La ciudad vista por Nazoa, Brewer Carías, Almandoz y Aveledo
El epicentro urbano
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy le vamos a dedicar el programa completo a cuatro autores que han abordado el tema de la ciudad desde diversas perspectivas. Vamos a comenzar nada menos que con Aquiles Nazoa. Recordemos que Aquiles Nazoa nace en Caracas, en 1920, y fallece en un accidente automovilístico en 1976.
Cultivó el humorismo inverso, siguiendo esa línea que desarrollaron con tanta gracia Francisco Pimentel, Hopping y Leóncio Martínez, Leo. Esos humoristas que escribían en verso, y esa es una tradición especialmente caraqueña a la que se afilia Nazoa, no solo en su faceta de poeta sino en la de humorista, dramaturgo, periodista y cronista. Incluso en aquellos programas de televisión tan hermosos que hacían sobre las cosas más sencillas. Se llamaba ese programa del Canal 5, lo recuerdo, era un programa verdaderamente precioso; yo era un niño y lo escuchaba con verdadera delicia.
Ahí Nazoa se dedicaba a esas tradiciones urbanas de la capital, a su historia menuda. Y también hay que decir que Aquiles Nazoa alcanzó momentos brillantes en el cultivo de la literatura infantil, espacio donde su obra descoya prácticamente como un magisterio. De modo que estamos frente a una poesía que forma parte de una obra que la incluye como una de sus ramas. De allí que la figura de Nazoa sea prácticamente venerada en muchos ámbitos y por tantas razones como aristas tuvo su trabajo, porque no solo estamos hablando de un poeta sino de un hombre que articuló distintos caminos para la expresión del conocimiento y la imaginación.
Y en el cultivo del poema vamos a leerles un texto autobiográfico que se titula "Aquiles autobiográfico". Está recogido en un libro paradigmático de Nazoa que se titula El Ruiseñor de Catuche, de 1950. Allí hace una autobiografía donde, en apenas tres párrafos, da unos brochazos extraordinarios sobre sí mismo. Les leo: "Nací en la barriada del Guarataro de Caracas el 17 de mayo de 1920. He estudiado muchas cosas, entre ellas un atropellado bachillerato, sin llegar a graduarme de ninguna. He ejercido diversos oficios, algunos muy desagradables, otros muy pintorescos y curiosos, pero ninguno muy productivo para ganarme la vida".
"A los 12 años fui aprendiz en una carpintería, a los 13 telefonista y botones del hotel Majestic y luego domiciliero en una bodega de la esquina de San Juan, cuando esta esquina, que ya no existe, era el foco de la prostitución más importante de la ciudad. Más tarde fui mandadero y barrendero del diario El Universal, cicerone de turistas, profesor de inglés oficial en una repostería y director de El Verbo Democrático, diario de Puerto Cabello. Durante los últimos diez años me he compartido entre las redacciones de Últimas Noticias, El Morrocoy Azul, El Nacional, Élite y Fantoches, del que fui director". Bello texto en ese libro de 1950. Es lo que en Venezuela se llama un todero, y que en los Estados Unidos llaman un self-made man, alguien que se forma en la universidad de la vida.
Nazoa viene de un origen muy humilde y es, después de esta descripción, evidente que era un conocedor a fondo de Caracas. En el ámbito de su poesía, su formación y sus lecturas, esas lecturas que él se procuró a sí mismo, se nutrieron particularmente desde la fuente del Siglo de Oro español, y Nazoa se hizo un maestro en las formas estróficas y métricas con las que estructuró buena parte de su poesía. Ya que a partir de El Ruiseñor de Catuche y hasta La vida privada en las muñecas de trapo, que es un libro de 1975, y también Raúl Santana con Un pueblo en el bolsillo, que es un libro de 1976, Nazoa escribió poemas en prosa con insistencia, combinando estos poemas con otros que sí iban en verso, donde brillaba su particular gracia para la rima y la melodía.
