Serie Los del podio II. Cap 6. Virginia Betancourt Valverde
Serie Los del podio II. Cap 6. Virginia Betancourt Valverde
Transcripción
Este programa es posible gracias al equipo conformado por Isabela Iturriza, Inmaculada Sebastiano, Carlos Javier Virgüez, Juan Juárez, Fernando Camacho y Giancarlos Caravaggio. También puedes seguir la transmisión en vivo en mundour.com: debes buscar la pestaña de radio en vivo, bajar y darle clic en Unión Radio 90.3. Recuerda que nos puedes seguir en @MundoURWeb y @RadioEscuelaUR. Hoy es un día extraordinario para este programa, segunda temporada de Los del podio, porque tenemos en el estudio nada menos que a Virginia Betancourt Valverde, esa venezolana extraordinaria con una obra excepcional en El Banco del Libro y en el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional. Y vamos a recorrer la vida entera de Virginia Betancourt, que nace en San José de Costa Rica mientras su padre y madre estaban en el exilio, en 1935.
Virginia, te saludamos. Gracias, yo también estoy contenta de estar contigo. Muchas gracias, Virginia, hija de Rómulo Betancourt Bello y de Carmen Valverde, una costarricense. Su educación primaria y media tuvo lugar en Caracas, en Washington, en La Habana y San José de Costa Rica. ¿Cómo era esa casa, Virginia, a la que tú llegas con tu papá dedicado a la vida política? Tu mamá asistiendo también, ¿cómo era ese mundo?
Bueno, yo llegué a Venezuela a los pocos meses y mi papá tenía urgencia por reencontrarse con los muchachos del 28 que unos habían estado con él en Barranquilla, un poco en Costa Rica. Él volvió a Costa Rica en el exilio de Gómez y había traído por la organización un pequeño partido comunista, muy iluso, en una ciudad muy pequeña e integrado con estudiantes de Derecho. Él también estaba en segundo año de Derecho.
Y por la fascinación por mi madre, que está evidenciada en una carta de amor insólita, por su vehemencia y por su continuidad. Después él había estado antes en Barranquilla, donde firmó el plan de Barranquilla; uno dice que lo escribió también. Y ella también creía que ese era el final de una relación de amor muy frenética y resulta que no: regresó a Costa Rica después del plan de Barranquilla. Ahí empezó a leer a Marx; no estaba seguro de que esa versión en español fuera confiable, le escribió su amigo oriental, Carlos Dáscoli, que estaba sacando doctorado en economía en París, un mulato elegante, y le dijo que cuando regresara a Venezuela le traería la versión en francés. Asunto que hizo efectivamente en Costa Rica, un país chiquitico que tenía en ese entonces solo un puerto al mar, el mar Caribe, porque exportaba café y plátanos. Y era otro mundo al que vivían en San José: decían que había que tener cuidado, que ahí estaban los negros que hablaban inglés y se sentían súbditos de la reina; efectivamente había una colonia afroamericana. Entonces lo que hizo Dáscoli es que en su itinerario tomó un barco de segunda de transporte y llegó allá.
Para su desgracia, en ese momento, aunque ya había sido expulsado a Costa Rica por participar en la vida activa del país, que estaba prohibida para extranjeros, estaba mi papá como representante del gobierno en las elecciones porque nadie quería ir a un sitio tan lejano, casi al norte de Costa Rica, sin el límite con el país que estaba al lado. Todo esto demuestra que cuando llegaron desde el exilio, los que sí lo hicieron tenían mucha experiencia de vida distinta y de orientaciones políticas divergentes, no claras en su perfil. Y después de la muerte de Gómez y la llegada de López, el ministro de Defensa del gobierno de López tuvo una política de puertas abiertas en la que se cansaron sus seguidores y él se vio obligado a expulsar del país un grupo de 40 jóvenes...
