3 Escritores principales: Rufino Blanco Fombona, Ana Teresa Torres y Francisco Suniaga.
Autores imprescindibles.
Transcripción
Habla Rafael Arráiz Lucca, de Unión Radio, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos a trabajar en el programa a tres narradores venezolanos y vamos a comenzar con Rufino Blanco Fombona, de quien hasta hace muy pocos años no se había escrito una biografía. El autor de esa biografía única que se ha escrito de Blanco Fombona es el librero Andrés Boersner. Ese libro se titula Rufino Blanco Fombona entre la pluma y la espada y fue publicado por la Fundación para la Cultura Urbana en el año 2009.
De allí hemos tomado información para este segmento. Vamos a hablar de un hombre que vivió entre 1874 y 1944, 70 años. Para los parámetros de su tiempo fue una vida muy larga, bastante por encima de la expectativa de vida que se tenía en Venezuela para el año 1944. De modo que, en aquel entonces, morir a los 70 años era una vida ya muy larga y se era un anciano; hoy en día, setenta años está por debajo de la expectativa de vida del venezolano.
El interés de Andrés Boersner por Blanco Fombona se remonta a su adolescencia lectora y va a hallar luego cauce en sus estudios en Letras, en la Universidad Central de Venezuela, donde egresó como licenciado. Allí escogió al personaje de Blanco Fombona para su tesis de grado. Y entonces fue tutelado por el periodista Jesús Anós Hernández, que conocía mucho de la hoja de vida y de la escritura de Blanco Fombona. Y pues... la mayoría ignora quién fue y qué hizo Blanco Fombona.
Un personaje completamente fuera de orden, excepcional, extrañísimo. Se trata de un personaje verdaderamente atrabiliario, talentoso, pendenciero, que lo fue en grado sumo. También fue masón y a su vez fue un gran emprendedor de todo tipo de aventuras empresariales y políticas. Pasó la mayor parte de su vida fuera de Venezuela por razones políticas, por el exilio, y desempeñó diversas tareas en el exterior, como las iremos viendo a lo largo de esta parte del programa.
Hagamos su hoja de vida, que es vertiginosa, por lo demás. Comenzó siendo cónsul de Venezuela en Filadelfia en 1893; si nació en 1874, pues estamos hablando de un muchacho prácticamente, y ese consulado duró poco. Regresa a Caracas y, en una de esas esquinas de la vida de Blanco Fombona, se bate a tiros con un edecán del presidente de la República y tiene que salir al exilio de nuevo. Regresa a Venezuela y esta vez lo hallamos como secretario de gobierno del estado Zulia.
Y desde esa condición de secretario de Gobierno se le ocurre desafiar al gobernador y, por supuesto, es hecho preso. Finalmente pasa unos meses en la cárcel y sale de nuevo con un cargo diplomático en uno de esos cambios de la política venezolana; entonces lo envían de cónsul a Ámsterdam. Va a regresar a Venezuela en el año 1905 gobernando Cipriano Castro, y Castro lo designa gobernador del territorio Amazonas; allí entra en conflicto con el caudillo de la zona, que era el general Aldana. Tienen una refriega, un encontronazo, y es hecho preso otra vez.
Siendo gobernador, en 1909, ya gobernando el general Gómez, lo designan secretario de la Cámara de Diputados del Congreso Nacional. Gómez pierde la paciencia y lo hace preso en la cárcel de La Rotunda; allí va a estar un año. Y en 1910 comienza su muy largo exilio, un largo destierro: va a vivir en París y luego en Madrid. En Madrid va a fundar la legendaria editorial América, una joya del mundo editorial que asombra todavía tanto a tirios como a troyanos.
En 1926, después de 16 años de exilio, cuando ya ha publicado el grueso de su obra narrativa y ensayística, un conjunto de escritores españoles que lo valoraban mucho lo postulan para el Premio Nobel de Literatura, por supuesto sin éxito. En 1932 va a ingresar en una logia masónica y al año siguiente la República Española lo designa gobernador de las provincias de Almería y Navarra, siendo venezolano. Es probablemente el único venezolano que ha sido gobernador de unas provincias en España. Ya para 1936, cuando ha fallecido el general Gómez, lo vamos a tener de regreso al país cuando gobierna el general Eleazar López Contreras, y López Contreras lo designa gobernador del estado Miranda.
