Elizabeth Schön
La voz de las aguas más profundas.
Transcripción
Habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos a hablar de una venezolana, excelente poeta y autora de obras de teatro, que nació en Caracas en 1921 y murió en Caracas en el año 2007. 86 años vivió Elizabeth Schön, una excelente poeta que comienza a publicar en 1953 y cuyo último libro es del año de su muerte, 2007.
Era hija de Miguel Antonio Schön y de María Luisa Ibarra. Como vemos, una mezcla de caraqueños, porque el apellido Ibarra es caraqueñísimo y Schön es un apellido de origen alemán. Ignoro si quien era alemán era su padre o su abuelo, o su bisabuelo, pero en todo caso Schön es un apellido alemán enraizado en Venezuela.
Elizabeth se casó con uno de los pioneros de la radiodifusión en Venezuela, Alfredo Cortina, excepcional venezolano que vive entre 1903 y 1988, y que, cuantas veces se hace la crónica o historia de la radio en Venezuela, Cortina está en primer lugar porque se lo merece y porque así fue. La obra poética y dramatúrgica, pero sobre todo poética, de Elizabeth Schön fue reconocida en 1994 con el Premio Nacional de Literatura.
Vida y obra
Vamos a hablar sobre todo de su poesía y también de su teatro. Su primer libro, ese que señalamos de 1953, La gruta venidera, es un libro en prosa: prosa poética o poesía en prosa, para ser más precisos. En este libro la poeta va inventariando las fuerzas del Génesis, va fijando las operaciones por las que pasa la naturaleza hasta llegar al hombre. Trabaja con la evolución. Es un libro fundacional en dos sentidos: en el sentido de que es su primer libro, que funda su trabajo poético, y en el otro porque ella está abriendo los ojos al mundo y trata de auscultar, de catar el mundo.
Y así es como se encuentra con la violencia constructora, porque la construcción también requiere de violencia para expresarse, aunque parezca mentira. Allí va ella acompañando los ritmos naturales con su mirada de asombro, de encantamiento; va viendo los fenómenos de la naturaleza.
A este hermoso libro le sigue otro, en 1962, que se titula En el allá disparado desde ningún comienzo. Allí Schön da un paso más y trabaja el verso muy adjetivado, lo que lo hace interesante. Y se decanta por cierta oscura geometría, que olvida el referente, da un paso hacia el abstraccionismo. Debe tener que ver esto con su incursión en la filosofía: Elizabeth Schön, sin graduarse de filósofa en la Universidad Central, asistió a muchos cursos y fue alumna allí de grandes profesores, entre otros Ernesto Mayz Vallenilla, por citar alguno. Y se familiarizó con el pensamiento filosófico, que se fue acercando a cierta abstracción.
Sin embargo, en su obra van a convivir esa vertiente abstracta con una vertiente realista cotidiana muy precisa, muy filosóficas también. Me estoy refiriendo ahora a su libro más publicado, un libro bellísimo que yo estimo muy particularmente, que se titula El abuelo, la cesta y el mar. Es un libro de 1965 dedicado, por cierto, a un gran psiquiatra y psicoanalista venezolano, Fernando Rísquez Iribarren. Un gran autor también.
El abuelo, la cesta y el mar
Este es un libro verdaderamente conmovedor que comienza diciendo lo siguiente, yo diría que los niños necesitamos, como los barcos, de un muelle muy amplio y de unas aguas muy quietas y transparentes.
Este libro precioso, que tiene al mar y a la playa como el escenario principal, recrea con gran inteligencia y sencillez la relación entre un maestro y su discípulo, que en este caso es la relación de un abuelo y su nieta. Allí el guía, el abuelo, le va descubriendo a la nieta cómo en la naturaleza subyace un código donde encontramos respuestas a nuestras preguntas.
Es un libro sabio en el que los viejos, los que se despiden, le entregan las llaves de su experiencia a los que se inician. Están los dos extremos de la vida: la niña que comienza y el anciano que está en sus años finales. En esta estructura, como es evidente, se rescata una relación milenaria pedagógica: la relación que se da entre el maestro y el discípulo, que en este caso es repotenciada por la filiación, por la familiaridad, por el enorme afecto que suele haber entre los abuelos y los nietos.