Desde sus primeros libros y hasta los últimos acometió unos poemas infantiles que son un prodigio de ternura y belleza, siempre trabajando con las leyendas nacionales o incorporando con gracia los nuevos mitos de la modernidad, por ejemplo Marilyn Monroe o Beethoven. Y se puede decir que era una poesía humorística, sí, pero no solo poesía humorística. También era una poesía de la sonrisa que se articula desde la ternura, de la mirada infantil que nunca abandonó a Nazoa en sus construcciones. La gracia no tenía ningún parentesco con la gracia del retruécano hispano cargado de cierto machismo; la suya era la gracia de la magia de aquello que él llamaba "las cosas más sencillas".
Desarrolló un humorismo que jamás fue grueso ni incurrió en la burla soez o en señalamientos curiosos, sino que fue maestro del humor porque era un hombre fino y se detenía a mirar el punto de tejido más delgado. Su poesía, como puede suponerse, no se adentró en las zonas más profundas del misterio ni de la trascendencia; se esmeró en cantar a aquello que, por estar en la superficie, no dejaba de tener su hondura. Nazoa tocaba las sensibilidades más hondas desde su relación amorosa, pero de ninguna manera quiero decir que su poesía fuese superficial, para nada. Lo que quiero decir es que llegaba al alma por otras vías y ciertamente no lo llamaba la indagación ontológica trascendente, sino una realidad tamizada por los ojos del amor infantil, del humor.
Con estos instrumentos, Nazoa rápidamente vio cómo su poesía se hizo tremendamente popular, tanto como lo fue la poesía de Domingo Ramón Hernández y Francisco Guacai Puropardo en el siglo XIX, que fueron unos poetas que leían muchísima gente. Y tanto como la de Andrés Eloy Blanco en el siglo XX, quizás la poesía más divulgada en Venezuela a lo largo de esa centuria. Y uno se pregunta: ¿Nazoa era un juglar?, ¿era un cantor? La respuesta es sí, pero no por ello un poeta con menores logros, todo lo contrario; ahí está su obra de una enorme belleza.
Pues nuestro último juglar, miren, eso es probable que sí en los términos en que se dibuja la figura del juglar. No descarto que aparezcan otros con variantes, pero digamos que el último juglar reconocible fue Nazoa, y la muerte que se lo llevó en sus alas, de una manera trágica, pues alimentó el mito popular que ha habido alrededor de Aquiles Nazoa y falleció, como les dije antes, en un accidente automovilístico, cuando apenas tenía 56 años. Ahora les leo la "Balada pesimista"; con eso concluimos esta parte del programa. Dice: "A mi mujer de rato en rato le dará ataque al corazón. Le darán valerianato o le darán resignación y entre los fuegos, nada menos de mis seis velas amarillas, me irán dejando todos, menos los que se duerman en las sillas. Por fin un cura con salterio me salteará alguna oración y daré el viaje al cementerio como un pescado en mi cajón. Mas no lloréis la muerte mía, porque quien quita a lo mejor yo resucito al tercer día sin ser ningún nuestro señor".
Esa balada tan simpática, la "Balada pesimista" de Aquiles Nazoa, más toda su obra que tiene como epicentro a Caracas, abren entonces este programa que vamos a dedicarle a los cuatro autores y la ciudad. Tres de ellos referidos a la ciudad de Caracas y a las ciudades como fenómeno, como construcción del hombre, y uno de ellos referido a Barquisimeto, su ciudad natal. A lo largo del programa ustedes irán advirtiendo quiénes son. Ya regresamos.
En la parte anterior del programa hablamos de Aquiles Nazoa y su relación con Caracas a través de su obra, tanto de cronista como de conductor de un programa de televisión y de poeta. Vamos en esta parte del programa a otra visión, y es la visión del profesor Allan Brewer Carías, recogida en un libro extraordinario que se titula La ciudad ordenada. Digamos que una de las bondades prácticas de los estudios históricos es que nos permiten remontar el río hasta las cabeceras, buscando el origen de muchos problemas. Este libro sirve particularmente para remontarse hasta las cabeceras, el origen de la ciudad.