Allí es por un tiempo; luego es designado administrador de la aduana de Güiria y después es designado embajador en Uruguay. Y estando de embajador en Uruguay va a fallecer de un infarto en Buenos Aires, en 1944. Tenía 70 años, como les dije, y sus restos reposan en el Panteón Nacional de Venezuela desde 1974, cuando fueron trasladados allí por resolución del Congreso Nacional y durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez. Allí están los restos de este personaje prácticamente novelesco, cinematográfico, dramatúrgico, este personaje insólito que es Rufino Blanco Fombona.
Fíjense que en la relación de los hechos y de los cargos no he mencionado un solo libro; me he circunscrito a la peripecia vital exclusivamente, porque hablar sobre sus libros nos llevaría muchísimo tiempo. Es una obra muy voluminosa que tiene momentos verdaderamente excepcionales, hay que decirlo. Además, Rufino Blanco Fombona, después de Francisco de Miranda, es el venezolano que ha escrito el diario más íntimo, más libre, más honesto, incluso más desfachatado, que se haya escrito. Las vicisitudes personales que recoge Blanco Fombona en su diario son de coger palco, por decir lo menos; tantas como las de Francisco de Miranda, que también lleva un diario pormenorizado.
Las novelas de Blanco Fombona, por supuesto, son apreciables; algunos de sus relatos son muy buenos. Sus ensayos yo diría que son imprescindibles; de hecho, creo que sus ensayos, puestos en la balanza, van a pesar más con el tiempo que sus propias novelas o que sus propios relatos. Su poesía, sin que sea subalterna, no tiene una importancia señalada, aunque son poemas bien construidos y bien hechos. Y lo que es evidente es que defendió sus ideas y su honor como un tigre: realmente vivió con una intensidad... vamos a calificarla de incendiaria, no hay otro adjetivo; vivió como si todos los días fuesen el último.
Y, de acuerdo con su diario, amó con gran solicitud y mucho empeño. Mucho más puede conseguir quien se adentre en las páginas de la biografía que Andrés Boersner ha escrito de Rufino Blanco Fombona, que se titula con toda propiedad Entre la pluma y la espada. Porque esos fueron los dos instrumentos esenciales de Blanco Fombona: la espada para los duelos, para los combates, y la pluma para esos otros combates con la palabra. En la próxima parte del programa nos aproximaremos a otro narrador venezolano. Ya regresamos.
Ahora, en esta parte, vamos a comenzar a hablar de dos novelas de un extraordinario novelista venezolano, Francisco Suniaga. Primero vamos a hablar de su ópera prima, La otra isla; recordemos que esa novela fue publicada en el año 2005. Recordemos que Suniaga, su profesión original, es abogado, especialista en temas internacionales. Nació en La Asunción, margariteño de pura cepa, en el año 1954, y se vino a Caracas al terminar el bachillerato.
Y luego la vida lo ha llevado por medio mundo, en funciones diplomáticas tanto suyas como de su esposa. También en Caracas, en la Universidad Central de Venezuela, hizo sus estudios universitarios. En esas labores diplomáticas, Suniaga fue a parar en una tarea peligrosísima, en Timor Oriental, y en una misión sumamente riesgosa. Por supuesto, la política no le ha sido ajena a Suniaga; a todo venezolano medianamente sensible la política le interesa.
Pero no es de la política de la que vamos a hablar, ni de sus tendencias políticas, sus creencias o sus ideas, sino de sus novelas. Y comencemos por referir que La otra isla fue escrita en Frankfurt: allá vivía Francisco Suniaga cuando su esposa cumplía funciones diplomáticas, funciones consulares, y la escribió poco a poco, asistido, vamos a decirlo así, por el silencio alemán, por el silencio de Frankfurt. Así fue como fue tejiendo una trama compleja en la novela y las piezas van encajando perfectamente, como un rompecabezas. Digamos que la novela es quijotesca en la medida en que su epicentro es la locura.
