Arístides Rojas

Un maestro del siglo XIX

Escuchar
Reproduce el episodio aquí

Transcripción

Aviso: puede contener errores de transcripción involuntariamente confusos y/o inexactos. Si encuentras algo, escríbeme.

Orígenes y formación

Arístides Rojas vivió 67 años de existencia, que para su época era una muy avanzada edad, de acuerdo con los estándares de la época. Como muchos venezolanos de su tiempo y del nuestro también, es un venezolano de primera generación. ¿Qué quiere decir esto? Que sus padres eran extranjeros. En el caso de Arístides Rojas, sus padres vinieron de Santo Domingo y se establecieron en Caracas en 1821. Su padre se llamaba José María de Rojas y su madre, Dolores Espaillat.

El país les abrió las puertas, como tradicionalmente Venezuela le ha abierto la puerta a los extranjeros; esta es una tradición venezolana. El padre de don Arístides, el viejo Rojas, creó el Almacén Rojas, que fue fundado en 1838 y tuvo mucha notoriedad en Caracas porque fue un almacén muy concurrido, muy bien surtido, que prestaba unos servicios muy valorados por los consumidores.

Allí creció Arístides, también muy cerca de la magia de la publicación, ya veremos por qué, y de la cháchara, de la conversación de los visitantes ilustres que acudían al almacén en busca de los más diversos pertrechos.

Este joven Arístides Rojas comienza sus estudios de filosofía en la Universidad Central de Venezuela, pero muy pronto los abandona para cambiar de carrera y comienza a estudiar medicina, de la mano nada menos que del doctor José María Vargas. Es así como en 1852, a la edad de 26 años, obtiene el título de médico y se va a Betijoque y Escuque, en el estado Trujillo, a cumplir con la pasantía rural que los médicos venezolanos han solido cumplir desde hace mucho tiempo.

Tres años después de aquella pasantía rural regresa a la capital; le toca enterrar a su padre y a su hermano. La muerte, como vemos, era muy frecuente en aquellos tiempos, donde la expectativa de vida era muy baja y había una serie de enfermedades para las que no había solución. De allí que su padre muera relativamente joven y su hermano muy joven, naturalmente.

Luego de estos hechos lo vamos a encontrar en 1857 haciendo maletas para irse a los Estados Unidos a seguir su formación. Luego pasa a Francia, donde está un tiempo, y finalmente se establece en Puerto Rico, en donde permanece varios años sin poder regresar a Venezuela porque entonces estaba el país en medio de la Guerra Federal, o la guerra larga, como también se le conoce. Aquellos cinco años concluyen en 1863 con la firma del Tratado de Coche y termina la guerra.

Entonces regresa Arístides Rojas, junto con muchos otros venezolanos que se habían ido al exilio huyéndole a la devastación de la guerra. La guerra siempre es una calamidad. Regresa a Caracas y vive con su madre, comienza su trabajo en divulgación científica publicando sus primeros trabajos en la prensa.

En esta época de su regreso, por cierto, es cuando Arturo Michelena lo pinta en el famoso “Desván de Arístides Rojas”, una obra preciosa de Michelena que lo define muy claramente. Era un sitio relativamente grande lleno de pinturas y libros, objetos científicos, todos los instrumentos que canalizaban la curiosidad de Rojas, que era muy grande.

Vamos a hallarlo también en estos años cuando, apenas tiene 43, casado por primera vez. Dije “apenas 43” para decir que era un hombre joven, pero para ser su primer matrimonio era relativamente tarde. Pero así fue, y se casa con Emilia Ugarte. Allí Rojas vive un amor intenso, de acuerdo con las cartas que quedan y los testimonios que se han podido recoger. Pero quiso el destino, siempre impredecible, que al momento de dar a luz una hija su esposa muera, tanto la esposa como la hija. Esto fue un golpe durísimo, por supuesto, para Arístides Rojas, a quien no le queda otro camino que la soledad y concentrarse metódicamente en la investigación y la escritura.

