2 artistas y 1 crítico. Zapata, Zuloaga de Tovar y Palenzuela.

Pedro León Zapata, María Luisa Zuloaga de Tovar y Juan Carlos Palenzuela.

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Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos a dedicarle el programa a dos artistas plasticos y a un critico de artes plasticas. Vamos a comenzar por un extraordinario venezolano. Quien quiera escribir la historia de Venezuela en el siglo XX y en el XXI encontrará, en su navegación, varios islotes imposibles de eludir. Uno de ellos, por supuesto, es el petróleo; otro, las reinas de belleza; y otro, el apellido Zapata, con las aes abiertas y sin el travesaño típico de la letra A.

Es decir, se necesita no haber leído jamás El Nacional como para no haberse topado con una caricatura de Pedro León Zapata. De modo que difícilmente alguien que haya vivido en Venezuela los últimos 60 años no ha abierto la boca con el trazo de sus caricaturas. Son para desternillarse de la risa en muchísimos casos.

Pero lo más interesante de la obra de caricaturista de Zapata es que es la más significativa de la historia venezolana. Desde que Colón apareció por aquí con sus ojos enfermos de conjuntivitis y el alma en vilo, la caricatura ha estado relativamente presente. Y también la pintura es de significación en la obra de Pedro León Zapata, que además de un gran caricaturista fue un extraordinario pintor. Por supuesto, su caricatura puede ser tenida también, además del hecho plástico, como un hecho periodístico, porque esas caricaturas tenían un texto en el que Pedro León Zapata editorializaba, opinaba, signado por la brevedad y lo económico.

Por ese destello maravilloso que es el ingenio y el humor. Porque en esto del humor, ¿quién superaba a Zapata? Bueno, nada de lo que hacía Pedro León Zapata es fruto de un don unívoco. Y digamos que en poquísimos creadores se da un talento que vamos a llamar ecuménico.

El talento de Zapata era ecuménico y Zapata era tachirense, además; es un dato que no podemos pasar por debajo de la mesa porque se trata de uno de los gentilicios venezolanos de mayor importancia. En toda su obra, podemos afirmar que respira un humanista, un lector, y se ve dominado por un deseo polimorfo que además es la fuente de uno de los mayores placeres del hombre: el placer de aprender. Zapata experimentaba ese gran placer de aprender. Este goce que encuentra acicate en la curiosidad es una de las causas que ha llevado a Zapata a hacerse de una cultura desproporcionada, absurda, en un país donde el conocimiento y la decisión de darle paz a la curiosidad que lo provoca no es que valgan demasiado si se le compara con el poder en Venezuela.

El conocimiento vale menos y eso era una de las fuentes principales del deseo de Pedro León Zapata. De allí que podamos afirmar que Zapata es una rara avis: si pensamos en su excepcional obra de pintor, de humorista, de caricaturista y de periodista, entenderemos que no es lo que sea, sino que trascender sus oficios lo lleva a ser un diestro oficiante. El genio de Zapata es múltiple y la obsesión es un rasgo; a Zapata lo dominaba un genio feraz, fértil, y además era muy obsesivo.

Sólo un espíritu obsesivo podía organizar su voluntad para atender una caricatura diaria, siempre inteligente. En un país como Venezuela, que da para muchas caricaturas, no es fácil escogerlas, y ahí estaba otro de los tinos de Pedro León Zapata. De modo que sólo un obsesivo se levanta todas las mañanas a interpretar el mundo en pocos trazos y palabras, sin acercarse ni un milímetro al precipicio de su propia retórica.

Jamás Zapata incurrió en una retórica de sí mismo, de su propio estilo. De allí que podamos también afirmar que Zapata no era una sola persona, era una multitud que hablaba a través de él, pues no habría manera de que los venezolanos tuviésemos entre nosotros un ser tan proteico, tan centáurico y exasperantemente inteligente como Pedro León Zapata. Pero bueno, ¿quién no ha pensado en Zapata cuando alguien pregunta por un titular absoluto de la inteligencia?

Por supuesto, todos hemos pensado en él y, sin embargo, lo que celebramos, además de la inteligencia de Zapata, es su talento y que su talento no es único ni estático, ni duro, ni severo, sino que es más bien como un pez en el agua. Esa es una hermosa imagen para definir el talento de Pedro León Zapata. Por supuesto, la sorpresa es uno de los elementos esenciales de su obra en la caricatura. Pero ese no es el único factor: Zapata es algo más que un hombre que produce sorpresas.