Brewer es un caraqueño. El libro no está centrado en Caracas, sino en la ciudad como tal, esa creación de los españoles en América, en el caso nuestro, la ciudad hispanoamericana. Este libro, La ciudad ordenada, es un tratado de unas 540 páginas muy bien diseñadas por el maestro Pedro Mancilla, impresa en Editorial Arte, y allí el lector puede tomarle el pulso a una de las aventuras más fascinantes de la humanidad.
Me refiero al largo proceso de fundación de ciudades por parte de los españoles en América. Esta empresa, no huelga señalarlo, es única en toda la historia universal: nunca antes ni después un imperio adelantó un trabajo de tal magnitud en un territorio de ultramar, territorio de su propiedad pero ajeno, lejano, con el océano Atlántico por medio. Ciertamente una tarea similar la desarrollaron los romanos, pero no parece que llegó a ser de tal envergadura ni de tanta resonancia.
Pero también me adelanto a aclarar que la obra de Brewer Carías no pernocta en el tema de la aventura poblacional exclusivamente, sino que abre la puerta al laberinto en el que Brewer Carías es muy fuerte, que es el laberinto jurídico. Es así como al lector se le revela que las ciudades americanas no fueron fruto del azar de un conquistador, sino que su estructura y sus basamentos jurídicos formaban parte de un plan minuciosamente diseñado por la corona española, de manera de poder poblar ordenadamente un territorio yermo. Este mito del conquistador como un sanguinario que venía en busca del oro a troche y moche es solamente falso: es una simplificación. La verdad es que junto con la Conquista, que fue un hecho violento en muchas de sus facetas sin la menor duda, junto a eso estaba la construcción de las ciudades, esa obra colectiva que es una ciudad.
Y también nos aclara el profesor académico Brewer Carías que la forma reticular de nuestras ciudades no fue un invento español, sino que se inspira en la experiencia griega y romana. En particular, lo exigía para la fundación de nuevas ciudades del Imperio Romano, y el primero que concibió la forma ortogonal para las urbes, para las ciudades, fue Hipódamo de Mileto. Esto ocurrió cuando el esplendor de Grecia no advertía nubarrones en la distancia. Esta forma fue probada por los españoles antes de establecerse en América, y probaron esta fórmula en los pueblos de Castilla y Aragón.
Siempre, de acuerdo con la casuística del derecho castellano que fue el que se trasladó hasta América para la resolución de estos asuntos, es un tema importante. No fue el derecho catalán ni el aragonés el que imperó en nuestros asuntos urbanos y municipales, sino el derecho castellano, que es un derecho muy dado a la minucia, al detalle. Es un derecho estupendamente preciso y va a dar origen a los llamados fueros municipales. Y en las formulaciones jurídicas de esto va a tener su base en las Ordenanzas de Descubrimiento y Población dadas por Felipe II en el bosque de Segovia, el 13 de julio de 1573.
Allí sobre esto apunta Brewer Carías que se trata del primer cuerpo orgánico de normas jurídicas sobre ordenación urbana que se haya dictado jamás. Nótese que son de 1573, y muchas de las ciudades principales de América ya habían sido fundadas. Tenían muy pocos años de fundadas, de modo que las ordenanzas vienen a, como su nombre lo indica, ponerle orden a algo que ya se había instaurado con base en la retícula urbana, pero que ahora tiene un mayor nivel de detalle.
El caso Caracas, por ejemplo, fue fundada en 1567 y las ordenanzas son de 1573, apenas seis años después. Caracas en seis años no alcanzaba a ser más que un poblado con unas cuantas calles que se habían trazado y muy, muy pocas construcciones. De modo que esto es importante también advertirlo, y buena parte del interés del conquistador por fundar pueblos y ciudades, el conquistador español, por supuesto, además tiene un origen jurídico: era la garantía que se tenía sobre la tierra ocupada. De lo contrario, no se generaba un derecho, y esto lo decía muy claramente Hernán Cortés, voy a citarlo. Dice Cortés: "Quien no poblare no hará buena conquista, y no conquistando la tierra no se convertirá a la gente, así que la máxima del conquistador ha de ser poblar".
