Hanni Ossott

La poeta de los abismos de la psique

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Habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos a hablar de Hanni Ossott, fallecida en Caracas en el año 2006. Hanni Ossott, para quienes en su vida han escuchado este nombre, dejó una obra poética de gran importancia, y una obra ensayística también de notable importancia. A lo largo del programa intentaremos dilucidar por qué, en qué consiste su importancia y dónde están sus mayores aportes.

Obra y temas

En lo particular, debo confesar que su obra poética comenzó a interesarme a partir del libro que se titula Hasta que llegue el día y huyan las sombras, un libro de 1983. Sus libros anteriores, que estaban muy en la factura del abstraccionismo, de la geometría, me interesaban menos. Me estoy refiriendo a Formas en el sueño figuran infinitos, un libro de 1972, a Espacios para decir lo mismo, de 1974, y a Espacios en disolución, de 1976. Estos libros son bastante fieles, conspicuos, típicos de la década, los años 70.

En esa década, en literatura, en poesía venezolana, el abstraccionismo geométrico estuvo muy en boga, junto con el cultivo del poema breve. Y ese poema breve que se cultivó en esos años estaba bien vinculado con el aforismo de origen francés, como con el poema breve de inspiración oriental, japonés o chino.

En esa década también hubo mucho experimentalismo: es la década en que Osvaldo Trejo publica varios de sus libros, que son libros de gran experimentación con la lengua, donde la creencia acerca de que lo fundamental es el manejo del lenguaje y no el tema que se está tratando estaba muy sobre la mesa. También va a ser la década del telurismo mágico, una suerte de coletazo de lo que hizo años anteriores el gran poeta Vicente Gerbasi, de quien hemos hablado en estos programas. Ese telurismo mágico también estuvo muy influido por lo que se publica en la literatura latinoamericana en los años 60 y 70. Naturalmente estoy pensando en Gabriel García Márquez, pero también en Carlos Fuentes, antes en Alejo Carpentier y también en Arturo Uslar Pietri, sobre todo en sus relatos. De modo que esos primeros libros de Hanni Ossott, de los años setenta, se ciñen a estas pautas estéticas del abstraccionismo geométrico.

La verdad es que en lo personal a mí me interesaron menos, hasta que aparece ese título que se llama Hasta que llegue el día y huyan las sombras. Son poemas fechados entre 1979 y 1982. En su mayoría fueron escritos en Londres y en Atenas. Allá estuvo viviendo Hanni Ossott algunos años. De hecho en Londres va a conocer a su futuro esposo, el gran historiador venezolano y entrañable amigo Manuel Caballero. A finales de la década de los años 70 y principios de los 80, esa experiencia londinense y griega de Hanni va a incidir mucho en los cambios de su escritura y personalidad también.

Antes del libro que les refiero, Hanni había publicado unos libros de ensayos muy importantes a mi juicio, sobre todo Memoria en ausencia de imagen, memoria del cuerpo, un libro de 1979. Allí ella decanta un caudal de lecturas que forman su formación y se aproxima con muchos valores al sentido de la palabra poética, a los humores del alma.

Y también de una gran hondura va a ser su segundo volumen de ensayos, unos ocho años después: me refiero a Imágenes, voces y visiones, un libro de 1987, donde se reflexiona sobre el habla poética, sobre la poesía como tal. En este libro de reflexión poética se pueden hallar las claves de lo que Hanni Ossott comienza a desarrollar en ese poemario que les vengo hablando, Hasta que llegue el día y huyan las sombras, y también va a incidir en los libros que vienen después, muy particularmente en éste, para mí su mejor libro, que se titula El reino donde la noche se abre, un libro de 1987 del que hablaremos dilatadamente en este programa. Luego lo sucede el poemario Cielo, tu arco grande, y luego Casa de agua y de sombras, de 1992.

En el libro de ensayos que les vengo refiriendo, Imágenes, voces y visiones, puede leerse este párrafo que de inmediato voy a referirles. Dice Ossott: “La voz poética surge de lo crepuscular y se alimenta de la noche. La noche alberga a la enfermedad, la locura, el alma, la inspiración, el amor y la muerte. Estas son las formas por las que se expresan. Así, al menos, he podido entenderla. La poesía es aún para nosotros un dominio de lo oscuro. Pero el poeta ansía para sí claridad, también para los otros”.