¿Dónde estaba Betancourt? Pero Betancourt no se fue. Sí, pasó a la clandestinidad. De tal manera que estos años de mi primera infancia yo los pasé entre casas de gente amiga que nos enconchaba, como se llamaba en ese entonces. ¿A Carmen, tu mamá, y a ti? Ya me hice. Y mientras mis papás estaban escondidos en otro sitio se agarraba a tiros con la policía.
Era una especie de Superman que yo oía, con el sombrero que se ponía, los anteojos. Hay una cantidad de anécdotas que a mí me da tristeza que no haya un registro de esos períodos más humano, más divertido. Cuando se escribió la Historia como que se ponen muy serios, muy acartonados. Ahora fíjate, en el año 41, en septiembre, cuando se funda Acción Democrática, que ya tu papá ha salido de la clandestinidad, tú tienes seis años. ¿Tú de pronto tienes un recuerdo de ese evento?
No, no. Yo creo que para mí lo importante es la relación con mi padre, que era muy estrecha, y las cosas y los lugares no me parecían importantes. Yo primero recuerdo que tengo una casa en La Campiña alquilada, que era originalmente una casita de una hacienda, y bueno, tenía como todas, como muchas de esas casas eran construidas en L y en el medio había un patio.
Yo lo que recuerdo con más agrado es cómo mi mamá y yo nos acostábamos a ver las estrellas y a inventar qué iba a pasar con las nubes, que se acercaban y se retiraban. Y eso es lo que recuerdo con más recurrencia. Claro, claro...
Y cuando se tienen que ir al exilio en el año 48 ya tú tienes 13 años, eres un adolescente, ¿y te vas...? ¿Es entonces cuando estudias en Washington o en La Habana? No, primero, antes de irnos al exilio, yo estuve en una escuela catalana que era kindergarten aquí, muy pequeña, y yo tengo un gratísimo recuerdo de esa escuela. Mi mamá se dio cuenta de que a mí me costaba leer, yo creo que yo tenía una dislexia o algo así, porque me puso primero en la Experimental Venezuela y se dio cuenta de que necesitaba una atención más personal.
Y ese colegio fue maravilloso porque era mi kindergarten y celebrábamos las fiestas del país cantando o bailándolo. A los catalanes les encantan los coros, así que nosotros cantábamos a cuatro voces, todos teníamos un espacio en ese coro porque era una escuela muy chiquita y eso era el primer curso de la escuela; entonces no cantábamos porque había amanecido y cantábamos porque terminaba la semana y cantábamos todo a cuatro voces. Entonces yo aprendí mucho ahí, creo, a eso de vivir con disciplina pero no con rigor, con alegría, porque nos enseñaba a usar las manos con la orientación de Hider Gassen, que es la que asumimos todo hasta sexto grado. Y para peor de males, yo era la pequeña, el otro pequeño era un joven travieso cuyo padre era muy antiadeco. Y resulta que cuando íbamos a bailar siempre nos tocaba bailar con él porque era el más vivo, éramos los dos chiquiticos.
Así que me fui con el dolor de dejar mi perro, pero como que no sé... no tenía la expectativa de que iba a ser por tanto tiempo. Para mí lo importante era el vínculo con mis dos papás. Por cierto, tu papá era agnóstico, pero creo que tu mamá era católica. No, ella en esa época coincidía con él, pero yo negocié mi bautismo así, de tal manera que le dije: bueno, papi, yo quiero ser católica, ¿cómo hacemos? Me dijo: bueno, aprovecha que vaya ahí a Costa Rica y te va a bautizar allá.
Y entonces así lo negociamos, yo pude escoger a mi abuela como mi madrina y eso era importante para mí porque sentía que no era justo que me llamaran Virginia por una señora que yo no conocía, y esta viejita que era un encanto con la ropita larga hasta los tobillos, con sus zapaticos, un piecito chiquitillo, y nunca se quejaba, que siempre estaba ahí disponible. Y entonces, bueno, para que no se disgustara una tía, era cuando nombré madrina de confirmación, así que negocié con la tía que era la que mandaba en casa. Muy bien.