Es un amor bastante particular, muy estudiado por la psicología, porque es un amor distinto al de los hijos hacia los padres o al de los padres hacia los hijos. Vamos a leer unos tres fragmentos de este libro tan hermoso. Dice Elizabeth allí, recuerden que se trata de un libro de poesía en prosa:
"Siempre he pensado que el amor que tiene el abuelo por mí es muy semejante al amor que tiene la savia por el árbol. Lo deja crecer tanto cuantos sus raíces y semillas dan. Jamás he sentido su amor como una red que me aprisiona o me atrapa. Esto nunca lo podría decir. Me demuestra constantemente que amar es dejar que las aguas sigan su curso sin que derrumben o encarcelen".
Qué belleza, qué sabiduría, y queda contracorriente de muchas pedagogías equivocadas, fundadas en la obligación, en la violencia, en la imposición de unas pautas. Repito la última oración del texto, dice Elizabeth: me demuestra constantemente que amar es dejar que las aguas sigan su curso sin que derrumben o encarcelen.
Bellísimo, bellísimo porque es una sabiduría fundada en el respeto a la naturaleza. En este sentido su obra es muy taoísta y, de hecho, ella dice en una entrevista que su iniciación a la poesía fue leyendo poesía china. De modo que esto que acabo de decir no es gratuito.
Veamos ahora otro texto de ese libro precioso, El abuelo, la cesta y el mar. Les leo:
"Una vez más caminábamos por la playa. Le pregunté al abuelo qué era la mansedumbre. Me respondió que la mansedumbre era una de las virtudes más difíciles. Después calló y, al cabo de unos instantes, agregó: cuando se posee la mansedumbre el alma no teme, sino que lo contrario: se siente segura, plena, colmada de una estabilidad que impide las heridas de todas las espinas.
"Reía, estaba alegre, ya no tenía dudas. Acerca a las espinas la mansedumbre, la estabilidad eran necesarias para tocarlas sin necesidad de que sus puntas se enterrasen en la piel".
Bello texto. El tema de la mansedumbre va a ser recurrente en su poesía; es una suerte de serenidad que buscan los budistas o de nirvana que buscan los hinduistas. Para Elizabeth Schön la mansedumbre era ese estado de paz y de serenidad al que ella aspiraba, un estado donde las cosas, el mundo, la realidad se ve mucho más claramente.
Leamos un tercer texto de este libro y así tenemos una visión más precisa de El abuelo, la cesta y el mar. Les leo:
"La espuma estaba blanca, traslúcida". Me decía que si la tocaba también tocaría aquella primera estrella que había alumbrado por primera vez al mar. Iba a tocarla, mas el abuelo me tomó la mano y dijo: "La libertad no es un anhelo desenfrenado de poseer cuanto queramos, como tampoco es espacio al que gustosamente le arrancamos la piel".
"La libertad" —calló, miró al cangrejo que caminaba sobre una piedra y siguió hablando— "¿No crees que la libertad se parece mucho a este pequeño animal, que ha tomado la decisión solitaria de no abandonar su camino y de seguir brindando la semilla que la vertiente le coloca en las manos para sembrar?".
El cangrejón no se desviaba, seguía su rumbo. A veces se apresuraba, a veces se detenía; sus huellas quedaban en la arena como pequeñas semillas que iban dejando, mientras firmemente, con gran coordinación de sus movimientos, seguía hacia adelante.
Qué belleza de texto sobre la libertad y la responsabilidad, el trabajo y las tareas que todo ser viene a este mundo a desempeñar. Ella vincula la libertad con el desempeño de las tareas para las que un ser humano está llamado.
Precioso texto. En la próxima parte del programa diremos algo más sobre este gran libro El abuelo, la cesta y el mar.
Bueno, en la parte anterior del programa hablábamos de El abuelo, la cesta y el mar. Y concluyamos diciendo que se trata de un libro precioso en el que el esplendor de los ritos de iniciación, y los rigores y las dulzuras de esos ritos, se dan la mano y surgen a partir de esa relación entre un abuelo y una nieta, que caminan por una playa y recogen guijarros, recogen piedras, recogen caracoles. Ven a los cangrejos, se hacen preguntas, caminando en la playa de día o tarde o noche, ven las estrellas. Es una belleza de libro, realmente.
