Alfredo Boulton

Fotógrafo, crítico e historiador fundamental del arte venezolano.

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Introducción y origen familiar

Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. En continuación con esta serie sobre personajes venezolanos de todos los tiempos, hoy vamos a trabajar la vida y la obra de un caraqueño que nació en 1908 y murió en Caracas en 1995; vivió 87 años.

Se trata de Alfredo Boulton, fotógrafo, crítico de las artes plásticas y un historiador de las artes plásticas venezolanas. Vamos a darle un recorrido a su vida y sus aportes, que no fueron pocos y son esenciales tanto para la fotografía venezolana como para la historia de las artes visuales de nuestro país.

Cuando hurgamos en la memoria de los creadores, solemos encontrar en el territorio de la infancia los motivos que articularon sus obras. Y en esto Alfredo Boulton no es una excepción. Él mismo, en una entrevista que sostuvo con Ariel Jiménez para el catálogo de la exposición homenaje que le hizo el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas en 1987 —entonces no se llamaba todavía Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber—, brinda algunas pistas cuando afirma: “Yo nací en Caracas a 50 metros de la estatua del Libertador y papá tenía la colección de objetos coloniales de mi tío Arístides. Arístides Rojas era tío y padrino del papá, nosotros lo llamábamos tío porque papá lo llamaba así”.

Pero no solo Rojas fue una referencia familiar para Alfredo Boulton, sino también su padre, John Boulton Rojas, coleccionista de la obra de los impresionistas. Y también su bisabuelo, John Boulton Townley, fue un personaje importante en esta familia.

Recordemos que los Boulton llegan a Venezuela en 1824 procedentes de Lancaster, Inglaterra, y será precisamente John Boulton Townley el primero que llega, muchacho, porque había nacido en 1805; llega de 19 años y no se establece en Caracas sino en La Guaira. Allí fue creando su empresa y ya para la década de los años 40 y 50 del siglo XIX abre una agencia en Caracas y otra en Puerto Cabello. Se asocia con un norteamericano y crean una naviera. Así es como comienza la famosísima Casa Boulton, de la que desciende Alfredo Boulton.

Este fotógrafo e historiador del que venimos hablando se emparenta con Arístides Rojas, ya que Henry Lord Boulton Schimmel se casa con María Rojas Espaillat y ella era sobrina de Arístides Rojas. De allí que esa vena cultural a los Boulton no solo les viene por ellos mismos, sino también por los Rojas.

Y en la rama materna, la de su madre Catalina Pietri Paul, había una formación importante: recordemos que esta señora había sido educada en París, leía en la lengua de Voltaire y era una lectora. De modo que también influyó esa sensibilidad que se va creando en el niño y en el adolescente Alfredo Boulton.

Formación y primeros pasos en el arte

En 1920 viaja con toda su familia a Europa, al año regresa a Venezuela y se vuelve a ir en 1922. Es entonces cuando estudia en Lausana, en Suiza, luego en Londres, y en estos dos lugares es donde va a cursar el bachillerato. Se establece definitivamente en Venezuela en 1928; entonces cuenta con 20 años y está fascinado por lo que ha visto en París en relación con el arte de vanguardia.

En esa época es cuando traba amistad, una amistad que duró toda la vida de ambos, con su primo hermano Arturo Uslar Pietri. Hicieron juntos revistas, compartieron muchísimo en el mundo del arte, que era la obsesión principal de Alfredo Boulton. En ese regreso de 1928 es cuando comienza a participar con el grupo de artistas que solía reunirse en el taller de Francisco Narváez, el gran escultor. Ese taller quedaba en Catia.

Desde entonces también Boulton comienza a interesarse notablemente en la obra de Armando Reverón. Incluso hay una serie de fotografías tomadas por Boulton en El Castillete, en el año de 1932. Y ya lo tenemos en el año siguiente, en 1933, como el curador de una exposición de Reverón, la primera que se hace en términos individuales, organizada por Boulton en el Ateneo de Caracas.

De modo que tenemos a un joven que ya ha probado la miel que lo ocupará el resto de sus días: es un fotógrafo y comienza a desarrollar el instrumental del crítico de arte. Poco a poco va incubándose el historiador de las artes plásticas que se expresará después.

