, ¿qué es eso? No. Y bueno, poco a poco fue Elías Pérez Borjas el que una vez me dio dirigiendo en Mesías de Händel con la Camerata y me dijo: “no, chica, tú tienes un aguante impresionante en esas piernas”. Me mandó a montar una ópera y me puso a dirigir Lucía y ahí pa’lante empecé a dirigir. Fue la primera mujer que dirigió ópera en Venezuela, imagínate. Claro, por qué lucha. Qué interesante esa expresión, que necesitas piernas para dirigir porque estás de pie tres, cuatro horas, señor.

Y además con una situación de tensión importante y no puedes pedir un banquito, “denme un banquito para sentarme”. A veces le ponen a uno un banquito, yo lo dice, aquí te me lo pongo a la tumba. No puedo con banquito, no puedo. Hay que tener resistencia, resistencia de brazos, resistencia espiritual, resistencia del estómago, porque no es sencillo. ¿Y memoria, seguir las partituras? Sí sigo en la partitura, pero claro al mismo tiempo uno no la ve, eso es mentira.

Uno tiene una cosa ahí con unos garabatos que uno ya se va guiando, como un plano que tú te lo conoces, ¿no? Cuando no los tienes, de angustia, pero está por ahí. Exacto, a veces paso cinco páginas al mismo tiempo y tengo rato cuando lo veo, ¿no?

Pero bueno, hoy en día que no veo nada, peor todavía hay una cosa totalmente ridícula para mí, pues no la veo. O sea, todo lo hago de memoria, lo que hago hoy. Es aguardado por ahí en un disco duro.

Exactamente, y después empieza una faceta tuya muy importante, que es de maestra o profesora, transmitir lo que has ido aprendiendo a lo largo de los años. Y en la próxima parte del programa entraremos, que no quiero entrar todavía, en digamos todas las instituciones que ha fundado, de las que ha formado parte. ¿Cómo comenzó esa vocación pedagógica que en ti es importante también?

También tengo que remontarlo muy atrás. Bueno, mis familias son, todos son profesores. Vamos a decir que mi tía Diana fue directora del Santiago de León de Caracas, o sea en mi casa todo el mundo enseña, y mi papá era un gran pedagogo, su manera esta de explicarte cómo tenías que agarrar el tenedor, una cosa muy particular. Yo con mis muñecas, que las cuidaba mucho, y las colocaba todas en unas filas de la silla de mi casa, yo hacía un disparate espantoso y ponía todas las muñecas en fila y les daba clase, dirigía un coro y les ponía a cantar un disco de aguinaldo; si ellas cantaban aguinaldo ya las dirigía, no, estaba chiquita y les daba clases.

Luego con el colegio, mis compañeras de colegio acostumbraban a estudiar conmigo, pero como ellas no me daban que estudiar mucho, yo estudiaba antes. Entonces, por ejemplo, si yo tengo un examen el martes, el lunes me fajaba en la mañana porque mi clase se ponía a las dos de la tarde o al mediodía. Entonces les daba clases. Mi manera de estudiar era como si fuera una conferencia, yo imitaba, o sea me gustaban esas cosas de los amigos invisibles de Arturo Uslar, entonces yo me paraba frente a un espejo y le daba una clase al espejo, como un gran examen oral, ¿no?

Eso me ayudó para los clásicos dominicales, por ejemplo, eso de hablarle a alguien que no estoy viendo, eso me divertía mucho. Y así yo estudiaba y daba clases, pero daba clases, lo conmigo es que las amigas mías no estudiaban conmigo, al final, les daba clase. Eso me fue gustando y conservas amigas de ese tiempo, hay amigas que te han acompañado toda la vida. Sí, ya no están en Venezuela muchas de ellas, pero sí, por supuesto, son como hermanas mías.

Bien, entonces bueno, comenzaste como profesora con las muñecas, pero hubo un momento en el que te tocó dar clases del otro, en otros ámbitos, digamos así, cuando ya habías regresado al periplo europeo, aunque yo creo que tú ibas y venías. Sí, después iba y venía todo el tiempo, pero sí doy clase. Fedora me dejó su cátedra en una de las escuelas de música de canto; no me sentí muy lista para dar clases de canto todavía en aquel momento, pero me gustaba mucho dar la historia de la música, me gustaba mucho.

