4 Profesores. Castro Leiva, Kelly, Guédez y Stambouli.

Cuatro profesores superiores

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Les habla Rafael Arráiz Lucca. Vamos a comenzar con el profesor Castro Leiva, profesor con, además, una obra escrita de la mayor importancia. Luis Castro nació en Caracas en 1943 y murió en Chicago en 1999 con apenas 56 años de edad. Se había graduado de abogado en la Universidad Central de Venezuela en 1966.

Después hizo un doctorado en filosofía del derecho en la Sorbona de la Universidad de París. Regresó en 1968 y finalmente se doctoró en filosofía nada menos que en la Universidad de Cambridge, en 1976. Luis Castro fue durante toda su vida académica profesor de la Universidad Simón Bolívar, profesor muy estimado, y su muerte nos tomó a todos por sorpresa.

En lo personal yo establecí una amistad con Luis prácticamente heredada porque, siendo Luis bastante mayor que yo, nació en 1943. Su padre, el comandante Raúl Castro Gómez, su madre Rebeca Leiva, y Luis y su hermano Raúl Castro Leiva vivían al lado de nuestra casa en el callejón Machado del Paraíso. Yo no coincidí con él, pero sí mis hermanas mayores y por supuesto mis padres, que eran amigos de los vecinos.

De modo que una tarde en que yo estaba viendo el legendario Canal 5 empezó a hablar un señor con una elocuencia extraordinaria en un programa sobre deportes que se titulaba Atletas. Yo pregunté en mi casa: ¿quién es este? Ah, pero si ese es Luis. Luis Castro Leiva hacía filosofía del deporte en Canal 5.

Eran unos programas extraordinariamente buenos y no tengo adjetivos; allí disertaba sobre el tenis o el fútbol, sobre el béisbol, sobre el rugby, y le buscaba el hueso, la nuez, a cada uno de estos deportes en sus términos filosóficos. Y también históricos, porque refería los orígenes de cada uno de esos deportes. Esto lo hacía con una elocuencia o un lenguaje asertivo, rápido y con una gran vehemencia que correspondía con la personalidad de Luis.

Después quiso el destino que cuando yo dirigía Monte Ávila Editores, a partir de 1989, él se presentara por allá. Ya había publicado un libro en Monte Ávila, La Gran Colombia: una ilusión ilustrada, un libro importante de 1984. En la bibliografía del profesor Castro Leiva viene otro que se titula Usos y abusos de la historia en la teoría y en la práctica política, un libro del año 88.

Después hay un trabajo muy valioso de él que se titula El dilema octubrista, 1945-1987, y lo publicamos en Monte Ávila. Uno de sus mejores libros se titula De la Patria Boba a la Teología Bolivariana, es de 1991. Después yo combiné con él que coordinara un libro que tuvo mucho éxito y no se consigue por ninguna parte, que se titula El liberalismo como problema. Se le encargó ensayos a una cantidad de autores en todas partes del mundo.

Por supuesto estábamos jugando con el título de Teodoro Petkoff, Checoslovaquia: el socialismo como problema, y yo le propuse: ¿por qué no lo titulamos, jugando con este otro, El liberalismo como problema? Después Luis publicó en el año 96 Ese octubre nuestro de todos los días. Ese mismo año un ensayo que se titula El manejo de la legalidad y finalmente Insinuaciones deshonestas y otros ensayos de historia intelectual. Él se dedicaba a eso, a la historia de las ideas, a la historia intelectual, con una extraordinaria formación como les acabo de referir.

Pero hay mucho más que decir de Luis Castro. Para algunos podrá ser una anécdota, para los que aman el deporte en Venezuela no lo será: el introductor del rugby en Venezuela fue el profesor Luis Castro Leiva. A finales de los años 70, cuando él está regresando de Cambridge, organiza los primeros equipos allí. Ya se habían organizado algunos equipos de rugby en Ciudad Guayana con los inmigrantes argentinos y uruguayos, pero al regresar ellos a sus países en Ciudad Guayana eso quedó un poco en el aire.

Y quien retoma fuertemente el rugby en Caracas, lo introduce, es Castro Leiva en la Universidad Simón Bolívar y en la Universidad Metropolitana. Al día de hoy en Venezuela hay cerca de 50 equipos de rugby. Hay una liga, hay campeonatos todos los años, Venezuela con frecuencia gana y a veces queda de subcampeón del Campeonato Latinoamericano de rugby. Y todo ello se debe a esa pasión del profesor Castro por este deporte.