Así que bueno, cuando salí tenías trece años, cuándo te fuiste y regresaste a los 23 en el año 58, pero eso lo vas a contar en la próxima parte del programa. Bueno. En breve continúa, ¡Venezolanos!
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Estamos conversando con Virginia Betancourt Valverde, estamos repasando los primeros años de su vida. Hemos llegado a su adolescencia en 1948: 13 años, y se va a un exilio de 10 años con su padre y su madre. ¿A dónde se fueron de inmediato? ¿Cómo fueron esos diez años?
Bueno, primero que nada la salida de Venezuela. Mi papá estaba exiliado en la embajada de Colombia, en Colombia había un gobierno social cristiano y se portaron muy bien con nosotros. Mi papá estaba resguardado en la parte de atrás de lo que hoy es la embajada, sobre el garaje, y nosotros lo veíamos desde lejos. Después la cosa se calmó un poquito, pudimos verlo personalmente y, bueno, un día nos dijeron que nos podíamos ir y llegamos a Maiquetía.
Yo nunca entendí por qué llegamos a un hotel tan lujoso en invierno, mucho más, porque es cuando vienen los europeos; claro, esa zona no sé quién lo pagó. Y después otra sorpresa es que nos fuimos por barcos desde allí a La Habana y era un trasatlántico de un lujo, fue la primera vez que veía esos señores que conservan el vino en plástico. A los Somedés. Y entonces, bueno, y la gente se arreglaba para comer, el día que era un lujo. Bueno, llegamos al otro lado, mi papá logró grabar un discurso para Venezuela porque La Habana era una maravilla.
Y entonces los europeos no querían pasar por ahí como de lado, sino que se quedaban tres días; él era parte del itinerario, pues nos quedamos allí y el encuentro fue muy efusivo, el encuentro muy cálido, siempre fueron los cubanos con nosotros. De ahí nos fuimos por avión a Nueva York, que me pareció horrible cuando uno llega por barco o por barcos, creo que seguimos. Debe ser así.
Y de Nueva York quedamos arrimados en un apartamento chiquito que tenía Carlos Dáscoli, el mismo Carlos Dáscoli que hablábamos antes porque era representante del Banco Internacional; también estaba un representante de los obreros. Había tríspere guerreros, un grupito como de seis, no podíamos estar mucho tiempo en Nueva York y ya nos había Carlos Dáscoli, que estaba en el Fondo Monetario y que había entrado ahí por sus méritos y no lo pudo quitar el gobierno. Había alquilada una casa en Chevy Chase, Washington, porque esperaba a su mamá, entonces todo quedó en familia.
Entonces llegamos a Washington y realmente yo entré al liceo, pero el liceo junior, que era para los primeros tres años. Ahí me amisté con una mexicana hasta el sol de hoy y aprendí inglés, pero mi amor por el inglés surgió más tarde; ahí estuve, yo no me acuerdo que eso sucediera, pero sucedió. Me puse a llorar en clases, que a los americanos eso les parece horroroso, esas expresiones de emoción en aquel entonces, ahora la cosa se libera, ahora demasiada expresión, pero bueno. Entonces tuve una profesora, Mrs. Vanier, que se convirtió en nuestra amiga y cuando mi mamá y mi papá fueron a visitar a Kennedy, ella fue la traductora de mi mamá. Nosotros como que adquirimos el hábito de establecer amistades y mantenerlas por correspondencia.
Entonces, bueno, total, que esa estadía en Washington fue estupenda desde un punto de vista. Yo descubrí el arte y es una de mis debilidades; el National Gallery tiene maravillas y además tienen una actitud: todos los fines de semana, en los dos extremos que hay una pagoda, hay música. Y entonces nosotros íbamos, no sé si porque había aire acondicionado y era barato o por qué o todo eso, pero mi mamá, Igor y yo, con aquellas de las robias que rodeaban el círculo de que cerrabas las dos esquinas del..., y de ahí quedé con esa colección estupenda de impresionistas.
