3 grandes músicos. Teresa Carreño, Simón Díaz y Aldemaro Romero.

Prodigios musicales.

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Les habla Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy, en la continuación de nuestra serie sobre personajes venezolanos, este programa se lo vamos a dedicar a algunos músicos que ustedes irán advirtiendo a lo largo del programa. Vamos a comenzar con un hecho que ocurrió el 25 de noviembre de 1862 en el Irving Hall de Nueva York, cuando debutó públicamente frente al teclado del piano una niña de ocho años que respondía al nombre de Teresa Carreño.

Este es el inicio de una de las carreras musicales más extraordinarias de la historia, protagonizada además por una mujer, y estamos en el siglo XIX; les repito la fecha: veinticinco de noviembre de mil ochocientos sesenta y dos. Esto nos lo informa la profesora Violeta Rojo en una biografía que escribió de Teresa Carreño para la serie de la Biblioteca Biográfica Venezolana, compilada por Simón Alberto Consalvi para el diario El Nacional, con el apoyo del Banco del Caribe. La obra de Violeta Rojo, a diferencia de otras que no son propiamente biografías, sigue un ritmo cronológico y va adentrando al lector en el laberinto de una de las almas más complejas y profundas que han nacido en Venezuela, la de Teresa Carreño.

Es el momento también de comentar que hay una biografía extraordinaria, la primera, de Marta Milinowski, que la profesora Rojo reconoce como un antecedente fundador e importante. También hay otra de un investigador de la música venezolana, fallecido, Mario Milanca Guzmán, y hoy en día contamos con esta breve biografía publicada por la Biblioteca Biográfica Venezolana. Vamos hablando entonces de Teresa Carreño, una mujer que no solo alcanzó la cúspide de la interpretación al piano en los foros más acreditados del mundo, sino que fue compositora y, para colmo, no se sustrajo a la experiencia amorosa en grado sumo.

Les repito: una mujer del siglo XIX, se casó cuatro veces y procreó siete hijos. Por supuesto recorrió el mundo prácticamente entero; quizás sea una exageración decir entero, pero las capitales musicales del planeta conocieron de su trabajo a lo largo de muchos años de interpretación; recordemos que comenzó a los ocho años. Aprendió varias lenguas, se hizo entender en varios idiomas y finalmente, a los 64 años, hoy en día diríamos muy joven, literalmente murió de cansancio.

Prácticamente así reza el informe médico: que murió de cansancio y murió exhausta. Murió en la misma ciudad de Nueva York a la que advino al mundo de la música siendo una niña. Probablemente murió muy cerca del Irving Hall de Nueva York donde comenzó su carrera, cuando tenía 64 años, pues tenía 56 años de carrera porque había comenzado a los ocho como lo que solía llamarse una niña prodigio.

Bueno, no podemos olvidar por otra parte que el padre de Teresa Carreño es nada menos que Manuel Antonio Carreño, que también ha sido biografiado, en este caso, por la investigadora Mirla Alcibíades. Manuel Antonio Carreño y su hija formaban parte de esa familia excepcional que son los Carreño, compuesta por intelectuales de altísima valía, entre ellos Simón Rodríguez, quien no llevaba el apellido Carreño pero que formaba parte de la familia. Si los Carreño tienen algún parangón en Venezuela como familia de artistas, ese parangón lo tienen con los Calcaño, que fueron muchos también.

Muchos dedicados a la poesía y a la literatura; quizás los Carreño estuvieron más concentrados en la música. También es evidente que la vida trashumante de Teresa Carreño era inevitable: esa es la vida de los intérpretes que son solicitados. Esa es la vida de los directores de orquesta que son muy requeridos, porque es una vida que ha llevado el director de orquesta Eduardo Marturet, para darles un ejemplo, y también es la vida que lleva el joven director de orquesta Gustavo Dudamel.