Vamos a tener a Boulton entre los años 34 y 36 aflorando como crítico de artes detrás de un seudónimo. Ese seudónimo era Bruno Pla y esas observaciones sobre el arte de vanguardia se leían en una revista que él editaba junto con sus amigos Arturo Uslar Pietri y Julián Padrón. Esa revista se va a dar a conocer como El Ingenioso Hidalgo; obviamente le hacían un guiño, un saludo al Quijote, y allí va a desarrollar Boulton probablemente por primera vez en Venezuela lo que hace él sobre el significado del surrealismo.

Para esa exposición de la que hablábamos al principio que se organiza en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Luis Ángel Duque organiza una cronología y organiza también unas etapas en la vida de Boulton. Él fija una primera etapa de 1908-1937, que denomina la etapa formativa; una segunda etapa de 1938-1955, y habla allí de la condición de un escritor secreto, es decir, un escritor que está formándose pero que todavía no ha hecho eclosión; y una última etapa de 1956 hasta el momento de la muerte de Boulton en 1995. A esa etapa Luis Ángel Duque le llama la del gran investigador.

Fotografía: exposiciones, libros y teoría

¿Cuáles son los aportes de Boulton a la historia de la cultura venezolana? Fundamentalmente tenemos aportes en dos campos: la fotografía y la crítica e historia de las artes visuales venezolanas. Su crecimiento ocurrió en la segunda y tercera etapa de su vida de acuerdo con la periodización señalada por Duque.

Veamos primero la obra de fotógrafo de Alfredo Boulton: cuándo comienza y por qué. Él refiere que su tío, Henry Lord Boulton Rojas, le regala una Kodak Best Pocket en 1921. A partir de allí comienza a tomar fotografías fascinado con aquel instrumento que le ha regalado el tío.

Su primera exposición individual va a tener lugar en el Ateneo de Caracas en 1938 y allí se presentaron 35 obras, 35 fotografías. Básicamente nos estamos refiriendo a retratos y paisajes. Fue además la primera exposición de fotografía artística individual que hubo en Venezuela. Repito: la primera exposición de fotografía artística individual que hubo en nuestro país.

Dos años después, en el mismo recinto del Ateneo de Caracas, expone una serie de fotografías sobre el paisaje de los Andes y cuatro años más tarde, en el Museo de Bellas Artes de Caracas, expone otros paisajes. Vamos a tener que en 1948 presenta 30 retratos de venezolanos en los espacios del edificio Planchart. Y en 1952 presenta las series sobre el torero El Diamante Negro. También da a conocer algunos paisajes de España en la Asociación de Escritores de Venezuela.

Hasta aquí, hasta 1952, llegó la exhibición como artista individual que está mostrando su obra por parte de Boulton. Luego expuso sus fotografías que buscaban el esclarecimiento del verdadero rostro de Bolívar. Pero esto se trataba más de una muestra de la iconografía bolivariana que de la obra de Boulton en particular; eso lo vamos a ver luego.

De modo que en esta primera parte del programa hemos dado un panorama del origen de Alfredo Boulton y la historia de su familia, desde que llega el primero en 1824, y cómo él fue interesándose y aficionándose, y luego profesionalizándose como un fotógrafo a partir de aquel regalo que le hace su tío de una pequeña camarita Kodak en 1921. En la próxima parte del programa continuaremos con la vida de fotógrafo de Alfredo Boulton. Ya regresamos.

En la parte anterior del programa hablábamos de Boulton exhibiendo sus fotografías en exposiciones. Ahora hablaremos como fotógrafo que publica en libros.

Su primer libro se tituló Del occidente venezolano, es de 1940. El segundo libro de fotografía fue impreso 10 años después: se titula Los llanos de Páez, de 1950. Y el tercero es del año 52: se titula La Margarita. Este libro fue reeditado muchos años después, en 1981, y en 1982 publica Imágenes, que viene a ser una suerte de antología, toda la obra del fotógrafo. Allí se recoge la experiencia viajera, el descubrimiento de la geografía física y espiritual venezolana, que era para él una urgencia personal y un placer estético.