Muy interesante lo que dice, porque ella está trabajando con el núcleo de la nocturnidad y sus implicaciones: las lunas, las tinieblas, los oscuros. Y también va a trabajar con la infancia, ese período central en su vida y en su poesía, desde donde mana prácticamente todo su caudal poético. No todo, pero en buena parte. De allí esa infancia tiene un contexto natural: la casa, la familia, la enfermedad. De modo que entre la noche y la infancia tenemos dos centros temáticos donde discurre en la poesía de Hanni Ossott.

Más adelante, en ese mismo ensayo, ella dice: “La experiencia de la noche es una experiencia del alma en contacto con el fondo último de las cosas”. Como vemos, la poeta abre las puertas de la noche y llega al fondo último de las cosas, como ella misma señala. Es allí donde va a encararse, va a ver el fondo último de las cosas, que en su caso es la infancia. Por eso escoge para un libro que trata este tema, titulado Casa de agua y de sombras, que señalamos antes, un epígrafe, una cita del gran poeta italiano Cesare Pavese.

Dice Pavese: “De cualquier individuo, aun el más culto y creador, se puede sostener que los símbolos no radican tanto en sus hallazgos librescos o académicos, sino en los míticos y casi elementales descubrimientos de infancia, en los contactos humildísimos e inconscientes con las realidades cotidianas y domésticas que lo acogieron al principio”.

Una estupenda cita de Pavese, que Hanni refrenda con su propia obra cuando ella va acercándose a ese jardín de sus primeros años: van entonces a surgir símbolos, cosas y seres que están registrados en su memoria. Ese libro va a estar entonces habitado por desvanes, cortinas, vestidos, gasas, lentes, huellas, y sobre todo un objeto se convierte en símbolo de su poesía: me voy a referir entonces al horno.

Esta suerte de casa del pan, le dedica un poema inolvidable que, sin proponérselo, se emparenta con lo que Luz Machado logró en su libro La casa por dentro. Luz Machado, una extraordinaria poeta venezolana de la que en algún momento haremos un programa.

Ese poema, El horno, es verdaderamente hermoso y yo voy a leerles una parte de ese poema, o el poema completo si acaso nos diese tiempo en esta primera parte del programa. Dice:

“El horno es un estuche, un vientre secreto,

una madre mecánica que manejo con mis fuegos y mi apetencia.

Lo obligo a encender sus paredes,

lo gradúo, le digo: abraza tu presa,

quema su superficie, ablanda su centro.

Le digo: 300 grados y su pasión obedece.

“Amante, solo amante, suda fuegos

se deja invadir por el aroma,

se deja regar por los desbordes de aquello que quema.

No es un ángulo ni se abisma en sus centros como una esfera,

es solo caja de calor, alma no circular

cuyos ritmos determinan.

“El horno es una hechura, un preludio,

una red o una trampa,

el centro de la casa y de la farsa.

Por él la saciedad en olvido del sueño,

la embriaguez ronca al horno y no lo sabe.

Apaga vigilias ilusas,

quema la presa, aniquila al comenzar”.

La segunda parte del poema se las leo en la segunda parte del programa. Ya regresamos.

En el primer bloque, dejamos por la mitad un poema precioso de Hanni Ossott que se titula El horno. Ahora les leo la segunda parte de ese poema, que dice:

“Se fuga el animal, se hunde un diálogo en la noche.

Se entibian las razones. El horno se enfría.

Quedan manchas, huellas de la cena.

Los hombres recogen sus abrigos y un cuaderno ahí.

“Una cosa cae melancólico, el sopor.

Es el trabajo del horno impuesto a la fiesta.

El rigor del horno, exacto, regular, implacable,

adormidera, mecánica calidez,

vientre de la casa secreto,

de abuela, de hierro y rejillas.

“La reja es otra cosa,

y otra el dibujo de la reja,

otra y más honda secreta.

Es mi división y ese invitado fuera.

Si no fuese por mis rejas

la casa, el otro horno que aquí quema”.

Bellísimo poema realmente, ¿no? Muy bien trabajada la simbología del horno, esa visión extraordinaria de ella, controlar el grado o el fuego. Es un poema verdaderamente notable. Leeremos otro gran poema de Hanni Ossott a lo largo del programa.