Fíjense que venimos hablando de un médico que ha ejercido la medicina, pero que la investigación histórica comienza a tomarlo, comienza a adueñarse de él, y él se entrega a esa fascinación que es la investigación histórica. Y se traza para entonces un programa ambicioso para sus próximos 30 años y comienza a publicar poco a poco su obra.

Obra, método y ciencia

Su primer libro es editado en 1876, cuando Rojas es un hombre de 50 años. El libro se titula Un libro en prosa. Miscelánea de literatura, ciencia e historia. ¿Por qué se tituló así? Porque el método que siguió Rojas toda su vida fue el de reunir monografías, investigaciones históricas de mediana dimensión y extensión, y reunirlas en un solo tomo, e ir entregando títulos que reunían diversas monografías históricas. Por eso le coloca “Miscelánea de literatura, ciencia e historia”, porque ese primer tomo recoge esos temas que fueron cercanos, fueron epicéntricos, fueron un imán para Rojas: la literatura, la ciencia y la historia.

Ese título lleva un prólogo de José Antonio Calcaño, el famoso José Antonio Calcaño, miembro de la familia Calcaño, que dio muchísimos hijos vinculados con el arte y la cultura en Venezuela. La labor antológica del libro es de Rojas, hay que aclararlo, no es de Calcaño; Calcaño es el prologuista.

¿Qué hay allí? ¿Qué vamos a encontrar en ese primer libro? Estampas costumbristas, pasajes naturalistas impregnados del olor de la sustancia poética; y esto es muy revelador y muy significativo y característico en la obra de Rojas. Esa escritura que, sin abandonar los parámetros de la ciencia, sí se permite el discurso poético en su decir, en su habla. También vamos a hallar allí una historia venezolana salpicada de anécdotas.

Entonces Rojas entrega ese primer libro y muchos años después uno de sus biógrafos, un hombre que lo estudió a fondo, como fue Arturo Uslar Pietri, dice lo siguiente sobre este libro:

“En esa obra culmina su entusiasmo de poeta de la ciencia y queda en los comienzos del camino que lo va a llevar más tarde a cultivar cada vez con mayor dedicación la leyenda histórica y la sabiduría popular”.

¿Qué es esto de “poeta de la ciencia”? Bueno, que el norte que tenía Rojas era la divulgación científica y, al ser su norte la divulgación científica, el lenguaje no podía ser académico ni dirigido a los médicos ni dirigido a los físicos, a los químicos, a los matemáticos, porque si fuese escrito en jerga académica llegaría a muy poca gente el conocimiento que él quería divulgar. De allí que, sin sacrificar ni un milímetro del conocimiento científico que tenía, sí se servía de un lenguaje coloquial, poético-literario, para llevar a la mayoría de las personas, al público en general y a los lectores en general, el conocimiento científico.

A eso alude Uslar cuando habla de “poeta de la ciencia”, y también señala que más adelante Rojas se va a concentrar en el tema de la leyenda histórica y la sabiduría popular. De esto hablaremos luego.

La bibliografía de Rojas completa, como muchas otras, las hizo Pedro Grases, ese gran venezolano de origen catalán que fue uno de nuestros grandes bibliógrafos e investigadores. Dice Grases con razón que Rojas fue un autor de monografías. Yo digo que la observación no es trivial, sino importante, porque para el momento en que Rojas está haciendo esto, eso prácticamente nadie lo hacía en Venezuela o muy poca gente lo hacía.

La monografía no era el formato en el que se divulgaba el conocimiento científico o histórico, sino que se divulgaba a través de largas historias o de trabajos muy extensos. La monografía, como les dije antes, concentraba el conocimiento y lo divulgaba en trabajo de breve o mediana extensión. No son tratados las monografías. Eso es cierto. Lo que señala Grases: Rojas fue un autor de monografías y en ese sentido podemos decir que fue el pionero de la monografía en Venezuela y el primero que abrazó las nuevas tendencias historiográficas de su tiempo.