En un registro distinto, publica en 1979 el libro que se titula El verdadero cuaderno de Guillermo Meneses. Allí está el relato de Meneses, La mano junto al muro, cartas entre Boulton y Meneses —que eran muy amigos— y una serie fotográfica de Boulton que realiza en Mujinga, que es como se llamaba el barrio de mala vida en el litoral guaireño, en donde habitaban los personajes que trabaja Meneses en ese relato excepcional de la cuentística venezolana. Esta serie y el relato, al parecer, nacieron de la misma experiencia.

¿A qué me refiero? A que hicieron una visita a ese barrio, un grupo integrado por Meneses, por Boulton, por su esposa que se llamaba Yolanda Delgado, por Sofía Ímber —esposa de Guillermo Meneses—, por Alejandro Otero, el gran artista, y por Marius Snederman. Esta visita va a ocurrir en 1948. Y con esa visita y conocimiento de los personajes que fue trabajando es la que Meneses, varios años después, ya viviendo en París, va a escribir La mano junto al muro, acaso el relato más perfecto que escribió Meneses.

Hasta donde nosotros sepamos, el texto más completo que se ha escrito sobre la historia de la fotografía en Venezuela es obra de una sobrina de Boulton que se llama María Teresa Boulton. Ese libro se titula Anotaciones sobre la fotografía venezolana contemporánea, publicado en 1990, y allí María Teresa Boulton le atribuye a Boulton varios logros. Entre otros, afirma que un ensayo de su tío, publicado en la revista Shell en 1952, fue donde se deslindaron las aguas en cuanto a la consideración de la fotografía como quehacer artístico en el país. Es un trabajo que Boulton tituló La fotografía es un arte.

Entonces se preguntaba nuestro fotógrafo, y él mismo respondía, que el autor estaba por encima del medio; que el fotógrafo debía ser un constructor de la imagen y no un reproductor de la realidad. A partir de allí, la autora distingue entre la fotografía pictorialista y la artística, y le concede a Boulton el aporte de haber sido el primero en clavar su bandera en suelo patrio. En ese sentido, ella sostiene que Alfredo Boulton fue el primer fotógrafo artístico que hubo en Venezuela. Ella le reconoce cualidades pictorialistas a los anteriores, a Manrique, a Enrique Abril y a Domingo Luca, por citar algunos, aunque no los menciona. Y lo que hace es señalar a Boulton como el pionero de la fotografía artística, cosa que es cierta.

Ella apoya su afirmación en otra del propio Alfredo Boulton. Dice el fotógrafo: “La nueva fotografía comienza cuando se reconoce como valor artístico la emoción que surge a partir de la imagen, captando una experiencia significativa y las prácticas formales de reglas estéticas inspiradas en la síntesis y geometría”. Bien, nosotros aceptamos esta tesis, pero nos gusta recordar que en la obra de Enrique Abril o Domingo Luca, por ejemplo, también se halla un acento que va más allá de la intención documental. Es fotografía pictorialista, sí, pero hay algo que también ya tiene un toque artístico.

Eso no invalida el hecho de que haya sido Boulton el primero que conscientemente desarrolla la fotografía artística en Venezuela. También es bueno recordar que Boulton no es el primero que sale a fotografiar el país, y en esta materia lo que hizo Enrique Abril fue asombroso: prácticamente retrató a Venezuela de punta a punta. Estamos hablando de finales del siglo XIX. Recordemos que la mayor parte de las fotografías de Abril se publicaban en El Cojo Ilustrado.

También consignamos la existencia muy curiosa del Club da Guerre, un club de fotógrafos que había en Carúpano, que salían sistemáticamente a fotografiar el entorno, los alrededores de Carúpano y Río Caribe. Ahí había ya una práctica paisajística importante. De modo que es cierto que Boulton es el primero que ve todo esto desde una perspectiva más autónoma, con ojos más educados por las corrientes de la vanguardia artística europea.