Por supuesto, ¿y tú te fuiste con tus padres a Puerto Rico o te quedaste estudiando? No, yo de allí de Washington estuvimos año y medio en cada país, ok. Entonces llegamos a La Habana, estuvimos cuando tenía 16 años y entonces nos celebramos en el nightclub desde siempre, de allá. El Tropicana. Yo bailé a los 16 años con mi papá y él orejó un prieto. Y después en La Habana tuve una desgracia, que entré a un colegio de monjas que era como antiquísimo, lo único que me gustaba era la misa en latín. Y la etapa esa fue una etapa de intensas lecturas de biografías de mujeres.
Casi siempre eran reinas. Menos Madame Curie, que la pobre no era reina, pero tenía más sabiduría que todas las reinas juntas. Bueno, un alestrashi y la Victoria, muy buena, y otras no tan buenas. Y esa fue una época en que en los libros había muy buenas librerías en La Habana y mi papá tenía sus pláticas, siempre andaba con la noche de noche medio porque publicaban en Bohemia casi semanalmente un artículo y se lo pagaban muy bien.
Qué bueno. Se los pagaba en 100 dólares, así que eso era mucha plata y no eran todos... La verdad es que te la estoy contando, no eran todas las semanas, pero sí con frecuencia. Ahí conocimos a Juan Bosch y fue de las pocas personas que fueron a mi casa, porque mi papá en ese entonces era muy tradicional, y una de las razones por la que iba es porque había un hervido de pescado maravilloso con una condición: que le dieran la cabeza. Ah, qué tal. Eso fue un período en el que hubo una amenaza de asesinato de mi papá y de ahí adelante él me acompañó a Las Ursulinas todos los días; iban en una perseguidora, como llaman allá en Cuba a las escoltas, y bueno, eso fue un fastidio, esas escoltas.
Pero de allí nos fuimos a Costa Rica porque cayó Grau, claro, y supimos que cayó Grau por Juan Bosch, que nos llamó de madrugada, y pudimos irnos al embajador de Guatemala. El pobre, viejo, gallego, y Sonia su hija no tuvieron la misma suerte: se fueron al aeropuerto y los tomaron presos. Bueno, sí. Y entonces, ¿Costa Rica? De Costa Rica, como te digo, el camino nos lo definíamos nosotros, lo definían las circunstancias.
Un intento de asesinato en La Habana, de un hombre contratado para ponerle una inyección a mi papá de veneno, y eso es algo que nadie lo cree porque método tan anticuado de matar a alguien. Pero así fue, ahí están los documentos del laboratorio de la Policía de La Habana donde eso quedó asentado. Y tuvimos que irnos a Costa Rica porque el presidente electo fue derrocado por Batista y allá en Costa Rica empezó mi papá a ser incómodo para el gobierno de su gran amigo, porque el Pepe Figueres y él de Nicaragua empezó a lanzar los suyos sobre Costa Rica, que era un pueblito, y creando un gran horror ante esa situación.
Entonces no fuimos a Puerto Rico, donde Muñoz Marín, que fue una etapa muy dura de mi papá, pero ahí escribió Venezuela Política y Petróleo, terminó de escribir Venezuela Política y Petróleo en una casita, de esas que tienen los profesionales en la playa. Cuando allí sucedía lo mismo, que no tenía una casita de Macuto y no era ningún lujo. Así es. Bueno, estamos hablando con Virginia Betancourt Valverde. Estamos en Puerto Rico en el año 56-57. Cuando regresemos ya llegamos a Venezuela, a partir del 1958. Estamos conversando con Virginia Betancourt Valverde.
Virginia, nos quedamos en Puerto Rico y ya tú estabas en edad universitaria, ¿no? Sí... en Puerto Rico entré a la Universidad de Puerto Rico y yo no me imaginé que iba a ser tan buena, pero sí lo fue porque estaba inspirada en la Universidad de Chicago. Era como un brazo de la Universidad de Chicago y el énfasis estaba en las humanidades; no importa qué es lo que tú ibas a estudiar, tenías que tomar dos años de Humanidades. Y tampoco era una universidad donde se enfatizaba el énfasis en contenido: entre más abundantes, mejor. No. Nosotros en Humanidades, en primer año, estudiamos la Divina Comedia. Punto. Más nada...