No, no es una vida fácil, por más que la gente equivocadamente crea que es una vida glamorosa de viaje, etcétera; sí, pero eso con el tiempo pesa mucho. Es una vida compleja, difícil, y se necesita mucho centro psicológico y espiritual para que las calles del mundo no se confundan unas con otras. Y para que los baños de los hoteles no se amontonen en la memoria como un solitario y absurdo y exclusivo baño.

De modo que esta es una vida compleja que la sociedad caraqueña del siglo XIX no la contempló, no la toleró o no la metabolizó para Teresa Carreño. Además le recriminaban sotoboche sus múltiples matrimonios y, bueno, realmente eran críticas que no tenían nada que ver con su arte, con la ejecución de su arte, sino más bien con su vida íntima, su vida amorosa. Finalmente es un asunto para cada quien; forma parte del ámbito privado de las personas.

De modo que no se puede juzgar el desempeño artístico sobre la base de la conducta. Son dos universos diferentes, aunque a veces cuesta trabajo separar uno del otro; de modo que esto se confundió en el juicio sobre Teresa Carreño y confundió la moral con la valía de Teresa como músico, que es finalmente lo que importa. Realmente Teresa vivió muy pocos años en Venezuela y, sin embargo, es una gloria caraqueña; de hecho, el complejo cultural más importante de la capital lleva su nombre, el Complejo Cultural Teresa Carreño.

Y también hay que señalar que la cristalización de ese genio musical que encarnaba en ella tuvo mucho que ver con la inteligencia de su padre. Dicho de otra manera, hay muchos superdotados musicales que no cuajan porque los padres no entienden el horizonte y el destino que tiene ese superdotado para la música, o para la literatura, o para la ciencia. Y esos padres miopes intentan llevar a los hijos de la excepcionalidad a algo mucho más ramplón, mucho más doméstico, más convencional; felizmente ese no fue el caso de Teresa Carreño porque su padre, Manuel Antonio Carreño, era un hombre inteligente que entendió muy rápidamente de qué se trataba.

Además Manuel Antonio Carreño era músico y por supuesto fue un hombre de Estado, y es el autor de nada menos que el famosísimo Manual de Urbanidad de Carreño, que es como se le conoce. Hay varios casos de genialidad que reciben la comprensión y el apoyo de los padres, y entonces la vida y ese genio encuentran un camino mucho más expedito que si tuvieran que luchar contra padres que no entienden el destino que está trazado en su talento, digámoslo así. Ese es el caso, por ejemplo, de Jorge Luis Borges, quien tuvo la suerte de ser respaldado, querido e impulsado por sus padres desde que apareció esa tempranísima vocación de escritor.

De modo que Borges no perdió el tiempo en esas escenas románticas de joven en rebeldía ante unos padres que soñaban para él otros destinos; eso es verdaderamente una pérdida de tiempo que él se ahorró. Teresa Carreño también, y ambos, tanto Borges como Teresa Carreño, tuvieron allanado un camino de dificultades colaterales y se pudieron entregar al cultivo de sus vocaciones. Y responderle, en verdad, a las rudezas del quince, el último, con su trabajo, cuyos frutos de manutención dejaron de ser exiguos después de años de andadura, porque realmente sobrevivir dignamente con la música y la literatura no es fácil.

De modo que ese camino allanado que encontraron las vocaciones tanto de Teresa y este otro ejemplo que les he dado del genio literario argentino Jorge Luis Borges, pues fueron extraordinarios y les ahorraron ingentes dificultades a este par de personajes. No solo se las ahorraron, sino que el apoyo de sus padres repotenció tremendamente los talentos de estos niños, en el caso de Teresa adolescente, en el caso de Jorge Luis Borges. En la próxima parte del programa seguimos con Teresa Carreño y abrimos la puerta a otro músico que, en su momento, ustedes advertirán. Ya regresamos.

Decíamos en la parte anterior del programa que el genio de Teresa Carreño tuvo el respaldo decidido de su padre, quien fue además su primer profesor de música. Pero ojo, cuidado, no creamos que el talento está allí y no se necesita nada para que florezca; muy por el contrario, detrás de las hazañas de Teresa Carreño respiran horas y horas de trabajo. Nada, nada se logra sin la perseverancia y la obsesión, y no hay genio que valga si no se tiene la paciencia del que se sienta durante días enteros a trabajar con disciplina de orfebre.