Es un hombre que produce también belleza y asombro. El asombro quizá define mejor que la sorpresa lo que Zapata lograba todas las mañanas con sus caricaturas y nos hacía sonreír a todos. Por supuesto, la rapidez era una de las virtudes de Pedro León Zapata, la rapidez en el trazo, para que ese destello de humor que él estaba construyendo a partir de unos datos de la realidad pudiese llegar al papel con un trazo rápido y definitorio. De eso se trata la caricatura, pero también hay algo interesante: las veces que uno vio a Pedro León Zapata de maestro de ceremonias en una subasta, por ejemplo, o dando un discurso, disertando frente a una audiencia que estaba embelesada con el fuego de sus humores.

Y bastaba verlo en esas funciones para darse cuenta de que la velocidad estaba con él; no trastabillaba ni un segundo. Pedro León Zapata era preciso, rápido, humor de alta velocidad, y allí podemos decir que esa velocidad estaba en su ingenio verbal y en su mano de dibujante. Y también estaba cuando hablaba, porque esto no lo podemos pasar por alto: es que Pedro León Zapata hablaba maravillosamente. Verbalizaba un castellano exacto, medido y rico.

Y lo pronunciaba con un gozo que parecía un cantante que iba dominando el retumbar de las cuerdas vocales y venciendo la exigencia de los tímpanos más severos. Los discursos de Zapata, los juegos verbales de Zapata, eran verdaderas canciones. Incluso yo diría que eran homenajes al mejor español, al español mejor pronunciado, con los giros etimológicos más sorprendentes y la mayor belleza. Había un regusto: uno lo oía hablar y experimentaba el placer que él estaba sintiendo al hablar.

Allí había un gozo casi erótico en los momentos en que Zapata hablaba, y bueno, oír hablar el castellano a Pedro León Zapata era advertir cómo disertaba un hombre fascinado por las delicias del lenguaje, por sus combinaciones, por la alegría de las frases largas, por los hiatos, las oraciones parentéticas, las ramas, las subramas, las cabriolas. Se metía por vericuetos y, sin embargo, llegaba otra vez al río principal. Se perdía en una cantidad de caños, en ese delta mental que era la cabeza de Pedro León Zapata, y de pronto regresaba al río principal como si fuese un mago extraordinario. Y la audiencia entraba también en ese río.

Y se daba cuenta de que Pedro León había dado por una cantidad de caños para terminar allí otra vez en el río central. En la próxima parte del programa continuamos con Pedro León Zapata, ya regresamos. En la parte anterior del programa hablábamos de Pedro León Zapata y en esta segunda parte continuaremos hablando de él.

Comenzamos señalando algo evidente, y es que la ironía y el humor son dos caras de la misma moneda del ejercicio crítico. Son dos recursos de la crítica; por supuesto no son los únicos recursos de la crítica, pero son dos recursos de oro, y caramba que sí los manejaba Pedro León Zapata con destreza. De modo que ese es un punto importante: tanto la ironía como el humor suponen tomar distancia. Si no tomamos distancia, no podemos ver ni el hecho humorístico ni el hecho que puede dar pie a la ironía.

Y tampoco, en consecuencia, podemos articular un pensamiento crítico. De modo que si no tomamos distancia, esa realidad va a ser vista de manera más chapucera, más mustia, más plana. De allí que estos dos recursos del humor y la ironía que Zapata manejaba con grandes destrezas sean centrales en su trabajo.

Pero hay un paso todavía más difícil, y es cómo articular críticas irónicas y no herir. Esto es todavía más difícil porque la crítica irónica fácilmente cae en la descalificación y allí pierde fuerza: cómo hacer crítica irónica y no herir, cómo hacer humor y no burlarse. Esto no es nada fácil; el precipicio de las críticas irónicas es la herida y el barranco del humor es la burla.

Y, sin embargo, Zapata sorteaba esto todas las mañanas con sus caricaturas porque allí había equilibrio y ponderación sin dejar de ejercer la crítica irónica y el humor. Y también hay algo que se dice con frecuencia en la sabiduría popular y que él encarna con gran pertinencia: esa frase que dice "nadie más serio que un humorista". Y eso es cierto. Es decir, el humorismo bueno, el humorismo de Zapata, no hay que explicar más, es sumamente serio.