¿En qué sentido? En que esas nuevas tendencias estaban inspiradas por el método científico. Aquí la huella del positivismo era clara. Sin ser Rojas un positivista arquetipal, como lo fue Villavicencio, como lo fue Adolf Ernst, como lo fue José Gil Fortoul o como lo fue Laureano Vallenilla Lanz, en Rojas había sedimentos positivistas consistentes, pero no fue un positivista arquetipal porque Rojas nunca abandonó sus creencias cristianas. Nunca se separó de la Iglesia católica, que obviamente sancionaba negativamente el positivismo por sus raíces ateas y liberales.

En la próxima parte del programa seguiremos hablando sobre este protohistoriador, médico venezolano que fue Arístides Rojas. Ya regresamos.

Estudios históricos y Crónica de Caracas

Decíamos en la parte anterior del programa que Rojas fue un protohistoriador. Quiero decir con esto que fue un protohistoriador desde las perspectivas actuales, cuando la historia se estudia en las universidades, se hacen maestrías y doctorados. Pero no había estudios históricos en los tiempos de Rojas y quien se dedicaba a la historia lo hacía como una vocación particular; no se formaban universitariamente para eso. Pero sin duda que fue un historiador de su tiempo, con los instrumentos y los métodos de su tiempo. Cuando digo protohistoriador, lo estoy diciendo desde nuestra perspectiva actual.

Muy bien. Tres años después de publicado aquel primer libro muere también su madre. Y bueno, ahora Rojas realmente ha tenido una seguidilla de decesos que lo afectan muy particularmente, pero por otro lado lo confinan, lo dejan solo trabajando. Y vienen los años, desde el punto de vista de la escritura y de la investigación, los años más productivos de Rojas.

En 1878 publica su segundo título: Estudios indígenas, contribución a la historia antigua de Venezuela. En 1874 también culmina el estudio El elemento vasco en la historia de Venezuela. Luego recoge este trabajo en su título Estudios históricos. Orígenes venezolanos.

En relación con lo primero que le cité, los Estudios indígenas sin duda para el momento en que es publicado constituyen un aporte importante. Hoy en día muy superados, pero en su momento fue un aporte de su tiempo. Recordemos que entonces no existían estudios antropológicos y etnológicos: eran escasísimos en Venezuela. De modo que esta aproximación antropológica y etnológica de Rojas a la población indígena venezolana fue muy valiosa en su momento. Imposible no reconocer este esfuerzo y aporte.

También lo fue El elemento vasco en la historia de Venezuela: es una investigación pionera y es un elemento importante porque no solo estamos hablando de los vascos que llegaron a partir de 1730-32 con la Compañía Guipuzcoana, que fueron muchos, sino que estamos hablando de los vascos que llegan antes, entre quienes se contaban los Bolívar, por citarles alguna familia ilustre. Pero también estaba Lope de Aguirre, que de ilustre no tenía nada. De modo que es variado el aporte del elemento vasco en la historia de Venezuela. Este es un texto breve, preciso, como solían ser estos estudios monográficos de Arístides Rojas, valioso y en su momento pionero desde el punto de vista antropológico.

También en estos años él hereda la tarea del Almanaque para todos. ¿Qué era esto? Un almanaque que todos los años publicaba la empresa de los Hermanos Rojas, que había iniciado su padre. Era un almanaque en el que se divulgaba el conocimiento científico y también el conocimiento histórico venezolanista y universal. Lo elaboró todos los años.

También de estos años es su amistad con el maestro de origen alemán Adolf Ernst, uno de los grandes positivistas que hubo en Venezuela, y Ernst lo invita a formar parte de la junta directiva que funda la Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales.

