Médicos Venezolanos. Lauría, Pifano y Convit. Cap 9
Carmelo Lauría Bochichio (1910-1984) Félix Pifano Capdevielle (1912-2003) Jacinto Convit (1913-2014)
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos. Un programa sobre el país y su historia. Hoy, en la continuación de la serie sobre médicos venezolanos, este es el noveno programa que hacemos, donde damos cuenta de la vida y obra de eminentes médicos de nuestro país. Vamos a comenzar, como siempre lo hemos hecho, cronológicamente, con Carmelo Lauría Boquicchio, un hombre que nace en 1910 y fallece en 1984, de modo que vive 74 años.
Era cojedeño porque nació en Tinaco, en septiembre de 1910. Era hijo de don Antonio Lauría y María Boquicchio de Lauría. Hizo sus estudios de primaria y secundaria en el Colegio Don Bosco, en Valencia, en el estado Carabobo, y se graduó de médico en la Universidad Central de Venezuela en 1934. Ese mismo año viaja a Europa, a París específicamente, para realizar un posgrado.
Allá va a estudiar endoscopia y cirugía urinaria en el Hospital Cochin, además de que hizo un curso de ginecología médica en el Hospital Lariboisière de París. Por supuesto, estamos hablando de un eminente urólogo venezolano. De hecho fue uno de los fundadores de la Sociedad Venezolana de Urología en el año 1940. Cuando el doctor Lauría regresa a Venezuela, no se establece ni en San Carlos, ni en Tinaco, ni en Valencia, ni en Caracas, sino en Maracaibo, donde va a pasar algún tiempo y luego sí se establece en Caracas, que va a ser su asiento definitivo, y va a ingresar al Ministerio de Sanidad y Asistencia Social como director de los dispensarios antivenerios central y sureste, allí va a estar hasta 1940.
Y será profesor de venereología en el ministerio y la escuela de enfermeras. Será también cirujano adjunto del servicio de cirugía del Hospital Municipal Psiquiátrico y, como dijimos antes, fue fundador de la Sociedad Venezolana de Urología. En su junta directiva fue presidente en dos oportunidades, también fue bibliotecario y tesorero. Fue director de la revista de urología, fue cirujano adjunto del servicio médico-quirúrgico de emergencia del Hospital Vargas y...
Fue jefe de Servicio de Urología del Hospital Vargas también, profesor en la Cátedra de Clínica Urológica en la Universidad Central de Venezuela y médico jefe del servicio de urología del Hospital Traumatológico del Instituto Venezolano de Seguros Sociales. Dice Leopoldo Briseño Calcaño, en quien nos estamos basando, que, cito literalmente, poseyó un amplísimo récord quirúrgico en el campo de la urología. Practicó casi todas las propias del cirujano y muchas de ellas innovaciones en Venezuela; sus trabajos fueron numerosísimos y figuran de relevancia los siguientes: importancia de la biopsia renal en la exploración urológica, diagnóstico de los traumatismos urológicos y genitales en el hombre.
Y dice Briseño que dirigió numerosas tesis médicas, muchísimos aspirantes a titularse como médico. Fue vocal de la Junta Directiva del Colegio de Médicos del Distrito Federal, miembro de la Federación Médica Venezolana y señala que tenía como hobby el hipismo, cosa que es verdad. Y sus hijos también continuaron con ese hobby. Alberto Fernando Lauría, el doctor Carmelo Lauría Boquicchio, fue el padre de Carmelo Lauría Lecer, un político venezolano de larga trayectoria, sumamente conocido, que también se desempeñó como banquero, siendo presidente del Banco de Venezuela durante varios años. Esta es la vida sucintamente explicada de un urólogo descollante en la comunidad médica venezolana, Carmelo Lauría Boquicchio.
Ahora vamos a dedicarnos a examinar la vida del Dr. Félix Pifano Capdevil, que nació en el estado Yaracuy, en San Felipe, su capital, en 1912 y falleció en Caracas en 2003. De modo que estamos hablando de un hombre de una vida muy, muy larga, unos 91 años de vida tuvo el doctor Pifano. Y nos vamos a basar en los textos escritos sobre Briseño Calcaño y particularmente un homenaje que le rindió el doctor Rafael Musi Mendoza.