El humorismo retórico, burlesco, o la ironía hiriente pierden muchísima fuerza. De modo que esto que lograba Zapata tampoco se trataba de un logro de la prudencia; no es que Zapata fuese un hombre prudente y que no tocaba ni con el pétalo de una rosa a nadie. No, eso para nada, pero no era un desalmado en su crítica; había una percepción del otro que lo limitaba, lo sustraía, y eso es muy difícil de lograr, además de muy importante, esa suerte de equilibrio trapecista que tenía Zapata en el uso de estos recursos. En eso fue verdaderamente un maestro.

Bueno, estamos hablando, como les dije al principio, del gran dibujante y extraordinario caricaturista, de un buen pintor, de un humorista de primer orden. Y bueno, ¿qué más se puede decir de Pedro León Zapata? Hay una faceta que no hemos referido y son sus programas de radio aquí en Unión Radio con Miguel Delgado Estévez y Laureano Márquez. Allí hay una sección, todavía la pasan, se llama Zapatancias.

Zapatancias son pequeñas joyas del género. De modo que en la radio, Pedro León, en lo que estuvo durante muchos años, fue verdaderamente un placer extraordinario oírlo hablar, dialogar con Miguel y con Laureano, y felizmente ese programa continúa, no con Zapata, imposible, pero allí está su eco y su impronta. Y sus dos amigos no dejan de recordarlo y de señalarlo y traerlo a cuento cuantas veces el diálogo que sostienen lo permite. De modo que, bueno, hasta aquí Pedro León Zapata, un extraordinario venezolano del que no habíamos hablado en estos programas que venimos haciendo desde hace ya un buen tiempo.

Vamos a hablar ahora de una ceramista, María Luisa Zuloaga de Tovar, y nos entusiasma hablar de ella a partir del libro editado por otra excelente ceramista que es Gisela Marturet de Tello. Gisela se propuso recoger la obra de la ceramista María Luisa Zuloaga de Tovar en un libro y ahí hay un trabajo extraordinario. Debo además hacer algunas confesiones personales: durante mi infancia fui con mi tía abuela y con mi madre muchas veces a la casa-taller donde vivía María Luisa Zuloaga en Vallabajo. En esa zona de Caracas, muy cerca de Los Rosales, enfrente del paseo Los Próceres, con la autopista de por medio, yo recuerdo, de niño, que se abría un portón gris si uno entraba a aquella casa vieja, una casa colonial que había sido la casa de la hacienda, y allí estaba ella trabajando.

Y yo recuerdo alguna vez haberle preguntado: bueno, ¿qué haces? Yo era un niño de seis o siete años y ella me dijo con una gran picardía: "estoy jugando con tierra". Bueno, claro, era ceramista, estaba jugando con tierra. A mí aquello me produjo una gran curiosidad y también me llamaba la atención que al lado de ella estaba su marido, Mauro Tovar, que no estaba jugando con tierra pero sí estaba jugando con metales, verdad, porque hacía joyas.

Y también alguna vez vi cerca a su hermana, la extraordinaria pintora Elisa Elvira Zuloaga, que era una mujer más bien severa. Todo lo simpática y reilona y dicharachera que era María Luisa, Elisa Elvira era un tanto grave, y eso se veía en su pintura: extraordinaria pintora. Muchos de sus cuadros son unos árboles sin hojas o árboles desnudos; hay allí un drama interior interesante que estaba en ella. Bueno, esa era una especie de casa-taller por allá en el suroeste caraqueño.

Estas hermanas Zuloaga, María Luisa y Elisa Elvira, estudiaron escultura con Ángel Cabré y Magriñá. ¿Quién era este señor? Un artista catalán, padre nada menos que de Manuel Cabré. ¿Y quién trajo a Ángel Cabré y Magriñá a Venezuela? Joaquín Crespo, lo trajo para que trabajara aquí.

Y luego, después de haber estudiado con él, en 1939 María Luisa Zuloaga estudió cerámica en Nueva York. Su taller es instalado allí, en Vallabajo, cuando ella regresa de haber estudiado cerámica en 1941. Y ahí estuvo ella trabajando sin cesar hasta el día de su muerte en 1992, cuando tenía 90 años. De modo que pasó María Luisa medio siglo jugando con tierra, como decía ella, pero hay que añadir que esa tierra, si después no entraba en el horno y se controlaba el fuego del horno, esa tierra no pasaba de ser tierra.