Ahora, la infancia en Hanni Ossott no es solo un paraíso perdido que ella va a recordar, también el tiempo en el que ocurre la batalla familiar, donde hay unas tensiones particulares, porque allí para esa niña que era Hanni va a ver el rostro adusto de la enfermedad de sus mayores y, ¿a la enfermedad le sigue la soledad?, ¿el abandono? Quizás ese abandono es el que va a colocarla a ella luego en el camino de la búsqueda, de la reconstrucción de su pasado.

Antes dije que su mejor libro, y lo sigo creyendo, es El reino donde la noche se abre, de 1987. Allí está uno de los grandes poemas de la poesía venezolana, para mi juicio: el poema del País de la Pena.

El país de la pena

Cuando ese libro apareció, cuando fue publicado, yo entonces trabajaba en la revista Imagen y hacía entrevistas con motivo de los libros o las exposiciones que acababan de ocurrir, y de inmediato me fui a entrevistar a Hanni Ossott. Es una entrevista de 1988, recogida en Mil libros venezolanos excepcionales, un libro de entrevistas publicado recientemente. Allí, en esa larga entrevista —probablemente una de las más largas y más completas que se sostuvo con Hanni Ossott— yo le pregunté por el momento en el que ella escribe ese gran poema que es El país de la pena.

La pregunta que le hago es esta: en El reino donde la noche se abre hay un poema excepcional, El país de la pena. ¿Fue escrito contemporáneamente a la traducción de las Elegías de Duino de Rainer María Rilke, una traducción de ella? Y ella me responde lo siguiente:

“El poema El país de la pena es consecuencia de una visión que tuve, una revelación. Ese poema fue escrito una noche en noviembre de 1985, entre las diez de la noche y las cuatro de la madrugada. Aquello fue terrible: escribía, me levantaba, me asomaba por la ventana, me sentaba otra vez. Ha sido el poema más largo, intenso, complicado, que he escrito en mi vida. Fue escrito en un estado de rapto y de lucidez, no tiene correcciones. Es el poema de mi madre, de los miedos que tuve en mi infancia en torno a la guerra vivida desde aquí. De mi casa se enviaban peluches o zapatos con joyas adentro, o paquetes de café. Yo creo que mi mamá murió por eso, por el desarraigo”.

Se refiere Hanni a la Segunda Guerra Mundial, descendiente de alemanes. Yo le repregunto en esa entrevista: en su poesía hay una percepción particularmente aguda del horror y del terror; sin embargo, hay esperanza en medio de la noche. Le pregunto y ella responde:

“Yo sé que he hecho una poesía del descalabro, pero sé también que en medio del descalabro hay luz. No rompo todo, no lo destrozo todo. A mí no me gusta la poesía que lo destroza todo; me parece irresponsable. Sé que hay muchos poetas que andan tirando bala por ahí, incluso usan un vocabulario grosero. No creo en ese tipo de poesía. Creo que al hombre hay que hacerle ver, pero no destrozarlo. El escritor debe ser muy cuidadoso, muy responsable con lo que escribe, porque eso es como un bumerán: lo que tú dices tarde o temprano sale.

“Si tú no tienes una vasija, una contención donde colocar la inmensidad de tus pasiones y tus contradicciones, es mejor que te quedes callado. He escrito mucho y he publicado poco. La porquería ha salido de mí, pero me cuido celosamente de no herir a los demás con mi propia porquería”.

Extraordinaria respuesta de una lucidez excepcional. Les repito esto: el escritor debe ser muy cuidadoso y muy responsable con lo que escribe, porque eso es como un bumerán. Y es así. El lenguaje hay que trabajarlo con gran responsabilidad, por supuesto el lenguaje escrito, pero la disertación oral también. Por eso es que los insultos, los ditirambos, las diatribas son tan peligrosas: el lenguaje puede ser un cuchillo más hiriente que un cuchillo. Hay que ser muy responsable en el uso del lenguaje. Eso los venezolanos lo sabemos de sobra.

De modo que no quiero ser injusto con sus otros libros, pero en verdad, en ningún otro como en este, Hanni Ossott logra su voz más recóndita. De modo que ella nos refiere a ese momento en que escribe El país de la pena. Voy a leerles ahora algunos fragmentos, porque el poema es muy largo y no es posible referírselo completo. Dice Hanni Ossott en el poema El país de la pena. Tiene un epígrafe de T. S. Eliot que dice: “Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo”.

Y ahora habla Hanni Ossott:

“¿Quién soy?

La luz que ilumina esta verja, esta tierra.

