4 médicos excepcionales. Hernández, Alvarado, Gabaldón y Rísquez
Cuatro grandes de la medicina.
Transcripción
Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos: cuatro extraordinarios médicos venezolanos. ¿Y qué mejor que comenzar con algunas reflexiones sobre José Gregorio Hernández, no sólo un médico sino prácticamente un mito en Venezuela? Buena parte de lo que digamos en este programa tiene fundamento en la investigación de María Matilde Suárez y Carmen Betencourt, que se titula "José Gregorio Hernández del lado de la luz".
José Gregorio Hernández
Es una investigación muy bien llevada, que sigue un hilo cronológico sin llegar a ser una biografía en los términos clásicos. Ese hilo cronológico se va guiando por áreas de la vida de Hernández como el episodio de su muerte accidental, la etapa de la infancia y los estudios venezolanos y parisinos de medicina. También se detiene en los aportes a la ciencia médica venezolana, sus opiniones sobre aspectos estéticos, filosóficos y psicológicos, y por supuesto también analiza el largo y tortuoso camino de su vocación religiosa, así como el no menos difícil trayecto postmortem de la beatificación de José Gregorio Hernández.
Claro, el estudio de María Matilde Suárez y Carmen Betencourt se basa en las ciencias sociales y se aleja de lo literario como tal en su vertiente biográfica o novelesca. Más bien es un estudio social, un estudio científico de la vida y obra de este hombre. De modo que por eso afirmo que no se trata de una biografía en los términos literarios a los que estamos acostumbrados cuando nos referimos a una biografía; es un estudio como tal. Ahora, quien se proponga escribir una biografía de José Gregorio Hernández va a tener en este trabajo un sustento, un fundamento de la mayor importancia.
Para el que vaya a hacer una biografía en términos históricos y para el que vaya a novelar al personaje, que también es posible, a hacer una novela histórica con la vida y obra de José Gregorio Hernández, esta investigación también será de gran utilidad. Bueno, este, como sabemos, José Gregorio Hernández en un país como el nuestro, tan abrumadoramente dominado por el arquetipo del héroe militar, constituye otro arquetipo que es un alivio realmente civil frente a la arquitectura militar. Frente a esa gloria del hombre en armas se expresa esta epifanía de la no violencia, de la paz, de la bondad y el desprendimiento, el encuentro amoroso con el enfermo.
La práctica de las virtudes que se fundan en el conocimiento científico y el cristianismo, por supuesto, no estamos diciendo que los héroes militares no tengan virtudes; estas virtudes por supuesto que sí las tienen. Pero lo señalable del arquetipo de José Gregorio Hernández es que éstas son sus únicas virtudes. Es un médico cuyas armas son las armas del héroe civil y son muy distintas a las del caudillo; el caudillo se impone por la fuerza. El héroe es civil en el caso de un médico como éste, sus instrumentos y su camino son otros, ¿no?
No hay en José Gregorio Hernández una obsesión por el poder, lo absoluto. Más bien brilla en él la paciencia del estudioso de hombre que se forma en el aula o en un laboratorio y su enfoque principal es salvar la vida de la muerte, que es el trabajo esencial del médico. La salud y la vida. De modo que bueno, las sabidurías populares, como sabemos que tienen sus honduras, han sabido colocar en los altares caseros al lado del héroe militar encarnado en Bolívar a este héroe civil bondadoso, con poderes sobrenaturales, encarnado en el doctor Hernández.
Poderes sobrenaturales, pues lo sean o no lo sean no es tarea nuestra discernir sobre ello. Lo importante es que la gente se los atribuye, y al atribuírselos a él, pues ese es un tema que no hay manera de soslayar, ¿verdad? Y ahí está, en esos altares del mito venezolano, el doctor Hernández. El que vaya a escribir la biografía del doctor Hernández se las va a ver a vapores cuando intente discernir cómo fue la vida amorosa de José Gregorio Hernández, ya que muy poco sobre este particular han hallado los investigadores.