De modo que ahí estaba la magia de las cerámicas. Yo veía, de niño, absorto, fascinado, aquella alquimia que había en esta casa. Ese libro del que venimos hablando tiene un texto de María Fernanda Palacios, bellísimo. María Fernanda Palacios, como todos sabemos, es una de nuestras grandes ensayistas, una profesora adorada por sus alumnos y una poeta poco conocida, pero muy interesante, con obra muy interesante.

En ese libro también hay análisis de Mario Génie a mi heriterán y de Ernesto J. Guevara, y también una entrevista que sostuvo Yolanda Pantín, la poeta, con esta artista en el año 1990. Y también en este libro hay una foto del extraordinario retratista venezolano Vasco Szinetar Gabaldón. En la próxima parte del programa continuamos con esta extraordinaria ceramista venezolana.

En la parte anterior del programa, aludimos a un diálogo o una entrevista entre Yolanda Pantín y la ceramista María Luisa Zuloaga de Tovar. Y en ese diálogo que está recogido en el libro que publicó Gisela Marturet de Tello, María Luisa afirma lo siguiente: "Las únicas salidas que yo hago son para ver las exposiciones. Las veo todas; no es que todas sean buenas, pero para ver una buena tienes que ver 20 malas. Yo sé que soy muy vieja y no pretendo no serlo. Pero tú comprenderás que cuando me llevan y me sientan en una mesa con mujeres extrañas, que solo hablan de dolencias y la falta del servicio, eso es muy fastidioso. Todos sabemos que las cosas están más caras, compren menos cosas".

Bueno, esta respuesta es fabulosa porque en el fondo lo que ella está diciendo es que no la inviten a goberías, a hablar del precio de las cosas. No, ella lo que quiere es trabajar e ir a sus exposiciones y hablar con gente inteligente, porque es lo que queremos todos realmente. De modo que, bueno, pero fíjense, no puede quedar la impresión de que ella estaba ahí encerrada, sola, en su trabajo, aunque esto es en alguna medida cierto. Pero también había gente allí: estaba su esposo, que trabajó al lado de ella, y estaba su familia; había muchas visitas.

Y ella se propuso hacer algo muy simpático: toda persona de importancia, escritor, músico, mandatario extranjero o lo que sea que pasaba por Venezuela, ella se acercaba, buscaba la manera de acercarse a donde estuviese esa persona y le pedía que firmara en un sitio. Y esa firma ella después la llevaba a un plato; por ejemplo, el plato de Pablo Picasso tenía su firma porque ella la había recogido. Esa colección de platos de María Luisa Zuloaga es legendaria. ¿Y bueno?

Hay que señalar que, además de su obra, su obra como ceramista también era su vida. Esa vida en Vallabajo y ese espacio sereno, austero, sostenido por el sentido común, es el espacio donde aquella mujer sonriente lograba esa alquimia: transformar los elementos primarios en otra cosa. Eso es lo que a mí me fascinó aquella vez de niño, cuando la vi haciendo aquellas maravillas que para mí eran actos de magia y para ella era jugar con tierra.

Y eso fue, dentro de su humildad, lo que María Luisa Zuloaga de Tovar dijo que hizo toda la vida: jugar con tierra. Caramba, pero qué belleza de cosas hizo en ese juego con tierra. Bien, veamos ahora algo sobre el crítico de artes plásticas que dijimos al principio que íbamos a trabajar y no dijimos de quién se trataba.

Me refiero a Juan Carlos Palenzuela, se propuso en los últimos años de su vida hacer unos libros de historia panorámica de las artes plásticas venezolanas que están muy bien hechos. Palenzuela era historiador graduado en la Universidad Central de Venezuela. Hay uno de esos libros que se titula Arte en Venezuela 1838-1958, un libro auspiciado por la Fundación Banco Industrial de Venezuela, y que es un aporte de la mayor importancia. Y se inscribe en una escueta tradición de libros, estudios e investigaciones de historia de la pintura en Venezuela.