Un año después de la muerte del doctor Pifano, ese homenaje está recogido en un folleto publicado por la Federación Médica Venezolana en el año 2004. El Dr. Musi Mendoza titula el trabajo Un maestro de excepción, él fue uno de los discípulos del doctor Pifano y es un trabajo verdaderamente hermoso. Allí nos informa que nace Pifano en Yaracuy el 1 de mayo de 1912 y que era hijo de Carmelo Pifano y de Josefina Capdevil.
Su padre era italiano, ese Carmelo Pifano era italiano; su abuelo Capdevil era francés y sus bisabuelos eran vascos, de modo que allí había un cruce de distintas culturas que desembocaron en Félix Pifano. Nos informa el doctor Musi que estudió en el Colegio de don Egidio Montesinos, al que él mismo califica un semillero de hombres estudiosos propios para el laboratorio, la pluma o el teodolito, o sea, es totalmente cierto. Y luego, como casi todos los venezolanos que podían y que vivían en el centro occidente del país, estudió con los hermanos lasallistas en el Colegio La Salle de Barquisimeto.
Allí confiesa el propio Félix Pifano Capdevil que influyó mucho el hermano Atenasio, fue su profesor de biología, y el hermano Luciano, que fue su profesor de matemáticas. Miren, esto es muy frecuente cuando uno revisa la vida de grandes hombres y personas que han desarrollado una vida profesional fértil; esas personas siempre reconocen a algún profesor en la escuela primaria o en el bachillerato o en la universidad. Los profesores siempre influyen en la vocación de las personas cuando se produce un vínculo particular entre la naturaleza vocacional del alumno y lo que el profesor enseña, y este caso era el profesor de biología y matemáticas, de modo nada más lógico que eso.
Y en esa zona del país, en 1929 el futuro doctor Pifano va a presentar su tesis para el título de bachiller. Esto también es importante recordarlo. En esa época, Venezuela para graduarse de bachiller había que presentar una tesis de grado y él la presenta sobre serpientes ponzoñosas del estado Yaracuy. Era un ofidiólogo consumado, en particular le interesó muchísimo el tema.
Bueno, en el año 29 se viene a vivir a Caracas. Se inscribe en la Facultad de Medicina. Dice el doctor Musi una anécdota muy simpática: se viene de allá en un camión de estacas que está cargado de verduras y él viene allá atrás también, se confunde con apios, tomates, cebollas, desde San Felipe hasta Caracas, en un camión con estacas. Y llega a Caracas a estudiar, por supuesto, tiene muy pocos recursos económicos y consigue un cargo de profesor de biología en el Liceo San José de Los Teques, en 1932.
Iba y venía, daba sus clases, eso lo ayudaba con su presupuesto para vivir en alguna pensión caraqueña, como era lo usual de todos los interioranos venezolanos que se venían a estudiar a Caracas, que se alojaban y no tenían familia en Caracas, que se alojaban en las pensiones. Y aquí dice el doctor Musi que a los 23 años da frutos su conocimiento maduro sobre serpientes y ponzoñas, y 27 de julio de 1935 obtiene el título de Doctor en Ciencias Médicas con una investigación dirigida por el Dr. Enrique Tejera Guevara e intitulada Contribución al estudio etiopatogénico y clínico del empozoñamiento ofídico en Venezuela. Como les dije, se esmeró muchísimo en el tema del veneno de las serpientes, de la culebra y las picaduras en los animales también. ¡Bien!
En la próxima parte del programa continuamos con esta vida larga, fértil y hermosa del doctor Félix Pifano Capdevil. Ya regresamos. Una vez que se graduó el doctor Pifano, de quien venimos hablando desde la parte anterior del programa, retorna a su ciudad natal, a San Felipe, y es designado jefe de Servicio de Medicina Interna en el Hospital San Agustín de San Felipe, pero cuando el doctor Tejera es designado ministro de Sanidad y Asistencia Social.