Hay que aclarar a qué se refiere con "no se convertirá la gente". No podemos olvidar que la Conquista española de América es también una conquista religiosa: es la conversión de los politeístas o paganos aborígenes al cristianismo, al monoteísmo, al dios único que traían los españoles; en una mano traían la cruz y en la otra mano la espada. También conviene traer a cuento lo que advierte el profesor Brewer. Me refiero a la obra de Fundación urbana española en América: no fue una tarea directa de los funcionarios de la corona, esto es importante. Fue un afán de los particulares y adelantados que eran titulares de una capitulación; por eso se puede afirmar que la conquista de América era una empresa privada con el sancta sanctorum de la corona española, pero no era la corona española, ella con sus funcionarios, la que estaba adelantando la conquista sino aquellos con los que la corona había firmado una capitulación.
En otras palabras, con ellos la Corona había afirmado un contrato y estos particulares, vamos a llamarlos estos aventureros o estos empresarios, se conducían bajo la capa de un manto legal que prescribía la forma de hacerlo. De modo que ellos no venían a lo loco, sino dentro del marco legal, y uno de los marcos legales era que al fundar ciudad se rigieran por estas Ordenanzas de Descubrimiento y Población dadas por Felipe II en el bosque de Segovia el 13 de julio de 1573.
Bueno, de hecho, cuando Juan Rodríguez Suárez funda la ciudad de Santiago de los Caballeros en Mérida, al pie de la Sierra Nevada, lo hace sin autorización para ello y por ese atrevimiento pesó sobre su cabeza una condena a muerte que tiempo después le fue conmutada por una pena menos severa. Fíjense cómo aquí las prescripciones normativas eran muy, muy claras y usted no está autorizado para fundar ciudad, no puede hacerlo, cosa que hizo Juan Rodríguez Suárez, y bueno, cometió una falta de acuerdo con el ordenamiento vigente de aquella época. Este libro verdaderamente recomendable es un libro que quedará para siempre en la literatura urbana venezolana. La ciudad ordenada es un libro que se consigue y hay ejemplares por allí en librerías que tienen libros ya viejos, porque es un libro de hace unos cuantos años.
El libro es extraordinario: recoge muchos años de investigación, y una investigación que viene a salvar grandes vacíos que había antes, y viene a dar pie para las próximas investigaciones que se adelanten, partan de lo que ha aportado el profesor Brewer Carías, uno de los grandes académicos venezolanos. Hasta aquí entonces esta visión de la ciudad desde la historia y desde lo jurídico, desde el ordenamiento, este trabajo extraordinario, esta muy buena investigación del profesor Allan Randolph Brewer Carías, individuo de número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Un profesor de la Universidad Central de Venezuela de larga data, probablemente el académico venezolano con la obra escrita más voluminosa que se haya escrito en Venezuela. Es verdaderamente monumental la obra del profesor Brewer Carías.
En la próxima parte del programa veremos otra aproximación a la ciudad. Ya regresamos. En esta parte del programa vamos a hablar de un trabajo de investigación que ya se expresa en cuatro tomos, pero en esta parte del programa hablaremos del primer tomo, y me estoy refiriendo a lo que ha hecho el profesor de la Universidad Simón Bolívar Arturo Almandoz. La ciudad en el imaginario venezolano, una extraordinaria investigación que ha adelantado este profesor de la Universidad Simón Bolívar, que se doctoró en la Open University de Londres y que se ha dedicado durante muchos años en el Departamento de Planificación Urbana en Sartenejas a la enseñanza y a la investigación.
Y es por eso que ha dado estos frutos, que son cuatro tomos sobre esa larga investigación que le ha tomado prácticamente 20 años. Él comienza allí con un personaje popular español que es citado por Mariano Picón Salas en su libro Viaje al amanecer, y el propio Almandoz se encarga de precisar. Él dice lo siguiente: "Almandoz más que corresponder a un período concreto de nuestra historia, el tiempo de Maricastaña parece resultar del entrecruzamiento en la mitología infantil con muchos rasgos tribales de Venezuela rural que salía del siglo XIX y cuyo acceso al siglo XX poco variaría hasta la muerte del dictador Juan Vicente Gómez". ¿Por qué esto?