Por supuesto, allí el pionero de mayor importancia por su labor fundacional fue Alfredo Boulton, con sus tres tomos de La historia de la pintura en Venezuela: el tomo 1, época colonial; el tomo 2, época nacional; y el tomo 3, época contemporánea. Antes, en el siglo XIX, publicó el general Ramón de la Plaza sus ensayos sobre el arte en Venezuela. En el siglo XX contamos con el libro de José Nucete Sardi, Notas sobre la pintura y escultura en Venezuela, un libro de 1940. Y, por supuesto, el libro canónico, clásico, de Henrique Planchart, que se titula La pintura en Venezuela, que es de 1956.

Pero se necesitó que pasara un tiempo para que alguien emprendiera una visión global o una visión completa, y eso fue lo que hizo Palenzuela con este aporte tan importante de Arte en Venezuela 1838-1958. Allí, desde que uno abre el libro, está la firma del acta de la independencia de Juan Lovera; más adelante aparecen los Coloritmos de Alejandro Otero; también está Autorretrato con muñeca de Armando Reverón. Y en el preámbulo el autor reconoce y rinde homenaje a Alfredo Boulton y Carlos Duarte por sus estudios acerca del arte nacional del siglo XVIII.

Y además hace una cita de Carlos Duarte, de ese gran historiador venezolano, en la que dice: "En Venezuela no es que no hubo pasado artístico, sino que en su mayoría lo hemos hecho desaparecer. Lo poco que queda, lo hemos menospreciado". Caramba.

Qué triste, pero qué importante el trabajo de estos hombres para que eso deje de ocurrir. Y, en efecto, el trabajo de Boulton y de Palenzuela ha sido fundamental para rescatar todo ese mundo del arte colonial que no podemos dejar de observar y dejar de valorar. Bueno, también por otra parte puede resultarle sorprendente a los lectores el hecho de que un polemista como Juan Carlos Palenzuela tenga la voluntad y la disciplina para una navegación larga como esta de Arte en Venezuela 1838-1958. A quienes lo conocemos no nos sorprende, porque sabemos que es un investigador preciso, aventajado, que se detiene en las fuentes, que las disfruta tremendamente.

Lo que ocurre es que Palenzuela fue quizás más conocido por el gran público como un polemista muy fuerte de las artes plásticas porque hacía críticas importantes con mucha frecuencia. Escribió durante muchos años en el diario El Nacional, y cuando no le gustaba una exposición o cuando no le gustaba un libro de arte sus críticas no se hacían esperar. Y eran bastante severas: afilaba el lápiz y eso le creó una bien ganada fama de polemista. Ciertamente, para el gusto de uno, a veces cargaba las tintas, pero siempre lo que estaba diciendo, aunque las tintas estuviesen un poco cargadas, llamaba a la reflexión, tenía interés, ponía a funcionar la cabeza a reflexionar, y esto es fundamental para alguien que hace crítica plástica en los periódicos y en las revistas, como fue el caso de Juan Carlos Palenzuela durante mucho tiempo.

Ahora, no estoy diciendo que este libro que venimos comentando sea un libro aséptico, frío o distante. Esa veta polémica también está en el libro, pero morigerada, matizada. En el libro estaba más decantado por el tiempo; la crítica de los periódicos estaba más signada por la fugacidad y muy probablemente, de muchas de las críticas que él hizo, quizás tiempo después se arrepintió o no se arrepintió del todo, sino que las hubiera dicho de otras maneras. En el libro ese espíritu polémico está presente en unas discusiones: no pierde oportunidad de entrar en un boxeo de sombras con algún otro crítico, sin mencionarlo.

Y esto también le añade un interés particular a esta obra y a las otras obras de Juan Carlos Palenzuela, publicadas en los últimos años de su vida. Realmente, en los últimos años tuvo un trabajo sistemático y publicó varias obras del mayor interés. Recuerdo una sobre Reverón, recuerdo otra sobre la fotografía, recuerdo otras sobre la escultura. De modo que en sus últimos años decantó editorialmente el trabajo que le tomó mucho tiempo, porque realmente la pasión de Palenzuela por las artes visuales se manifestó desde adolescente y yo creo que los estudios formales de historia que hizo ya estaban enfocados en dedicarse a la historia de las artes plásticas venezolanas.

De hecho creo que su tesis de grado se ciñe a este universo temático, de modo que esta obra y las otras son historias críticas; no son historias asépticas, en ese sentido podemos decir que son unas historias modernas. En la última parte del programa continuaremos y cerraremos este programa hablando de la obra de Juan Carlos Palenzuela. Hablábamos en la parte anterior del programa de Juan Carlos Palenzuela, excepcional crítico de artes visuales venezolano.

