Serie Los del Podio
5 de octubre de 2023

Serie Los del podio II. Cap 2. Elisa Lerner

Serie Los del podio II. Cap 2. Elisa Lerner

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Fernando Viergüez, recuerda que nos puede seguir en @MundoURWeb y @radioEscuelaUR. Bueno, hoy tenemos el gusto en Venezolanos, en esta serie Los del podio, segunda temporada, de entrevistar, de conversar con una de las grandes escritoras venezolanas, Elisa Lerner. Con ella vamos a recorrer su vida y obra, libro por libro, en los episodios fundamentales de su vida.

Te saludamos, Elisa. Muchas gracias por unas palabras muy generosas. Bien, Elisa, tú naces en Valencia en mil novecientos treinta y dos, sí señor, pero tu padre entiendo que se había venido a Venezuela antes. ¿Había algún motivo para que él viniese de Hungría para acá?

De Rumania. Mi padre llega en el año 29, recuerda que en el 29 hay una crisis económica que resultó mundial, y entonces el trabajo que él hacía se vino abajo y decidió venirse, no sé por qué, para Venezuela. ¿Él se vino primero sin tu madre?

Sí, mi madre ya tenía una hija, que era mi hermana Ruth. Mi madre se resistía a irse fuera de Europa a dejar a sus padres. De manera que yo nací de casualidad porque mi madre por fin vino a Venezuela en el año 31. Mi padre llega a Puerto Cabello, y mi madre también llega a Puerto Cabello.

Pero ya mi padre en ese momento en que ella llega está residenciado en Valencia, estado Carabobo. ¿Y a qué se dedicaba tu padre allá en Valencia? Bueno, mi padre se dedicaba al comercio, junto con un socio de apellido Carman, es lo que sé, pero mi padre judío también, por supuesto, y mi padre creo que más bien era un artista que no pudo cumplir totalmente su vocación, en parte sí, en parte no, porque nació en una pequeña ciudad fronteriza de Besarabia, digo fronteriza porque en algunas veces la Besarabia era de Rusia y otras eran de Rumania. Cuando mi padre nace en Besarabia es una pequeña ciudad fronteriza llamada Novoselitsa, es todavía pertenencia rusa, y yo creo que él tituló su alma aparte de judía rusa ya, o sea, ¿que tu padre hablaba rumano y ruso?

Y aprendió a hablar español. Mi padre aprendió a hablar español porque sus trabajos los hacía en la calle. Mi padre era un hombre que amaba profundamente la música, y a comienzos de su estadía en Venezuela se dedicó al comercio, como te digo, pero este socio, a pesar de que era alemán o ídish, que es casi lo mismo, que es como un alemán subalterno, un alemán desnutrido o más bien paradójicamente alimentado por los éxodos de judíos de diversas localidades, le robó a mi padre parte de dinero y mi madre encuentra a mis padres arruinados porque era un hombre muy poco sagaz para el comercio.

Mi padre finalmente, en los últimos años, durante muchos años fue cantor de la sinagoga porque yo creo que desde Caracas, no recuerdo en Valencia porque era muy pequeña, y además tenía una mano muy hábil, artista, era un artesano muy sensible, y si tú vas, creo que ahora nadie se atreve a ir al antiguo cementerio judío, verás que muchas lápidas fueron grabadas por mi padre. O sea, yo vengo de una escritura, se puede decir, medieval, la que se escriben las lápidas de los cementerios judíos.

Claro que él se dedicó también al principio a un comercio muy volátil, que vendía digamos cuadros de Cristo, de lo que le pedían porque tenía un pequeño negocito en nuestra primera casa en Caracas, en San Bernardino. No, primero vivimos en el centro de Caracas, en el centro. San Bernardino es mi infancia, era una hacienda de caña y azúcar, claro, de la familia Fonda.