Y bueno, por ahí entre clases de historia de la música y algunas clases de canto, mi profesora de piano me puso como preparadora de niños de piano también. Y después es mi manera de ensayar porque yo aprendí a ensayarlo un poco con mis coros, como me enseñó Gonzalo en las clases, los ensayos de la coral filarmónica, por ejemplo. Como Gonzalo Castellano era una clase; al final le cuenta el que quería ensayaba, pero el que quería aprendía, y para mí eran como una gran clase.

¿Y tu hijo mayor, Gonzalo Grau, es músico también? Sí, ambos son músicos. Gonzalo es músico y Diego también. ¿Háblanos de Gonzalo primero o a qué se ha dedicado como músico? Gonzalo fue un músico integral, empezó como chelista de los Jóvenes Arcos en la orquesta del Friedmann, en la juvenil. Gonzalo tocaba chelo.

Pero un buen día fue entrándole al piano, yo creo por su admiración con Chick Corea y con Irán Chester, los tocaba, los imitaban. Y poco a poco el piano se empezó a convertir en el instrumento de él. Pasó el chelo a ser el segundo, entonces el piano principal. Empezó a hacer arreglos, tú le dices peines con papelito y tocas.

Gonzalo canta, tiene una voz muy linda, muy afinado, compositor, arreglista. ¿Dónde vive Gonzalo? Ahorita está en Boston, tiene muchos años en los Estados Unidos, 30 años. Estuvo un tiempo, pasó cuatro años en España y entre todo el tiempo en Estados Unidos desde que fue a Berklee hasta ahorita, es decir, allí ha desarrollado toda su carrera musical. Estamos conversando con Isabel Palacios, y vamos a una pausa y seguiremos conversando con Isabel.

Venezolanos, esta serie Los del Podio en su segunda temporada, estamos conversando con Isabel Palacios sobre su vida y obra. Y en la parte anterior del programa quedó pendiente Diego Cabrujas y su labor musical... Bueno, sí, Diego al principio no fue tan claro como Gonzalo, que era evidentemente hijo de músicos, padre y madre, y músico, era músico.

Diego al principio pensé que podía ser pintor, le encantaba dibujar, pensé que había dado algo a la abuela. También inventaba unos cuentos tan buenos que pensé que podía tener la parte de la letra y de las dramaturgias de su papá, pero también me resultó músico, los genes musicales pudieron estar más fuertes, no podían más, y se dedicó a la batería, rockero. Así, yo tengo un hijo que hace bastante música, como jazz latino, clásico, no sé qué, que es Gonzalo, y tengo un rockero extraordinario que es Diego, baterista.

Y Diego vive en Venezuela. Vive conmigo. Ah, qué bien. ¿Forma parte de algún grupo? Sí, es el baterista de la Orquesta de Rock Sinfónico del Sistema. Ah, qué bien, la he escuchado, por cierto, esa orquesta, no sabía que era Diego. Vamos a recorrer tus aportes al país en distintas instituciones. Comencemos porque fuiste directora del Museo del Teclado.

Exactamente, directora del Museo del Teclado supuestamente mientras crecía un poco Gonzalo y me volvía a ir a Londres, pero nunca me fui. Fue un reto que me puso Díaz Pérez Borjas en Fundarte, él me dijo: yo pedí una beca para volverme allá, pero la verdad es que mi hijo estaba muy chiquito, tenía seis años apenas, y no quería tener a Gonzalo encerrado en un internado. Entonces él me dice: dirige esta cosa aquí, estos pianos de estas cosas. Yo me puse a dirigir esa cosa pero le dije: eso sí, pero esos pianos están todos muy viejos, pónme una tarima con un piano nuevo para que sea divertido. Eso se transformó con el tiempo en la Dirección de Música de la Gobernación y fue una experiencia divertida.

Buenísimo, buenísima. El Museo del Teclado para mí fue un gran realizaje y de producción y de gerencia. Yo agarro recursos en Liesa porque me di cuenta que ese músico no nada más nos servía a creer, aquí está cometido otras cosas. Eso fue el Museo del Teclado y la Fundación Schola Cantorum de Caracas también, fuiste la coordinadora en un momento dado. Sí, bueno, yo canté en la escuela, era mi coro, y preparé los discos de las giras de la Schola de aquel entonces, incluido el famoso Premio Barretto.