Como afirma su sobrina en su libro: “La fotografía de Boulton es un homenaje al triunfo de la composición en la belleza, a las fuerzas creadoras del hombre y la naturaleza, a la curiosidad por la fábula imaginaria, un testimonio de una cultura artística”. No hay duda de que estamos frente a un ojo educado con cultura artística, como lo dice María Teresa Boulton, un ojo que, atendiendo a su vez algunos usos fotográficos de su época, logra un aporte personal.

Allí en sus fotografías vamos a ver cierto toque mitológico en el tratamiento de los personajes retratados. Recuerdo unos pescadores en Margarita, la propia serie del torero El Diamante Negro: hay un sentido mitológico importante y, por supuesto, había una expresión de la armonía, conocimiento para la composición. De modo que todo eso aparece en Boulton.

De allí que podamos afirmar que Boulton no le rindió ningún tributo a la fotografía documental. Para él las fotografías eran arte y no trabajó una fotografía vinculada con las ciencias aplicadas o con ninguna otra ciencia que requiriera la fotografía como soporte documental. Para él la fotografía era arte: fue el primero que consideró la autonomía de la fotografía como un valor fuera de toda sospecha. Y es por eso quizás que se impone una pregunta: si todo esto estaba tan claro, ¿por qué dejó de tomar fotografías hacia finales de las décadas del 50?

¿Qué fue llamándolo cada vez más y con tanta fuerza que lo hizo dejar de lado los bártulos sobre la mesa y atender otras urgencias? Y aquí aparece otra pasión de Alfredo Boulton: las artes plásticas en la crítica y la historia de las artes plásticas.

Y también una pasión permanente en él, a la que le dedicó muchos años, fue la iconografía de los próceres. Recordemos que los estudios de Boulton sobre el verdadero rostro de Bolívar fueron sistemáticos y son grandes aportes. Y esto le iba pasando a medida que se consustanciaba con bibliotecas y archivos. Se iba preguntando cómo era el rostro de Bolívar.

A él le resultaba inadmisible que los venezolanos, que seguíamos el mito bolivariano desde los tiempos celebratorios del centenario de su natalicio cuando el general Guzmán Blanco mandaba en Venezuela, no conociéramos el rostro exacto del mito, el mito de Bolívar. Por eso Boulton le dedicó mucho tiempo a investigar y deshacer ese entuerto.

Y de allí surgen unos cuantos libros que luego daremos sus títulos sobre la iconografía del Libertador. Por otra parte, se fue encendiendo en él otro llamado: ¿cómo es posible que no exista una historia completa, moderna y documentada de las artes plásticas venezolanas? Entonces Boulton le va a dedicar muchos años a escribir esa historia.

Esa historia le toma varios años. Fue un proyecto de vida que lo fue combinando con la tarea del crítico, pero la tarea del crítico se desprendía o iba de la mano con las tareas del historiador. ¿Qué quiere decir esto? Que de pronto en la investigación le aparecía un personaje, un pintor que le importaba mucho, detenía la investigación y trabajaba ese pintor de manera monográfica, exclusiva, durante meses y a veces años, como es el caso de Reverón, por citar un solo ejemplo.

De modo que el crítico y el historiador comenzaron a encontrar un camino. Ese camino no se detuvo hasta el final de los días de Boulton. El fotógrafo quedó en el pasado. Por supuesto él era quien negaba su condición de fotógrafo. De hecho, reeditó varios libros de fotografía suyos, pero la tarea del historiador y las artes plásticas le había tomado toda la líbido, toda su pasión, todo su entusiasmo. Y en eso estuvo durante varios años, como veremos con detenimiento en la próxima parte del programa. Ya regresamos.

Historia del arte e iconografía

En la parte anterior del programa referíamos cómo el proyecto de escribir una historia de las artes plásticas en Venezuela va tomando todo el tiempo, toda la atención de Boulton. Juan Carlos Palenzuela, un excelente crítico de las artes visuales lamentablemente fallecido muy tempranamente, en su libro Fuentes bibliohemerográficas sobre Alfredo Boulton, publicado en 1993, recoge una entrevista que Boulton le concede a El Nacional en 1962. Allí él anuncia lo que está haciendo. Dice entonces don Alfredo:

“La historia de la pintura venezolana se ha venido haciendo a base de recuerdos orales, de anécdota pura, sin ninguna sistematización ni base de investigación científica. Ahora yo trato de escribir una historia distinta: bases documentales y críticas a base de investigación directa, de análisis de épocas e influencias”.