Y veníamos hablando de su instrumental crítico, cómo abordaba el tema desde una perspectiva crítica, por supuesto. En una investigación como esta, Palenzuela no condescendió con la arbitrariedad; lo que decía estaba sustentado, por más de que a algunos pudiese no gustarles. Pero bueno... no es lo mismo, verdad, ejercer la crítica en un libro que uno está escribiendo con todo el tiempo del mundo, donde puede calibrar los temas, que ejercer la crítica en el espacio volátil de los periódicos o las revistas. Donde hay un jefe de redacción esperando por el crítico.

De allí que el lector va a encontrar en esas páginas de los libros últimos de Palenzuela unas afirmaciones razonadas, sopesadas, distintas de la crítica que lo hizo un famoso polemista. Los mejores aportes de este libro Arte en Venezuela 1838-1958 yo los encuentro en los 58 años del siglo XX historiados. De modo que no quiero decir que los 62 años trabajados del siglo XIX desmerezcan el valor panorámico del arco trazado. Pero sí encuentro que la voz crítica de Palenzuela se mueve mejor porque la conoce más esos hechos en el tiempo que de alguna manera le queda más cercano: son la primera mitad del siglo XX.

La trabaja con mayor profundidad, incluso. Insisto, no es que despache fácilmente el siglo XIX, pero allí no está, a mi juicio, lo mejor del libro. Este tipo de trabajo es urgente en Venezuela. Yo sé que hay unas concepciones historiográficas que se apartan de estas visiones de conjunto, pero estas visiones de conjunto son muy necesarias, sobre todo para después entrar en coyunturas, en procesos, en fenómenos específicos.

Pero tener una visión de conjunto, como decimos ahora, la película completa, siempre es una tarea importante para otras investigaciones y también para fijar los linderos, para establecer períodos, para no dejarnos sumergir en esa fragmentariedad de nuestra memoria, la memoria fragmentaria, sino para tener una visión más panorámica del hecho. Para ver los hechos dentro de un proceso de larga o mediana duración, como hablaba el historiador francés Fernand Braudel. Bueno, uno de los mejores antídotos que podemos tener los venezolanos contra la memoria fragmentaria es el ejercicio de estas visiones de conjunto. Estas visiones de conjunto, que ciertamente tienen un problema, y es que no le permiten al autor tener una gran profundidad monográfica: es imposible, porque si la tuvieran, pues estarían redactando enciclopedias de 16 o 20 tomos.

Entonces, en la visión de conjunto de alguna manera se sacrifica profundidad en determinados creadores o fenómenos, etcétera, pero digamos también es necesario tener esa visión de conjunto. De modo que, bueno, también recordemos que toda historia es una versión de la historia; por eso los historiadores ingleses suelen, sabiamente, subtitular las historias que escriben con un artículo que las singulariza. Si ellos escriben Historia del arte en Venezuela, ellos colocan una historia del arte en Venezuela. Al singularizarlas las están también relativizando, es decir, la versión de ellos de la historia del arte en Venezuela.

Esto es, a mi juicio, un ejercicio de humildad muy interesante e importante en el que felizmente incurren muchos historiadores anglosajones, no solo los ingleses, también los norteamericanos. En el mundo hispanohablante no solemos hacer esto y deberíamos, porque es más humilde y relativiza más el trabajo. Es decir, el arte en Venezuela visto por Juan Carlos Palenzuela, entre otras cosas, ojalá existieran muchas historias del arte en Venezuela de distintos autores y uno pudiese darse el gusto de cotejar las distintas versiones. No son abundantes: hablamos al principio de los trabajos de Boulton, de Henrique Planchart y de Nucete Sardi, y en el siglo XIX del general Ramón de la Plaza.

Y del trabajo de Juan Carlos Palenzuela. Hasta aquí nuestro programa hoy, donde hemos pasado revista a tres venezolanos con fabulosos aportes: Pedro León Zapata, el hombre ecuménico; María Luisa Zuloaga de Tovar; y Juan Carlos Palenzuela, un crítico en arte incisivo. Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca. Y esto es Venezolanos, su programa sobre el país y su historia; me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica, Fernando Camacho.

A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter arroba Rafael Arraiz. Como siempre ha sido un gusto hablar para ustedes. Hasta nuestro próximo encuentro.

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