Porque el subtítulo de esta investigación en su primer tomo es Del tiempo de Mar y Castaña a la masificación de los techos rojos. Es decir, desde un tiempo impreciso, el pasado rural, hasta mediados del siglo XX, fecha en que concluye esa primera parte de su investigación. Uno de los aportes sustanciales de este ensayo estriba en que el autor rastrea el tópico de la urbe en la literatura venezolana como no se había hecho antes. ¿Y la pesquisa que hace Almandoz? Es completa: parte de Viaje al amanecer de Mariano Picón Salas, por quien no esconde una gran admiración, como es natural, y luego se detiene en Casas muertas de Miguel Otero Silva.
Se detiene en Ana Isabel, una niña decente, de Antonia Palacios; en Memorias de Mamá Blanca, y en Ifigenia, de Teresa de la Parra; y en Los Riveras, de Mario Briceño-Iragorry. Siempre buscando la perspectiva desde donde estos autores observan y trabajan la ciudad, bien sea desde la desolación de un pueblo interiorano, o el aire bucólico de la Caracas de principios del siglo XX, o el extrañamiento de la ciudad capital recordada desde París, como puede ser el caso de Teresa de la Parra o del interior. Como si se tratase de una metrópoli, el autor oculta todo este latido de la urbe en la obra literaria venezolana, y ese viaje y esa investigación continúa con Política feminista o El doctor bebé, con Tierra del sol amada y Memorias de un venezolano de la decadencia, los tres títulos de José Rafael Pocaterra.
Continúa con El hombre de hierro de Rufino Blanco Fombona, con Ídolos rotos, Sangre patricia y Peregrina o El pozo encantado de Manuel Díaz Rodríguez, y con Todo un pueblo de Miguel Eduardo Pardo, hasta recalar en las costas del positivismo y la Venezuela gomecista, representada por las obras extraordinarias, en muchos casos, de Pedro Manuel Arcaya, de José Gil Fortul y de Laureano Vallenilla Lanz, tres de los positivistas más destacados que hubo en Venezuela. A lo largo del trabajo también se citan con frecuencia un ensayo de Picón Salas que se titula Regreso de tres mundos, y muy especialmente esas bellísimas crónicas de viajes de Arturo Uslar Pietri. Así como varias entrevistas que sostuvo Almandoz con Uslar Pietri, preguntando, indagando sobre muchos aspectos que Uslar pudo aclararle a Almandoz para su investigación.
Y una mención aparte requiere el trabajo que hace Almandoz sobre la obra de Rómulo Gallegos, en especial acerca de La trepadora, que es una obra caraqueña. También de Doña Bárbara y de Reinaldo Solar, estas novelas en las que el autor advierte la relación dicotómica campo-ciudad, barbarie, civilización, y el paso de un tejido social rural a otro urbano, con sus respectivos personajes para cada ámbito o precisamente en conflicto con algún espacio en el que lo sitúa el novelista Gallegos. Y al mismo tiempo que ausculta las obras de Gallegos, Almandoz trabaja la novela que recoge la experiencia gomecista, bien sea desde la perspectiva carcelaria como es Puros hombres de Antonio Arraíz, o desde una situación afín pero más amplia como es el caso de La fiebre de Miguel Otero Silva, y también se detiene en la novela Campeones de Guillermo Meneses. Concluye su investigación con La ciudad de los techos rojos, el libro tan sabroso de E. B., de Enrique Bernardo Núñez, un libro de 1947-1949.
Y así vemos pues cómo en la obra literaria Almandoz ha advertido la influencia española en la construcción del pueblo y de la ciudad, pero también ha señalado la influencia francesa que se le imprimió a Caracas a partir del período de Antonio Guzmán Blanco, también conocido como el Guzmanato o el guzmanismo. Y no pasa por alto Almandoz la creciente influencia norteamericana que cunde a partir de la explosión petrolera masiva en 1914 y 1922. Pero no contento con ello, Almandoz ubica en los personajes de las novelas reseñadas las actitudes que hacia la ciudad tenían.