Así como Alonso Quijano pierde la cabeza por la lectura de novelas de caballería, Wolfgang Kreutzer, el personaje central de La otra isla, se obsesiona con los gallos de pelea y, al igual que Quijano, la realidad comienza a desaparecer por el efecto de esa obsesión que va a hacerse única, íngrima. Todo alrededor desaparece y quedan solo las peleas de gallos; nada existe más allá de los gallos de pelea, ni su esposa, ni el quiosco que tenía este alemán en Playa del Agua, ni sus padres en Alemania. No todo lo pierde y, por supuesto, lo primero que pierde es la cabeza. Y decir que la obra está bien escrita sería poco; afirmar que está bien tramada sería insuficiente también.
La verdad, se trata de una novela estupenda, muy lejos del recurso tan venezolano de la llamada novela histórica. La novela histórica es una tradición que en Venezuela ha podido prosperar extraordinariamente en la misma medida en que se escriben muy pocas biografías y, a medida en que la ficción novelística, por lo visto, es más valorada que el trabajo del biógrafo, aunque esto realmente viene cambiando en los últimos años porque los historiadores también se han dedicado al trabajo de las biografías. Una tarea que antes se atendía muy poco y en algunos casos hasta se desdeñaba. Pero volvamos a la novela.
Y además hay que decir que se trata de una novela policial, sin que digamos que es exclusivamente una novela policial; sí hay en todo su tejido una construcción policial. Pero esto cuenta menos, realmente, a mi juicio; el epicentro de la novela es el avance de la locura en Wolfgang Kreutzer o Kreuzer, no sé cómo se pronunciará en alemán, probablemente Kreutzer. También es cierto que las escenas eróticas y los prolegómenos que van anunciando esta escena son verdaderamente perfectas, pero el erotismo en la novela ocupa un espacio pequeño, breve, pero fulgurante. Es un chispazo extraordinario y es de los momentos memorables de esta novela, esa escena erótica.
También es cierto que otro personaje en la novela es Margarita. Pero tampoco se puede decir que se trata de una novela que denuncia el crecimiento desproporcionado de Margarita, un crecimiento que el propio Suniaga ha experimentado desde que era un niño en La Asunción hasta que se decretó el Puerto Libre y la zona franca en el primer gobierno de Rafael Caldera y comenzó el crecimiento exponencial de Margarita. De modo que tampoco se trata de una novela sobre Margarita de manera epicéntrica ni tampoco sobre los efectos del progreso en Margarita. Se trata de una novela, como les vengo diciendo, en la que el personaje central es la locura.
Debo decir también que antes de enfrascarme en la lectura de una novela pregunto mucho sobre ella, busco recomendaciones, busco lo que se haya escrito, y en este caso pregunté mucho cuando leía hace ya varios años por qué les gustaba tanto. Y la verdad es que nadie sabía explicarme por qué. Casi nadie supo decirme con exactitud por qué les gustaba tanto la novela y, claro, cuando la leí me di cuenta de que les gustaba tanto porque está tocando un tema esencial a la condición humana, que es la pérdida de la cordura. Es decir, la locura... la locura es hipnotizante para los seres humanos, entre otras razones por eso el Quijote es lo que es: una novela que toca a la condición humana en su esencia porque Alonso Quijano ha perdido la cabeza, pero Sancho Panza no; Sancho Panza es la sensatez más ramplona. ¡Pero la sensatez!
En este caso de La otra isla de Francisco Suniaga no hay una contrafigura de Wolfgang Kreutzer como lo es Sancho en relación con el Quijote, pero Suniaga va acompañando la locura de Kreutzer, que se va desarrollando a través de la obsesión por los gallos de pelea. Esto es una gran novela, no tengo la menor duda sobre ello. Creo que uno de los motivos por los que ha resultado una novela tremendamente leída en Venezuela, o muchas ediciones pasan de miles de ejemplares vendidos, una de las razones sostengo es porque él está tocando uno de los temas esenciales del hombre. La locura, y cómo se va desarrollando a partir del talante obsesivo de este alemán que tiene un quiosco en Playa del Agua y que se va volviendo loco alrededor de la afición por los gallos de pelea.
La otra novela que vamos a comentar de Francisco Suniaga también tiene la locura como epicentro. Se llama El pasajero de Truman, El pasajero de Truman. Recordemos que La otra isla fue publicada en el año 2005, y El pasajero de Truman es una obra posterior, pero también indaga en la demencia que se fue apoderando de Diógenes Escalante, al igual que indagó en la demencia que se apoderó de Wolfgang Kreutzer, en Margarita. Ahora, si bien es cierto que hay un paralelismo en ambos personajes, se trata de locuras distintas.