Cuando llegamos al premio del concurso Guida de Arezzo se viene el reto de crear la Fundación Schola Cantorum de Caracas con la escuela de canto coral y el movimiento coral Cantemos. Yo tuve la participación como coordinadora de todas esas cosas que estábamos con Alberto, mi marido. Alberto grabó aquel entonces haciendo y preparando. Era también, fue un momento efervescente de trabajo coral maravilloso.

Estamos en los años setenta, creo, 70 exactamente. El Museo del Teclado se fue ochenta en el 80. Y también fuiste directora fundadora de la Dirección de Música de Fundarte, esto creo que está vinculada con el Museo del Teclado y Elías Pérez Borjas. Elías Pérez Borjas, y fue gracias al bicentenario de los 250 años, perdón, de Bach y de Händel, que hicimos un festival que quedó tan bueno que decidieron que eso trascendía el Museo del Teclado a convertirse en una dirección de música. Qué belleza.

¿Y directora fundadora de la Ópera de Caracas y el taller permanente de la ópera? Sí, esto, ¿cómo fue? Eso, cuando yo llegué a Fundarte justamente la doctora Alisa Álamo, que era el presidente de Fundarte, y Elías Pérez Borjas me dicen que no hallan qué hacer con los cantantes venezolanos porque siempre están en mal humor. Porque dicen que se gasta mucho dinero en la ópera pero que no nos queda nada en Venezuela.

¿Pero tenían razón? Sí, absolutamente. Todo el dinero se iba a temporada internacional, para los fanáticos que operaban una maravilla, pues venía Pavarotti, Domingo, Dimitro San Canaro, los más grandes cantantes venían, pero el cantante venezolano lo que decía era la chene pronta, se acabó, pues no pasaba nada. Yo hago toda una investigación sobre aquello, le presento a Fundarte un proyecto y se funda la Ópera de Caracas. En la Ópera de Caracas estaba José Ignacio Cabrujas y estaba Carlitos Aponte. Estaba Carlos Riazerio y estaba yo, que era directora artística.

Pero había que formar, entonces yo tenía además de la Ópera de Caracas que crear el taller permanente de la ópera. Yo traté de replicar un poco lo que era la Escuela del Pojredo, en Londres, donde yo venía llegando, y hacer una súper escuela de canto en Venezuela. Y funcionó muy bien. Nos ayudó el viernes negro, claro, porque ya no podían traer cantantes de fuera, entonces todo empezó a concentrarse más en el cantante venezolano.

Ah mira, en 1983, 18 de febrero. ¿Y también fundaste la Compañía Nacional de Ópera Alfredo Sadel, que viene siendo como una continuación de esto o es otro proceso? No, es otra cosa. Otra cosa... esto se termina en la Ópera de Caracas.

Yo en ese momento estaba dando muchas clases de canto y entre mis alumnos del canto tenía a la hija de Alfredo, a Elvia Sánchez, novel soprano, una de mis alumnas más queridas. Un día estaba ya Alfredo enfermo y Elvia me dice: “papá quiere hablar contigo”. Y yo me fui a Carrizales con Elvia para hablar con su papá.

Alfredo, en una larga conversación, estaba en cama, estaba muy malito. Me pregunta qué haría yo si tengo al frente la ópera nacional. Yo cogí y lo que hice fue conversar con él el rato, después de unas buenas horas conversando. Él cogió el teléfono y llamó a su compadre que era Carlos Andrés Pérez, el presidente. Entonces Carlos Andrés me dice: “bueno, usted va a dirigir la Ópera Nacional que se va a llamar la Fundación Alfredo Sadel”. Eso fue en 1989.

Exactamente, estaba el doctor Abreu de ministro de Cultura y yo me pusieron al frente de este nuevo reto con la Ópera Nacional. ¡Qué maravilla! Y después presidiste la Fundación Vicente Emilio Sojo, también estaba Abreu de ministro de Cultura. Sí, eso fue después del Festival de la Música del Pasado América de la Camerata, me metieron a la fundación de musicología.

Sí, y fundaste la Camerata de Caracas y la Camerata Renacentista de Caracas. Esa sí es mi otro hijo. Yo tengo un hijo mayor que es Gonzalo, la hija en Brita, que son las Cameratas, el hijo menor que es Diego. ¿Cuándo comenzó la Camerata? Sí, además porque esa es una hija tuya, no es una hija del Estado. No, eso es mía. ¿78 años? En el año 78 ahí empezó. Allí fue, volqué todo lo que yo había estudiado en música antigua.