Y es entonces como dos años después, en 1964, publicó el primer tomo del proyecto de su vida: se tituló Historia de la pintura en Venezuela, tomo 1, época colonial. En 1968, cuatro años después, sale el segundo tomo, Historia de la pintura en Venezuela, tomo 2, época nacional, y cuatro años más tarde, en 1972, publica el tercer tomo, Historia de la pintura en Venezuela, tomo 3, época contemporánea.

En el tomo 1 vamos a leerles un fragmento, no tan largo, cuando él explica lo que se propone y el sentido, quizás la importancia, de lo que está desarrollando. Dice en la Advertencia preliminar del tomo 1:

“Dentro de las principales actividades culturales de Venezuela, la pintura ha ocupado siempre un importante sitio. A muchos podrá parecer esta afirmación un tanto arriesgada, pero tal escepticismo es debido en buena parte a que, en general, falta un verdadero conocimiento de aquellas actividades, especialmente de las realizadas durante el período colonial”.

“El estudio de las artes plásticas venezolanas ha quedado circunscrito a un pequeño grupo de especialistas; los responsables de nuestros programas educacionales casi todos desconocen aquel aspecto de nuestro acontecer cultural. Para la consulta del estudioso existen los trabajos de Ramón de la Plaza, publicados en 1883, ciertas notas de Arístides Rojas y luego los aportes de Manuel Landaeta Rosales, Jesús Semprún e Enrique Planchart”.

“Posteriormente han tratado el tema Carlos Manuel Möller, Enrique Bernardo Núñez, José Nucete Sardi, Juan Roll, Juan Calzadilla, Perán Erminy y quien esto escribe. Recientes investigaciones basadas en nuevos métodos han permitido modificar varios conceptos emitidos anteriormente por muy valiosos historiadores y críticos, en especial en lo relativo a la pintura del período español”.

Así nuestras artes plásticas aparecen ahora bajo una nueva luz. Se trata de escribir una historia de la pintura moderna y de revisar lo ya hecho; por eso él comienza por la época colonial.

Y conjuntamente con esta labor de historiador va expresándose el crítico de artes plásticas. Esta faceta la aborda con monografías sobre la obra de algún pintor venezolano o de algún pintor extranjero que haya pasado en Venezuela, como es el caso de Camille Pissarro. Esa lista de libros de investigaciones de Boulton sobre pintores venezolanos es larga y merece la pena ser referida.

La encabeza Armando Reverón, un pintor venezolano, en el año 64. Camille Pissarro en Venezuela, 1966. Un libro sobre Alejandro Otero, 1966. La obra de Rafael Monasterios, 1969. Soto, 1973. Cruz-Diez, 1975. Narváez, 1981. El pintor del Tocuyo, que es un pintor colonial, 1985. Y dos libros, uno sobre Poleo, 1986, y otro sobre Cabré, en 1989.

También, contemporáneamente con esta labor de crítico de las artes plásticas, está lo que señalamos hace un rato en el programa: su interés por la iconografía prócera. ¿Cómo era el rostro de los próceres? En el caso del general Páez no hay duda, porque el general Páez vive en tiempos que aparece en la fotografía. No es el caso de Bolívar, no es el caso de Miranda, no es el caso del gran mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre.

Un primer libro sobre la iconografía de los próceres va a ser 20 retratos del general José Antonio Páez, de 1972. Luego viene Miranda, Bolívar y Sucre, en 1980. El famoso título de Boulton, que es el siguiente: El rostro de Bolívar, 1982. El arquetipo iconográfico de Bolívar, 1984. Bolívar en Carabobo, 1991. Iconografía del Libertador, 1992. Y en 1994 publica Iconografía del Gran Mariscal de Ayacucho con motivo del bicentenario de Antonio José de Sucre.

Entonces, pues, tenemos esos cuatro ríos centrales en su producción bibliográfica: la fotografía, con la que comenzamos el programa; la investigación iconográfica de los próceres nacionales; las monografías sobre pintores venezolanos; e Historia de la pintura en Venezuela.