Luego vienen otros, como los textos La cisterna insondable y Mi aroma de lumbre, publicados en el año 71, y también está La gruta venidera. Allí el lenguaje y los referentes vuelven hacia el abstraccionismo, que la poeta abandonó completamente en El abuelo, la cesta y el mar. Les decía al principio que ella va a estar oscilando entre estos dos registros: el abstraccionismo filosófico y el esencialismo, vamos a llamarlo taoísta o chino, en el que lo más sencillo está dicho de la manera más sencilla también.
También hay otro título, Mi aroma de lumbre, y allí se teje desde distintos ángulos una indagación sobre la naturaleza y el protagonismo de la palabra. Pero también se le toma la temperatura, el pulso, a emociones como el odio, la hipocresía, el irrespeto, la serenidad, la envidia. Son emociones, conductas y bajas pasiones, pero también las virtudes y los pecados, digamos de esa manera. Es un poemario interesante en ese sentido. De allí tomo cuatro versos muy hermosos que se lo refiero, dice Elizabeth: "Se escribe con la limpidez de la hierba, con el movimiento del tallo y el desprendimiento de la hoja cayendo hacia la tierra". Muy bello.
Luego vienen otros poemarios: El oír la vertiente, del año 73; Incesante aparecer, en 1977; y Encendido esparcimiento, de 1981. Este último es un libro importante; allí encontramos buena parte de la obra poética, los temas esenciales de buena parte de su obra poética. Allá está su indagación en la naturaleza del ser, en la naturaleza del yo y en la naturaleza de la nada. Y entonces cuando se pregunta varias veces quién soy, cómo soy, hacia dónde voy.
Estas son algunas de las preguntas ontológicas, existenciales, que Elizabeth Schön se hace en este libro importante, Encendido esparcimiento, un libro de hondura filosófica. Les leo unos fragmentos de ese libro:
"Al ser se le puede atribuir algún comienzo, si nunca hemos podido hacerlo, como aquella fruta que en los caminos madura para nuestra sed diaria, mas está aunque nada ni nadie sea capaz de abarcarlo. El ser no es medible, pero del hombre es la extensión, la altura y el hueco gigantesco del universo".
Como vemos, hay ya en este libro y en otros una hondura filosófica por otro camino, el camino abstracto, que difiere de ese poemario excepcional El abuelo, la cesta y el mar, pero que tiene sus luces y sus aportes, por supuesto.
Le damos un fragmento de un ensayo de otra extraordinaria poeta, Hanni Ossott, sobre este libro de poesía de Elizabeth Schön que venimos refiriendo. Dice Hanni Ossott: "Podríamos decir que Encendido esparcimiento despliega una devoción hacia el ser y el fuego como fuentes originales de la existencia. Esas fuentes originarias están lejos de ser encarnaciones de lo divino, pues para Elizabeth Schön el ser rebasa a cualquier concepto humano. Asimismo ella nos muestra que el ser no tiene lugar, nos pertenece, está en nosotros y nos excede. La chispa, la llama en nosotros nos dice del ser, pero el hombre suele apagarla con su codicia".
Aquí toca el timbre de lo que el hombre con frecuencia está autosaboteándose, traicionándose. Estas batallas del hombre con su yo interior también las ha trabajado mucho en la poesía un gran poeta, que es Rafael Cadenas, que algún día haremos un programa sobre su vida y su obra.
Bueno, a Encendido esparcimiento le sigue Del antiguo labrador, un libro de 1983 donde el deslumbramiento ante la naturaleza, que ocurre en su primer poemario aquel de 1953, encuentra de nuevo cauce en la relación del hombre con la tierra. Aquí Elizabeth va reconstruyendo la faena milenaria de la humanidad con el campo. Va trabajando lo que es simbólico de esa tarea: la semilla, el agua y la tierra, el hombre sobre ella, los frutos, los ciclos, las manos que intervienen y articulan todo este ciclo que ella está observando.
En Del antiguo labrador va a cantar a la sabiduría casi ignota del labrador; digo casi porque algo es innato pero en mucho es cultural también. Es algo que ha ido aprendiendo el labrador de generación en generación. Allí Schön celebra el ritual de los campesinos y asume como propios los equilibrios que estos hombres logran con sus labores. Me refiero a los equilibrios entre esas manos trabajadoras y lo que la tierra va pidiendo. Elizabeth busca y encuentra el nudo de otro de sus centros obsesivos: la paz interior, la armonía, la mansedumbre de la que hablamos al principio del programa, es como la mayor aspiración de ella. La mansedumbre, por supuesto, de la mano con la paz interior y con la armonía. No pueden darse las tres separadas, son unas hermanas que van juntas.