Incluso no sólo estas dos investigadoras, María Matilde Suárez y Carmen Betencourt, sino otros. Se sabe, por ejemplo, que estuvo enamorado cuando tenía 16 años de una niña que se llamaba María Gutiérrez Aspúrua y ella no le correspondió, pero más allá de eso se sabe muy poco de su vida amorosa.
Y también va a ser para ese biógrafo hipotético un nudo interesante e incluso dramático sus relaciones profesionales con otro gran médico, con Rafael Rangel. Y allí va a tener que recurrir a una pieza de teatro de un poeta venezolano extraordinario que se llamaba Salustio González Rincones. Esa obra de teatro de Salustio es "Las sombras" y allí se ventila este duelo profesional entre Rangel y Hernández. Por cierto, Salustio aboga por Rangel: el trato que le prodiga a José Gregorio Hernández es un tanto áspero, y también en Marcel Roche, en su biografía de Rafael Rangel, uno advierte que levemente se inclina hacia Rangel en esta diatriba.
Y este estudio de Suárez y Betencourt tampoco no se soslaya este nudo, pero por el contrario aquí se tiende a resolverlo a favor de Hernández, en cierta forma atribuyéndole cierto sesgo exagerado a la importancia de esta rivalidad profesional. Ellas consideran que no fue tanto y que se ha exagerado en aras de la leyenda urbana.
Hay otro aspecto muy interesante alrededor de José Gregorio Hernández: el proceso eclesiástico. Y bueno, aquí entramos ya en un tema prácticamente policial de investigación, ¿verdad?, y acerca a la condición humana. El proceso de beatificación de José Gregorio Hernández lo pone en marcha monseñor Lucas Guillermo Castillo y, por otra parte, monseñor Nicolás Eugenio Navarro no lo favorece; iba a decir lo sabotea, pero quizás lo apropiado sea decir no lo favorece.
Aquí empiezan también las leyendas. Algunos dicen que esto ocurrió porque los monseñores Castillo y Navarro no se llevaban todo lo bien que debían llevarse; nosotros no tenemos manera de saber esto. Pero sí podemos acudir a monseñor Pellín para que nos aclare el asunto, y monseñor Pellín hace un retrato del monseñor Navarro, dice lo siguiente, les recuerdo, esto es lo que dice Pellín de Navarra: "Si bien fue un prelado de singular talento, era amargo; tenía dos defectos: creía que no se equivocaba jamás y no veía bien lo que hacían los demás si no había sido él el iniciador o el primer colaborador. Criticaba ordinariamente cualquier obra que no fuera iniciada por él". Bueno, esto es muy conocido, este defecto, quiero decir, en las personas. Esto es lo que dice Pellín para dibujar a Navarro.
Y Navarra, en sus informes que elevaba hacia las autoridades eclesiásticas, llegó incluso a dudar de las facultades mentales de José Gregorio Hernández. De modo que aquí tuvo José Gregorio un adversario adentro, dentro de la Iglesia, en ese camino de la beatificación. Ha sido sólo recientemente cuando el camino procesal se ha recuperado. Y bueno, ahora, como sabemos, hacen falta milagros que puedan ser probados, de acuerdo con el derecho canónico; en todo caso el pueblo no esperó a ese sancta sanctorum del Vaticano y el pueblo adora realmente a José Gregorio Hernández y lo tiene colocado en sus altares.
Este, pues nuestro doctor Hernández, un médico y un mito, uno de los pocos mitos que hay en Venezuela. Ya regresamos con más médicos en la próxima parte del programa. En las partes anteriores del programa vimos, hicimos un bosquejo sobre algunos aspectos esenciales en la vida de José Gregorio Hernández; ahora vamos a concentrarnos en Lisandro Alvarado, ese gran larense que nació en El Tocuyo, el 19 de septiembre de 1858, y lo digo de una vez, poquísimos venezolanos más interesantes que este larense dominado por la dromomanía.