En el gobierno del general Eleazar López Contreras el doctor Tejera va a crear la División de Malariología, encabezada por el doctor Arnoldo Gavaldón, y el joven doctor Pifano acompaña a Gavaldón a ver en el terreno el trabajo de la Fundación Rockefeller en Costa Rica y en el Canal de Panamá. El trabajo que hace la fundación en contra del paludismo, de la malaria. Y allá va a estar el Dr. Pifano varios meses; se entrena en la lucha contra el paludismo y cuando regresa es designado jefe de campaña en los Valles del Yaracuy, y es proveído de un laboratorio para este fin.
De modo que allá se establece. En esos años también el amor toca a la puerta y se casa con Angelita Cordido. Los Cordido son uno de los apellidos más extendidos e ilustres del estado Yaracuy, y se casan Angelita, el doctor Pifano, y tienen cuatro hijos: Edmundo, Hernán, Alicia y Emilia. Y bueno, ese trabajo en el estado de Yaracuy llega a su fin y a su participación en eso se viene a Caracas.
Y lo vamos entonces a encontrar en 1939, nos informa el doctor Musi, que comparte con el destacado patólogo Rudolf Jaffé en el Hospital Vargas de Caracas y da clases de Clínica Médica en el servicio del doctor José María Ruiz Rodríguez. Y, en 1941, la Universidad Central de Venezuela llama a concurso para la Cátedra de Medicina Tropical, que había sido fundada en 1926 por el doctor Tejera, y Félix Pifano se presenta como aspirante a sustituir al Dr. Alberto J. Fernández, que era el titular de la cátedra. Y es elegido, y bueno, ya pasa a ser titular de la cátedra en febrero de 1942.
Comentaba siempre el doctor Pifano que sentía un gran orgullo de quien le firmó el título, el diploma se le reconoce como tal: fue Arturo Uslar Pietri, que entonces era secretario de la Presidencia de la República durante el gobierno del general Isaías Medina Angarita. En ese trabajo, Pifano insistió en la creación de un Instituto de Medicina Tropical en la Universidad Central de Venezuela y esto logra cristalizarse, se transforma en una realidad durante el gobierno del maestro Rómulo Gallegos. Gallegos decreta la creación del Instituto de Medicina Tropical el 14 de octubre de 1947 y dice el doctor Musi, iniciándose así un glorioso capítulo del estudio de las enfermedades tropicales en Venezuela.
Durante muchos años va a estar el doctor Pifano al frente del Instituto de Medicina Tropical. Una vez fundado el instituto y presidido por el doctor Pifano, él va a permanecer allí al frente del instituto por cerca de 50 años, medio siglo, imagínense ustedes la magnitud de este trabajo. La cátedra como tal la abandona en 1981, pero permanece como director del instituto muchos años más. A su vez fue decano también de la Facultad de Medicina entre 1944 y 1946. También realizó, por supuesto, investigaciones sobre clínica, bioecología, epidemiología, patología experimental y diagnóstico de laboratorio de las enfermedades en nuestro trópico y Latinoamérica.
Tuvo un exilio forzoso por razones políticas y se estableció en el Instituto Cardiológico de México. Esto fue, en tiempos de Pérez Jiménez, que tuvo que irse y allá trabajó especialmente sobre Chagas, tripanosomiasis, leishmaniasis, anquilostomiasis, esquistosomiasis, amibiasis, blastomicosis. Por otra parte fue muy reconocido académicamente y fue miembro correspondiente de la Academia de Ciencias Físicas y Matemáticas, de la Academia de Ciencias de Brasil, de la Academia Nacional de Medicina de Colombia. Un hombre sumamente reconocido en el ámbito académico e internacional también.
De modo que fue el fundador, como les vengo diciendo, y abandona la cátedra propiamente en 1981. Y entonces, uno de sus amigos y exégetas, a quien va a citar el Dr. Musi Mendoza, es Da Silva Lacaz, que dice lo siguiente: deseo destacar entre sus títulos el pionero de los estudios de Medicina Tropical en América Latina. Como pocos, Pifano ha comprendido la importancia de la patología tropical en nuestro medio, contribuyendo enormemente a la valoración del hombre y de la cultura tropical.
Bueno, esto todos lo señalan como el trópico tiene sus particularidades, y eso es algo que va a denominar Silva Lacaz como la cultura tropical y las enfermedades del trópico, de allí que la insistencia del doctor Pifano en crear un instituto de medicina tropical se justificaba perfectamente. Y les dije antes que su oposición a la dictadura de Pérez Jiménez le valió la suspensión de su salario y el exilio.