Soy los árboles y las plantas,

acaso el mar.

Soy colinas, riberas,

agua bañada de luz,

soy un cuerpo cansado

De tanta herrancia.

“Un cuerpo y una alma cansados del miedo.

Soy el temor.

Desde lo profundo y oscuro escucho,

y tiemblo.

Oigo lo profundo, lo oscuro,

las contradicciones,

todos los polos opuestos,

las negruras, las blancuras.

“¿Quién soy?

Primero una pena, luego el soportar.

Veo barcos, barcos múltiples que tocan mi orilla,

veo una casa destrozada por el dolor,

demasiado cercana.

“Los barcos relucen en la noche,

veo sus banderas.

Ellos son el arribo, la llegada,

mas no la cura de la más antigua herida.

“Veo barcos enfermos, antiguos, dolientes,

y adentro muletas, invalidez de sazón.

¿Quién soy?

“El sol me quema, incendia mi piel,

ilumina mis ojos.

Me vuelvo ardiente,

soy ardiente,

respondo con amor a la canícula.

“Yo te he buscado para saber quién soy

Y yo no sé quién soy.

La hojarasca me ha arrastrado,

quizás para salvarme.

Mi cuerpo está cubierto por una alfombra vegetal,

la pelusa de las hojas me acaricia.

Me he hundido en lo verde.

Duermo, duermo, duerme,

para que todo pase,

para que todo termine de pasar.

“Soy ahora el pájaro

que enterré en el jardín.

Duermo bajo la tierra

para que todo pase.

“Quiero obviar el dolor y el horror,

Olvido, olvido.

Pienso: ya no es tiempo de las resacas.

Cada ola me dicta una continuidad,

nos la dicta.

Mi continuidad es una estación sutil,

imperceptible a los apresurados.

“Tú llegaste del país de la pena.

¿A dónde?

¿A donde el mar se abre en mí,

basto para lavarme, regarme?

Poco a poco voy hacia él con respeto

y lejos veo los barcos cargados de llanto,

de indignación contenida,

barcos magdalenas”.

Hasta aquí esta primera parte: ella está rememorando la guerra europea y la tragedia de la Segunda Guerra Mundial sin haberla vivido. La está viviendo a través de su madre, que sí la vivió o padeció, quizás no ella directamente pero sí sus familiares, y ella padece la guerra desde aquí, por su madre. Y esa niña que está hablando, que ya es adulta, conectada con el espíritu, con la esencia de su progenitora, va a desarrollar este poema estremecedor en el que se va preguntando quién soy, quién soy.

Y finalmente termina de la siguiente manera. Es un poema de unas diez o quince páginas que no puedo leerles, pero les leo sus últimos versos, su última página. Dice Hanni Ossott:

“¿Quién soy?

Tengo yo un significado.

Soy una palabra,

un viento,

una planta.

“Mi corazón arde.

Lloro, ardo.

Ahí voy, como a la sombra de destinos.

La pluma de mi pluma está ardiente,

revoloteando o siguiendo la brisa.

Mar, en ti confío

para que des a los otros su límite.

Como la playa, estoy absorta ante ti,

casi espantada.

“Todos mis riesgos se retraen.

Cuido, cuido, cuida.

Habrá que ir con cuidado.

¿Qué más?

Estrellas están allí, silentes, y hay obra, corazón.

“Si todo esto ha sido malo entonces no habrá corrección.

¿Quién soy?

El milagro de un error.

La ventana se abre.

La culpa se ventila.

El sol irradia.

“En la costa yace un marinero.

La mujer llora.

Desconsuelo, desconsuelo, desconsuelo.

No hay punto final para esta guerra,

esta guerra horrible, esta destrucción.

“Mi alma ha sido partida en dos.

Piedad por mis ángeles, santa cruz.

He llorado la tierra, me sublima.

Los vegetales, ¡la carne!

El hombre me sublima

Y estoy por él, más allá de él,

entre cacharros y suspiros.

Por ello lavo la casa

Y este grito solitario, ¿qué será?, suficiente.

“Es la luz de la luna lo que hoy me ilumina.

Noviembre de 1985”.