Por ejemplo, voy a citar al propio Almandoz: "Si Alberto Zoria hubo de dramatizar la frustración cultural en los intelectuales en la ciudad posguzmanista, María Eugenia encarnó el sacrificio de la joven librepensadora en las Caracas gomecistas", y digo yo que es, curiosamente, la ciudad es casi siempre vista desde afuera y los ángulos de mira podrían resumirse así. Uno que vislumbra a la capital del pueblo del interior y suele hacer el viaje desde un punto a otro, y otro que está en la ciudad pero añora a otra, como puede ser París o Nueva York. Y también aquel que, estando en el corazón de la ciudad, la oculta desde el encierro carcelario. En todos los casos la urbe es médula de un conflicto, una insatisfacción o una incomodidad.
Lo que plantea el nudo dramático de las obras, porque sin conflictos no hay obra literaria, piensan muchos, y un abanico de sentimientos se expresan en la relación del hombre con la ciudad, siempre vinculados a la vida política. Bueno, esa es la vida de la ciudad. La política es eso, la polis, o a los anhelos, los deseos de realización personal. La ciudad por ello ha sido entonces el espacio de la derrota y de la conquista, y de la derrota o de la conquista en lo personal, pero también ha sido escenario de las batallas por el poder en lo colectivo.
Al menos a partir de 1928, cuando el escenario del poder cambió desde el campo de batalla a la calle y avenida citadina, con la Generación del 28 el instrumento de la política pasa a ser la palabra y empieza a declinar el caballo y el arma, la espada o el fusil. La palabra se convierte en el epicentro de la política con aquellos muchachos de la Generación del 28. En el recodo de las conclusiones, Almandoz es más bien prudente, deja abierta la posibilidad al lector de sacar sus propias conclusiones, pero esto puede hacerlo el autor porque a lo largo del ensayo las ha ido ofreciendo como un goteo discreto, digamos. Pero no por ello menos concluyente.
Para quien no se haya acercado a la narrativa venezolana, este ensayo es una invitación que va trazando el camino de una indagación temática, y para quien sí lo haya hecho, pues constituye la lectura organizada desde una perspectiva investigativa, desde un eje temático: la ciudad. De modo que este es uno de los trabajos de investigación más interesantes: colocar la lupa a la ciudad en el imaginario venezolano. Cuando digo el imaginario estoy refiriendo a la literatura venezolana que ha trabajado la ciudad, al menos hasta mediados del siglo XX.
En la próxima parte del programa veremos Barquisimeto vista por uno de sus ciudadanos, nacidos en la ciudad de Barquisimeto. Ya regresamos. En esta última parte del programa vamos a referirnos a un libro de Ramón Guillermo Aveledo: Gente, historias y cuentos de Barquisimeto y Lara. Libro muy sabroso de leer con ese espíritu que tienen las buenas crónicas. Aveledo, como todo el país informado reconoce, es un hombre público muy bien educado en la ética y que escribe muy bien, además, porque además de ser un político ha sido un intelectual, un profesor universitario y un autor cada vez más autor.
Porque Ramón Guillermo viene publicando prácticamente un libro al año desde hace un buen tiempo. Le hace honor a esa tradición de grandes venezolanos que vienen del estado Lara, una lista larga en la que podemos mencionar a Pastor Oropeza, por ejemplo, Antonio Arraíz, Alirio Díaz, Francisco Tamayo, Rodríguez Riera, Rafael Cadenas, Manuel Caballero, Salvador Garmendia, Pío Tamayo, al obispo Montes de Oca y muchos otros. El libro le hace honor a aquella orquesta, la Pequeña Mavare, una institución de gran solera en Barquisimeto, al legendario Colegio La Salle, que fue el primero que fundaron los hermanos lasallistas en Venezuela. Fue fundado en 1913. También recuerda al no menos célebre Liceo Lisandro Alvarado, donde tantos venezolanos han estudiado.