Allí pude meter mis estudios de piano porque tocaba clavecín, toco flauta. Toqué instrumentos, canté y dirigí todo. Instrumenté lo que es la maravilla que tiene a ser un grupo de ese tipo con unos mis hermanos, porque yo fundé la Camerata con mis amigos, que sin ellos nada. La Camerata cumple este año 45 años de fundada, ¡qué maravilloso! Se dice fácil... ¡qué maravillo!... 45.

Ahora fíjate una cosa tan interesante, porque tu hermana María Fernanda, que es escritora, un escritor puede pasar la vida con algunos amigos y hasta solo, un músico no. Por eso yo siempre te he visto rodeada de alumnos, gente de muchísimos amigos, porque forma parte de su profesión, es decir, ejercer tu vocación supone orquestar una cantidad de gentes. Háblanos de esto, ¿cómo es coordinar grupos de personas?

Bueno, es un arma de doble filo porque si fuera una cantante solista yo podría estar más o menos sola con un pianista y ya está. Pero lo que yo hacía no era ese tipo de música, entonces tienes que tener paciencia, tienes que tener paciencia, porque la gente al principio no sabe si creer tu propia locura, su propio sueño. Entonces tienes que irlos conectando con eso para que entren contigo.

Los tienes que hacer vivir la experiencia, lo que llamo yo la experiencia Camerata, y a veces quieren quedar, enseñarles que música se puede hacer de otra manera. ¿Tú llamas eso experiencia camerata? Porque es algo diferente... Totalmente. Es el arte integral en la Camerata. Yo les hablo de Rembrandt, en la Camerata les hablo, les enseño cuadros, les hablo de ciudades, les hablo de geografía, historia es tan importante para la Camerata, no sé, Monteverdi como Rafael Cadenas.

Es exactamente igual, y Jacobo Borges, o sea eso, a la Camerata, ¿no? Vivir la experiencia, por ejemplo, de que Jacopo nos pintara por tres meses metidos en el estudio del mensajero, hacía esos cuadros insólitos con la Camerata, era trabajar con un creador, cosa que para un intérprete no es generalmente lo que hacen, porque ya llega la apertura hecha. Uno no ve cómo el creador, pintor, trabajaba, era más o menos lo mismo.

Camerata ha sido... yo tenía un amigo mío que decía que Dios los cría y yo los junto. Yo empecé a buscar gente que tiene como un sello camarada, de los que no van a pegarse, van solitos, y los que quedan, pero entonces tienen años conmigo. Tengo personas que tienen 45 años tocando conmigo, 40 años, 39; los que tienen menos, no maestra, yo tengo 15 años con usted y tengo 14... bueno, así. Y eso es muy bello. No les pago ni un centavo, pero bueno, ellos me quieren mucho.

Mira, y tus dos esposos han tenido que ver con tus vocaciones profesionales. Alberto, por una parte, el maestro, y José Ignacio Cabrujas por otra. Te voy a preguntar por José Ignacio, que entiendo que los unió la ópera inicialmente. La comida, porque creo que José Ignacio cocinaba muy bien y tengo el recuerdo de que él te llamaba la señora Palacios.

Y yo le decía: maestro Cabruja, maestro Cabruja, señora Palacio. ¿Cómo es eso, Isabel? Bueno, el asunto es que no conocí a José Ignacio, fue la única razón por la cual yo le metí una gran mentira a mi mamá para escaparme de la escuela de música. Por ejemplo, él estaba haciendo La lección de Ionesco en la hora de teatro y yo le inventé a mi mamá que tenía un ensayo especial porque yo lo quería ir a ver actuar. Yo lo admiraba muchísimo y metí una gran mentira.

Me fui con un amigo mío, con Chego Weisman, y no fuimos a ver a José Ignacio, pero no lo conocía. Mi amigo Chego sí lo conocía, pero yo no. Entonces, de un tiempo pasamos muchos años en que Chego le hablaba de la señora Palacios para mí al maestro Cabruja, ¿no? Claro.