Rojas no llegó a compartir completamente, como advertimos antes, los postulados positivistas, sobre todo las teorías darwinianas, porque por supuesto estas teorías iban a contracorriente del dogma cristiano, del dogma católico del paraíso terrenal y de Adán y Eva como origen de la creación. Hoy sabemos que esto es un mito y realmente la explicación del origen de la creación es más darwiniana que mitológica, como es natural, pero entonces estos eran temas todavía que se ventilaban con potencia, con intensidad.

Dijimos antes que Uslar habla de la poesía en su obra. Vamos a citar otro fragmento de las valoraciones de Uslar Pietri sobre Rojas. Dice Uslar: “Poesía de la ciencia, de la historia, poesía del saber popular, han sido los grandes temas de su vida y de su obra. La emoción de belleza que brota de ellos es la que su espíritu busca y en lo que se complace con lenta y serena delectación”.

Pues sí, ese fue el espíritu que animó a la obra de Rojas. Coincidimos con Uslar. Y ese espíritu se detuvo muy particularmente en las vicisitudes de la vida en el valle de Caracas. De allí que su libro Crónica de Caracas sea tan leído, tenga tantas ediciones y haya sido un libro tan celebrado.

Sin embargo, hay que aclarar lo siguiente: él no publicó un libro titulado Crónica de Caracas. Él publicó muchas crónicas acerca de la vida caraqueña en la prensa. ¿Qué ocurre? Que en 1946 Enrique Bernardo Núñez tiene el encargo, por parte del Ministerio de Educación y la Biblioteca Popular Venezolana, de hacer una selección de los textos caraqueños de Rojas para formar el pequeño volumen.

Núñez ha debido tener una tarea muy desafiante porque los textos caraqueños de Rojas son muchos y él escogió unos cuantos por razones de espacio: no podía hacer un volumen de miles de páginas porque era inviable su edición y su venta, y no entraba dentro del formato de la Biblioteca Popular Venezolana del Ministerio de Educación.

De allí que Crónica de Caracas, este libro que tantas veces se ha reeditado de Arístides Rojas, sea una selección y un título que se le deben a Enrique Bernardo Núñez. Esto nos lo informa muy claramente el profesor, muy querido y colega en la Academia Venezolana de la Lengua, Manuel Bermúdez, hace unos años fallecido.

Manuel escribió el prólogo de Crónicas y leyendas, un libro de Arístides Rojas publicado por Monte Ávila Editores en 1976. Allí se recogen más crónicas que las que Núñez estimó en Crónica de Caracas. Es una obra más completa, es una recopilación más completa la que hace Manuel Bermúdez. Sin embargo, la que se ha popularizado es la de Enrique Bernardo Núñez y se ha publicado muchas, muchas veces.

No es una lástima porque el número de textos caraqueños de Rojas es muy grande y Crónica de Caracas tiene unos cuantos trabajos, pero quedaron por fuera muchos. Quizá sea una oportunidad en los años que vienen de publicar otras crónicas de Caracas de Arístides Rojas, organizadas por algún otro crítico literario con un buen prólogo.

Quizás buena parte de las crónicas de Rojas, cuando se refiere a los dos primeros siglos de haber sido fundada Santiago de León de Caracas, se fundamentan en hechos recogidos por la Iglesia. Las fuentes documentales de Rojas, con mucha frecuencia, fueron las fuentes documentales que felizmente tenían esas fuentes, porque era muy difícil reconstruir aquellos episodios sin fuente documental.

De allí no puede sorprendernos que el autor abunde en pormenores de la jerarquía eclesiástica. Hay varios trabajos sobre las vírgenes, la Virgen de la Copacabana; hay un trabajo sobre el obispo Diez Madroñero que estoy recordando mientras hablo. Hay muchos trabajos sobre la Semana Santa o del carnaval. Era natural porque en esos primeros siglos de vida caraqueña quien modelaba la cultura era la Iglesia católica, que era la institución rectora del modelaje cultural. Era imposible que no estuviese presente.