Aveledo no aclara, tampoco se lo propone, hay que decirlo, las razones por las que el estado Lara es una jurisdicción tan definitivamente musical. Yo alguna vez le pregunté al maestro José Antonio Abreu, que se educó allí, habiendo nacido en Trujillo, y calificaba el maestro Abreu como barquisimetano, según la clasificación establecida tan cariñosamente por el hermano Nectario María, acerca del talento musical de los larenses. Me dijo Abreu que muy probablemente se debía a la conjunción de un don natural y a la llegada de excepcionales profesores de música entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En todo caso, es asombroso lo que allí sucede en materia musical.
También hay que recordar lo que hizo don Egidio Montecinos en El Tocuyo por la educación; basta decir que allí se formaron Lisandro Alvarado y José Gil Fortul para significar la importancia de ese colegio, el don Egidio. En cuanto a la ciudad propiamente, Ramón Guillermo afirma lo siguiente: "Es muy difícil ignorar que a partir de 1958 cambió más Barquisimeto que en los cuatro siglos transcurridos desde la fundación a esa fecha". Bueno, esto pues pareciera que tiene mucho fundamento porque a partir del año 58 hubo un desarrollo en Venezuela importante, y quizás convenga detenerse a mirar la variedad cromática de los crepúsculos de Barquisimeto para recordar que el mundo no es blanco y negro, nada más.
Yo en lo particular albergo un especial afecto por las ciudades. Mis mayores del Barquisimeto son hasta mis décimos abuelos paternos; los más lejanos provenían del Tocuyo. Y cuando converso con un barquisimetano como Ramón Guillermo Aveledo, advierto muchos giros idiomáticos que usaba mi padre. Eso está allí presente: la gente del estado Lara, los barquisimetanos, son un gentilicio con unas señas de identidad muy marcadas. Este es un libro sabroso de leer que se suma a otros que se han publicado en los últimos años, como aquel Así es Barquisimeto de Soledad Mendoza, o Barquisimeto, tierra de encuentros, coordinado por Milagros Gómez y Blavia.
A este conjunto se va a sumar entonces este Gente, historias y cuentos de Barquisimeto y Lara, desde ese barquisimetano que es Ramón Guillermo Aveledo. Por cierto que en la entrada Barquisimeto del indispensable Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar se lee que aún se ignora con exactitud el día en que fue fundada la muy noble y leal ciudad de Nueva Segovia de Barquisimeto. Se sabe, desde hace mucho tiempo, que la primera piedra fue colocada a mediados de 1552, dada la información que nos legó José de Oviedo y Baños. Y gracias a las investigaciones del hermano Nectario María sabemos que la fundación ocurrió en la segunda quincena del mes de mayo del año citado, pero no sabemos el día.
Es cierto que el período celebratorio de los 450 años de fundada la ciudad concluyó hace un tiempo, y con motivo de eso se publican estos libros que señalé, este de Ramón Guillermo Aveledo, donde quiso hacerle honor u homenaje a su ciudad natal. La vida política, profesional y académica de Ramón Guillermo Aveledo ha ocurrido en Caracas. Incluso sus estudios, porque Ramón Guillermo estudió derecho en la Universidad Central de Venezuela, pero su infancia y su bachillerato están ligados estrechísimamente a su ciudad natal, por la que Aveledo no esconde una devoción muy, muy particular.
Hasta aquí nuestro programa de hoy. Hemos hablado de Aquiles Nazoa, de Allan Randolph Brewer Carías, de Arturo Almandoz Marte y de Ramón Guillermo Aveledo, en la medida en que estos cuatro autores se han ocupado del tema de la urbe. La ciudad, como ustedes saben, es uno de los acontecimientos decisivos del hombre, porque es obra colectiva; las ciudades las hacen todas las personas que las habitan, así como la lengua. La lengua no es creación de nadie, es una creación colectiva, y emociona pensar en las ciudades venezolanas: en una tan bella como Caracas, que es mi ciudad natal, y otra tan entrañable como es Barquisimeto, que es la ciudad de mis abuelos y del profesor Aveledo.
Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarais@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arráiz. Ha sido como siempre un gusto hablar para ustedes. ¡Hasta nuestro próximo encuentro!