Era distinto en ciencias porque ahí lo que hicimos fue leer el Manifiesto Comunista y la defensa, cómo circulaba la sangre, cómo hacía para no volverse. Es decir, muy interesante el pensamiento que está detrás de los procesos científicos. ¡Qué interesante! Y entonces esa fue una experiencia maravillosa porque leíamos los originales y ahí yo me las arreglé para no tomar español, que tomaban los puertorriqueños, y tomé uno del primer año, ya desde el área de literatura.
Y había una... bueno, además estaba Lilita Vientos Gastón, un intelectual muy amplia en su visión del mundo, que dirigía un periódico y una revista literaria que tuvo mucho prestigio en América Latina; defendía el español como idioma junto con la esposa de Muñoz Marín. Estuvo en manos de las mujeres de Puerto Rico la defensa del idioma español como el idioma del país. Eso fue un período muy interesante y esos personajes, yo creo que hay unos personajes que me marcaron en el exilio más que pensamiento: ella era abogada y defendió el derecho a estudiar en Puerto Rico con legislación norteamericana. Muy bien y lo logró.
Lilita era un personaje inolvidable. Otra sorpresa, el hobby de ella era ir a la ópera en Nueva York cuando había temporada de óperas con los atuendos más sofisticados, como un pedacito de mujer chiquitica, pero qué fuerza, yo creo que eso fue maravilloso. La presencia de la Universidad de Puerto Rico me puso en contacto con un profesor que después tenía un best seller, El pequeño pueblo en una gran ciudad o algo así, y entonces, y una antropóloga también de la Universidad de Chicago. Y eso me abrió las puertas a entrar en la Universidad de Chicago, me becó la Universidad de Puerto Rico y me becó la Universidad de Chicago. ¿Y ahí egresaste en Chicago? Sí, pero egresé y no egresé.
Terminé todos los cursos exigidos y me quedó pendiente la tesis, pero en las tesis y en maestría son papers. Son trabajos a los que ellos le dan importancia el paper del PhD, del doctorado. Bueno, la verdad es que vine a Venezuela. Me casé y llegué por Venezuela y nunca me ocupé de terminar esa tesis.
¿Y en el año sesenta y uno fundas El Banco del Libro? Bueno, yo no lo fundé. ¿No? No... Exacto. Mi mamá me dijo que ella estaba esperando que yo regresara porque éramos muy amigas, porque un grupo de mujeres que habían trabajado casi todas en Acción Democrática en la clandestinidad y que habían aprendido a compartir, le habían propuesto que hiciera como primera dama patrocinar una recolección de libros porque los muchachos, muchos de ellos eran educadoras. El Pérez Jiménez realmente expulsó a muchos educadores y entonces ellas querían compartir esa experiencia que habían aprendido en la clandestinidad y mi mamá no era muy dada a trabajar en equipo.
Mi mamá vivía para mi papá, y entonces bueno, yo le dije: vamos a probar qué pasa, pero el argumento era muy importante porque su preocupación era que la política de promoción de la educación básica no se estaba cumpliendo porque fallaban los libros. Eso es lo que ellas creían. Bueno, yo les dije: bueno, vamos a complacerla, pero nunca pensé que eso iba a ser...
Bueno y hoy en día es una institución en pie que hace un trabajo maravilloso, de las que te debes sentir muy orgullosa de haber contribuido a su fundación. No, pero no solo por eso. Sino que cuando empezamos a hacerle... Primero que nada había una efervescencia en Venezuela para cambiar y mejorar cuando cayó Pérez Jiménez y se hicieron las... La gente hizo sus caravanas para recoger libros y la cantidad que producían traían era enorme. Empezaron a competir una organización con las de otra, que el MINDUR nos dio un galpón por allá al sur, en la Plaza Venezuela, y lo que me horrorizó fue el contenido de esos libros. Y entonces dije: esto no, esto no puede ser, hay que hacer algo, hay que ver cómo se evalúan estos libros, muchos eran extranjeros.