San Bernardino se vuelve una urbanización más o menos en el año 43, sí, es así. Y ahí es cuando ustedes se mudan del centro de Caracas a San Bernardino unos años después, porque mi padre... Ahí había una lucha, así como la hubo de que mi madre no quería irse para América, digamos.

Mi padre adoraba el centro de Caracas, pero mi madre ya quería mudarse para San Bernardino, donde ya había una respetable comunidad judía. Pero el centro, tal como lo recuerdo en mi infancia, era de una gran belleza, que creo que sí había pobreza, pero quizás porque yo era una niña y no entendía los inmediatos sufrimientos de unas pobrezas extremas. Siento que era una ciudad luminosa que tenía algo de un a Madrid tropical.

Qué bonito eso. ¿Y tú estudiaste el bachillerato en el Liceo Andrés Bello? No, yo estudio en el Liceo Fermín Toro los primeros cuatro años porque el Fermín Toro quedaba cuando yo comienzo en la esquina de Reducto y yo vivía, eso es el año 45 precisamente, como al mes o menos del mes, tiene lugar la Revolución de Octubre. Y el liceo quedaba en la esquina de Reducto a Municipales.

Tú tenías 13 años apenas en ese momento. Y yo vivía en la manzana siguiente, que era de Miranda a Mayrero. O sea, con lo que tenía era que atravesar la calle de Glorieta, que era una calle muy sosegada, y a mí me encantaba que en una esquina había un afiche de papel donde el cine Olimpia o los cines de cercano colocaban la película que se iba a dar en lunes popular y eso para mí era una delicia y una alegría.

Y en 1950, cuando ya tú tienes 18 años, te has graduado de bachiller, entras a estudiar derecho en la Universidad Central de Venezuela. Yo termino en el Liceo de Aplicación, ese año fui muy feliz porque había muchas huelgas en el liceo y yo era muy amiga de toda la gente que se destacaba del liceo porque ellos me consideraban, parece mentira, muy dinámica para vida cultural. Y entonces me agasajaban, eran amigos míos, pero a mis padres les preocupó que yo entrara en ese mundo caótico de las huelgas estudiantiles y me pasaron al Liceo de Aplicación, donde yo fui profundamente feliz.

Y hay recuerdo de esos momentos en mi novela La señorita que amaba por teléfono, que parte esa historia en El Paraíso, porque como vivo en San Juan, muchos de los paseos también eran a la plaza Madariaga, que yo adoraba y hablo de ella. Y toda la avenida principal de El Paraíso, que conocía muy bien, sí, o yo creía que conocía muy bien. Pues seguro que sí, y cuando ya entras en la Universidad Central, la Facultad de Derecho ya estaba en la Ciudad Universitaria.

Estaba todavía en el centro de Caracas. Sí, yo pertenezco a la última generación que tiene la felicidad de estudiar en la vieja Universidad. Ah, qué maravilla. Y estudio entre mis compañeros, no nos vas a creer, estaba el notable poeta que nos ha dado la alegría del Premio Cervantes, Rafael Cadenas, que se sentaba en la mitad del gran salón que yo creo ahora es el salón de las academias, y era muy diverso al grupo. En ese momento yo descubro que estoy estudiando con los hijos y los sobrinos de la gente del gomecismo, a las cuales yo no quería, porque yo leía el diario El Nacional desde que tenía 10 años.

Porque yo les pedía a mis padres que quería leer El Nacional y me complacieron. Y El Nacional era un periódico fundado, claro, por el padre de Miguel Otero Silva. Pero Antonio Arráiz, posiblemente ilustre pariente tuyo... Claro, primo hermano de mi padre, uno de los grandes venezolanos, yo tengo que hablarte de Antonio Arráiz. ¿Adelante? Te voy a decir lo siguiente: Antonio Arráiz y Miguel Otero Silva fundan un periódico muy antigomecista y muy a favor de la República Española. Eso influye en la niña de 10 o 11 años, por primera vez se asoma de verdad al periódico, porque yo trataba de obviar ahora, pero no entendía mucho por qué, porque Ruth estudiaba con un hijo en el bachillerato, Luis Barrios Cruz era director, y trataba de mirar en general lo de... pero todavía no sabía leer bien.