Y entonces se fue a México, como les expresé, nos informa el doctor Musi, que allá en México aprende del arte de Auenbrugger, Corvisart y de paso enseña su verdad cándida e humanitaria y asoma la mesa de Morgagni. Es impresionado por la poca perceptividad en la búsqueda de las perforaciones hacia la cavidad pericárdica y los abscesos hepáticos amibianos del lóbulo izquierdo. Bueno, también dice el doctor Musi lo siguiente, cito: "La pasión del maestro Pifano era la docencia y a ella dedicó toda su vida universitaria, una enseñanza vívida y sustentada en la praxis con los pacientes. Como debe ser, es difícil pensar que existiera otro maestro que movilizara a los sentimientos más excelsos de sus alumnos".
Siempre tuvo una profunda confianza y fe en su juventud, objetivándose en él aquella frase de Henry Adams que dice un maestro afecta la eternidad, jamás se puede saber dónde termina su influencia. ¿Cómo no serlo?, vuelve ahora a decir Musi. Pifano fue un dador feliz, ese personaje definido por la Biblia como el que da mucho y mucho da sin ser procurado y sin esperar nada a cambio. En su labor pedagógica siempre anduvo a la usanza de las frases decidoras y reveladoras, y como llanero al fin gustaba echar mano del dicho criollo para ilustrar didácticamente sus puntos de vista: "Palabra madrugadora, perro que duerme en la cueva". Era una... era uno de sus favoritos.
Uno de esos refranes favoritos, por supuesto, sigue Musi, valdría decir que el médico al conocer la enfermedad tenía que mañanear, vigilar y adelantarse a sus designios y triquiñuelas. Y también este otro refrán: cochino no come jobo porque no mira para arriba. Esto lo decía tal vez para significar que los frutos del conocimiento no están al alcance de los espíritus pusilánimes. Bien, pues es evidente que el Dr. Pifano conocía el refranero criollo de una sabiduría extraordinaria, yo en particular lo uso permanentemente.
En la próxima parte del programa continuamos con el doctor Pifano. Veníamos hablando del doctor Pifano con base en el trabajo del Dr. Musi Mendoza y voy a leerles un párrafo también de ese trabajo que es muy diciente, dice Musi. Pifano se erige como patrón de la simplicidad en el diagnóstico o de la parquedad en las indicaciones terapéuticas, del trato humanitario y compasivo, ese que tanto sirvió a sus enfermos, de quienes fue seguro recipiente de sus cuitas y confidencias. Sabía mucha materia médica pero también aprendió a ser médico, porque ambos ingredientes por seguro no vienen juntos.
Fue un inconforme y así no se contentó, como tantos, en copiar experiencias foráneas, sino que amasó la suya propia con la maestría de humor febril y el sentido utilitario, que hace que las cosas puedan ser aplicadas y sirven. Afortunado fue de no vivir nuestro país de hoy, donde cunde el resentimiento de quienes no tienen, porque no tienen con qué. Y aquí viene una queja del doctor Musi sobre la Venezuela en nuestro tiempo, que sin duda es una Venezuela áspera.
Dice más adelante, ya terminando su trabajo, dice: no era Pifano un hombre ganado a los honores y homenajes, y por años le vimos rechazar en forma irrevocable muchos de ellos, pues decía que, cito, estaban reñidos con su formación y temperamento. Tal vez por ello, dice Musi, a pesar de haber sido elegido el 28 de abril de 1955 individuo de número de la Academia Nacional de Medicina, pospuso su incorporación para catorce años después. Bueno y finalmente dice lo siguiente el Dr. Musi: su bondad hacia mi persona fue manifiesta y desinteresada, en repetidas ocasiones me manifestó que se iría feliz desde este mundo si a su partida ocupaba yo su puesto en la academia. Menos mal que mi incorporación ocurrió mucho antes, pues además de que distancias insondables separaban su ciencia y su personalidad científica de la mía hubiera sido muy doloroso para mí reemplazar a mi mentor y amigo, a quien quería, honraba y honro en grado sumo.