Hicimos un primer seminario de libros de texto que presidió Prieto en el Sheraton, que se acababa de inaugurar, con autores, editores y educadores. Ahí empezó mi percepción de cómo trabajar y es trabajar a unísono como otros. ¡Qué bien! ¿Y eso lo pudiste desarrollar a plenitud, cuando Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno te designa directora de la Biblioteca Nacional? No necesariamente en ese momento, porque comprometimos y eso en respecto a la calidad del libro de texto. Trabajamos en Turmero, había una especie de unidad experimental del ministerio y establecimos guías para evaluar el libro de texto.
En donde se le asignaba prioridad a los libros de primaria de Venezuela, y entonces hicimos una reunión internacional regional patrocinada por la Unión Panamericana. Hizo un encuentro para trabajar sobre la evaluación en los libros de texto y los criterios para la evaluación y los procedimientos y las guías, y el Ministerio de Educación estableció, entonces la adoptó y empezaron a salir los libros hechos en Venezuela. Y eso me llena de orgullo porque era insólito que estos no se hicieran con excepción de las lecturas primarias. Claro. Entonces, bueno, yo creo...
¿Todo esto te ganó un prestigio? No, pero yo creo que esa parte es muy importante porque hay que aprender en pequeño. Le presentamos al INCE la posibilidad de que sus obreros, sus estudiantes pudieran tener libros y eso horrorizó al señor Palacios Herrera, si usted lo pedía en un avión cuando veníamos de Guayana. Pero ellos lo que van es aprender a hacer oficios, pero ellos tienen que aprender de la vida y su destino, ¿cómo van a ser nada más que sabiendo hacer oficio? Y contra su voluntad se hizo porque él me dijo: los que iban a ponerse más eran los profesores. Y lo que más leyeron fueron los profesores y el día en que nos inauguramos, para peor de males, Palacios Herrera tomó un libro y era El Diario del Che. Esto es, Virginia, lo que van a tener esos bibliobuses.
Los bibliobuses surgieron de la primera gran biblioteca pública de América Latina en Maripérez, que eso nunca se valorizó en lo que fue, y con un diseño precioso con estantería abierta, con vista al Ávila. Y esa biblioteca de ensayo, que era muy funcional, tenía un bibliobús que iba a las escuelas vecinas porque los niños no llegaban sin hacer tareas y, bueno, teníamos que buscar otra salida. Yo creo que esa primera etapa no fue nada más que ya el canje siguió funcionando porque era una necesidad, pero lo importante fueron las búsquedas de caminos para llegar al niño y llegar a un libro, llegar a un libro de calidad que eran españoles casi todos. Bueno, vamos a una pausa.
Estamos conversando con Virginia Betancourt Valverde y en la última parte del programa vamos a ver toda la etapa en que Virginia es presidenta, directora de la Biblioteca Nacional de Venezuela, entre 1974 y ya en el segundo gobierno de Caldera, 1998 me parece. 1999 incluso. Ya regresamos. Para algunas sugerencias sobre este espacio, pueden escribirnos al correo rafaelarraiz arroba hotmail.com y en Twitter arroba rafaelarraiz. Somos Unión Radio Cultural.
Estamos conversando con Virginia Betancourt Valverde en la última parte del programa. Virginia, tuviste alrededor de veinticinco años en la Biblioteca Nacional y pudiste hacer una obra maravillosa reconocida por todo el país por tirios y troyanos, como se decía antes. En contraste, es una institución con muy pocas bibliotecas y yo creo recordar la cifra de 550 bibliotecas en el país en el momento de mayor esplendor. ¿Me equivoco? Sí, más o menos. ¿Cómo fue esa trayectoria?