Eso hizo Teresa, con la paciencia de su padre al lado que le enseñaba. Y bueno, lo sabemos de sobra, pero lo repito por aquello de André Gide, la frase con que se inmortalizó a Gide: "Todas las cosas son ya dichas, pero como nadie escucha hay que volver a empezar siempre". Bueno, esto lo refiero en cuanto al tema de que el talento solo, sin que la voluntad y la disciplina lo cultiven, es un talento que se pierde muy rápidamente por el camino.

De modo que aquí tenemos un esbozo biográfico ínfimo, mínimo, de Teresa Carreño con base en esa biografía de la profesora Rojo. Y ella dice, por cierto, al final de su biografía, algo que quiero referirles: "No puedo dejar de pensar que tuvo una muerte feliz, después de vida larga, llena, llena de hijos, maridos, discípulos, admiradores y detractores". "Trabajo, libros, composiciones, música, viajes, éxitos y fracasos, luces y sombras, una vida plena como debe ser", ciertamente, como bien dice Violeta Rojo.

A pesar de que Teresa Carreño, de acuerdo con los estándares de hoy, murió relativamente joven, porque a los 64 años, para su tiempo, era una edad avanzada. Cuando Teresa Carreño muere era una matrona o una señora mayor, una abuela; hoy en día una mujer de 64 años, pues el fenotipo le permite otras disposiciones y otra vida. Pero eso forma parte del avance de la medicina y las condiciones de vida, y el conocimiento que se tiene hoy en día de la importancia del ejercicio y los alimentos.

Abramos otra puerta muy distinta: vamos a hablar ahora en esta segunda parte del programa de un venezolano conmovedor, tanto como Teresa. Me refiero a Simón Díaz, y yo recuerdo mucho, en la Navidad, los pesebres, los nacimientos que hacía mi madre allá en nuestra casa, donde vivíamos, en El Paraíso. Y siempre cantábamos aguinaldos y, a partir de un tiempo, recuerdo una canción de Simón Díaz vinculada con la Navidad; me refiero a "La vaca mariposa".

Pero claro, es obvio, hay un enlace entre el nacimiento de Jesús en el pesebre y el alumbramiento del ternero de la vaca mariposa en el caney. De modo que allí se anuda con mucha facilidad el nacimiento de Jesús y el nacimiento de ese becerrito. Y este becerrito tiene una suerte que es conocida por su madre; de modo que allí empiezan a diferenciarse, pero igual está el eco, ¿verdad?, del nacimiento de Jesús y hay unas ofrendas que llevan ante la vaca mariposa por el alumbramiento.

Esas ofrendas las llevan los integrantes de la comunidad zoológica y llevan ofrendas hasta el caney. Son análogos, ¿verdad?, a las ofrendas que le llevan a San José y la Virgen María por el nacimiento de Cristo en el pesebre. Y bueno, así podríamos ir desmenuzando la intertextualidad de la canción, siempre en un registro cristiano, por supuesto, y hay que decir que el poder emocional de esta pieza de Simón Díaz es notable.

Los sujetos son animales y quienes les darán muerte son los hombres, recordándonos una vez más nuestra condición depredadora, y a la vez sublime, porque del hombre es el horror y la belleza a la vez. Y también nos recuerda la canción nuestra condición pecadora, ese sello de culpables con que la cultura judeocristiana siempre nos recuerda que estamos. Pero la obra de Simón Díaz que más me gusta a mí no es "La vaca mariposa", ni tampoco esa obra exitosísima en el mundo entero que es "Caballo viejo".