En la parte anterior del programa leímos fragmentos de ese poema extraordinario, El país de la pena, donde Hanni Ossott se pregunta, como un retornelo, quién soy, y van apareciendo imágenes y visiones en ese viaje largo de este poema. Allí va a aparecer la figura materna como una sombra, va a aparecer el sol, va a aparecer la luna. Va a aparecer el horror y el olvido, o el dolor y el abismo. La guerra va poblando el mapa del texto, la Segunda Guerra Mundial, hasta que llega un momento en que la autora se retoma a sí misma y se da una respuesta y dice lo siguiente en el cuerpo del poema que no se los leí: “No quiero el horror sino la tolerancia. La casa, amigos, libros, el granate de amor, los hermanos. En pocas palabras, el refugio del afecto”.

La casa, el horno al que ella canta en otro poema, como le dimos antes, la tolerancia, los amigos, el amor: todo lo que hace la vida llevadera. La vida muy distinta a ese cataclismo que es cualquier guerra o violencia en general. Este es un gran poema del desarraigo, de la incomodidad en el mundo; es un texto que, como hemos venido diciendo, refleja el dolor por la destrucción del mundo de la madre, el dolor que siente la hija consustanciada con el dolor de la madre que ve destruirse su mundo en medio de la conflagración de la Segunda Guerra Mundial. Es el dolor de una niña por el dolor de su madre. Son dos heridas que se juntan y hacen una sola herida.

Hay otros poemas de Hanni Ossott en este libro que venimos comentando que también son poemas de largo aliento, de larga extensión, como puede ser La casa, ese depósito de ángeles, y el que le daba título al libro, El reino donde la noche se abre. Allí en ese libro están estas obsesiones temáticas que vienen robusteciendo su trabajo, que ya las hemos señalado: la noche, la casa de la infancia, la playa marina. Y un fragmento de ese poema que le da título al libro, ella dice: “Soy del reino donde la noche se abre repentinamente. Reino de apariciones; en él naturaleza y cosa se acrecen, se intensifican, hablan y rompen”.

A este reino de la noche se van a sumar, como dijimos antes, los dos espacios centrales para ella: la casa y el mar. El mar está muy presente en su obra, por supuesto, el cielo, pero es el cielo nocturno. Desde ese cielo nocturno ella evoca los trabajos al mar y relaciona la arena de la playa con la cartografía del cuerpo. Allí su alma halla el horizonte necesario para navegar hacia lo que pudiéramos llamar la nada, pero también se detiene a leer las noticias que el mar imprime sobre la costa y las rocas. De allí que para ella el mar sea muerte y esperanza, ofrendas de tierra firme y tierra prometida también. Para Hanni va a ser el mar abismo e isla. Y también va a ser nave que desafía al tamaño de las olas y logra viajar. El mar es entonces esa posibilidad del viaje que ella acaricia, que a ella le insufla entusiasmo y esperanza.

En la entrevista que les referí antes, acaso una de las más largas que ella concedió —una entrevista del año 1988—, al final de la entrevista yo le pregunto, regresando a su poesía, qué lugar tiene en ella la cotidianidad. Aclaro: yo le pregunto qué lugar tiene la cotidianidad porque en estos poemas de El reino donde la noche se abre, la indagación interior es tan profunda, tan psicológica, la experiencia psicoanalítica que está subyacente a lo largo de todo el texto pareciera que deja al margen el mundo cotidiano. Me refiero en estos poemas, porque en el poema del horno sí hay un trabajo exquisito y preciso sobre la cotidianidad.

Sin embargo, yo quería escucharla disertar sobre el tema de la cotidianidad porque ella era una mujer conectada con las zonas más profundas del hombre, pero también vivía en una casa con un marido, Manuel Caballero; iba al mercado, atendía a un gato y sonaba el timbre y el intercomunicador. Es decir, había una cotidianidad que también iba acompañando este viaje de aguas profundas en la que se había sumergido Hanni Ossott. Por eso le hago la pregunta, regresando a su poesía: ¿qué lugar tiene en ella la cotidianidad? Y ella dice: “Un lugar importantísimo. Allí está la cotidianidad como locura, como disparate, como algo que no se entiende, porque tú te imaginas lo que es estar todo el día pensando en el infinito, en Dios, en las estrellas, y que de repente aparece el gato y reclama su atención. También en medio de los pensamientos está la respiración de mi marido.