La de Kreutzer es obsesiva, como fue la locura de Alonso Quijano. A Kreutzer, como hemos dicho, lo pierde el embelezo por los gallos y a Quijano la lectura de novelas de caballería, pero ambos están dominados por algo que se impone a la realidad y la torna inexistente. En cambio, la locura de Diógenes Escalante es alucinatoria; el mundo comienza a estallar en fragmentos y ya no puede distinguir cuál de ellos ocurre en el plano físico o en el laberinto tembloroso de su mente. En una, la patología se expresa en la concentración y, en la otra, en la fragmentación.
En la próxima parte del programa continuaremos con El pasajero de Truman, la novela de Francisco Suniaga sobre Diógenes Escalante. Ya regresamos. Decidimos en la parte anterior del programa que en esta trabajáramos El pasajero de Truman, y esta novela puede ubicarse dentro de los parámetros de la novela histórica. Sus personajes lo son, los hechos se trabajan con atención a lo ocurrido y las licencias al vuelo de imaginación son pocas.
De modo que el método de trabajo es afín al método histórico, pero Suniaga no pretende hacer ciencia ni tiene que probar nada en lo que afirma. Está liberado del rigor de la ciencia histórica y está más cerca del periodismo, aunque se ha valido de métodos y fuentes comunes. ¿Cuáles son esas fuentes comunes entre la historia, la literatura y el periodismo? Bueno, entrevistó a fuentes directas; a su vez hizo una investigación bibliohemerográfica sobre el personaje y trazó la arquitectura de una trama que finalmente escribió.
De allí que no sería un desatino afirmar que se trata de una novela reportaje, al punto que cualquiera pudiera preguntarse por qué no construyó un reportaje, como lo hizo García Márquez en su Noticia de un secuestro, un libro electrizante cuya lectura es imposible abandonar hasta que sea concluido. Pero a esta observación que le hago a Suniaga respondería seguramente que necesitó echar mano de la ficción para poder levantar vuelo sin plomo en las alas. Y Suniaga está en su derecho de decir esto, pero nosotros también estamos en el derecho a decir que hay un lindero muy breve y corto, muy frágil, entre reportaje y la novela. En el caso de esta novela, más allá de que haya elementos ficcionales que en el reportaje no suelen ocurrir, aquí estamos muy cerca de lo que pudiera llamarse una novela reportaje.
Entre las fuentes directas de Suniaga estuvo Hugo Orozco, que en esta novela reportaje se denomina Humberto Ordóñez y es un diplomático venezolano que trabajó durante años como asistente de Diógenes Escalante cuando era embajador de Venezuela en Washington. El otro informante es nada menos que el expresidente de la República Ramón José Velázquez Mujica, a quien denomina Ramón Belandia, y en la novela es un secretario accidental de Escalante, que en aquellos días aciagos y cruciales que vive Escalante en el Hotel Ávila, cuando ante el robo imaginario de sus camisas afloró lo que ya en Washington se había manifestado antes. Y esto último, en verdad, es un hallazgo, ya que la primera alucinación de Escalante había permanecido en una zona neblinosa hasta el momento en que Orozco se la confirma a Suniaga en alguna de las entrevistas sostenidas. Realmente de esto no se había hablado antes tan claramente hasta el momento en que Suniaga entrevista a Orozco para construir ese personaje de Humberto Ordóñez y le señala que, ya en Washington, Escalante había tenido unos episodios en los que alucinaba, pero no habían sido tomados en cuenta con seriedad.
Y el embajador Escalante juraba haber visto al expresidente López Contreras llegar a la Casa Blanca justo después de que él salía de allí, una vez concluida la visita que le había prodigado al presidente Truman. Esto es extraordinariamente interesante y, cuando Orozco le demuestra que López Contreras estaba en Caracas, Escalante se lleva las manos a la cabeza y dice: "Me va a pasar lo mismo que Ananías". ¿Quién es Ananías? Un hermano de Escalante que penetró en la selva de la esquizofrenia con apenas 14 años. Y Escalante se lleva las manos a la cabeza y dice eso.