Pero también hay que decir que uno pocas veces en la vida tiene el privilegio de haber tenido un amigo con estas virtudes tan superlativas. Primero, la honestidad de Luis Castro Leiva era de tal reciedumbre, y algunos la tenían como una impertinencia, excesivamente honesto y quisquilloso, pero imagínense si eso será un valor, por supuesto que lo es. A su vez, el amor a Venezuela alcanzaba en él unas cotas insospechadas; la lucidez lo hacía siempre mirar más allá de lo evidente, y por eso imponía un gran respeto en sus intervenciones, porque se notaba que no estaba infundado lo que decía, sino que había un sedimento de sabiduría y de experiencia.

Además, el profesor Castro Leiva se expresaba con una vehemencia que era un fruto de su convencimiento más genuino de que lo que estaba diciendo lo había pensado, lo había trabajado hasta el cansancio. Y a la vez él tenía algo muy valioso para un profesor y para un tribuno, que era un gran histrionismo. Llenaba sus intervenciones de histrionismo, muchas veces llenas de humor. Otras veces imitaba a personajes de la vida pública venezolana en las clases y eso le daba un sesgo de humor extraordinario.

Pero no lo hacía por el simple gracejo, sino porque quería señalar algo con relación al pensamiento de esa persona que él estaba imitando. Había un humor allí extremadamente inteligente y bueno; eso llevaba a que sus alumnos recordaran sus clases como un acontecimiento inolvidable de sabiduría, de elocuencia e histrionismo. Y hay que decir a la vez que Castro Leiva alcanzó con sus brillantes ensayos a dilucidar varios aspectos centrales de nuestra historia.

La interpretación que hace del proceso de unidad nacional buscado por Bolívar con la República de Colombia, a la que se le suele llamar Gran Colombia, pues ese intento por desentrañar lo que ocurrió allí y por qué no funcionó tiene en el profesor Castro uno de los mejores exégetas. También la revisión que hace Castro Leiva en La figura histórica de Simón Bolívar, donde yo me atrevería a decir que no se había hecho como lo hizo él. Antes, por supuesto, los estudios sobre Bolívar habían comenzado con los trabajos del profesor Carrera Damas, pero Castro Leiva le hinca el diente a la figura de Bolívar con una lucidez muy particular.

La lucidez del filósofo o del ensayista, del pensador. Incluso él llegó a vislumbrar que allí había una patología y por eso está en su libro De la Patria Boba a la Teología Bolivariana, porque pasar de la teología a la patología pues resulta bastante fácil en algunos casos. Eso lo vio él con mucha claridad y se detuvo en las consecuencias históricas del fenómeno en Venezuela. En la próxima parte del programa seguiremos viendo la vida y obra de Luis Castro Leiva.

Y también veremos en esa segunda parte a Janet Kelly, esa extraordinaria profesora del IESA. Ya regresamos. Les decía en el programa anterior que en esta continuaríamos revisando algunos aspectos esenciales de la obra de Luis Castro Leiva, el profesor de la Universidad Simón Bolívar.

Él le puso mucha atención al tema de la ilustración en Venezuela y la dificultad que tuvo Venezuela para hacer su tránsito de la monarquía a la república. Ese era un tema que a Luis le interesaba muchísimo. Otro tema sobre el que pensó y escribió con insistencia fue el del 18 de octubre de 1945, y allí él ofrece una de las interpretaciones más complejas y hasta dramáticas que se hayan formulado en Venezuela, en ese libro que antes citamos, El dilema octubrista, 1945-1987.

Ese fue un tema que a él le tocó la puerta y luego, ya avanzada su vida, comenzó a publicar artículos semanales donde la gente se sorprendía, porque mientras los profesores están en el ámbito universitario, son conocidos en sus universidades, en el ambiente académico o las academias de otras universidades del mundo, pero el lector común que no está en el mundo académico los conoce poco. De allí que cuando él apareció en El Diario de Caracas y después en El Universal publicando artículos semanales sobre el acontecer político venezolano fue una sorpresa para mucha gente, y fue algo muy favorable para él, porque lo ayudó a ir decantando su escritura. A hacerla más clara y periodística, menos laberíntica.

Y se fue cristalizando, pudiera ser la palabra; fue haciéndose cristalina en la escritura de Castro Leiva a través de esa práctica semanal que se dirigía a cualquier lector, que es como quienes escriben en la prensa lo hacen. ¿Qué otros detalles pudiésemos decir? Luis además tenía una facilidad para los idiomas muy grande, hablaba inglés corrido, sin acento, y lo manejaba perfectamente. Lo mismo pasaba con el francés.