Tampoco lo que más me gusta es ese prodigio de la plasticidad metafórica que es "Sabana". A mí la obra de Simón Díaz que más me conmueve es la "Tonada de luna llena"; los cuatro primeros versos de esta pieza son una maravilla de exactitud y belleza, se los voy a leer: "Simón, yo vi de una garza mora dándole combate a un río. Así es como se enamora tu corazón con el mío". Qué belleza, qué cosa tan extraordinaria, y miren, si la inteligencia es la capacidad de relacionar unos universos con otros, pues aquí hay una joya: esa observación de la conducta de la garza mora, que sube y baja a tocar el agua del río.

Que de ese revoloteo Simón Díaz haya construido una imagen con dos corazones que van aviniéndose en esa cosa del enamoramiento, esto es un acierto redondo, rotundo, completo. Y luego, por contraste, el hablante básico que se expresa en la canción pide una carabina para matar un gavilán que no le deja gallina viva. A diferencia de la garza mora que anda enamorándose del río, hay un hombre que pide una carabina para matar a un gavilán, lo que quiere decir es que unos van en son de paz y otros en son de guerra.

Y el último cuarteto de versos de esta canción tiene un giro inesperado; dice: "La luna me está mirando, yo no sé lo que me ve, yo tengo la ropa limpia, ayer tarde la lavé". Bellísima metáfora, por cierto, mientras les leía esto recordé el momento, pero estremecedor, cuando el gran cantante y compositor brasileño Caetano Veloso canta esta pieza de Simón Díaz y la canta a capela; es algo extraordinario. Caetano Veloso diciendo esto en su español, por su seseo, digamos así, es de una belleza sublime, ¿no?

Y es una extraña metáfora, ¿verdad?, que coloca sobre la mesa la ingratitud del hombre ante el poder de lo inconmensurable, en este caso representado por la luna, esa luna que lo está mirando y él no sabe de lo que le ve. Y si acaso él dice "yo tengo la ropa limpia, ayer tarde la lavé", qué cosa tan extraordinaria esta obra, "Tonada de luna llena", de Simón Díaz. Ahí, pues, esa tranquilidad y conciencia de aquel hombre que es visto por la luna, y es la limpieza de su ropa, que no es otra que la limpieza de su alma; esa es la metáfora que está allí, en una suerte de llamado a la conciencia, un llamado precioso.

Por otra parte, esta pieza en cada estrofa aborda un centro temático distinto y, sin embargo, el oyente ensambla la disparidad con inteligencia, sabiendo que las obras de la canción proceden como en el cine. Allí se van solapando imágenes que van adelantando un fresco, fragmentos que apuntarán una totalidad que solo se fragua en el imaginario de quien está escuchando. Detrás de estos logros de Simón Díaz, que forman parte del patrimonio nacional venezolano, conviene saber que hay años de trabajo e insistencia; la inspiración ha jugado un papel importante en todo poeta, pero hay horas y horas de trabajo y de producción.

Simón Díaz nace en Barbacoas, en 1928. Allá se inició como becerrero y luego pasó a ser atrilero en el conjunto musical Siboney, hasta que quiso el destino que la voz principal de ese conjunto faltara y el joven atrilero se prestara para la improvisación. Así fue como nació uno de los cantantes y compositores más genuinos de toda nuestra historia; de San Juan de los Morros se vino Simón Díaz a Caracas a estudiar en la Escuela Superior de Música con el legendario maestro Vicente Emilio Sojo, y ya después la vida se le fue allanando para la materialización de sus sueños, una vida que no fue fácil.

Ningún aporte de esta magnitud es fácil, pero ahí están los frutos. En la próxima parte del programa continuamos con Simón Díaz y nos adentraremos en otro músico venezolano. Ya regresamos.

Decíamos, en la parte anterior del programa, que Simón Díaz, nacido en Barbacoas en 1928, se vino a Caracas y estudió en la Escuela Superior de Música con el legendario maestro Vicente Emilio Sojo. Y bueno, también conviene saber que detrás de las docenas de canciones excepcionales, quizás más de doce, por supuesto, que compuso Simón Díaz, detrás de esas que son las más conocidas, las más celebradas, hay un repertorio de 200 obras escritas, aproximadamente. De modo que la excelencia una vez más exige de quien ha tocado infinidad de veces la puerta buscando que le sonara la flauta, y la flauta sonó.