Si la enfermedad de Escalante no hubiese dividido la historia de Venezuela en dos, pues no tendría significación pública. Pero ocurre que era el candidato de consenso para conducir al país a una reforma constitucional que permitiera elecciones universales, directas y secretas, de acuerdo con lo dialogado, pactado y acordado con Acción Democrática y Escalante. Pero bueno, cuando la cabeza de Escalante se pierde en el mar de los sargazos, la conspiración para poner a Medina se reactiva y el país va a llegar entonces a la fecha clave del siglo XX venezolano, el 18 de octubre de 1945. Y en el epicentro de esa fecha está Diógenes Escalante, el pasajero de Truman, que es como lo denomina Francisco Suniaga en su novela.
No huelga señalar que el trato que le prodiga Suniaga a la figura histórica de Escalante es sumamente respetuoso; no incurre en ningún exceso en búsqueda de notoriedad literaria o periodística. Incluso habría que decir más: hay que decir que va tratando al personaje con justicia. Más aún, yo diría que se encariñó con Escalante y esto suele sucederle a los novelistas con los personajes en el proceso de investigación y escritura, y uno lo nota en la novela. Suniaga está encariñado con Escalante, de tanto investigarlo, de tanto intentar desentrañar sus motivos, de tanto pensar de dónde y cómo, y por qué llegó a ese desenlace de la locura o la pérdida de las facultades mentales, vamos a decirlo como un eufemismo.
De tanto hacerlo, Suniaga se encariña con el personaje y eso uno lo nota, y está bien que uno lo note, porque eso va alineando la escritura mucho mejor que si el sentimiento que tiene el autor hacia el personaje es la animadversión, el rechazo o la incomodidad. Y bueno, es mucho lo que puede tejerse a partir de esta novela reportaje, que califico de extraordinaria, pero si nos piden pocas palabras para referirles esta novela les digo que la leí en un fin de semana sin poderla soltar. Le dediqué el fin de semana entero, feliz, fascinado con la lectura de esta obra, tomado por ese principio que Sigmund Freud dibujó perfectamente: el placer. Se lee con un enorme placer y quizás el placer sea lo más importante de todos los sentimientos, todas las emociones que mueven al ser humano; en este caso se trata del placer de la lectura de una obra en la que se pasa revista no sólo al personaje sino a la vida venezolana.
También hay que señalar que muy probablemente, no lo sé a ciencia cierta, pero es probable que Suniaga haya conocido la biografía que escribió la periodista Maye Primera Garcés de Escalante, una estupenda biografía que fue publicada en la Biblioteca Biográfica Venezolana, que dirigió Simón Alberto Consalvi para el diario El Nacional y el Banco del Caribe. Esas bibliotecas maravillosas de 150 biografías cuentan con la biografía de Escalante de esta periodista venezolana. Ella también se fascina con el personaje y uno lo advierte en la lectura de esta obra, de modo que probablemente también Suniaga conoció esta investigación de Maye Primera Garcés, pero yo no lo sé a ciencia cierta. En todo caso recomiendo también la lectura de esta biografía para quienes queden enamorados del personaje de Diógenes Escalante en esta novela El pasajero de Truman de Francisco Suniaga.
Hasta aquí estas dos novelas de Suniaga que quería comentarles, más allá de las otras que ha escrito, pero estas dos son la primera y la segunda. Creo que son dos obras de mayor importancia para la literatura venezolana y, en la última parte del programa, veremos una narradora venezolana excepcional. ¿Acaso acaso la mejor de los últimos años en Venezuela? Ya regresamos.
En esta última parte del programa vamos a hablar de un libro de ensayos de una narradora: La herencia del atributo. Del mito de la independencia a la revolución bolivariana. Un libro de Ana Teresa Torres, publicado en el año 2009. Este libro se inscribe en una línea de investigación nacional que es muy escasa y muy necesaria, y es la de buscar en las zonas más profundas de nuestra psique colectiva el corazón de los mitos.