Yo creo que esa trayectoria fue muy aleccionadora, porque pudo tener continuidad a pesar de que este país cada cinco años quiere cambiarlo todo. Porque se trabajó con una intención de sumar instituciones y de sumarlas para lograr más presupuestos, sino para tener más logro por haber adoptado tecnologías muy novedosas. Uno de los primeros procesos técnicos bibliotecarios que se hicieron tuvieron lugar en la Universidad de Northwestern y eran compatibles con el sistema automatizado del procesamiento del libro de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. La adopción de ese sistema permitió que desde un primer momento las áreas de ciencia y humanidades sociales se integraran, porque había avidez por adelantarnos en ese mundo tecnológico dado que estábamos obviamente resagados. Quizás estaba más al tanto de eso la gente del IVIC, la gente de las escuelas de ciencia, pero también los otros.
Y el motivo que le dio ese carácter en un programa de actualización, de modernización del país, fue el hecho que el gobierno, primero de Carlos Andrés Pérez, adoptó un proyecto de UNESCO que se denominó National Information Services, una propuesta o recomendación, y el primer país que lo adoptó fue Venezuela. ¿Y cómo fue que lo adoptó? Porque nosotros se lo hicimos saber al doctor Raúl Nás, que es invalorable en esta etapa y que estaba muy vinculado a los asuntos internacionales. Se enteró de eso una bibliotecóloga del ARA que había ido a la UNESCO, se enteró también y nos lo vinieron a avisar. Y eso generó un proceso de cambio en el que muchos se sintieron partícipes, tan es así que un representante del Congreso, un representante de la Universidad, del Ministerio de Educación, etcétera, se pusieron de acuerdo en concordancia con un decreto para participar en el análisis de dónde estaba la información escrita en Venezuela y la audiovisual. Y ahí tuvimos un asesoramiento de UNESCO muy importante, entonces lo que inicialmente fue resolver un problema hasta espacial en la Biblioteca Nacional se convirtió en un instrumento de cambio en todas las áreas bibliotecarias del país.
Qué maravilla, nos quedan pocos minutos, vamos a hablar de tu vida personal. Tienes cuatro hijos, Sergio, Álvaro, Ignacio y Alejandra, y desde hace muchos años estás casada con Iván Castro Delgado, que está aquí en el estudio y que ha sido tu compañero de trabajo también porque te ayudó mucho en la Biblioteca Nacional. Y desde hace veintitrés años ustedes dos llevan la Fundación Rómulo Betancourt, que tiene un programa, un diplomado en historia de Venezuela muy exitoso. Bueno, háblanos de tus hijos. Háblanos de Iván.
Bueno, mira, mis hijos me generaron una gran alegría cuando eran chiquitos y un gran dolor de cabeza cuando se convirtieron en adolescentes. De tal manera que yo llegué a un momento para pensar que ya mi labor estaba hecha porque, en cuanto a servirle de guía, ellos cada uno ha encontrado su camino en etapas distintas y yo creo que estoy satisfecha de cómo lo han alcanzado porque no ha habido trampa, no ha habido ninguna situación de irregularidades en cuanto al uso irregular del apellido y entonces eso, en un país como este, es una gran satisfacción. Una gran satisfacción. ¿Cuántos nietos tienes? No tengo tantos, tengo cuatro nietos.
No tengo tantos nietos, pero tengo la alegría de que a uno de ellos le gusta la política en el buen sentido y las palabras le gustan, es exitoso en negocios en Miami, es bilingüe por supuesto. ¿De cuál? De tus hijos, él es hijo de Álvaro, del segundo, es antropólogo, está muy bien casado con una historiadora y producen unos almanaques cada año alucinantes. Y le gusta la política, trabajó por... y eso me encanta porque hace falta gente que se dé cuenta de su importancia. ¡Claro! ¿Y Iván?