Y tenía una red de gente que lo respetaba y lo estimaba muchísimo, fuera de Venezuela, por su valor académico. Quienes en algún momento trabajamos con él en la Universidad Simón Bolívar, particularmente en IDEA, Instituto de Estudios Avanzados, lamentábamos la muerte de Luis Castro incesantemente. Fue una sorpresa, algo que jamás esperábamos, y Luis estaba probablemente en el mejor momento de su vida. 56 años, pues, estos son a grandes rasgos los datos esenciales de uno de los mejores profesores y de los intelectuales más hondos que ha habido en Venezuela; me estoy refiriendo, por supuesto, a Luis Castro Leiva.

Veamos ahora a Janet Kelly, que es una vida y un caso tan interesante porque Janet Kelly se hace venezolana en 1997, obtiene la nacionalidad. Ella nació en Filadelfia en 1947 y murió en Caracas el año 2003, también de 56 años, similar a la edad de Castro Leiva. Y Janet Kelly, cuando se presentaba, que tenía muy buen humor, decía: "yo soy la gringa del IESA", porque hablaba español muy bien, pero con acento.

Y en efecto, Janet Kelly era la gringa del IESA, una profesora muy estimada que había estudiado en la Universidad Johns Hopkins en los Estados Unidos y había egresado en relaciones internacionales. Pero Janet Kelly llegó mucho más allá que las relaciones internacionales. Fue verdaderamente una pensadora política, con obra publicada y con muchos años dando clases en el IESA y en la Universidad Simón Bolívar. Y también, cuando había avanzado mucho su tarea académica, enamorada de Venezuela como estaba, comenzó a publicar artículos en la prensa y se hizo cada vez más notoria, más conocida.

La requerían programas de radio o programas para televisión, era una voz muy autorizada. Y finalmente ella decide comprar el Daily Journal, que era un periódico en inglés que se publicaba en Venezuela desde hace muchos años, que tenía mucha solera, mucha tradición. Ella lo compra; la situación económica del periódico no era más fácil, según parece, pero ella avanzó con su período y siguió en sus tareas de profesora, de columnista. Y un buen día, para sorpresa de todos, decidió pasar al otro mundo.

Y a mí me sorprendió muchísimo, no lo esperaba jamás una persona como ella, tan enamorada de la vida, pero esto no hace otra cosa que señalarnos lo que dice el refrán: que la procesión va por dentro. Y ese era el caso de Janet Kelly, esa tan estimada profesora del IESA, la gringa del IESA como ella se llamaba a sí misma; me sorprendió mucho. Y en su momento, en el año 2003, en mi columna escribí un artículo despidiéndola y reflexionando también sobre las personas que deciden por sí mismas irse de este mundo.

En esos tiempos se había estrenado una película que a mí me fascinó realmente; la película se titula Las horas y está basada en la novela de Michael Cunningham. Está dirigida por Stephen Daldry, con un elenco de primer orden, porque Nicole Kidman es la que hace el papel de Virginia Woolf, que es el personaje central de la película. Meryl Streep hace el papel de la neoyorquina Clarissa Vaughan y Julianne Moore, que es una extraordinaria actriz, hace el papel de Laura Brown. Entonces, realmente lo que está en el fondo de la película es la depresión de Virginia Woolf, y allí eso coincidió los días en que la película estaba en cartelera con la decisión de Janet Kelly.

Y pues yo no pude menos que relacionar un tema con otro, así como también volví en esos días, tocado por aquella circunstancia, a leer a Emil Cioran, el filósofo rumano asentado en París durante muchísimos años, que hizo su obra en Francia y que reflexionó muchísimo sobre este tema. Y hay una frase de él que quiero citarles. Cioran dice: "Sin el suicidio la vida sería, en mi opinión, verdaderamente insoportable. No necesitamos matarnos; esa idea es exaltante, te permite soportarlo todo. Es una de las mayores ventajas que se le han brindado al hombre". No es complicado, yo no abogo por el suicidio sino por la utilidad de esa idea, algo curioso, Cioran lo que está diciendo.