Bueno, finalmente el camino abstracto que se propuso Elizabeth Schön desde aquel libro titulado En el allá disparado desde ningún comienzo, junto con sus compañeros de viaje, entonces los poetas Ida Gramcko y Alfredo Silva Estrada, va a encontrar muelle, ancla, en sus últimos cinco libros que registramos en este programa, aunque hubo otros. Me refiero a Con cavidad de horizontes, de 1986; Árbol de oscuro acercamiento, de 1992; Ropaje de ceniza, de 1993; Aún el que no llega, de 1993; y Campo de resurrección.
En estos libros la búsqueda heideggeriana —hay que decir que Heidegger y su pensamiento calaron hondo, impresionaron mucho a Elizabeth Schön— del ser por los senderos del abstraccionismo, con similares procederes al arte abstracto, en conjunción con el espíritu religioso que anidaba en Elizabeth. Estos elementos quizá sean los que hacen de la poesía de Elizabeth Schön algo sumamente singular. Es lo distintivo y, en buena medida, es su proyecto de escritura.
Les repito: los senderos del abstraccionismo de la mano con el espíritu religioso, que van dándose allí un paso detrás del otro. Esa es su búsqueda: el ser y cómo expresarlo, con qué lenguaje. Y ahí vemos las oscilaciones entre expresarlo con el lenguaje más sencillo, más elocuente, más directo, como en el caso de algunos de sus libros, o por la vía de un lenguaje esencialista, abstracto, complejo y difícil de comprender para quienes no se han iniciado en estas artes.
Del conjunto de su obra poética quiero privilegiar cuatro títulos. Obviamente vengo hablando maravillas de El abuelo, la cesta y el mar, pero también me parecen libros importantes Mi aroma de lumbre, Del antiguo labrador y Con cavidad de horizontes. Estos libros se abrieron para mí; hay libros que a uno le tocan la puerta, otros que no. Hay lenguajes que a uno lo invitan y hay lenguajes que a uno le cierran la puerta o no le abren las ventanas. A mí, de su obra, estos cuatro libros se me entregaron con una gran facilidad; inmediatamente hice empatía con ellos. Por eso lo señalo, porque a la audiencia puede ocurrirle algo parecido.
Leer toda la obra de Elizabeth es un acto de amor doble. ¿Por qué? Porque supone el olvido de uno mismo. Su poesía es retadora: te invita a decodificarla, a asumir sus códigos y lenguajes, sus gustos, sus obsesiones. Uno tiene que abandonarse para entrar en el mundo de ella, que es un mundo muy rico y complejo. Y también te pide que vayas desnudo. Si vas con tus prejuicios, con tus manías, con tus tics, esa poesía no se te va a entregar.
Por eso la metáfora con que iniciamos el programa, la metáfora que está implícita en El abuelo, la cesta y el mar. ¿Cuál es? A la playa se va desnudo, se va descalzo, se va dispuesto a abrazar, a comprender y a observar ese mundo por primera vez. Eso es lo que está propuesto en el fondo de esa relación entre el abuelo y la nieta en la orilla del mar o en la playa, que es un lugar donde uno va despojado y dispuesto para abrir las puertas de la conciencia.
En la próxima parte del programa seguiremos indagando sobre la obra de Elizabeth Schön. Ya regresamos.
Poemarios, teatro y pensamiento
Hablábamos antes de la poesía de Elizabeth Schön y debemos decir que su poesía invita a ser degustada parsimoniosamente, muy parecido a como el tiempo discurría en el patio de su casa; entre los rosales alguna vez estuve conversando con ella. Los patios tienen esa circunstancia arquitectónica que crean un mundo aparte y un mundo como lejos, crean silencio. Y si corre agua de una fuente, todavía mejor. Eso tiene que ver con la arquitectura española, a su vez toma las influencias moriscas árabes en España.
Pero veníamos hablando de su poesía que se lee con meticulosidad y silencio. Es una poesía de orfebre y para orfebres de lectura. Hay que leerla sin prisa, ninguna prisa. Como les dije antes, está fundada en su formación filosófica y en sus angustias y además intereses en relación con la naturaleza del ser. Está fundada también en el conocimiento del alma humana. A medida que la autora fue avanzando en vida, madurándose, su poesía fue haciéndose cada vez más honda, más profunda.