Lisandro Alvarado
Y ustedes dirán, ¿y qué es la dromomanía? Bueno, la dromomanía es una condición que experimentó Alvarado y era que necesitaba moverse permanentemente, y vivió en decenas de pueblos de Venezuela. Se iba moviendo, se iba mudando, ejercía su profesión. Esta es una condición extrañísima, pero que le vino muy bien a la magnitud y a la variedad de su obra.
Sobre la peripecia vital de Lisandro Alvarado hay estudios biográficos de Jacinto Fombona Pachano, de mi padre Rafael Clemente Arráiz, de Pascual Venegas Filardo, de Guillermo Morón, y este último, sin la menor duda, Guillermo Morón es el alvaradista principal. Podemos llamarlo así. Es un fervoroso estudioso de la vida y obra de Lisandro Alvarado.
Alvarado, como sabemos, estudió con Gil Fortoul en el legendario Colegio de don Egidio Montesinos, ese plantel principal donde se educó la aristocracia intelectual larense, acaso una de las más ilustres del siglo XIX y XX. Y Montesinos logró despertar en Alvarado los intereses a los que se entregaría a lo largo de su vida. Nos vamos a referir a ellos: el estudio del latín, la filosofía, el álgebra, la geometría y la historia, y por supuesto las ciencias naturales.
Y don Lisandro se va a graduar de médico en Caracas, en esa ciudad donde durante sus estudios el positivismo va a imantar los estudios de medicina, con las ideas de Adolfo Ernst y Rafael Villavicencio. Y así como con la presencia, en este caso no positivista pero sí conversacional, de Cecilio Acosta. ¿Y cuándo comienza esa etapa dromómana de Lisandro Alvarado? En 1885, cuando se establece en Ospino; allí se va a casar con Amalia Acosta.
Con ella va a tener ocho hijos. Luego se muda a Guanare y luego se mudan a Southampton, en Inglaterra, por un cargo diplomático. Al regresar se establece en San Carlos, luego en Tinaco, luego en Barquisimeto, luego en Sarare, luego en Caracas y después en Valencia. Y en todas partes está don Lisandro adelantando sus investigaciones taxonómicas, lingüísticas, históricas y literarias; siempre estaba registrando, anotando todo, como si la vida no le alcanzara para saciar la magnitud de su curiosidad, y mientras él iba viajando, fichaba a su vez, se enseñaba a sí mismo otras lenguas.
Fue un políglota. Lisandro Alvarado llegó a dominar dos lenguas perfectamente: el latín y el árabe. Y tenía conocimientos avanzados; incluso muy avanzados, porque hasta traductor fue del inglés, francés, alemán, italiano, griego, hebreo y provenzal. Su pasión por los idiomas lo condujo a ser el primer venezolano que estudió a fondo el español en el país.
Hay un libro de él que se titula "Ideas sobre la evolución del español en Venezuela", de 1903. Hay otro, "Glosario de voces indígenas de Venezuela", de 1921, y otro, "Glosario del bajo español en Venezuela", de 1929. Estos libros son fundamentales para la lexicografía venezolana. Por otra parte, Miguel Acosta Záines, un gran antropólogo, consideraba a Lisandro Alvarado un pionero de la antropología cultural, de la etnografía y de la etnohistoria, así como de la antropología física y la arqueología.
Bueno, imagínense, por otra parte los historiadores siempre han valorado muy bien su historia de la Revolución Federal en Venezuela, que es un libro de 1909. Y bueno, como el destino no se cansa de tejer paradojas, a los 68 años a este sabio extraordinario lo disminuyó una hemiplejia.
De modo que se detuvo, hasta allí llegó la dromomanía y para ese entonces vivía en Caracas, con una situación económica compleja, y desempeñaba un cargo tan absurdo para él, que era director de política comercial en la cancillería. Y después, a la hemiplejia, sus amigos hicieron lo que en criollo llamamos una vaca y lo enviaron a París para que la ciencia médica se pronunciara sobre sus dolencias, pero no había mayor cosa que hacer. Se estableció en Valencia sin mayores perspectivas; se establece allá.