No es necesario quitarse la vida, sino saber que eso está allí, al alcance de la mano, y finalmente Cioran no toma esa decisión, Cioran muere pues de viejo. Y también quizás a mí esto me llevó a las páginas de Montaigne, ese gran ensayista que también ha pensado sobre estos y otros temas. Y yo concluía ese artículo en homenaje a la vida de Janet Kelly citando a Montaigne, y allí decía esto: "Hay que sufrir con calma las leyes de nuestra condición; estamos hechos para envejecer, para debilitarnos, para caer enfermos. Hay que aprender a sufrir lo que no puede evitarse. Nuestra vida está compuesta, como la armonía del mundo, de cosas contrarias". Fin de la cita, de Montaigne.

Pues bien, los aportes a la academia, al IESA y a la Universidad Simón Bolívar de Janet Kelly fueron grandes, y los venezolanos siempre le estaremos agradecidos. Primero, del amor que tuvo por Venezuela al punto de que se quedó a vivir aquí para siempre. Ella llegó siendo una muchacha recién egresada y se quedó aquí. Hizo su carrera académica en el Instituto de Estudios Superiores de Administración, IESA, esa gran institución venezolana.

Y también en otra gran universidad venezolana, que es la Simón Bolívar. Y también estuvo en VenAmCham, en la Cámara de Comercio Norteamericana Venezolana, y fue una mujer enamorada de Venezuela. Fue conociendo el país, fue conociendo su gente, y en muy pocos años era una venezolana más que hablaba con un acento agringado, vamos a llamarlo así. Bueno, sirvan estas palabras en homenaje a su memoria y todo lo que hizo por Venezuela; esta mujer se enamoró de nuestro país y se quedó para siempre entre nosotros.

En la próxima parte del programa hablaremos de Andrés Stambouli, un profesor activo en la Universidad Metropolitana. Ya regresamos. En esta parte del programa vamos a hablar del profesor Andrés Stambouli y en particular de su libro La política extraviada, una historia de Medina a Chávez, publicado por la Fundación para la Cultura Urbana y ganador del Premio Transgenérico de esta fundación.

Pero antes digamos que el profesor Stambouli Escairota nació en El Cairo. Por supuesto es venezolano porque llegó aquí siendo un niño y nació en El Cairo en 1945. Sociólogo, después se fue especializando en Ciencias Políticas, hizo un doctorado en París y fue de los investigadores que se formaron con nada menos que el maestro Manuel García Pelayo en el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela. Allí el profesor Stambouli hizo carrera durante 25 años hasta su jubilación.

Y allí, junto con Juan Carlos Rey y Diego Bautista Urbaneja, con Humberto Njaim, formó parte de ese equipo que formó el profesor García Pelayo y que ha sido un equipo estelar de la politología en Venezuela. Y este libro del que vamos a hablar con énfasis en esta oportunidad comienza con una frase del profesor Stambouli que dice: "La política puede ser descrita como aquella interacción en la que los ciudadanos organizados coordinan sus asuntos comunes y actúan en conjunto, a pesar de sus divergencias y conflictos, sin la imposición de la voluntad de una persona o facción sobre las otras". La misión de la política, así entendida, es entonces la de conciliar intereses divergentes en función de la tolerancia y la convivencia pacífica. Les recuerdo, este es un libro, si mi memoria no falla, del año 2003, lo que quiere decir que fue escrito en el 2001-2002.

La misión de la política, así entendida, es entonces la de conciliar intereses divergentes en función de la tolerancia y la convivencia pacífica. Bien, el profesor Stambouli comienza a rastrear en su libro: ¿en qué momento comienza a hacer agua o pasar aceite al sistema de partidos en Venezuela? Y cómo va abriéndose camino para la antipolítica, la negación de las políticas de los partidos, y cómo se juntan el hambre con las ganas de comer y se va horadando el sistema que se había ido estableciendo en Venezuela a partir del Pacto de Puntofijo y al reinicio de la democracia en 1958.

Él pasa revista a todo eso: comienza con Medina Angarita, el libro comienza con Medina y termina con los primeros años de Hugo Chávez. Por supuesto, es un libro de hace 15 años, pero ya él allí está advirtiendo varios hechos. Por ejemplo, él señala que, entre otros factores, los medios de comunicación social comenzaron a desempeñar un papel de actores políticos que no les estaba reservado, y algunos de estos medios, a través de sus voceros, desataron sobre la política una campaña del desprestigio que terminó por arruinar lo poco que quedaba del edificio de la democracia de partidos, hirieron de muerte a los partidos y le abrieron espacio en la opinión pública al valor de la antipolítica.