Por eso se titula Del mito de la independencia a la revolución bolivariana, es decir, que es una indagación en cuáles son las sustancias emocionales que forman este arrecife de mitos en Venezuela, y la autora va buscando el origen de estos mitos, sus creencias, sus petrificaciones conceptuales, etcétera. De modo que allí va ella analizando las combinatorias de nuestra mitología nacional: primero lo ubica, lo desmenuza, la analiza con destreza de cirujano, y advierte, por supuesto, que en el mito de la independencia inconclusa hay una relación directa con el mito de la Edad de Oro. También no pasa por alto, obviamente, la sustancia romántica de la figura del Libertador, de Simón Bolívar: su condición crística de héroe traicionado, idea mesiánica según la cual la tarea del Libertador había que concluirla, que no había sido concluida y que había que retomar esa senda perdida, reparar el pecado original.
Y el lector va acompañando a Ana Teresa Torres, quien además de una extraordinaria novelista es psicóloga y psicoterapeuta. Y esto no es un dato menor en este trabajo porque está trabajando con la psique colectiva y su mitología en Venezuela. De modo que Ana Teresa va advirtiendo esos distintos motivos y señala que, concluida la etapa creadora de la democracia, su poder futurista, el venezolano parece haber quedado sin tierra prometida. Y estaba listo para otra utopía: entonces emergió de la memoria independentista un redentor, un hombre con el dominio de la palabra.
Un hombre que sustituía la realidad por un verbo, por el verbo, por la palabra. Un país que se caía a pedazos, pero los seguidores de aquel tótem lo seguían embelesados; esto es trabajado por ella también. No hay duda de que la lectura de este libro extraordinario, La herencia del atributo, es una lectura que coloca la lupa sobre las ideas que sobre la venezolanidad se han formulado en los últimos años. Incluso hay que decir que es una investigación democrática, incluyente, respetuosa.
No se trata de un monólogo, sino que el libro va tejiendo a varias voces. Estas voces son convocadas por la autora, Ana Teresa Torres, y ella va citando, va dándole voz a todos esos trabajos y observaciones que ella ha leído sobre el fenómeno venezolano de los últimos 30 años, y va hilando entre esas observaciones para llegar a sus propias conclusiones. De modo que el libro es una red: no se trata de un libro marmóreo, es un libro en movimiento; cualquier lector puede añadirle sus propias observaciones y, al final del recorrido que hace Torres por todas estas observaciones sobre lo ocurrido en Venezuela en los últimos 30 años de orden político-social, ella traza un mapa del relato emancipador mitológico y cuál es el origen, bueno, del mito. Un pueblo sometido por un enemigo, ¿y quién es el pueblo, pues el sujeto al que hay que emancipar?, ¿de quién hay que emanciparlo?
Pues del pasado de los españoles, de los blancos criollos, de la oligarquía que traicionó a Bolívar, de las potencias extranjeras, la democracia puntofijista, del imperio norteamericano, etc. Siempre hay un sujeto al que hay que liberar y, por supuesto, siempre hay un héroe mitológico que se ofrece para esa tarea y para la refundación de la patria, y para cambios y nuevas ofertas. Es muy interesante el recorrido que ella hace porque es una búsqueda en las causas y razones históricas que han conducido a estas explicaciones venezolanas desde los últimos tiempos. Aquí no se trata de la verdad o la falsedad, sino de lo que la gente cree, y ahí entramos en el territorio del mito.
Por eso les dije que era tan importante el ensayo y la formación de la autora, porque estamos entrando en las zonas profundas de la venezolanidad. Esto es un libro indispensable para comprender lo que ha ocurrido en Venezuela de 1989 a nuestros días, de 1992 a nuestros días. Yo no me canso de decirlo: La herencia del atributo. Del mito de la independencia a la revolución bolivariana es uno de nuestros libros más importantes, uno de los ensayos más esclarecedores en las circunstancias venezolanas de los últimos años, de las últimas tres décadas. Hasta aquí nuestro programa de hoy: hemos concluido con Ana Teresa Torres.
En otro programa, por supuesto, le dedicaremos más tiempo a su obra propiamente novelística. Siempre dentro de los parámetros de la novela histórica, donde los aportes de Ana Teresa Torres son del primer orden, pero esta vez nos hemos concentrado en ese libro de ensayo extraordinario, La herencia del atributo. Pues con Rufino Blanco Fombona, con Francisco Suniaga y con Ana Teresa Torres concluimos este programa dedicado a los narradores venezolanos. Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca, y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia.
Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Francisco Hill. Y en la dirección técnica, Francisco Hill. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arraiz. Hasta nuestro próximo encuentro.