Y al margen de esto, hay unos cuatro libros solitarios en su naturaleza que no están vinculados propiamente con estas cuatro líneas centrales de trabajo. Me refiero a El solar caraqueño de Andrés Bello, un libro del año 1978; El arte en la cerámica aborigen de Venezuela, en 1978, un libro particularmente importante; El arte en Guri, 1988; y Cromoestructura radial, 1989. Este último se refiere a la obra Homenaje al Sol de Carlos Cruz-Diez.

Por cierto, merece una mención especial lo de El arte en Guri. No podemos olvidar que alrededor de la central hidroeléctrica de Guri, tanto en las salas de máquinas como en los espacios exteriores, EDELCA, la Corporación Venezolana de Guayana y la Electrificación del Caroní, estuvieron en muy buenas manos organizando todos esos espacios con grandes artistas venezolanos activos para el momento en que se construyó esta gran central hidroeléctrica.

Recordemos que las máquinas, las turbinas de Guri están intervenidas pictóricamente por Carlos Cruz-Diez. Recordemos que al lado del salto de agua de la represa está una escultura monumental de Alejandro Otero. Recordemos que hay un museo también muy cerca de Guri. De modo que allí EDELCA no olvidó a los grandes pintores venezolanos. Y ese libro de Alfredo Boulton, El arte en Guri, se refiere al tema este.

El otro, sobre el Homenaje al Sol de Carlos Cruz-Diez, se refiere a esta obra urbana de Cruz-Diez en Barquisimeto, que es ese reloj de sol que está allí, en una redoma, en Barquisimeto, en el comienzo de la avenida Libertador, si mi memoria no falla.

Hay otra faceta que no hemos señalado y es cuando Boulton trabaja con Carlos Raúl Villanueva, con Antonia Palacios y con Arturo Uslar Pietri. Libros propiamente de literatura en el caso de Uslar Pietri y Antonia Palacios, acompañados por fotografías de Boulton; y de arquitectura en el caso de Villanueva, acompañado por fotografías de Boulton.

Mención especial merece el libro Tierra venezolana, un libro de 1953. Ese libro recoge la experiencia viajera por toda Venezuela de Arturo Uslar Pietri y Alfredo Boulton, primos hermanos que durante meses se dedicaron a recorrer el país. Uslar escribió lo que veía y Boulton retrataba lo que veía. Esto lo hacen durante el año 1951 y el año 1952. Y el libro sale en 1953: es un volumen grande de fotografías, por supuesto en blanco y negro, y un libro voluminoso que recoge un trabajo hermosísimo de la mayor importancia.

Hay otro muy hermoso, que es el libro Viaje al frailejón, de Antonia Palacios. En este mismo esquema de salir a recorrer el país, Antonia Palacios lo hace también, y Alfredo Boulton va con ella, con su esposa y con el esposo de Antonia Palacios, que fue el gran publicista Carlos Eduardo Frías. Ese libro se publica en 1955 y tiene el texto bellísimo de Antonia Palacios donde descubre el paisaje de los Andes, la región andina, y tiene las fotografías que Boulton va tomando de ese viaje mítico por una zona que para este par de caraqueños era completamente desconocida.

Hay que decir que los textos y las fotos dialogan muy bien, con holgura, con alegría, y son libros maravillosos que bien pudieran reeditarse para que muchas personas los conocieran. En la próxima parte del programa veremos ya los años finales de Boulton y sus últimas realizaciones. Ya regresamos.

Referíamos en la parte anterior del programa estos libros de textos literarios con fotografía hechos entre Arturo Uslar Pietri, Antonia Palacios y el fotógrafo Alfredo Boulton, y también del arquitecto Carlos Raúl Villanueva con fotos de Alfredo Boulton. De modo que eso cierra el registro bibliográfico que hemos hecho a lo largo del programa.

Podemos concluir entonces que, en el campo de la fotografía, fue Boulton un pionero de la llamada fotografía artística y, en las artes visuales, de alguna manera también lo fue, porque hay algunos antecedentes pero no con los criterios modernos, organizados, con los que Boulton emprendió su tarea de historiar las artes visuales.