Y allá va a morir. ¿Y entonces ocurre un hecho que hoy en día creo no ocurriría? La Iglesia católica de la ciudad se negó a velar los restos en un recinto sagrado, ya que durante toda su vida Lisandro Alvarado había confesado ser masón. Y bueno, como era masón confeso, la Iglesia dijo aquí no puede entrar, entonces fue velado al pie de la estatua del Libertador en la Plaza Bolívar de Valencia. Todo un caso.
Luego, muchos años después, cuando Luis Herrera Campins fue presidente de la República entre 1979 y 1984, llevó los restos de Lisandro Alvarado al Panteón Nacional y allí están desde 1980. Su obra completa se consigue fácilmente porque fue publicada por la Casa de Bello en 1984, cuando la Casa de Bello la dirigía ese extraordinario venezolano que fue Óscar Sambrano Urdaneta. Allí se publicó la obra completa de don Lisandro Alvarado; que yo sepa no se ha escrito una biografía completa del personaje, tampoco se ha filmado un documental, mucho menos un largometraje.
Y la verdad es que este es un personaje que es un bocado cardenal para los biógrafos y para el cine, al igual que otro personaje venezolano que es insólito no se haya llevado a la pantalla, que es Rufino Blanco Fombona. Por cierto, un personaje muy distinto a Lisandro Alvarado, pero un hombre del mayor interés sin la menor duda. De modo que Alvarado formó parte de esa generación de positivistas venezolanos, alimentados o alentados sobre todo por la cátedra que regentaba Adolfo Ernst en la Universidad Central de Venezuela.
Ernst es un venezolano de origen alemán que se había formado en Alemania y que conocía bastante bien este tema. Y lo mismo Rafael Villavicencio, que era venezolano de origen y que también abrazó el positivismo. Esa generación de positivistas es fundamental: no sólo Lisandro Alvarado, José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, César Zumeta y Pedro Manuel Arcaya, la gran mayoría de ellos integrantes en cargos muy destacados durante la dictadura del general Gómez. No fue el caso de Lisandro Alvarado, quien más bien se concentró en su trabajo de médico en todos estos pueblos en los que vivió; se concentró en su trabajo de lexicógrafo, de lingüista y de historiador.
Y como dice Miguel Acosta Záines, fue un pionero en Venezuela de la antropología cultural, de la etnografía, de la etnohistoria, de la antropología física y de la arqueología. Verdaderamente Alvarado es un sabio de grandes dimensiones. Hoy es imposible que alguien desarrolle una paleta de intereses tan variados, pero en los tiempos en que vivía Alvarado, en un país con una universidad con estudios, si se quiere, tan limitados, pues un médico como Alvarado tuvo que dedicarse, tuvo y quiso dedicarse a todas estas tareas distintas de la medicina, combinándolas con su trabajo como médico y también su fervor como políglota.
Porque hay que ver que dominar la cantidad de lenguas que Alvarado dominó no es una empresa que se resuelva fácilmente. Claro, éste ha debido ser un hombre concentrado en el trabajo, a pesar de sus ocho hijos, pero sospecho que esos ocho hijos los sacaba adelante su esposa, por supuesto con el apoyo de él. Pero ha debido tener mucho espacio y mucho tiempo para el estudio de tan diversos intereses, pues allí está esa deuda pendiente que tenemos muchos: una estupenda biografía de don Lisandro Alvarado.
Ojalá alguien se anime. En la próxima parte del programa seguimos con nuestros médicos venezolanos en este primer programa de la serie sobre personajes. Ya regresamos.