Nos conocemos cuando yo canto el Orfeo del Gluck, que me dirige Hugo Livi. Este Hugo no le gustaba la ópera y siempre, durante todo el tiempo del montaje, él me decía: “esto ha debido dirigirlo Cabruja”. Yo le decía: maestro Livi, sin duda alguna, pues yo me daba cuenta que Livi no era muy enterado por la ópera. El día de estreno me presentan por fin a Cabrujas, señora Palacio, maestro Cabrujas, y yo le digo: ¿qué vamos a hacer después? El Orfeo de Gluck, otra ópera barroca, José Ignacio iba a dirigirla escénicamente.

Entonces en ese caso él me dijo que si yo tengo el disco, digo: no, que yo simplemente se la puedo tocar en el piano, pero que en este disco no existe. De tantos discos que tenía José Ignacio, yo vengo a escoger una que ni siquiera tenía discos, ¿no? Entonces, bueno, así empecé a conocerlo más, después empezamos a trabajar juntos en la Ópera de Caracas y poco a poco, bueno, se fue creando una relación muy particular, justo por la ópera, muy particulares y siempre era maestro Cabruja, señora Palacio. Así nos tratábamos nosotros.

¿En qué año nació Diego? En 1987, en 87, o sea que esa es una relación que estuvieron juntos como 10 años, un poco más, sí, tuvimos 11 años. Porque yo creo que Cabruja murió en 95. Exactamente, un gran personaje y a uno, bueno, le resulta extraordinario imaginarse los diálogos entre ustedes porque, por supuesto, no era sólo de óperas que hablaban, ese fue el puente plata, digamos así, pero estaba todo del otro mundo, tuyo y el de él, que era un grupo divertidísimo.

En primer lugar, José Ignacio, por ejemplo, viviendo en una casa, primera vez en su vida decidió comprar gallinas en Quinta Crespo para tener huevos frescos. Entonces los personajes de la telenovela La dueña que estaba escribiendo, era el gallo que se llamaba Rigores y Purificación, no sé qué es la gallina, eso era muy cómico. Muy cómicos, cada vez que llegaba de la, del, del... Quinta Crespo, porque le iba a comprar cosas para cocinar.

Yo se iba empezando a enterar porque me llegaba siempre con un bicho nuevo, con iguanas, veroles, animales en las casas, no, que me encantaban, por supuesto. Y después las cosas de los chistes de José Ignacio, me acuerdo el día de aniversario o los 10 años del fallecimiento de Callas, que era nuestra pasión mutua. Y yo le digo: mi amor, sabes que hoy se cumplen diez años de la muerte de Callas, sí te lo admito. Me dijo: se murió, y yo le digo: sí. Y yo digo que me está echando broma, mami, no me había dado cuenta.

Él se fue a escribir artículo del Nacional y bajó con una maravilla que me regaló que se llamaba “Ni un solo día de olvido”, dedicada a Callas. Eso es una de las cosas más bellas. Pues sentarnos los dos realmente a volver a oír con ese artículo que él escribió, lo que él mencionaba ayer, La forza del destino de Callas y todas las cosas que ella cantaba. No, fue una era bellísima, bellísimo, siento alguna.

Yo recuerdo el programa de radio de él los domingos en Radio Nacional, hablando de la ópera, yo no me lo perdía porque era... creo que lo hacía con alguien más o un... Sí, bueno, Dianne Sauter es su productora también ya en Panimance de Anitta, y ese programa era demasiado divertido. O sea, la forma en que José Nacho contaba los argumentos de la ópera, no podías tirarte por el piso a reír.

Y tú tuviste una experiencia televisiva como de siete años también, muy interesante. ¿Cómo fue eso? Ocho, ocho clásicos dominicales. Sí, bueno, eso fue un azar porque a mí me llamó el doctor José Antonio Abreu, esas típicas llamadas de las seis de la mañana que no te dice ni buenos días y “sí, Isabel, te vas a Radio Caracas, te va a llamar Batallán, Brahms, vas a hablar de Brahms, yo me tengo que ir para el interior”. Yo no entendía qué me decía el doctor Abreu.

Cierto es que me llama Lorenzo Batallán como a las diez de la mañana y me dice que me esperan en Radio Caracas, de Barcelona-Río, para yo presentar un concierto de Brahms y una sinfonía de Brahms. Bueno, muy bien, yo me preparo, me voy para mi canal, recibe el adiós Lares y Batallán, pero había muerto ese día Lía Inverde Coronil, muy amiga del otro Batallán, y él quiso rendir un homenaje a Lía. Me pregunta si yo soy capaz de hablar del Réquiem de Brahms, le dije: bueno, sí.