En los años modernos la influencia de la Iglesia católica se ha reducido notablemente, como es natural en la modernidad. Y en estos trabajos también hay un hecho muy interesante y es que Rojas le pone mucha atención a los terremotos que ha habido en Caracas y los documenta. Estamos hablando del terremoto de 1641, el 1766 y el devastador, probablemente de mayor intensidad, el del 1812.

A ver, aquí no se puede saber a ciencia cierta la intensidad en la escala de Richter de estos terremotos porque esas mediciones no existían y muchísimo menos había instrumento para hacerlas en Caracas. Pero cuando yo digo que el de 1812 fue devastador me estoy refiriendo a los daños que causó. Murieron miles de caraqueños y uno sospecha que la intensidad del terremoto fue muy grande. Pero es una sospecha porque en 1766 o 1641 los terremotos han podido ser de gran intensidad, pero la ciudad era mucho más pequeña y entonces el daño fue menor. De modo que esto es difícil de medirlo. En todo caso, Rojas recoge todo este anecdotario tan sabroso e interesante y tan terrible sobre esos tres terremotos de Caracas.

Como sabemos, a esos tres terremotos documentados les siguen el terremoto del 1900 y el de 1967. Obviamente don Arístides no estaba en el mundo para cuando estos terremotos ocurrieron. Valga la anécdota: mi abuela sí, y siempre me contaba que ella había estado en el terremoto de 1900, en el de 1967 y que en un viaje a México le tocó otro terremoto. De modo que mi abuela padeció tres terremotos en su vida. Supongo eso no debe significar nada, si mi abuela fuese chilena, pero no lo era, era caraqueña. En Chile los terremotos, como sabemos, están a la orden del día.

En la próxima parte del programa continuaremos con este personaje entrañable y hermoso, Arístides Rojas. Ya regresamos.

Vida caraqueña y obra inédita

En la parte anterior del programa hablábamos de Crónica de Caracas, el libro más divulgado o más conocido de Arístides Rojas. Un libro muy sabroso de leer, no solo por la chispa poética que ya hemos señalado, sino por los números. Recordemos que Rojas era un científico médico y enumeraba los hechos y las cosas con precisión. Por ejemplo, se esmera en fijar la cantidad de templos que se levantan en Caracas y señala con exactitud el origen de la devoción que en cada uno de estos templos se practica u ofrece.

Y abunda también en detalles reveladores de la conducta de los caraqueños. Un buen ejemplo es la observación que él hace sobre cómo se conducen los caraqueños en los entierros. Él dice que hay un signo distintivo que ha caracterizado en toda época los entierros caraqueños y es la conversación que se anima, dice Rojas, en la proporción en que el acompañamiento de la urna se acerca al templo de la parroquia.

Hay un murmullo de la concurrencia que va cargando la urna desde la habitación, desde la casa del fallecido, hasta que entra en el templo de la parroquia donde se le va a velar en capilla ardiente. Él habla de ese murmullo característico de la gente que comienza a hablar en un tono bajo por respeto a lo que está ocurriendo, pero la conversación no se detiene y va subiendo de tono hasta que de pronto advierten todos que están hablando en voz alta y están en un entierro. Pues esto es típico caraqueño y es muy curioso que lo señale Rojas en el siglo XIX, porque esta misma circunstancia se da hoy en día cuando uno va a los velorios en el Cementerio del Este, donde hay largas conversaciones de la gente mientras el fallecido es velado por sus familiares.

No puede señalarse esto como un defecto o una falta de respeto en los caraqueños hacia los muertos; por el contrario, es una forma simpática de asumir el hecho mortuorio por parte del gentilicio caraqueño. Lo interesante es que Rojas lo advierte muy claramente.