Arnoldo Gabaldón
Vamos a hablar ahora del doctor Arnoldo Gabaldón y la epopeya del DDT, como podemos llamar este paseo por ese episodio en la vida de Gabaldón, que va a tener un momento importante el 2 de diciembre de 1945, cuando se produce el primer rociamiento de DDT en Venezuela. Allá hay una histórica cuadrilla comandada por Levi Borges e integrada por José Manuel Contreras, Francisco Solórzano, Valentín Gutiérrez, Juan García y Francisco Gutiérrez; esa fue la cuadrilla pionera de la epopeya cívica más significativa que ha tenido lugar en Venezuela por razones obvias. La orden de salir a dar la batalla contra el DDT en las manos le da al doctor Gabaldón.
Gabaldón es un legendario médico especialista en salud pública y malariología, como todos sabemos. Y él fue el que puso en marcha esa primera campaña de magnitud nacional. Se sabe, por ejemplo, que esa cuadrilla lo primero que roció fue el rancho de Melecio Castillo y María Pacheco aquella mañana de diciembre. Y tres años después, había 55 cuadrillas en Venezuela trabajando en las zonas afectadas.
Y tres años más tarde, 96 cuadrillas iban ganando el espacio a la desolación, a la tristeza y a la muerte. Alrededor de dos terceras partes del territorio nacional, unos 600 mil kilómetros cuadrados, era un territorio comprometido severamente en sus posibilidades de desarrollo por la malaria. Describir lo que significó el prolongado daño del paludismo en Venezuela sobrepasa las magnitudes de este programa, por supuesto. Pero sí podemos señalar el éxito de esa campaña, que lo erradicó.
¿De dónde obtuvo esta información? Pues el doctor Gabaldón conoció las posibilidades efectivas del DDT en la erradicación del zancudo transmisor después que fueron comprobadas las propiedades de estos insecticidas, y ese DDT lo que significa es dicloro-difenil-tricloroetano. Esto se va a comprobar en Nápoles durante el invierno de 1943-1944 y allí se erradica la epidemia de tifus exantemático. Y antes de eso, en Nápoles ya se había comprobado la eficiencia del DDT sobre el anófeles maculipennis y, sin embargo, en Venezuela la campaña se hizo contra el anófeles albimanus y el anófeles darlingi.
La erradicación de la enfermedad se alcanzó un tiempo después que se rociaran aquellas primeras viviendas en la población de Morón. Y bueno, es un orgullo de Venezuela realmente esta campaña concebida por el doctor Gabaldón. Veamos ahora algo de su hoja de vida: Gabaldón fue nombrado director y además fundador de Malariología cuando se creó el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social en 1936; entonces el titular del despacho era Enrique Tejera Guevara.
Y desde entonces hasta 1945 las estrategias en contra del mal se reducían al tratamiento de quien ya había contraído la enfermedad. Es a partir del 45 cuando comienza la campaña del DDT. Y ya para 1959 el doctor Gabaldón solicita ante el Consejo Directivo de la Organización Panamericana de la Salud que se envíe un equipo a Venezuela para que certifique la erradicación total de la enfermedad, y en 1961 la República de Venezuela fue certificada como el primer país inscrito en el registro de áreas de malaria erradicada. Bueno, de los seiscientos mil kilómetros cuadrados de zona malárica que tenía Venezuela se erradicó completamente en alrededor de 460 mil kilómetros cuadrados.
Es decir, prácticamente la mitad del territorio se recuperó para una vida sana y productiva. Fíjense que para el año 1945 la tasa de muertes por malaria era de 143 habitantes de cada 100.000 y para el año 1950 ya había bajado a cinco, y para el año 1962 las tasas de muerte por cada cien mil habitantes era cero. Bueno, ese día el doctor Gabaldón y sus cuadrillas han debido dormir a pierna suelta.