Entonces me buscaron una blusa en vestuario de Radio Caracas y me cambiaron la ropa, presenté el Réquiem y después presenté el concierto de la sinfonía. Lo cierto es que yo estuve 15 días seguidos, o sea dos semanas seguidas en el canal, y llegaron muchas cartas diciendo que les había encantado cómo yo echaba los cuentos y que entendían todo, y qué no sé. Poco a poco me iban llamando, pero yo siempre juraba: “yo grababa los martes, que era el último martes”, o sea que no iba ahí más, me despedía de todo el mundo, gracias, gracias, gracias.

Me volvían a llamar al siguiente martes hasta que un día el adiós me dice: mira, tú te estás dando cuenta y tú estás como fija, ¿no? Yo dije: no me estoy dando cuenta, pero así parece, y un día me dijo el adiós: ok, prepárate que ahora tú vas a tener que decir buenos días, buenas noches, pues yo me voy, el programa queda en tus manos. Y así fue, y fueron ocho años.

Qué maravilla. Bueno, ¿qué tienes pendiente Isabel? Hay muchas, muchas cosas por hacer, una persona como tú no se queda quieta. Tienes proyectos, tienes una institución consolidada como es la Camerata, pero seguramente tienes algo en mente. Bueno, ahorita estoy en la celebración de los 45 años de la Camerata, inventándome un programa donde voy a caminar por cuarenta y cinco años de recuerdos, de amores, de sueños, de música, donde van a estar en el escenario integrantes de todos estos años e inclusive instrumentos. ¿Dónde va a ser eso?

En las Alas Rivas, en la sociedad. ¡Qué maravilla! Y van a estar también presentes elementos decorativos, nuestro sol, nuestra luna del festino que hizo Enrique Berrizbeitia, la carreta de Orfeo, los pendones medievales. Esto va a estar en el escenario celebrando 45 años. También estoy en este momento, bueno, continuando dando mis cursos que se llaman Cercanías con la música.

Que desde los clásicos dominicales es mi quehacer, acercarle la música a la gente que no es músico. Esos son todos los jueves en las mañanas de la Camerata. Ahora estoy metiendo un curso Rossini, luego viene Bellini, creo que va este año, Wagner, Stravinsky. Son clases que doy en la Camerata a las 10 y media de la mañana los días jueves.

También sigo en mis Cercanías con la música, cada vez más cercana. Creo que voy a empezar clases Zoom que creo que se van a llamar Clásicos dominicales conmigo los domingos, en suma para que pueda tener otro público. Y estoy en este momento dirigiendo el director artístico y académico de la Ópera del Teresa Carreño.

Así es, una vez más estoy en la punta de la lanza de la ópera otra vez ayudando a los cantantes venezolanos, que no es fácil esta cosa. Qué maravilla. Es justo un recuerdo del doctor Abreu porque entiendo que muchas de estas tareas, estos caminos probablemente los abrió para ti. Yo creo que es un hombre importante en el mundo de la música venezolana, él tuvo su sueño, vamos a decir que el camino de él, el mío iba, íbamos... no voy a decir en paralelo porque por supuesto él es como un autopista y una callecita, ¿no?

Pero él realmente me entendía. Era de mis interlocutores, yo peleaba mucho con él. Ah sí. Sí, era muy divertido. ¿Y cuáles eran los pleitos, qué motivó? Cantidad, calidad. Claro, que es el gran pleito con él. Sí, sí, él quería mucho, mucho, y yo un poquito, pero estupendo. Pero él me echaba mucha broma: “ya tú vas a necesitar de la cantidad para que puedas llegar a la calidad”. Y entonces yo le decía que si no tenía calidad se iban a perderla. Eso era divertidísimo.

Nos poníamos a hablar desde las 2 de la tarde hasta las 7 de la noche. El peligro es que invitara a almorzar porque como él no comía, tenía el hambre a las siete de la noche, yo no había comido y tenía esto, poco pegaba el empalendazo porque el doctor Abreu, un personaje realmente. Un personaje y me divertía muchísimo estar... Tuve el gusto de que él me dirigiera muchas veces. Te iba a preguntar, como músico, ¿qué tal?