Entonces yo creo que una de las cosas más importantes que nos ha dejado la democracia es que los intelectuales se han dado cuenta y no basta con escribir sus libros. Es muy importante ejercer el liderazgo cultural porque el liderazgo cultural, uno lo argumenta, es una de bases fundamentales para que un país siga siendo luminosamente democrático. Uno de los primeros grandes líderes culturales que, por lo menos, creo que beneficiaron a mi generación y al cual yo le estoy muy agradecida, es a don Antonio Arráiz.

Tuve la alegría de conocerlo pocos meses antes de que muriera, en la ONU, porque en su realidad vi a un hombre muy solitario y reconocí a Antonio Arráiz. Yo era una joven y estaba haciendo mi maestría, terminando la maestría de entrenamiento en prevención de delincuencia de la ONU, y muy tímida me acerco a Antonio Arráiz y no le digo quién soy porque creo que no le podía interesar. Le dije: qué alegría poder saludarlo, yo le debo a usted muchísimo porque yo empecé a leer un periódico y a conocer algo al país gracias a que usted estaba en El Nacional.

Y creo que lo digo en mi último libro, que es Fragmentario. Es así. Me conmueven tus palabras, la verdad. En ese momento él era director de publicaciones en español de la Organización de las Naciones Unidas. Ese puesto se lo había ganado por concurso.

Él se había ido de Venezuela en el 48, decepcionado con el golpe contra Gallegos. Así es. Y se fue a vivir en Nueva York y allá murió en 1962. Ahora volvamos a ti, tú te gradúas de abogado, formas parte del grupo Sardio, eres la única mujer integrante del grupo.

Y entiendo que ocurre un hecho importante en tu vida, que es la muerte de tu padre, que coincide con tu viaje a Nueva York y yo, leyendo tu vida, he leído toda tu obra, escribí el discurso cuando se te otorgó el doctor honoris causa de la Universidad Metropolitana. Yo tengo la sensación que ese es un momento para tu psique fundamental. Muchísimas gracias, que no te doy las gracias por la emoción de que nos habíamos visto hace tiempo con esas palabras tan hermosísimas. Con muchísimo gusto. No merezco del todo.

Bueno, en todo caso tú tienes ahí una especie de quiebre porque no solo muere tu padre sino que te vas a vivir a Nueva York. No, yo estoy en Nueva York dos días, conozco un primo que no... porque las familias judías siempre viven en distintos sitios, así es que siempre son familias del éxodo, lo conozco, pero me toca irme a Michigan ya para mejorar mi inglés técnico. Paso tres meses en Michigan y luego paso tres meses en Washington DC, es el momento en que el presidente Kennedy asume la presidencia y yo oigo por radio, me asombro, que hay un poeta, Robert Frost.

Claro. Dice un poema al momento de asumir el poder el presidente. Y digo, ahora entiendo por qué nosotros somos tan infelices, a veces nos olvidamos que al momento de que un presidente llega al poder es importante oír la voz del poeta. Qué belleza, qué belleza.

Y uno ahí empiezas tú... Bueno, tu vena de escritora se abre y empiezas con el teatro, por cierto. Empiezas con El vasto silencio de Manhattan, que es un título bellísimo, ¿no? Lo comienzo sin yo saberlo. Te voy a decir, yo tengo una vida secreta y fracasada que es en los años 50.

Yo comienzo a escribir a los 16 años, entre los 16 y 23 escribo un libro que iba a llamar La ciudad del lucro. Ese libro solo me queda el primer relato y no se publicó porque, bueno, eran años difíciles de la dictadura, pero eso ahí comencé. Y después comencé a escribir crónica, fue una cosa casual y me conmueve mucho un libro de Carson McCullers, escribo una crónica.