Y realmente, cuando Caldera gana las elecciones en 1993 lo hace montado sobre la ola del antipartidismo y la antipolítica. Y bueno, nada mejor para demostrar su nueva fe antipartidista que lanzarse al margen del partido que él mismo fundó. De modo que aquel hecho que el profesor Stambouli advierte, bueno, lo advierte no para establecer responsabilidades ni nada de eso, sino como fenómenos políticos. Y además, por supuesto, advierte que para las elecciones de 1998 iba a la cabeza la imagen pura del antipartidismo, que era Irene Sáez.

Y allí terminaron siendo los factores principales en las elecciones de 1998 dos actores políticos que no provenían de los partidos, como eran Hugo Chávez y Enrique Salas-Romer. De modo que todo esto lo estudia el profesor Stambouli en este libro que yo juzgo de la mayor importancia para el estudio de nuestra historia política reciente. Y uno al leerlo advierte que es obvio: los partidos dejaron de hacer su trabajo, por ello perdieron el favor de la gente. Pero también es obvio que algunos medios habían venido haciendo un trabajo que no les correspondía.

Además de desvirtuar su papel en una sociedad democrática, contribuyeron a impedir, aunque resulte una paradoja, la recuperación de las instituciones partidistas. Cuando la política no impera realmente con su arte de negociación, de tolerancia, el acuerdo entre contrarios se hace muy difícil y todavía más cuando la vida parlamentaria desaparece. Pues comienza a imperar, de acuerdo con lo dicho por el profesor Stambouli, las visiones excluyentes y ya el otro no es un adversario político sino un enemigo y comienza todo a hacerse de un dualismo elemental, el mundo en blanco y negro.

Ese es el mundo que él está estudiando en un libro, les repito, del año 2003 que ha debido ser escrito entre 2001 y 2002. Cuando ya la sociedad venezolana tenía varios años embarcada en el buque de la negación de los partidos, de la exaltación de lo antipolítico y que terminó en lo que sabemos todos que ha terminado en estos años de negación para la política. Realmente es un libro sobre historia política, pero el profesor Stambouli no es historiador, es un politólogo. Entonces él utiliza los datos históricos, obviamente porque los hechos politológicos ocurren dentro de un contexto histórico, pero lo que a él le interesa es más el sistema político: cómo funciona, dónde están sus falencias y qué ocurre con el sistema político cuando no está funcionando bien, cuando algunos de sus factores no están haciendo su trabajo.

Y por eso detectar la antipolítica es una de las tareas fundamentales de este libro, porque en esa ola fue en la que se montó Venezuela durante mucho tiempo, e incluso cualquiera pudiera decir que no nos hemos bajado de esa ola en los tiempos recientes. Lo interesante es ver cómo Stambouli va revisando todo eso a lo largo del libro. En el mundo académico también conviene recordar que el profesor Stambouli es un decano de posgrado de la Universidad Metropolitana, que allí fundó la Maestría en Estudios Políticos y Gobierno, donde también da clases. Es un profesor muy estimado por sus alumnos y que continúa sumamente activo en sus tareas profesionales y de gerencia académica también, que es una tarea en la que ha empleado muchos años, el campo de la gerencia académica junto con el de la investigación.

Veamos ahora el cuarto profesor, estos cuatro que hemos revisado hoy. Me refiero al profesor Víctor Guédez, un extraordinario profesor venezolano, nacido el 5 de enero de 1945. Él estudió educación en la Universidad Central de Venezuela, hizo un posgrado en Roma. Yo lo conocí hace muchos años cuando era vicerrector académico de la Universidad Nacional Abierta, pero ha corrido mucha agua debajo de los puentes desde 1980 a esta fecha, prácticamente cuarenta años, y en estos 40 años Guédez ha ido abriendo otras puertas.

Y hoy en día podemos decir que en materia de responsabilidad social empresarial en Venezuela, Víctor Guédez es una autoridad indiscutible, e incluso diríamos que es el gurú de la responsabilidad social empresarial y la última palabra en esta materia. Por supuesto, esto no excluye los aportes de muchas otras personas en esa práctica empresarial reciente. Guédez además es un crítico de artes visuales importante, con una trayectoria ya muy dilatada, con varios libros publicados sobre las artes plásticas, que es la otra pasión de Víctor Guédez junto con la educación y la responsabilidad social empresarial. En la última parte del programa seguiremos viendo los aportes de Víctor Guédez al mundo académico, intelectual y docente venezolano. Ya regresamos.