Él era un gran concertador, no le gustaba que le dijeran director, él me decía: “no, yo no soy director, Isabel, mi amor, yo soy concertador. Yo le armo la orquesta para ver un gran director que dirija”, ¿no? Ciertamente yo tuve dentro de la orquesta Simón Bolívar, juvenil como se llamaba al principio. La nota insólita que me dirigiera Eduardo Mata, por ejemplo, Claudio Abbado, Sinopoli, Simon Rattle...

O sea, esos eran personajes que venían a dirigir a las orquestas y eso estaba en esa plataforma que inventó José Antonio, que era tan increíble. Pero al mismo tiempo yo pude pasarme una tarde entera conversando de cómo sería el ritual de la coronación de un papa en el siglo XIV y qué música se tocaría. Entonces empezamos a inventar los dos conciertos, no hace mucha falta para esas conversaciones. Claro. ¿Y las músicas venezolanas?

Bueno, la música venezolana es extraordinaria. La música venezolana, nosotros tenemos creo que la proporción perfecta de mestizaje. Tenemos una parte rítmica única y una hondura armónica particular, con melancolía en el sonido particular. La música venezolana tiene todo.

Hemos tenido una escuela de música increíble. Si hay que dar un honor al maestro Abreu, sin duda, al maestro Sojo, no te digo cuántos porque nosotros somos hijos del maestro Sojo y todo lo que ese hombre enseñó y armó, todos los que fueron esas instituciones, De El Plaza y Calcaño, esos tres personajes que hacen la orquesta de Orfeón Lamas y la escuela. A toda parte de allí con una formación musical tan buena es que no te puedes hacer una idea.

Yo cuando llegué a Londres, la escuela de música o mayores libares no tenía nivel universitario. Aunque entonces para yo hacer un posgrado me hicieron el examen en todas las materias, tuve que presentar exámenes en vivo, pareció que estaba al nivel y los ingleses estaban impresionados como yo solfeaba. Impresionados, era tú en una educación que supuestamente era a nivel de bachillerato nada más, impresionada. Ellos no solfeaban también como solfeaba yo, pero claro que tú ya solfeas con Adriana Sauce o Castellanos o Carrasquero, Rujeles, esos profesores eran, Dios mío, mi vena.

Incluso la tradición musical venezolana, quizás hay que señalarla, la escuela de música de Chacao con el padre Sojo, y ya por ahí comienza. Se puede decir que Venezuela es un país, una beta musical importante, incluso en regiones tú ves lo que pasa en Barquisimeto, son una cosa inexplicable. La musicalidad venezolana y nuestra escuela es... Bueno, yo hice con la Camerata la grabación, gracias al Mercantil, de cinco de seis volúmenes realmente por un disco doble, sí hay discos de la música colonial venezolana y eso impresionante, extraordinaria, niveles interesantes. Sí, tú nos quedan muy pocos minutos.

No sé si hay algo que quieras comentar, algo que te quede pendiente, y bueno, incluso que algo que tengas pendiente en tu vida, en tu desarrollo profesional. Mira, me gustaría, Rafael, a estas alturas de mi vida, la edad que tengo, poder tener un poquitico más de calma para poder dejar asentadas ciertas cosas. Me encantaría poder contar la historia de la Camerata, escribirla. Bueno...

¿Cómo se fundó eso? Cómo se fue desarrollando, por ejemplo, la música del pasado América, y la Camerata es pionera en el mundo entero de ya ahora conocer la música del barroco latinoamericano. Eso hay que escribirlo. Entonces, ya pasó un de oro de los discos nuestros, o sea en Europa, Zabal pidiéndome las partituras a mí, Jordi Savall, Jordi Savall. Nada menos, el primer disco él fue con partituras de la Camerata. No te puedo, imagínate que no. Pero eso no lo sabe nadie, entonces son cuentos de que me encantaría poder pelear el carro.

Pero metas, tenés que estar pendiente para conseguir el dinero y pagar a las personas que trabajan en la Camerata hasta que podamos tener un poquito más de estabilidad. Estabilidad... ojalá eso ocurra muy pronto. Isabel, muchísimas gracias por esta entrevista tan completa e interesante y además es un recorrido ejemplar de una de nuestras grandes maestras en la música, en Venezuela. Muchas gracias, Isabel.

Bueno, nosotros Los del Podio, segunda temporada, hemos llegado al final del programa. Venezolanos, hasta nuestro próximo encuentro.

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