Les leo unos versos bellísimos de Elizabeth Schön, dice: "La desolación tritura el banco largo de los tiempos. Solo el punto y la línea. Solo es el hombre y su hambre. El amor y calma intensidad de lo que comienza concluye".
Les repito: "Solo el círculo en la vibrante intensidad de lo que comienza concluye". Esto tiene que ver con esa sabiduría atávica, mitológica, circular en la que Elizabeth trabaja buena parte de su obra.
Ahora veamos algo de su dramaturgia, que está fundamentada en otros temas, diríamos sobre una urgencia: la imperiosa necesidad de comunicación entre los hombres y los graves grandes problemas que se crean cuando no hay comunicación entre los seres humanos. Menudo tema: tiene mucho que ver con los tiempos venezolanos del 2016 y no de los años en que escribió Elizabeth sus libros de teatro.
Me refiero a Intervalo, 1957; Melisa y el yo, 1961; La aldea, 1967; Lo importante es que nos miramos, 1967; Al unísono, 1971; Jamás me miró, 1972; y El limpiavotas y la nube, 1973. Y hasta ahí llega su obra teatral. Muchas de estas obras se montaron en aquel tiempo.
En sus obras de teatro, mirarse a los ojos opera como una suerte de símbolo en las relaciones amorosas, amables. Ella creía mucho en esto, en la mirada. De hecho, la relación personal con Elizabeth se fundaba en la mirada de Elizabeth: unos ojos azules, profundos, escrutadores, amables, mansos, pero eran unos ojos que hablaban prácticamente solos y te invitaban a un diálogo, una relación personal que no admitía inadvertencias, que no admitía descuidos e indiferencia, sino que se estaba hablando con ella. Era un alma que te estaba invitando al diálogo. Esto en lo personal se daba mucho con Elizabeth; en el teatro de ella está permanentemente anunciado.
También, por supuesto, no deja de pasearse por las aristas de la responsabilidad individual y por el yo y su topografía, que fue, como les he insistido a lo largo del programa, uno de los elementos esenciales de sus trabajos: la indagación en la naturaleza del yo. Por cierto, de su obra de teatro no creo que se conserve, pero quienes lo vieron lo recuerdan con emoción.
Un programa de aquellos, de Aquiles Nazoa, que se titulaba Las cosas más sencillas, que hizo Aquiles con Elizabeth sobre su obra de teatro Lo importante es que nos miramos. Quienes vieron ese programa de televisión, que ha debido ocurrir en el 68 o 69, lo recuerdan con gran emoción, porque fue un programa donde aquí les amaneció a Elizabeth: trabajaron esa obra para los espectadores.
Bien, hay otra obra también de teatro que interesa mucho y es Al unísono. Es un hombre que habla y una mujer que es monosilábica, que responde. Siempre, fíjense, el laberinto de la comunicación entre la gente es el que toca a las puertas en la obra de dramaturgia de Elizabeth Schön. Hay una rareza que cautiva allí, en estas obras de teatro, y esa rareza, ese enigma, está fundamentado sobre esa dificultad de comunicación entre los seres humanos. Esta ruptura o esta dificultad en la comunicación siempre lleva hacia unos estadios límites, hacia unas situaciones que pueden llegar a ser trágicas y a la vez hilarantes, como puede ser este recurso de esta obra Al unísono en el que hay una persona que no para de hablar y hay otro que escucha y habla muy poco.
Lo que constituye la relación no propiamente un diálogo sino un monólogo que rara vez es interrumpido por el interlocutor y que no permite que se dé la comunicación. Allí realmente lo que está ocurriendo es que hay alguien que está hablando, necesita a una oreja que lo escuche. No es esa la situación ideal. Por cierto, esto que vengo hablando todos los días uno se consigue con alguien que no para de hablar y no escucha, de modo que esto es muy interesante en lo que ella está trabajando en sus obras de teatro, en esta particular pero en todas, que es esa dificultad de comunicación entre los seres humanos.