Y bueno, no se cuenta con una discografía de alrededor de 70 discos sin trabajarlo; eso es imposible. Detrás de toda esta obra, me atrevo a calificar, monumental, de Simón Díaz, pues está el trabajo y el trabajo. En lo personal, yo habré conversado con Simón Díaz un par de veces, o no conozco más que a su hija, por supuesto, a Betsy Mardías, la poeta, pero sin embargo yo puedo decir que Simón Díaz es mi amigo, mi compañero de viaje; he pasado la vida escuchando algunas de sus obras, como para hacerlas mis compañeras de viaje.

Si sus canciones me vienen a la mente en los momentos más disímiles; comencé señalándoles que, recordando los nacimientos que construía mi mamá allá en El Paraíso, Caracas, me venían a la mente "La vaca mariposa" de Simón Díaz. De modo que es alguien que lo acompaña a uno siempre, toda la vida lo ha acompañado a uno la música de Simón Díaz. Y bueno, hay que decirlo: sus piezas son una gran alegría para nuestros corazones, también podemos decir que nosotros somos la garza mora que le da combate al río y que la venezolanidad se expresa en ese valiosísimo rescate que ha hecho Simón Díaz de la tonada; allí es donde han alcanzado las cotas líricas más altas que se recuerden.

Simón es un maestro en la música venezolana y un estandarte de la venezolanidad. Emociona siempre recordarlo y emociona siempre recordar la "Tonada de luna llena", esa maravilla de la poesía y el canto venezolano. Vamos a entrar ahora en otro personaje; me refiero a Aldemaro Romero, uno de nuestros músicos fundamentales, pero no vamos a hablar en esta oportunidad de su obra musical, sino vamos a buscarle un sesgo extraño y muy interesante.

Y es aquel al que me refiero que está recogido en el libro de él, que se titula "Encuentros con la gente"; ese libro lo publicó la Fundación para la Cultura Urbana, cuando yo la dirigía, en el año 2007. Y allí ese volumen cumple una doble función: recoge el anecdotario de Aldemaro Romero y sus encuentros con personajes del mundo y del país, y también es una autobiografía en la que Aldemaro ajusta cuentas con quienes no le caían en gracia, mientras que celebra a aquellos que sí habitaban su cercanía, su corazón. Por ejemplo, fíjense el retrato que hace Aldemaro de César Girón: es muy entusiasta y muy generoso, pero el retrato que hace de Muhammad Ali, de Cassius Clay, es lapidario y destaca su narcisismo de manera implacable.

Esto es lo interesante, esta visión que tiene Aldemaro de estos personajes: que Aldemaro no tenía pelos en la lengua y lo que pensaba lo decía, y eso es un gran valor. Un gran valor, por eso es que es el libro de simpatías y antipatías; por ejemplo, al empresario del boxeo Don King lo trata muy mal. En cambio, a Henri Charrière, Papillon, lo aborda con mucha simpatía, y también cuando la semblanza que hace Aldemaro sobre algún venezolano incluye la descripción de la ciudad donde ocurre el encuentro y allí es prolijo en detalles precisos, tan olvidados como esclarecedores, trátese de Caracas, de Maracaibo o Valencia, de donde sea el encuentro que Aldemaro ha tenido con uno de estos personajes sobre los que él está rememorando y escribiendo.

Y, por supuesto, la lectura que él hace de sus colegas del mundo de la música va a ser mucho más aguda que la que hace de quienes no son del mundo de la música, aunque la anécdota no deja por ello de ser interesante en el caso de gente que no es dedicada al mundo de la música. Por ejemplo, Rómulo Betancourt, de quien el autor Aldemaro Romero tuvo el honor de ser uno de los introductores clandestinos al país de la obra de Betancourt, "Venezuela, política y petróleo", en tiempos de la dictadura de Pérez Jiménez. ¿Por qué? Porque Aldemaro viajaba con mucha frecuencia entre La Habana y Caracas y había descubierto la manera de no ser revisado por los guardias nacionales en Maiquetía, y eso permitía que trajera libros, libros que eran proscritos como "Venezuela, política y petróleo".