Bueno, yo no sé qué hubiera pasado si no hubiera tenido a Iván en esta última porque, como decidimos, en lo que los intereses nos gusta la lectura, nos gusta la música clásica, nos gustan las plantas venezolanas. Nos gusta Venezuela y entonces tuvimos la oportunidad de recorrerla cuando convencíamos a cada gobernador de hacer una biblioteca pública central en su estado. Así comenzamos y lo más importante fue que además del empuje de Carlos Andrés, el apoyo de Luis Herrera fue incondicional. Qué bonito oír eso.
Al principio de su gestión yo decidí, porque el doctor Herrera me invitó a que fuera al interior con él; por cierto, tiene razón, la gente se comía unos desayunos del padre y señor mío que el avión ya no tenía preparado. Bueno, ahora sí sé cuál era el motivo y era, pues, apoyarme y apoyar al proyecto. Y los primeros gobernadores de él fueron extraordinarios, especialmente, me vas a perdonar porque es posible que no sea su nombre completo, el gobernador de Amazonas, que fue después ministro. Bueno, resulta que no había dónde hacer la biblioteca pública central del Estado, que fue el primer objetivo a ser en cada capital de estado una biblioteca y hacer una bibliografía de ese estado y tener una mejor colección que había en el estado sobre él mismo.
Y entonces le dije al gobernador: yo sé que usted quiere hacer una biblioteca, pero aquí en Amazonas no encontramos un local, tendríamos que construirla, es lo que hay aquí, la gobernación, y en el primer piso en la gobernación se podría hacer. Bueno, yo me voy por segundo piso. Y así se hizo la biblioteca y fue un motivo de impresión porque tenía aire acondicionado y tenía alfombras, no por lujo sino para que no sonara el piso. Había que hacer un piso muy caro si se deseaba o se hacía cambio del ruido. Eso como que llegó en un momento en que había mucha presión de los estados de tener más autonomías, había aprobado Carlos Andrés y el Congreso la ley de descentralización y en ese momento firmamos, veía un señor en una reunión final así de ingresos del nuevo grupo y despedida del viejo que se suponía que estaba yo.
Y bien, vi a un señor bajito que era como el que organizaba las cosas y le dije: mire yo, ¿y que iba a haber una reunión con los próximos ministros de gobernadores del Estado? Y me dijo sí. Bueno, yo quisiera contarles a ellos lo que va a pasar en sus bibliotecas. Bueno, hable... Ya, sí, fue. Ya en la primera reunión les dije: bueno, hay que recobrar la dignidad de los estados, el respeto por ellos, y no es posible que haya que ir hasta Caracas para averiguar un archivo cuando nació su papá. Bueno, total, ¿qué? Para mi sorpresa todos nos confirmaron y un solo hombre no hace montaña. Yo creo que tuvimos un apoyo decidido de Carlos Andrés, pero Luis Herrera fue un hombre generosísimo, un hombre muy culto, muy buen lector. Así es.
Bueno, Virginia, nos quedan apenas un minuto. No hay la menor duda de tu pasión por Venezuela, de tu trabajo y lo que hiciste: primero el Banco del Libro, después en la Biblioteca Nacional y ahora en la Fundación Rómulo Betancourt donde tienes una labor extraordinaria. ¿Qué mensaje final tienes en esta conversación tan grata que te agradezco tanto? Bueno, que este es un país maravilloso y que su gente está siempre dispuesta a hacer más, a dar más.
Y así continuaremos. Todo el que ha estudiado historia de Venezuela sabe que hemos tenido lapsos muy largos desde la independencia hasta que llegó Gómez; no teníamos aquí un ejército, le debemos a Gómez que nos convirtiéramos en un Estado porque hasta entonces no había un ejército o una nación. Son lapsos largos y crean mucha angustia, pero siempre hay una vena que tiene que ver con la búsqueda del conocimiento, de la verdad y el bien común que está latente. Y lo que nos está dando muestra de que así es y del papel de las mujeres en la defensa de la democracia venezolana.
Bueno, muchísimas gracias, Virginia Betancourt, extraordinaria y en muchos sentidos conmovedora. Nosotros nos despedimos hasta nuestro próximo encuentro de Venezolanos, en esta serie de Los del podio, en su segunda temporada.