En un momento también él señala algo que quiero citarles en relación con la vida caraqueña del siglo XIX —y por supuesto él está recogiendo historia del XVIII, del XVII y del XVI—. Dice Rojas: “La vida caraqueña la sintetizaban en pasadas épocas cuatro verbos que eran conjugados en todos sus tiempos, a saber: comer, dormir, rezar y pasear”. Bueno, esta es la Caracas, él aclara, en pasadas épocas, porque ya en el siglo XIX habría que añadirle el verbo guerrear, que fue el signo de prácticamente todo el siglo XIX caraqueño: una guerra detrás de otra, no solo la Guerra de Independencia sino la Guerra Federal y muchas otras escaramuzas. La Revolución Azul, la revolución de aquí y allá. El siglo XIX fue sangriento, eso lo sabemos todos.

Pero esta Caracas de costumbres distendidas de la que viene hablando Rojas es la misma que recibe al barón de Humboldt y lo sorprende a Humboldt. Rojas también habla de esto: la ilustración de los burgueses caraqueños, lo bien educados, lo bien informados, las casas que tenían, los muebles que tenían.

Recuerden que Humboldt viene en 1799-1800. Para entonces Caracas ya era una ciudad rica porque la riqueza de Venezuela se pronuncia particularmente en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el cacao venezolano se convierte en uno de los frutos más apetecidos por las cortes españolas y europeas en general. De allí viene la denominación “los grandes cacaos” para aquellos hombres en Caracas que eran dueños de este fruto. Luego se le va a sumar el café, que también fue una riqueza importante, pero sobre todo esto ya es hacia finales del XVIII y principios del XIX.

Por cierto, sobre el café a Rojas no se le escapa el origen del café en Caracas y señala el papel preponderante que tuvo Blandín, Domingo Blandín, quien tenía una hacienda de café donde hoy en día está el Caracas Country Club. Incluso la casa del Caracas Country Club se construyó donde estaba la casa de la hacienda de Blandín. Y Blandín fue uno de los primeros que sembró café en Caracas, junto con los padres Moedano y Sojo.

Allí, en esa casa, hay una placa que dice que en ese sitio —porque la casa no es la misma— fue el lugar donde se tomó por primera vez una taza de café en Caracas. Estamos hablando de finales del siglo XVIII.

No pasa por alto Rojas en sus crónicas la altísima significación que tuvo la Escuela de Música en Chacao, la que sostenía y animaba el padre Sojo con gran fervor, como es sabido por todos. Habla de muchos temas: de la nodriza de Bolívar, del corazón de Girardot que Bolívar se lo trajo desde Bárbula y lo colocó en la Catedral de Caracas; habla de las predicciones de Saturnino, un orate que anticipó en sus predicciones el terremoto de 1766. Al menos así lo creen muchos, entre ellos Rojas, que reproduce las predicaciones de Saturnino, este orate caraqueño que vio con anticipación el sismo.

Y así muchos hechos que forman parte del tejido anecdótico y legendario en la ciudad capital son registrados por Rojas con sus detalles muy sabrosos de leer.

Pero vamos llegando al final del río vital de Rojas. Nos acercamos a sus años finales. Él mismo siente que se le viene encima el tiempo y no ha terminado su proyecto, y apura el paso. Una señal es que lo quieren elegir individuo de número de la Academia Nacional de la Historia, que ha sido recién fundada. Recordemos que fue fundada por Juan Pablo Rojas Paúl a finales del siglo XIX, y Rojas obviamente era un candidato arquetipal para integrarla.

Y él declina. Él dice que el tiempo que le queda, que él sospecha que es muy poco, tiene que ocuparlo íntegro en su trabajo de investigación y escritura y no podría cumplir con los compromisos académicos de la institución que se estaba formando. Hay una frase muy bonita que tiene vinculación con lo que vengo diciendo: siempre Rojas decía “Nos place ser humildes”.

Por otra parte, el desván donde vive Rojas se ha llenado de cacharros, porque no hemos dicho que Rojas tenía la pasión del coleccionista, que no amainaba y que lo llevaba a comprar libros, objetos, peroles, corotas de diversa índole. Y todos iban al desván, donde eran revisados por él, organizados. En fin, el desván va llenándose de cacharros, como él mismo decía.