No sé cómo... Y llega a manos de Adriano, que dice: va para el primer número de Sardio. Y escribo después un pequeño monólogo en el momento en que yo no sabía qué era teatro o en que tengo que buscarme un trabajo porque todavía no sé que voy a irme fuera del país y se los di a Salvador Garmendia y Rodolfo Izaguirre. Yo decía: Elisa, he escrito una pieza de teatro, pero cuando yo soy consciente que he escrito una pieza de teatro, efectivamente en El vasto silencio de Manhattan.

Que le sigue en el mundo del teatro tu gran éxito teatral, que es Vida con mamá, una obra de la que yo he hablado muchas veces con mi gran amigo Antonio Costante, el primer director. Maravilloso director y él valora muchísimo esa pieza que creo recordar que es de 1974, probablemente, o 76. La escribió en 74 y se montó en el 75, mayo 75, en el Teatro Alberto de Paz y Mateos, en el Juana Sujo y después en Alberto de Paz, enfrente, exacto, en la sala enfrente. Y fue uno de los grandes éxitos teatrales en Venezuela, Vida con mamá. Yo creo que se ha montado en otras oportunidades, ¿no?

Sí. Y luego, pues, abandonaste el teatro, consideraste ya suficientemente, creo, escribiste un monólogo posterior y te dedicaste a la crónica y ensayo. Y hay que decir algo en relación con tu trabajo de ensayista y cronista, y es que muchas veces no se distinguen, son crónicas con talante ensayístico y a su vez hay ensayo con talante de crónica. Haces un híbrido extraordinario, todos signados por la amenidad.

No hay manera de aburrirse leyendo las crónicas o los ensayos de Elisa Lerner. Al menos eso pensaba también José Balza, que es el prologista de Yo amo a Columbo o La pasión dispersa, un libro maravilloso. Yo sé que te estoy abrumando un poco de elogios pero es que de verdad lo siento así, son unas crónicas y unos ensayos muy sabrosos de leer. Además, uno nota en ese momento que te has sumergido en la cultura popular norteamericana.

Yo creo que lo que sucede es que yo desde niña adoraba el cine por una simple razón. Nosotros éramos unas familias muy breves y mi madre entendió que ella tenía que buscarme una familia vicaria y esa familia vicaria fue el cine. Además, Hollywood fue como un primer ensayo muy glamoroso de lo que sería después el Estado de Israel, porque quiénes hacen Hollywood. Una serie de gente como los Mayer o Selznick y gente del mundo judío.

Entonces yo no entendía mucho y mi madre me decía, por ejemplo, mira, este es Paul Muni, esta es Luise Rainer, esta es Myrna Loy. Son judíos como nosotros. Me daba a entender que nuestra familia era breve pero no tan breve, que en el mundo teníamos parientes, tenemos gente próxima de grandes vocaciones bellas y hacían feliz a la gente. De esa manera, para mí el cine fue una familia maravillosa.

Y yo además leía, porque mi hermana compraba unas revistas muy satinadas que eran Cine Mundiales y no me acuerdo cuál otra. Entonces leía lo que llamaban los gossip o los cotilleos, pero creo esa manera tan superficial pero tan divertida, que me divertía tanto, creo que finalmente en esa despensa misteriosa tú sacas a flote cuando escribes, está en mí ese entretenimiento de revista aparentemente intrascendente porque hay algo que siempre parecía muy paradójico con la literatura venezolana. Cuando leía a muchos escritores, los encontraba muy solemnes y cuando hablaba con ellos eran muy divertidos.