Bien, hasta aquí la obra poética de Elizabeth Schön y la obra dramatúrgica de Elizabeth Schön. Concluyó, como les dije antes, en el año 2007 con su último libro. Sus últimos libros avanzaron en esa línea del abstraccionismo filosófico y la otra línea que quedó atrás y que dejó ese libro memorable, El abuelo, la cesta y el mar.
Quiero leerles un párrafo de Ida Gramcko, su gran amiga, gran poeta también, me refiero a un párrafo del prólogo a El abuelo, la cesta y el mar. Dice Ida Gramcko:
"Elizabeth Schön ha encontrado su personalidad fresca, gentil, elemental, situada en la naturaleza y viviéndola como símbolos de belleza y veracidad. La emoción y el afecto los experimenta dentro del cálido paisaje y las existencias menudas son como recipientes o señales de lo que ella contiene. Su no morir, su no caer, despunta en ella tierna y simple, sin ánimo intelectual, y la perpetuidad es como el musgo que abriga al pichón recién nacido. La perseverancia para con lo que somos, la tenacidad para con nuestro ser, su ejercicio constante, sus actos fieles, los ve Elizabeth Schön en lo minúsculo, en lo vegetal, en lo silvestre".
Muy interesante este párrafo porque dijimos al principio del programa y lo reiteramos ahora que la relación de Elizabeth con la poesía china y, en consecuencia, con el taoísmo, es evidentemente muy estrecha. Pero no solo puede advertirla un lector sino que ella misma lo confiesa en una entrevista del año 2005, dos años antes de morir, cuando ya era una anciana de 85 años, me parece, de 84 años. Dice lo siguiente, esto lo tomó de una entrevista: "Los poetas chinos fueron los primeros en llegar a mis manos" y bueno después dice: "Fueron los primeros en impactarme y enseñarme lo que era la poesía, y lo que era el espíritu del río, que es un espíritu con un poder inmenso sobre nosotros".
Muy interesante, muy interesante lo del río, porque ciertamente para la poesía china el río es fundamental, para el budismo el río es fundamental, pero para el pensamiento occidental grecolatino el río es fundamental también. De modo que allí se conectan distintas culturas orientales y occidentales. Y es muy interesante y muy curioso que una poeta caraqueña que seguramente se acercó a la poesía en los años 30, 40, su primer contacto con la poesía haya sido a través de la poesía china. Esto es verdaderamente curioso y singulariza mucho la poesía de Elizabeth Schön.
Y quien lea y quien vea en ella ese respeto por la naturaleza, por el río o por el curso de las cosas, por todos los fragmentos que he venido leyéndoles a lo largo del programa advertirá en ella que en su vida a lo largo de sus años fue decantando esa primera impresión china taoísta que fue decantada en su espíritu.
En la próxima parte del programa vamos a continuar leyendo fragmentos de esta entrevista extraordinaria que le hicieron a Elizabeth Schön con motivo de la Semana de la Poesía y veremos allí sus respuestas.
Ya regresamos con nuestra poeta Elizabeth Schön.
Entrevista final
Decidimos en la parte anterior del programa que, en esta última, seguiremos leyendo esta entrevista donde sus respuestas son muy cortas y muy lúcidas. Le preguntan: ¿qué es la poesía? Y responde Elizabeth: "Algo no natural. La poesía siempre nos pone en contacto con algo que nunca llegamos a conocer". Qué interesante es la visión de la poesía vinculada con el enigma, con lo innombrable, con algo que no sabemos realmente lo que es.
Vienen de nuevo y le preguntan: ¿y la poesía sirve para algo? Y ella responde: "Para todo. Sobre todo para hacernos ver a nosotros mismos como seres humanos, y además para enseñarnos a dar... Dar bien". Muy interesante, de nuevo, la poesía como método, como puente, como camino para la indagación interior y para la humanización del hombre. Nos humanizamos en la medida en que poetizamos nuestras vidas. Nos humanizamos en la medida en que abrimos las puertas del misterio, de lo que no entendemos, de lo que está más allá.
Y el otro que es muy interesante es que ella vincula a la poesía con el hecho de dar, de entregar, que es muy importante. El hombre crece, se hace sublime en la medida en que da. Dicen que experimenta mayor dicha quien da que quien recibe, y ahí algo es cierto en esto.