Nos estamos refiriendo al antecedente del libro del general Ramón de la Plaza intitulado Ensayo sobre el arte en Venezuela, que es de 1883. Esto es lo primero con lo que contamos, pero obviamente se trata de un libro bastante, vamos a llamarlo, precario, inicial, sin los instrumentos de la modernidad.

Luego vamos a contar con los ensayos de José Nucete Sardi titulados Notas sobre la pintura y escultura en Venezuela, de 1940, un libro bastante bueno que hace un aporte, pero son notas, no es una historia. Y luego con los trabajos que se recogen póstumamente de Enrique Planchart: esos trabajos se recogen bajo el título La pintura en Venezuela. Son publicados en 1956 y la organización de estos trabajos influyó mucho Pedro Grases, el gran bibliógrafo venezolano de origen catalán.

Y también, por supuesto, contamos con una buena cantidad de ensayos de escritores sobre temas artísticos plásticos: me refiero a los trabajos de Mariano Picón Salas, de Fernando Paz Castillo, de Guillermo Meneses, de Juan Liscano, entre otros. Pero ninguno hasta entonces había llevado a cabo la investigación sistemática y la escritura de una historia de las artes visuales venezolanas.

En cierto sentido esta obra es, digamos, el epicentro de todo lo que hizo Boulton como historiador y crítico en las artes visuales. Como fotógrafo ya vimos que es otra historia y otro camino.

No hemos dicho nada hasta ahora sobre su escritura, y no podemos dejar de hacerlo porque se trata de un estilo de una claridad notable, en la que quisieran para sí mismos los investigadores de nuestros tiempos, que muchos de ellos escriben con pedantería cientificista insoportable. En cambio Boulton escribía con gran claridad y cortesía al lector. Eso apreciamos: que los lectores sean corteses, que sean claros, que se les entienda.

De allí que los lectores agradecemos la luz y el lenguaje diáfano, que no excluye la profundidad y la investigación documentada. Todos estos atributos los encontramos en la obra de Alfredo Boulton. Además, el autor no se exime de relatar las circunstancias que adelantan sus investigaciones.

De modo que hay un cierto sabor detectivesco en esto, muy propio de los buenos historiadores. Esto se hace presente en su trabajo. Boulton nos va llevando de la mano por las dificultades que va encontrando en el camino hasta que encuentra los datos. Las fuentes y la investigación que está haciendo requieren hacer al lector copartícipe de la aventura del investigador, es algo que los lectores agradecemos muchísimo.

De modo que al hacer el catálogo de obras imprescindibles de Venezuela del siglo XX, la obra de Boulton está allí. Es nuestra primera historia de las artes plásticas completa, moderna y sistemática. Yo creo que ha debido acercarse a la muerte con la satisfacción de haber concluido el trabajo que se propuso desde muy joven, pero no lo sé realmente. En todo caso no es poca cosa haberse acercado al país desde la perspectiva de una de sus facetas más ricas, la imagen, y además haber organizado historiográficamente ese acercamiento.

Hacia él y su obra, los venezolanos no podemos sentir sino la mayor gratitud. Seguramente las palabras de su gran amiga Sofía Ímber serán más elocuentes que las mías para concluir este programa. Voy a citar a Sofía Ímber sobre el tema:

“Y sin embargo, no son sino la parte visible, o mejor dicho mejor conocida, de una trayectoria humana pública y privada guiada por la rectitud, el desinterés, la bondad, el buen gusto, la laboriosidad, la pasión venezolanista”.

Muy bien. Esta es entonces la vida y la obra de Alfredo Boulton, un venezolano que vino al mundo a enriquecerlo con su vocación, con su trabajo y sus aportes. Y este ha sido Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Les ha hablado Rafael Arráiz Lucca.

Para mí es un verdadero placer hablar para ustedes de venezolanos por los que siento la mayor gratitud y admiración, como este caso. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Víctor Hugo Rodríguez; en la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com. En Twitter, arroba RafaelArraiz. Hasta nuestro próximo encuentro.

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