Entonces yo les decía: ¿pero si tú...? ¿Por qué esa ironía? Claro, ese humor que tú muestras, ¿por qué no está en el texto? Entonces me decían: ah, no es que la literatura entonces parecía que te hablaban de un templo. Bueno, mira, griego, griego, adoraciones de sí que estaban en el Olimpo. Entonces por eso yo he mirado tanto a Teresa de la Parra, porque Teresa de la Parra es una inmensa escritora. Te cuenta un momento durísimo del país y como lo cuenta de manera deliciosa, divertida, como una aparente historia de amor que finalmente fracasa porque finalmente el fracaso del país en un escritor sincero, que está contando algo muy terrible sobre el país, tiene que aparecer aún en medio de las delicias de la escritura.

Estamos conversando con Elisa Lerner, vamos a una pausa y regresamos en esta conversación con Elisa Lerner en su apartamento de Los Palos Grandes mientras llueve. Seguimos nuestra conversación con Elisa Lerner. Elisa, y esa casa que tú creces entre Valencia, el centro de Caracas y San Bernardino, ¿en qué lengua hablaban? ¿Cómo fue que tú llegaste a dominar el español como lo dominas?

Bueno, ojalá que lo domine, porque yo creo al escritor o al que pretende serlo le pasa lo mismo que al cazador, que la liebre del idioma siempre se le escapa en el momento que cree que tiene el ojo certero. Entonces mi madre yo recuerdo que vino de Rumania con dos libros. Me interesan los libros: una edición muy bella de La montaña mágica, que debe ser del año 28 o 29, en color naranja, ahora entiendo porque, por ejemplo, los libros de Sudamericana mucho, por ejemplo, la edición que yo tengo de mis catálogos es la primera de Sudamericana, también color naranja, porque las ediciones alemanas creo que las ferias eran de ese color, de un papel seda precioso, y un libro más modesto pero con tela dura, de los cuentos del Grimm para mi hermana Ruth, que era una niña de tres años y medio, en letras góticas.

Pero recuerdo que a mí no me gustaba tomar leche y mi madre me cantaba unas cancioncitas en alemán, que en un momento dado dejó de hablarme en alemán y yo sentí un gran vacío. Yo veía que Ruth se aprendía de memoria los poemas de Antonio Arráiz, ese sobre Venezuela, los de Miguel Otero Silva, los del Niño Campesino, los de las grandes poetas del sur. Los poemas de Antonio Machado y García Lorca, Rubén Darío, por supuesto, y yo la escuchaba.

Eso creo que fue fundamental para mí. Y ella los decía en los actos culturales de ese primer pedagógico de oro, que fue muy importante también para la tradición cultural nuestra y democrática. Yo creo que eso fue muy importante para mí, y en un momento dado me regalaron un diccionario Larousse para niños que yo usé como hasta el año 70 y tantos. Pero en mi casa mis padres decidieron, como muchos judíos de habla alemana, sobre todo mi mamá, no hablar en el lenguaje de lo que creían eran sus verdugos.

Pienso que era muy duro ese momento. Por supuesto, lo entiendo perfectamente. Entonces... era muy difícil el manejo del lenguaje con mis padres. Había mucho afecto y entonces yo me volqué en los libros, lo que le oí a mi hermana memorizando los poemas. Y yo tengo unas maestras maravillosas en la parroquia de Santa Teresa, de Ciprecia Velázquez, unas maestras extraordinarias que yo creo, si no hubiera ido a la escuela secundaria ni estudiado derecho o una maestría en Estados Unidos, no hubiera pasado nada y igualmente a lo mejor hubiera escrito igual.

¿Por esas maestras de la parroquia Santa Teresa? Sí, sobre todo Borga Costa, que fue también maestra de Ruth y anteriormente unos años antes de Sofía Imber, y Amalia Romero, que también hizo mi compañera infancia. Fue Marianne Convecker, entonces nada menos, muy brillante, mucho más estudiosa que yo. Yo lo que pasa es que el simulacro era que mi mamá me compraba la revista Billiken, como de alguna manera para regalarme, no complacerme en seguir hablándome en el idioma que había sido materno en nuestro hogar, pero me compraban la revista Billiken.