Se pasaba una página de la historia que por cierto Rómulo Gallegos en uno de sus párrafos memorables reconoció de la siguiente manera, les voy a leer: "De los campos solos sin riego o sin surco de trabajo, todo para el matorral silvestre en cuyo inútil mantenimiento se gasta y se frustra la fecundidad de la tierra, de los ranchos sórdidos donde el campesino languidece sentado a la puerta, hundiéndose en la melancolía irremediable, atesorando la herencia que le dejará a sus hijos, tomada ya de su padre y su amargura incurable, su encogimiento de hombros ante el mal inmenso, su estoicismo inútil".
Qué tristeza y qué maravilla que esto pudo resolverse gracias a hombres como el doctor Gabaldón en Venezuela, ¿verdad?, que es algo que emociona pensarlo, ¿verdad? Y se trató de una revolución silenciosa, es una revolución del trabajo, ¿verdad? Y así uno puede enumerar una cantidad de campañas civiles de las que podemos enorgullecernos legítimamente.
Hoy podemos hablar sobre la malaria, las victorias del doctor Gabaldón, hijo de Joaquín Gabaldón Iragorri y de Virginia Carrillo Márquez, familias tanto trujillanas como merideñas. Bien, veamos ahora nuestro cuarto médico en este primer programa: nos vamos a referir a Francisco Antonio Rísquez nada menos, ¿verdad? Nada menos que un margariteño llamado Francisco Antonio Rísquez que nació en Juan Griego el 10 de octubre de 1856.
Francisco Antonio Rísquez
De modo que en Rísquez vamos a advertir grandes virtudes: una, el amor al conocimiento. De modo que no sólo estudió y se graduó de médico, sino también estudió farmacia para completar su formación. Esto es un caso extraño, excepcional. Se necesita un amor a la sabiduría y a su profesión muy grande, como para estudiar medicina y farmacia y alcanzar el título en las dos profesiones.
Y además esos conocimientos de Rísquez no se quedaron en la esfera personal sino que también se consagró a la tarea de las enseñanzas, además de la tarea de curar a los enfermos. ¿A qué se dedicó en la enseñanza el doctor Rísquez? Fue profesor de patología externa y obstetricia y allí introdujo una novedad pedagógica para su tiempo. Hoy en día esto no tiene ninguna novedad, pero en su momento sí lo era y hay que señalarlo: es que el doctor Rísquez no leía sus clases, las hablaba, las explicaba, las conversaba, en una actitud muchísimo más moderna que lo que era usual entonces, que era leer la clase.
En el área académica, el doctor Rísquez fue vicerrector de la Universidad Central de Venezuela; fue fundador de una clínica para niños de escasos recursos y junto con el otro médico legendario J. M. de los Ríos trabajó y fue fundador de esa clínica para niños de escasos recursos. A su vez trabajó en la creación de una escuela de enfermería y por si fuera poco, en esa década en la que vivió en Madrid se volvió a graduar de médico en la capital de España. Y además fue electo individuo de número de la Academia Médico-Quirúrgica; miren, estos son unos logros verdaderamente fuera de serie.
Por supuesto el doctor Rísquez fue designado individuo de número fundador de la Academia Nacional de Medicina en el año 1904. Y mientras era electo individuo de número continuaba atendiendo el Servicio de Medicina Anexo del Hospital Vargas. En 1931 fue electo individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, y muchos de ustedes dirán, bueno, ¿y esto? Pero es que muchos se sorprenderían de los conocimientos literarios del doctor Rísquez.
Basta para ello leer algunos de los ensayos de la abundante lista de trabajos que entregó como escritor. De modo que esa elección como individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua no era una concesión graciosa ni un invento de los académicos de la lengua, sino el reconocimiento de un médico que también había trabajado con esmero la palabra. De modo que esto también es del mayor interés para ir dibujando la personalidad de este gran venezolano. En la próxima parte del programa continuaremos viendo la hoja de vida, los aportes del doctor Francisco Antonio Rísquez a su país.