Y también, lamentablemente, sus bolsillos se van vaciando y no logra terminar sus proyectos hasta que el presidente de la República de entonces, Raimundo Andueza Palacios, decide darle un contrato para que él termine de organizar su obra. Así lo hace: le pagan un dinero y Rojas retoma el ritmo de publicación de sus libros. Se publica entonces, en 1891, Estudios históricos. Orígenes venezolanos.

Pero en 1892 hay un cambio de manos del poder: deja el poder Andueza Palacios, lo asume Joaquín Crespo, y Joaquín Crespo no decide respetar las cláusulas del contrato con Rojas, y Rojas pierde el apoyo para continuar publicando sus libros.

Esto lo deprime. Ya está viejo para los estándares de la época y finalmente Rojas va a morir el 4 de marzo de 1894, a la edad de 67 años, como dijimos al comienzo del programa. ¿Qué pasó con su obra escrita y su obra publicada? Bueno, hay una gran disparidad entre su obra escrita y sus obras publicadas. ¿Por qué? Porque estamos hablando de un proyecto que fue el proyecto que le encargó Andueza Palacios: suponía la publicación de 17 volúmenes, 17 títulos, y Rojas solo publicó cinco títulos. De modo que 12 de sus libros quedaron inéditos.

Y ustedes dirán: bueno, pero ¿cuál es el problema? ¿Por qué no se publican los libros de Rojas? Pues un tema muy difícil de resolver: Rojas escribía a mano, como era la costumbre de la época, y la caligrafía de Rojas es endemoniada. Prácticamente nadie la entiende. Los documentos están —Pedro Grases certifica que están— todos en la Biblioteca Nacional de Venezuela. Allí deben estar, pero no hay quien tenga paciencia para descifrar los jeroglíficos de Rojas, que escribía con una letra imposible de desentrañar.

Esto requeriría un trabajo muy particular, de mucha paciencia. Lo hizo el notable bibliógrafo Manuel II Sánchez y se animó a descifrar un texto en Rojas y casi lo logra, pero no logró, por eso dije casi, y más bien abandona la tarea. Era una tarea prácticamente imposible.

Yo no sé si hoy en día con las modernas tecnologías podría crearse un programa que leyera los jeroglíficos y pudiera traducirlos en palabras comprensibles. No me suena probable, pero quizás más adelante la tecnología llegue a algo así y podamos tener en la mano los doce títulos de Rojas que nunca pudieron publicarse. Dios quiera que así sea.

En la última parte del programa volveremos sobre la obra de Rojas y lo que quedó de ella, y lo que significó. Incluso hablaremos de lo que él mismo opinaba de su trabajo. Ya regresamos.

Decíamos en la parte anterior del programa que de Rojas no ha podido publicarse buena parte de su obra manuscrita por las dificultades que supone desentrañar su letra compleja, endemoniada. Esto no deja de ser una ironía porque el propio Rojas dejó como última voluntad que su obra inédita se quemara para el momento de su muerte. Por supuesto, sus familiares cercanos no le hicieron caso y la obra, como les dije antes, está en la Biblioteca Nacional de Venezuela.

No deja de ser interesante preguntarse por qué Rojas toma esa decisión. Es decir, ¿qué lleva a un autor a ordenar la quema de sus obras inéditas con posterioridad a su muerte? La verdad es que es difícil saberlo, pero pareciera fruto de una depresión psicológica o melancolía. En todo caso, la obra de Rojas que conocemos es la punta del iceberg y la mayoría permanece sumergida por esa circunstancia escritural, tan compleja y tan irónica. ¿Por qué irónica? Porque él propuso que se quemara la obra inédita y realmente lo que ha pasado es que no ha podido publicarse porque no se entiende su caligrafía.