Billiken hizo mucho por mí, tanto que un momento dado se lo oí decir a Vargas Llosa: yo quería ser una niña argentina porque me encantaban esas... yo no conocía muy bien la botánica venezolana, insolana, y entonces me encantaban esos árboles que aparecían en la revista, de las calles exactas.

Volvamos a los años 80, que empiezas a publicar tus libros de crónica, Carriel número 5, después vienen Las crónicas inecológicas. Y hay un momento en tu vida interesante e importante, es cuando te vas a vivir a Madrid, Simón Alberto Consalvi te nombra agregado cultural con Enrique Tejera París y allá pasaste cinco años, creo que coincidiste con los años que también estuvo Adriano González León en la embajada, con Salvador Garmendia. ¿Cómo fueron esos años en Madrid? ¿Escribiste? ¿De allá trajiste algunas ideas?

Bueno, creo que aprendí realmente el español porque aprendí el español de Castilla, porque creo que nosotros los venezolanos no nos dimos cuenta que con la independencia, que fue muy rápido, desaparecieron los españoles de Venezuela. Y por un siglo los españoles de España no vivieron en Venezuela, cosa que no pasó, por ejemplo, en otros países.

Comienzan a aparecer los españoles porque es una guerra civil en España y generalmente lo primero que vienen son los venezolanos que estaban en Madrid, sobre todo porque mi papá se hace amigo, por asuntos de trabajo, de un hombre muy interesante, Ramón Zapata, que hace un conjunto lírico infantil muy protegido por López Contreras porque la gente no reconoce que López Contreras ayudó muchísimo a un cambio de corazón civil, como diría yo, para el destino del país. Es así y además... Creo que ha sido el militar con más corazón civil que ha tenido el país, para el bien de los venezolanos. Y además le dio la entrada al Caribia y el Königstein, que es barco con muchísimos judíos que han sido extraordinarios constructores de este país.

Claro, no pasó como lo que sucedió con él, lo que cuenta Padura en Herejes, que no nos dejan entrar a un barco lleno de judíos y terminan muriendo. Así es, aquí López Contreras les abre las puertas. Yo creo que es López Contreras que cuando él iba, me imagino que él iba el 5 de julio al Congreso, pasaba por nuestra calle. Me imagino un carruaje, una de esas carrozas negras, y mi mamá y yo estábamos en lo que llamaban el portón y había una cosa como si tuviera un poco el coche para saludar a mi mamá.

¿Por qué será eso? Claro, porque veía en ella una europea que se estaba incorporando ella y su familia al país. Y fíjate que nunca lo recuerdo con el képis que él había usado, sino que me da la impresión de que era como un académico de la lengua o de la historia que estuviera saludando a los venezolanos. Qué bonita imagen, Elisa, en los minutos que nos quedan hay otro momento muy importante en tu vida y es cuando decides recoger o publicar relatos.

Y después novelas, que era algo que quienes tenemos muchos años leyéndote no esperábamos y fue una extraordinaria sorpresa. Cuéntanos eso, como lo de los relatos, yo lo veo como una continuación en alguna medida de la escritura de las crónicas, pero la novela ya es otro tema. ¿Cómo surgió eso? Yo te voy a decir que yo había escrito una primera novela, pero se desarrollaba en Nueva York.

Y todos los personajes eran neoyorquinos y había un japonés y conozco en los inicios de Montevila a Rodríguez Monegal. No recuerdo si por Consalvi alguien le dice: esta es Elisa Lerner, él no sé por qué tuvo la suerte, se interesó en mí. Él era escritor y me dijo que quiero leer algo... ¿suyo? Entonces yo le leí, me acuerdo que era el Frisco un lugar muy grato, que se lo llevó al metro y le leí una página de un libro donde había titulado a un domicilio antes del viaje.