“Y otras cotidianidades, junto a la cotidianidad, está, como digo al final del poema del País de la Pena: es la luz de la luna lo que hoy me ilumina. Me refiero a la luna de los lunáticos, de los nocturnos, de la locura. Fíjate que esto lo captó perfectamente el diseñador del libro, Víctor Viano. Yo soy lunar, soy de la noche”. Ya se refiere a la portada de ese libro, El reino donde la noche se abre, que es un libro publicado por la editorial de Juan Liscano, que se llamaba Mandorla.

Es una editorial bellísima que tuvo Liscano, que publicó muy pocos libros, todos muy bien escogidos, y entre otros publica este libro de Hanni Ossott tan hermoso del que venimos hablando.

Conviene recordar que en la cotidianidad de Hanni Ossott también estuvo una escuela primaria, un bachillerato, unos estudios formales de letras en la Universidad Central de Venezuela, culminados con gran éxito. Una ensayista de primer orden, profesora también. Es decir, hay que añadir que hubo una cotidianidad muy intensa también, porque si no lo señalamos pareciera que Hanni estuvo toda su vida sumergida en estas profundidades del yo y no es así.

También batalló con esas circunstancias. También en los últimos años de su vida vivió en San Antonio de los Altos, ella estaba bastante bien cuidada. Manuel, su marido, la visitaba con frecuencia, y ella batalló esos últimos años, avanzando no hacia la vejez porque Hanni propiamente no muere siendo una anciana, pero sí una mujer madura que siempre tuvo problemas para enfrentar la vida cotidiana. De hecho, el título de esta entrevista que les vengo refiriendo es una frase de ella que dice: “No me siento cómoda en el mundo”. Y eso es cierto: lo primero que uno percibía de Hanni, de verle la mirada, al ver cómo fumaba incesantemente, era que había una incomodidad allí importante.

Por cierto, muy distinta a su esposo Manuel Caballero, que era un hombre muy cómodo en el mundo, y sin embargo fue una pareja muy bien avenida, que se quisieron mucho. Eran sumamente distintos y él tenía una admiración muy particular por Hanni, una devoción. Él la cuidaba, le insistía en que publicara sus libros, en que los organizara, en que escribiera poesía. Él fue un motor importante para impulsar el deseo creador de Hanni Ossott en los años, en la última etapa de su vida, porque es un matrimonio que se aviene cuando ambos son ya personas maduras. Por supuesto Manuel bastante mayor que Hanni, pero Hanni no era una niña: era ya una mujer de cierta edad.

Sin abandonar sus recurrencias temáticas, en su libro Cielo, tu arco grande, de 1989, Ossott va a tocar otros espacios y otros objetos: allí van a aparecer las calles, las oraciones, Londres, la vieja casa de Altamira. Son objetos y sujetos de su palabra poética. También en este libro entabla un diálogo con Dios, donde gravitan perplejidades y dudas. Entonces afirma: “Mi Dios carece de rostro, carece de cuerpo. Salta de lo pequeño a lo grande. Es nimio, inmenso, y no escucho sino una rara voz”. Bello fragmento de ese poema. En el fondo, estas oraciones de Hanni Ossott ansían una respuesta que sea una suerte de luz bendita que ilumine y venza las tinieblas, la noche en la cual ella está sumergida. De allí que sus oraciones vayan a ser más la expresión de un anhelo que la manifestación de una creencia. Ella no le está rezando a un Dios en el que cree y en el que tiene fe, sino le está rezando a un Dios implorándole respuestas. En esa misma medida tiene fe en que ese Dios algo va a decirle, o en todo caso ella formula las preguntas. Esta sería la diferencia con las oraciones de un creyente, digámoslo así.

De su más reciente poemario para entonces, Casa de agua y de sombras, de 1992, hablaremos en la próxima parte del programa, en la última parte de este programa dedicado a la memoria, la vida y la obra de esa estupenda poeta venezolana, Hanni Ossott. Ya regresamos.

Traducciones y cierre

En este libro del que hablábamos en la parte anterior, Casa de agua y de sombras, también se trabaja la casa familiar de la infancia, y se trabaja mucho el crepúsculo, esa hora que precede a la noche, y se trabaja mucho el alma de la niña que fue Hanni Ossott. Entonces se lee: “He vivido una casa crepuscular, inocturna, casa doliente, oscilante entre la melancolía y la febrilidad, casa de pilar endeble”.