Le preguntan a Elizabeth: ¿hay algo que le falte escribir en poesía? Responde: "Sí, claro. Me gustaría escribir un libro sobre el hombre y su contacto con el más allá. Lamentablemente el hombre contemporáneo perdió ese contacto". Volvemos a sus temas, pues: qué hay más allá y la poesía como puente hacia ese otro mundo con el que, según ella, el hombre perdió contacto con la vida contemporánea.
Luego le preguntan: ¿cuál de sus poemas es el más querido por usted? La faz rodante del grano, un poema que pertenece al libro Del antiguo labrador. En una oportunidad Ludovico Silva habló muy bien de ese poemario. Cierto, es un bellísimo poemario, como hemos dicho antes, que trabaja esa relación milenaria del hombre con su tierra.
¿De no haber sido poeta, qué oficio hubiese escogido? La respuesta es desconcertante: monja o trapecista. Monja porque mi tía decía que yo era una privilegiada de Dios. Yo me preguntaba: "Dios mío, ¿qué es eso?". Y trapecista por la manera como uno puede apoderarse del espacio. Qué belleza y qué interesante, monja o trapecista. Me parecieran polos y no lo son.
Un país que le gustaría visitar: India y China. Bueno, esto era previsible por su fascinación por la espiritualidad oriental, y su poesía, por supuesto, es expresión de esa espiritualidad.
¿Cuál es la comida favorita de Elizabeth Schön? El pan, sobre todo aquel que viene caliente, acabado de salir el horno. Bueno, esto lo comparto con ella plenamente; no hay nada como un pan que sale del horno. ¿Cuál es su bebida favorita? El agua. ¿Se podía esperar otra cosa de nuestra amiga?
¿Cuál obra de la historia de la literatura universal le hubiese gustado escribir? Y responde: cualquier obra de la poesía china antigua. ¿Cuál personaje de la historia de la literatura universal le hubiese gustado ser? Prometeo.
¿A qué hora del día escribe Elizabeth Schön? A toda hora del día. "En las noches pienso mucho sobre el poema y al día siguiente en la mañana ya tengo un poema caminando por todo mi cuerpo como diciéndome: 'Escríbeme'. La palabra me hace ver mejor porque la palabra venció a la oscuridad. A mí la palabra me ilumina mucho más que el sol".
Qué belleza. ¿Cuál es el título del último libro que leyó o qué ha leído? El cielo entre cenizas, de Santos López.
¿Cuál es su sueño más hermoso que ha tenido Elizabeth Schön? "Fue uno donde veía a mi madre después de muerta, pero ahora que lo pienso bien no fue un sueño. Aunque parecía un sueño, sencillamente fue una aparición en mi habitación, como el encuentro de Hamlet y su padre. Yo le pregunté por qué no me venía a buscar y ella me tocó el estómago y dejó en mí un recado para mi hermano Miguel Antonio".
¿Cuál es su mayor debilidad?, le preguntan. "La música me fascina, la música. Tengo que oírla todos los días". Ella es muy fiel.
¿Cuál es su mayor fortaleza? "Ser fiel a mí misma".
¿Qué le gustaría hacer el día o la noche en que la muerte venga a buscarla? "Me gustaría que me encontrara pensando en mi mamá María Luisa Ibarra".
"Debo confesar, confesar, que hace poco la muerte se me acercó, pero me dejó por ahora en el conocimiento".
Qué bella entrevista, qué profunda. Qué bueno lo que yo siempre admiré en ella como persona y en su obra: una mujer que tocaba fondo, que llegaba hasta las últimas consecuencias, que buscaba la semilla, que buscaba la luz y que entendía la poesía de la mano de la indagación espiritual.
La poesía para ella no era un ejercicio literario exclusivamente sino una búsqueda interior, una búsqueda del más allá, del espíritu. Esto a mí me toca la puerta y me hace celebrar efusivamente la poesía de Elizabeth Schön, a quien le hemos rendido homenaje con este programa.
Hasta aquí nuestro Venezolanos de hoy. Ha sido un gusto hablar para ustedes. En la producción me acompañan Mery Sosa y Víctor Hugo Rodríguez, y en la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. Me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com, en Twitter arroba rafaelarraiz y en Facebook también. Los programas están colgados en la página de unionradiocultural.com y ustedes pueden visitarlos y escucharlos cuando quieran desde cualquier lugar del planeta. Ha sido un gusto hablar para ustedes. Hasta la semana que viene.