Hablábamos antes de las tareas del profesor Víctor Guédez y hay que señalar que ha sido coordinador de maestrías en la Universidad Metropolitana en Caracas. Ha sido profesor en las maestrías de la Universidad Simón Bolívar, en los posgrados de la Universidad Sergio Arboleda en Bogotá y en el máster de Responsabilidad Social Corporativa de la Universidad de Barcelona, en España. Durante mucho tiempo, durante 10 años, fue coordinador del módulo ética en los negocios y reputación corporativa de este máster en la Universidad de Barcelona, en España. A su vez ha sido vicepresidente del Club de Roma, el capítulo Venezuela, y es presidente de Cerse, que es su empresa de consultoría ética y responsabilidad social empresarial, además de lo que le señalé, un crítico de artes visuales, y durante un tiempo también recuerdo que Víctor Guédez vivió en Bogotá como representante de Venezuela en el convenio Andrés Bello, de educación.

Yo fui su alumno en el año 2001 en una clase que él daba a una asignatura en la especialización en gerencia y comunicaciones integradas en la Universidad Metropolitana. Guédez daba allí gerencia estratégica y realmente nos abría un mundo completo a quienes cursábamos gerencia estratégica, porque además de todos los rudimentos propios de la gerencia estratégica él le daba un contenido filosófico a lo que se hacía en esa asignatura. Eso les daba un vuelo diferente a la materia, le daba contenido a las gerencias estratégicas y las hacía más luminosas, más interesantes. También hay que señalar que quienes hayan presenciado una conferencia del profesor Guédez, pues saben a lo que me voy a referir: yo creo que es uno de los mejores conferencistas que hay en Venezuela.

Eso es algo impresionante, el histrionismo, la documentación, el buen decir con el que Guédez da sus conferencias, además del fervor y la erudición que lo asisten para discurrir, para referir un conjunto de temas bien acotados de los que nunca se sale el profesor Guédez, porque él no divaga. Y si acaso se sale por algún caño del río, siempre vuelve al río central porque forma parte de su estructura pedagógica inicial, porque esos fueron sus estudios iniciales. Hay un libro del profesor Guédez que yo tuve el honor de prologar, se titula Reconciliación y reconstrucción: una reflexión sobre el origen y propósito de la inclusión. Y cuando yo leía este libro recordaba las clases de Víctor y allí está el idéntico fervor que él colocaba en las clases, estaba en palabras del libro.

El libro no les rinde culto a un academicismo necesario, sino que penetra en el laberinto de la realidad venezolana, vamos a decir que es la hipertensión de estos años, aunque este es un libro de hace algunos años. Y ¿qué trata de entender? Trata de desatar el nudo gordiano de la venezolanidad, busca los problemas centrales, dónde están, cómo se formaron, por qué, y siempre sus respuestas navegan en las aguas de la sensatez. Y también demuestran lo inútil que es aquello que Hannah Arendt llamaba la banalidad del mal, porque allí, en ese libro que he mencionado, como en todos los libros de Víctor Guédez, hay racionalidad, hay sensatez, porque buena parte de lo que necesita Venezuela es detenerse a razonar, a pensar, a sopesar detenida y tranquilamente cuáles son los caminos que se deben tomar para encontrar el mejor sendero.

Bueno, hasta aquí el programa de hoy donde le hemos rendido homenaje a estos cuatro profesores venezolanos: Luis Castro Leiva, Janet Kelly, Andrés Stambouli y Víctor Guédez. Todos los profesores de las universidades e institutos de educación superior en Venezuela, donde ha habido un capital intelectual de la mayor importancia, ese capital intelectual ha sabido no solo dar clases y formar a distintas generaciones de venezolanos, sino investigar y escribir. Estos cuatro son un ejemplo apenas, un pequeño ejemplo del gran universo de profesores venezolanos con extraordinarios aportes a nuestra vida en distintos órdenes: en el orden científico, el orden médico, el orden político, sociológico, económico, en todas las áreas en las que se desempeña la comunidad venezolana.

Sirvan entonces estas palabras en homenaje a estos cuatro, en los que quedan simbolizados centenares de miles de profesores venezolanos. Ha sido un gusto hablar para ustedes, soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos. Un programa sobre el país y su historia.\n+\n+Me acompañan en la producción Inmaculada, Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica, Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraizarrobahotmail.com y en Twitter arroba Rafael Arraiz. Como siempre ha sido un gusto hablar para ustedes, hasta nuestro próximo encuentro.

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