Él quiso hacerme un gran regalo y habló bellezas del libro. Recuerda que era un inmenso crítico, eso fue malísimo para mí porque varias personas quisieron que yo les leyera parte del libro, cuando les leo algunos se callan, otro me dice: me gustaría escribir esas bellezas, pero me dan a entender que no está el país para eso. Y ya yo he escrito una pieza en Manhattan y se siente una gran culpabilidad y quedé paralizada, paralizada igual que Ítalo Svevo cuando después que publica Senilidad, su segunda novela, no vuelve a escribir nada porque no recibe ninguna noticia a favor ni en contra hasta que conoce a Joyce.

Y entonces escribe su obra maestra. Entonces, creo que yo no hubiera escrito estas novelas si no hay un cambio histórico en Venezuela. Claro, como el que ha habido entonces precisamente la primera novela es de un hombre, uno de los protagonistas es un hombre que quiere olvidar que ha sido un funcionario, aunque sea un funcionario secundario, en el gobierno de Gallegos, y eso lo que yo me di cuenta cuando comienza la democracia, hay grandes homenajes para Gallegos. Hay el Gran Premio Rómulo Gallegos, hay el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos.

Pero nadie recuerda a Gallegos como presidente. ¿Por qué? Porque nadie quiere reconocer que esa derrota no es solo de Gallegos. Esa derrota es de todo lo venezolano de ese momento y esta derrota que no se quiso aceptar nos llevó a la otra derrota y eso es lo que yo quise, no sé si lo logré, pero eso fue mi intento. Por eso volví cosas que no sabía nadie a la novela. La otra la dejé inconclusa porque quedé paralizada y La señorita que amaba por teléfono, mi modelo sí era una profesora que fue muy amiga de Francisco Rivera, amigo mío, pero ahí lo que quiero es expresar el destino inconcluso del país.

Creo que ha habido poca, fuera de algunos... siempre hay excepciones muy generosas como la tuya, muy especiales, muy peculiares, pero siento que ha habido poca comprensión o lectura de esos libros porque ha pesado mucho el que yo desde muy joven tuve algún prestigio en la crónica, en el ensayo y en el teatro. Y no han querido sumergirse en páginas que además son dolorosas, y además, me da pena hablar de mí, pero no escribo novelas al uso. Son difíciles. En todo caso, las he leído como tú sabes y me produce mucha alegría y felicidad el lenguaje en esas novelas.

Más allá de lo que estás contando, son unas novelas melodiosas, hay una escritura, ya está en tus crónicas, es una escritura que corre con melodías, música, eso es algo muy importante en español. Yo creo que coincidirás que uno de los grandes logros de García Márquez, por ejemplo, es esa música que tiene su escritura, que en el fondo también es poesía, pues la poesía es música e imagen y eso yo lo encuentro entre obra novelística y las crónicas también.

Pero no te quiero abrumar en consideraciones sobre tu obra, nos quedan unos pocos minutos. Cuéntanos de tus autores. ¿Cuáles son tus autores? ¿Quiénes te han acompañado como autores a lo largo de tu vida? Sospecho que ese Tomás Mann del que hablabas, ese señor del que hablaba al principio, es una compañía, ¿no?

Yo adoré a Tomás Mann y creo que no, supongo que no entendí nada, pero a los 16 años me leí La montaña mágica y yo adoraba a Claudia Chauchat y me la imaginaba como una Greta Garbo, por ejemplo, una mezcla de Greta Garbo, sobre todo una película como Ninotchka. Y adoraba esa escena en el comedor del Berghof y esos portazos de Claudia Chauchat siguen siempre siendo para mí melodía como si fueran la séptima de Beethoven.

¿Otros autores o hablaste de Teresa de la Parra? Yo me acuerdo de una carta. Yo he sido muy desordenada para guardar papeles. Sí, una carta escrita en una esquela muy sencilla del joven más lector que fue para mí un maestro el año en que estuvo en el Fermín Toro siempre me acompañaba. Era muy distinto a mí y yo estaba entre los proyectos culturales, en todos los proyectos de los periódicos morales, en todos estos proyectos habidos y por haber.