El sistema que él se inventó es que en unas cajas de tabaco ponían los nombres estampados de unos personajes de la dictadura. En una caja de tabacos decía Pérez Jiménez, en otra Llovera Páez, en otra Macei Carta, y entonces el guardia por supuesto ni tocaba la caja de tabaco, pero en la caja de tabacos venían libros. El ingenio proverbial de Aldemaro: así fue como introdujo algunos ejemplares de "Venezuela, política y petróleo" de Rómulo Betancourt, desde La Habana y hasta Caracas; estamos hablando de la década de los años 50.

Por su parte, los recuerdos que tiene Aldemaro y los juicios que tiene Aldemaro sobre Billo Frómeta y sobre Simón Díaz no pueden ser más generosos. Lo mismo los juicios que tiene a quien él llamaba su hermano, me refiero a Alfredo Sadel; por cierto, él relata el famosísimo cuento del Tenor favorito de Venezuela en Maracaibo, este es un cuento verdaderamente insólito. En una interpretación al aire libre en la plaza de La Chiquinquirá, la Plaza de la Chinita allá en Maracaibo, un perro aullaba acompañando a Sadel en cada comienzo de canción, y un señor que estaba allí, un hombre del Saladillo, de ese famosísimo barrio de Maracaibo, con la gracia característica de los zulianos, en una de esas gritó: "Alfredo, cántate uno que el perro no se sepa".

"Alfredo, cántate uno que el perro no se sepa", porque cada vez que Alfredo Sadel comenzaba a cantar en aquella plaza al aire libre el perro aullaba. Es una de las anécdotas que refiere Aldemaro en este libro simpaticísimo, se titula "Encuentros con la gente" y cuya nómina de personajes, como les dije, no solo hablan de la variedad de gente que conoció Aldemaro Romero a lo largo de su dilatada existencia, sino de los sitios por los que pasó un trotamundos; realmente, Aldemaro estuvo en muchos lugares trabajando como músico. Y bueno, y por supuesto, es el creador de la Onda Nueva, que venezolano lo ignora, y el compositor de obras de primer orden, pero les advertí al comienzo que no nos íbamos a centrar en su obra musical, sino en esta faceta de cronista, de escritor, de Aldemaro Romero, que es tan interesante retratando la vida de los personajes que él fue conociendo a lo largo de su historia, de su vida, y lo hace, como les dije, con antipatía y simpatía.

Muchas veces la antipatía la compartimos, por ejemplo, porque es antipatía por Don King, la verdad, no es fácil tenerle simpatía, me refiero al empresario de boxeo. Sí, no entiendo la antipatía por Muhammad Ali y por Cassius Clay, pero entiendo que lo que le molesta es el narcisismo de Muhammad Ali, y realmente eso ocurría allí. También entiendo las simpatías por Billo Frómeta, o por Simón Díaz, ¿quién no?, o por Alfredo Sadel, el Tenor favorito de Venezuela, como se les llamaba, y esta anécdota en Maracaibo que recién acabo de referirles.

En la última parte del programa concluiremos con otros personajes de este anecdotario de gente que Aldemaro Romero fue conociendo por el mundo. ¡Ya regresamos! En la parte anterior del programa referíamos las aventuras por el mundo de Aldemaro Romero recogidas en ese libro sabrosísimo, "Encuentros con la gente", donde él hace retratos de todos esos personajes que él conoció.

Allí refiere sus primeros encuentros con Olga Guillot y con Celia Cruz, así como un único encuentro que tuvo con Zsa Zsa Gabor. Esto ocurrió al borde de una piscina en Las Vegas; entonces la diva afirmó seguir al pie de la letra un proverbio francés. Ese proverbio francés dice: "Ser amado es una fuerza. Amar es una debilidad".