El viaje de Hanni Ossott no puede llevarla a otra parte. Es decir, ¿quién no está psicológica y anímicamente marcado por el teatro de operaciones de sus primeros años, por la infancia? De allí que el que busca su voz más lejana se topa inevitablemente con los esfuerzos para dar los primeros pasos, o con el rostro iluminado de su madre al borde de la cuna, esa infancia que va a marcar toda su obra y la lleva a decir en este poemario también lo siguiente: “Soy la casa, sus sombras, sus dolores; entera mi persona se ha hecho de ella”.

Bien, pero estaría incompleta esta semblanza de Hanni Ossott si no hacemos referencia a su labor de traductora. Ella vertió al español a dos poetas de lenguas distintas: a D. H. Lawrence y a Rainer María Rilke. De hecho, de Rilke tradujo nada más y nada menos que las Elegías de Duino, una traducción notable publicada por Monte Ávila Editores en el año 1987. A mí me parece de las mejores traducciones al castellano que yo he leído de las Elegías de Duino.

El prólogo que ella también escribe en esa edición es mucho más que una curiosidad en el conjunto de la obra de Hanni Ossott. Allí afirma lo siguiente: “Entre los poetas de lo religioso y lo sagrado debemos contar a Rilke. Nadie está holgado y a sus anchas; la libertad humana está disminuida frente a lo sobrehumano, el infinito, las grandes noches y las estrellas”.

Y más adelante, en ese mismo prólogo, sentencia lo siguiente: “La modernidad de Rilke radica en saber que el hombre carece de lugar”. Esto es muy ossottiano, ella asume eso también de manera rilkeana: el hombre carece de lugar. No en balde nos ha venido diciendo “no me siento cómoda en el mundo”.

También nosotros podríamos preguntarnos: ¿está hablando de Rilke cuando habla de Rilke la prologuista? Sí, pero también está hablando de ella misma, porque hay una identificación muy grande con Rilke. Sin embargo hay que matizar entre el carácter religioso de la poesía de Rilke y el carácter religioso de la poesía de Ossott.

En el primero hay fervor, en Rilke; en Ossott hay espera por la llegada de la palabra divina. Hay receptividad, hay vasija —que es una palabra que ella utiliza con frecuencia—, hay vasija. En Rilke hay fervor, hay una creencia ya expresiva y expresante. En cambio, en Ossott hay espera: ella está en el camino que intuye como lo único por el que puede transitar su alma, pero no sabe qué le espera a su alma al final del camino.

Y ustedes dirán: bueno, y acaso Rilke sabía lo que le esperaba a su alma. Quizás no, pero su relación con el mundo fue menos extraña, fue menos interpelante, fue menos incómoda. Uno intuye que él tenía mayores intuiciones en relación con lo que le esperaba al final del camino. Esa condición de expulsada del paraíso no abandona a Hanni Ossott, tampoco la abandonó esta sensación de no tener lugar en el mundo.

Pero de allí es que nace su poesía. Sin esa incomodidad, ¿cómo se hubiese articulado su voz y su impulso, su fuerza para la escritura? El matiz entre la religiosidad de Rilke y la de Hanni Ossott quizás radica en las distancias que uno u otro sienten de la luna. La luna de Hanni Ossott está en su interior, prácticamente sobre sus párpados, siempre orbitando sobre su personalidad: la noche y la luna. En Rilke también, pero no con esa fuerza que se adueñó de la personalidad y la palabra de Hanni Ossott, haciendo de su poesía, a mi juicio, una de las indagaciones personales y psicológicas más importantes en toda nuestra poesía. Su buceo, su viaje en aguas profundas del yo, muy pocos poetas en Venezuela lo han hecho a estas profundidades.

En algún momento del programa hablé de experiencias psicoanalíticas: está aquí atravesando toda la obra de Hanni Ossott. Sus experiencias psicoanalíticas fueron muchas y muy prolongadas y el conocimiento que fue adquiriendo de la interiorización de su propia psique comenzó a brotar en su obra. Quizás la obra poética más psicológica de la poesía venezolana de los últimos años.

Hasta aquí este programa en recuerdo de la vida y la obra de Hanni Ossott. Ha sido un gusto hablar para ustedes.

Esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Mery Sosa y Víctor Hugo Rodríguez, y en la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarrais arroba hotmail.com, en Facebook, en Twitter arroba rafaelarrais. Estos programas están colgados en la página unionradiocultural.com y pueden escucharlos desde cualquier parte del mundo, a cualquier hora y cuantas veces ustedes quieran. Hasta nuestro próximo encuentro.

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