Él era muy secreto, era un gran lector, no sé cómo se hizo amigo mío, pero apenas yo salía del liceo, de pronto me encontraba con Francisco Rivera y me hablaba de la belleza del libro. Y el único caso que él me decía: ¿cómo es posible que tú leas a Joyce, pretendas leer a Joyce y no leas a Cervantes? Claro que me puse a leer las novelas ejemplares, pero me costaba mucho el equipo de.

No leía a Azorín; hace poco un amigo me pidió traerme un libro de Azorín porque a Azorín yo lo identificaba con el franquismo, porque como ya te dije yo había leído desde muy joven en El Diario Nacional y en el liceo había chicas que eran hijas de gente ilustre, la República Española. Yo era muy de la izquierda, de esa izquierda republicana pero de la inteligencia, yo era verdadera intelectual. Entonces para mí Joyce, que lo volví a leer cuando cumplió 100 años el Ulises, creo, un gran poeta y es un novelista.

Yo pienso que la trama, verdaderamente, es la invención y sorpresa de las frases. El verdadero personaje en la novela es el lenguaje porque finalmente la novela es un mundo de inteligencia y belleza y sin el lenguaje, sin ese edredón de terciopelo, digamos, claro, de la belleza que es del lenguaje no puede haber una bella escritura. ¿Y tú, como galleguiana, eres más de Doña Bárbara o de Canaima?

Por supuesto que Canaima. Canaima es un libro bellísimo y yo creo que se quedó corto. Carlos Sandoval, lo lamento mucho, porque quiero, respeto mucho a Carlos, cuando dice que nuestro novelista de culto es Gallegos y no dice que Canaima es una novela preciosa y que es mucho mejor sin caer en competencias banales de muchas novelas vargallosas. Además, es una novela que nos tiene mucho que decir porque cuando Marcos Vargas manda a su hijo mestizo de 12 o 13 años para que lo eduquen, para que no se hunda en la selva, en el extravío como lo ha hecho él, nos quiere decir es.

Es como si en este momento nos estuvieran diciendo, venezolanos, ustedes no pueden seguir en el extravío, en la selva y en la ignorancia, tienen que luchar por la educación, por los libros, por las inteligencias, por lo que haga de Venezuela un país para la trascendencia y para la felicidad. Y ese mensaje de Gallegos es dolorosamente sangrantemente vigente. También creo que olvidaron cómo es posible que se olvide a Teresa de la Parra. Teresa de la Parra es una enorme escritora, ninguna puede compararse a Teresa de la Parra, además en ella está una sustancia venezolana y al mismo tiempo universal.

Nosotros no hemos sabido hacer llegar, creo que nos ha faltado como habilidad o generosidad para conocer quiénes son los verdaderos fundadores de nuestras letras contemporáneas. En ese agujero, que fue el gomecismo, tuvimos tres luminarias inigualables: Gallegos, Teresa de la Parra y José Antonio Ramos Sucre. Totalmente de acuerdo.

Bueno, y con estas palabras de Elisa Lerner que me conmueven hemos terminado esta conversación. Es una lástima porque hubiéramos podido pasar varias horas más conversando con Elisa, pero ya habrá oportunidad, Elisa, de hacer otro programa. Muchísimas gracias por habernos recibido en tu casa.

Siempre ha sido mi amigo y además tuve la dicha de una reunión del Juan Liscano, gran venezolano. El mejor poeta que ha escrito sobre el amor en Cármenes, conocía a tu padre y me dijo unas palabras inolvidables sobre Hilda Granco, que ella es una escritora que dominaba varios géneros, yo adoraba a Hilda desde mi infancia. Y la casualidad ha hecho, aunque yo no soy poeta, es que me he ido de género en género quizá buscando que una piedra la belleza del diamante.

Qué bonito. Hasta aquí nuestro programa de hoy, Los del Podio, segunda temporada, en Venezolanos por Unión Radio.

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