¿Cómo era el proyecto de sus 17 volúmenes al que aludimos antes? Estudios históricos y orígenes venezolanos, dos volúmenes. Estudios indígenas, dos volúmenes. Humboldtianas, un volumen. Leyendas históricas de Venezuela, volúmenes cinco y seis. Siluetas en la guerra a muerte, un volumen. Literatura de la historia de Venezuela, un volumen. Revolución de 1810, un volumen. Correspondencia inédita de Bolívar con notas ilustrativas, un volumen. Caracas, un volumen. Folclore venezolano, un volumen.

Como vemos, de estos 17 títulos en vida se publicaron cinco. El de folclore venezolano es póstumo, pero fue publicado. Ceñidos al tema histórico, dejó lo siguiente: Un libro en prosa. Miscelánea de literatura y ciencia e historia, de 1876; los Estudios indígenas, de 1878; los dos volúmenes de Leyendas históricas, publicados en 1890-1891; y los Estudios históricos. Orígenes venezolanos, un libro de 1891.

Hay unos ensayos sueltos muy valiosos, por cierto. Hay uno que se titula El Constituyente de Venezuela y el cuadro de Martín Tovar y Tovar, que representa el 5 de julio del 1811. Es un estudio de Rojas, publicado hace pocos años por el Congreso Nacional de la República, cuando las publicaciones del Congreso las dirigía el legendario editor venezolano, bien entrañable amigo José Agustín Catalá.

También de Humboldtianas hizo este otro venezolano extraordinario, Eduardo Röhl, una recopilación publicada en 1924; se llaman Humboldtianas. Y la recopilación más significativa, aunque incompleta —imposible los 17 tomos— se publicó en 1907 en la editorial Garnier, en París, y esto lo hicieron los hermanos Rojas, sus familiares sobrevivientes. Ese título se llama Obras escogidas.

Más recientemente, a finales del primer gobierno de Caldera, en 1972, la Oficina Central de Información publicó Crónica de Caracas; reeditó Crónica de Caracas y crónicas, se reeditó ya varias veces por parte de los libros de El Nacional y la editorial Fundarte, que yo recuerdo en este momento, pero varias ediciones.

A partir de esa edición hecha por Enrique Bernardo Núñez en 1946, ¿qué decía el propio Rojas de su trabajo? Decía lo siguiente:

“La monografía histórica, es decir, el trabajo intelectual que tiene por objeto el esclarecimiento de hechos consumados ya en el orden político de toda sociedad, ya en el estudio de personajes y episodios de épocas, de los orígenes y conquistas de un pueblo en el desarrollo creciente de la humanidad. Tal es el campo donde, de un siglo a hoy, cosecha opimos frutos el estudio ayudado de la observación y sagacidad, inspirados por el amor a lo grande y a lo bello, sostenido por la constancia, ayudado del espíritu filosófico y del criterio recto, y siempre tras los más puros ideales de la conciencia para premiar virtudes eximias, rendir culto a la verdad y homenaje a los espíritus elevados que han desaparecido al choque de las convulsiones humanas”.

Como vemos, tenía muy claro Rojas que él estaba desarrollando la monografía histórica de la que fue pionero, como hemos venido insistiendo a lo largo de todo el programa.

Hasta aquí esta síntesis biográfica de Arístides Rojas, un hombre de primera importancia para nosotros, un prócer civil venezolano del siglo XIX. Y nosotros hacemos votos porque algún día pueda publicarse su obra sumergida, su obra indecifrable. Sería una tarea para un obsesivo investigador o para un calígrafo, ponerse a trabajar en esos manuscritos de la Biblioteca Nacional de Venezuela y poder dar a la luz la obra que no conocemos de Arístides Rojas.

Ha sido un placer hablar para ustedes. Como siempre, les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Meri Sosa y Víctor Hugo Rodríguez; en la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho.

A mí me consiguen por Facebook, por mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com y por Twitter arroba rafaelarraiz. Y también consiguen estos programas colgados en la página unionradiocultural.com. Allí están colgados muchos de estos programas que ustedes pueden oír cuando quieran desde cualquier lugar del mundo. Ha sido un gusto hablar para ustedes. ¡Hasta la próxima semana!

Más de esta serie