A su amado país Venezuela, ya regresamos. Referíamos en la parte anterior del programa algunos hechos importantes en la hoja de vida del Dr. Francisco Antonio Rísquez. Veamos ahora una anécdota relatada por el también médico José Tomás Jiménez Arráiz; se refiere a los hechos del 14 de febrero de 1936, cuando ocurrió esa legendaria y histórica manifestación pública aquí en Caracas, esa manifestación la encabezaban los dirigentes estudiantiles de entonces.
Pero ellos se hicieron acompañar nada menos que del entonces rector de la Universidad Central de Venezuela, el doctor Rísquez, y cuando llegaron al Palacio de Miraflores con sus exigencias, el general López Contreras hizo pasar a una delegación que encabezaba la marcha. Esa delegación estaba integrada, según Jiménez Arráiz, por Jóvito Villalba, por Rómulo Betancourt, por el propio Jiménez Arráiz y por el rector. Y entonces el general López Contreras le preguntó: "¿Y usted, doctor Rísquez? ¿Qué piensa sobre esto?" Y el Dr. Rísquez contestó: "General, entre esos muchachos y yo no existe más diferencia que la edad".
Bueno, señala luego el autor de la anécdota, Jiménez Arráiz, que 35 días después del legendario 14 de febrero el doctor Rísquez fue relevado de sus funciones en la UCV. En 1936 este ilustre margariteño contaba con 80 años; no explica Jiménez Arráiz si fue relevada su función por el episodio. No hemos establecido el vínculo entre una cosa y otra, no pareciera. En todo caso estamos hablando de un hombre de 80 años: ya tenía más que edad para pasar a retiro.
¿Y bien qué podemos decir del doctor Rísquez? Es vasta y desconocida también. Pero si ustedes pulsan la tecla de una biblioteca venezolana bien organizada, van a hallar que hay alrededor de 500 entradas. Hay de todo allí: una biografía, Luis Razetti; un curso de higiene militar, naval, de la aviación y educación sexual; títulos de temas farmacéuticos; además recordemos, no estamos hablando de un médico solamente sino de un farmacéutico. Y al doctor Rísquez además le cabe un honor que él no pudo ver en toda su magnitud.
Y es que fundó una saga de médicos en Venezuela. Una saga completa: su hijo Jesús Rafael Rísquez, sus nietos Rafael y Fernando Rísquez Iribarren, sus bisnietos Eliana, Jorge, Diana, Francisco y Álvaro Rísquez son todos médicos. Es una saga de médicos venezolanos del primer orden, formados todos en las facultades de medicina venezolanas. Y bueno, por ahí deben venir los tataranietos del doctor Rísquez a recoger el testigo de sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos, y al fundador de la estirpe de grandes médicos venezolanos, el tatarabuelo, el doctor Francisco Antonio Rísquez.
Que junto con el Dr. Hernández, con el doctor Gabaldón y con el doctor Alvarado forman estos cuatro médicos venezolanos distinguidísimos, con extraordinarios aportes al país, que hemos trabajado en este primer programa de una serie nueva sobre personajes, que tiene una variación en relación con series anteriores sobre personajes y es que vamos a trabajar grupos profesionales. Hoy vimos, hicimos estos retratos de cuatro médicos, pero pronto veremos pintores, poetas, empresarios, narradores, músicos, arquitectos, historiadores, inmigrantes que fueron grandes venezolanos, próceres, presidentes de la República. De modo que será una serie de unos cuantos programas donde iremos agrupando por afinidades profesionales a venezolanos en distinta época y distintos logros, pero siempre con logros que anotar en sus haberes, de eso no hay la menor duda porque si no, no estaríamos aquí hablando de ellos como lo estamos haciendo en este primer programa de Venezolanos dedicado a esta nueva serie.
Como siempre ha sido un gusto hablar para ustedes, soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter arroba Rafael Arráiz. Entonces, como les dije antes, aquí estamos iniciando esta nueva serie de personajes venezolanos, cuatro médicos que hicieron grandes aportes a la civilidad, a la ciudadanía y a la venezolanidad. Ha sido un gusto hablar para ustedes; hasta nuestro próximo encuentro.