¡Caramba! Esto pudiera decirse al revés: ser amado es una debilidad, amar es una fuerza. Todo depende del cristal con que se mire; en todo caso, a Zsa Zsa Gabor ese era el proverbio que le gustaba: "Ser amado es una fuerza, amar es una debilidad". Y en otro registro, Aldemaro también les rinde tributo a los pintores y va a consignar el recuerdo emocionado de su vecino y compañero de clase, de aulas en Valencia, del pintor Luis Guevara Moreno.

También reconoce el gran talento de Jesús Soto y Alejandro Otero. Incluso de Soto llega a afirmar lo siguiente en el libro: "Artista más importante de la historia de nuestro país". Y en el universo de la caricatura, después de hacerle una referencia a Alejandro Alfonso Larraín, el caricaturista que firmaba Alpha, reconoce la valía de Pardo, o de Claudio y Régulo, y por supuesto la maestría de Pedro León Zapata, el rey de reyes de los caricaturistas venezolanos.

De modo que Aldemaro allí fue generoso y la más conmovedora en las semblanzas que hace es la que va a trazar de su padre, también músico autodidacta, Rafael Romero Ocio. Y de su padre dice Aldemaro: "Fue él quien me enseñó que además de los sucesos naturales en la vida, los libros eran la mejor fuente de conocimiento y que el conocimiento era la verdadera riqueza, que en vez de disminuir se acrecentaba a medida que la vida transcurría". Esto es muy hermoso y muy cierto: la vida se va extinguiendo, ¿verdad?, hacia la vejez, vamos perdiendo facultades, pero realmente el conocimiento no; el conocimiento va creciendo a medida que vamos envejeciendo si nosotros nos dedicamos a enseñarnos, y qué mejor vehículo del conocimiento que los libros.

De modo que es muy hermoso en esa misma semblanza sobre su padre. En el mismo párrafo incluso hay un momento conmovedor en que Aldemaro resume el legado de su padre y dice entonces que su padre le enseñó el deber ineludible de todo el que sabe: enseñar, y por eso el título más honroso al que puede aspirar un ser humano es el de maestro. Totalmente de acuerdo, imagínense enseñar algo tan hermoso, tan bonito, y dedicarse a la enseñanza es de los placeres, las obras más sublimes que hay en la vida.

Y realmente, pues eso fue Rafael Romero Ocio para su hijo Aldemaro Romero, un maestro. ¿Y Aldemaro Romero? Fue un maestro para muchísima gente; esa cadena de la vida: los que algo aprenden, algo enseñan, y la vida se va prolongando en las enseñanzas de maestros y de discípulos. Esto es muy hermoso, esta semblanza de Aldemaro sobre su padre, y hay que recordar que Aldemaro Romero fue un maestro que abarcó todas las facetas de la música, tanto de la música popular como de la música académica.

Y que desempeñó todas las tareas musicales necesarias en diversas etapas de su vida: compositor, intérprete, director, gerente de orquestas, creador de movimientos musicales. Realmente Aldemaro Romero es uno de los grandes músicos venezolanos y en él coinciden tanto la música popular como la académica, que es algo extraordinario y no frecuente que se dé en una sola persona, en un solo músico como este gran músico Aldemaro Romero. ¡Muy bien! Hasta aquí nuestro programa de hoy donde hemos visitado las casas de Teresa Carreño, Aldemaro Romero y de Simón Díaz.

Tres extraordinarios venezolanos que han sido ejemplo y nos dejaron unas obras de gran importancia, obras ineludibles, pero además sus vidas son ejemplos de trabajo, constancia, civilidad y ciudadanía. De amor al país, de profundo amor al país. De modo que este Venezolanos sobre estos tres grandes músicos habla para ustedes Rafael Arráiz Lucca; en la producción me acompañan Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, en la dirección técnica Fernando Camacho.

A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com, y en Twitter arrobaRafaelArraez. Hasta nuestro próximo encuentro en esta serie de personajes venezolanos que estamos agrupando temáticamente en cada programa, temática o profesionalmente, en cada programa que estamos ofreciendo. Hasta nuestro próximo encuentro.

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