Qué belleza de texto del doctor Musi en homenaje a su maestro, el doctor Félix Pifano Capdevil. Bueno, veamos ahora otra eminencia médica venezolana, nada menos que Jacinto Convit. Nació en 1913 y falleció en 2014, es un hombre que vive cien años, un siglo, y estuvo activo trabajando hasta el final de sus días. Me voy a basar en un folleto muy bueno publicado por el grupo editorial MacPetry, ese que dirige Crisanto Antonio Bello Betencourt, que publica unas separatas o unos folletos extraordinarios.
Aquí hay uno dedicado al doctor Convit, donde hay trabajos excelentes y de gente altamente calificada como es el caso del Dr. Francisco Kerdel-Vegas, quien publica allí un trabajo que se titula "100 años de una vida útil" y en el sumario se leen las vivencias compartidas entre ellas, las que caben en 25 años de diario trabajo. Le permiten al autor de este texto ofrecer un testimonio de primera mano del camino recorrido junto al doctor Convit tras un sueño casi irrealizable, una obsesión que se plasmó en logros sustanciales, en la lucha para controlar y curar las enfermedades de la piel.
Bueno, este trabajo del Dr. Kerdel da cuenta de los años que el doctor Convit le dedicó a la dermatología, en particular a la enfermedad de la lepra en Venezuela. Aquí el Dr. Kerdel nos va llevando de la mano por el recorrido sabio que tuvo el doctor Martín Vegas como uno de sus maestros iniciales, eminente dermatólogo del que hemos hablado también en esta serie de programas. Y dice Kerdel que Convit tuvo un compromiso con el avance de la dermatología.
Todos los compañeros del Hospital Vargas eran dermatólogos bien formados y las jerarquías en la cátedra y en el servicio se determinaban exclusivamente por la antigüedad. En pocos meses me di cuenta que la persona del grupo más comprometida con el avance de la especialidad y, por tanto, con la investigación era el doctor Jacinto Convit. Tal vez por circunstancias especiales de vivencia compartidas, dice, que ambos fueron alumnos en primaria del Instituto San Pablo de los hermanos Martínez Centeno, donde se formaron muchísimos venezolanos de bien, gente buena.
Y en secundaria estudiaron en el Liceo Andrés Bello y ambos, por supuesto, estudiaron medicina en la Universidad Central de Venezuela, y ambos se iniciaron en la dermatología bajo la maestría del doctor Martín Vegas, quien era pariente muy cercano a Kerdel-Vegas, pero no era el caso de Convit, quien había nacido en Caracas y era hijo de unos inmigrantes catalanes. Se fue abriendo paso con su ciencia y sus trabajos dentro del mundo de la medicina, en particular dentro de la investigación médica. Cuando se creó el instituto en noviembre de 1971, del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, gracias a las gestiones del doctor Jacinto Convit se funda el Instituto Nacional de Dermatología.
Y en octubre del año 84 fue bautizado con nombre Instituto de Biomedicina y allí, en el año 73, se va a establecer la sede del Centro Internacional de Investigación y Adiestramiento sobre Lepra y Enfermedades Afines de la Organización Panamericana de la Salud y de la Organización Mundial de la Salud. Es este lugar donde se va a crear la vacuna contra la lepra hace casi 30 años, un poco más de 30 años ya. Esto lo dice Elsa Rada, quien también publica un trabajo estupendo en esta obra colectiva que se titula "Un importante hallazgo: la vacuna contra la lepra".
Que es, uno, digamos, el punto más alto y punto descollante de las investigaciones del doctor Convit. Este instituto de dermatología, como podemos colegir, si fue fundado en 1971 fue por el respaldo, como en efecto lo fue, del presidente de la República entonces Rafael Caldera y del ministro de Sanidad J. J. Mayo León. El hombre, médico, fue muy conocido, se hizo muy famoso porque... Te recuerdo que lo entrevistaron en televisión y le preguntaron, bueno, qué se puede hacer contra la gripe.
Y él dijo guardar reposo y tomarse un traguito de ron con limón no hace daño a nadie, y eso lo hizo muy célebre al doctor Mayo León, allá de sus calificaciones, por supuesto, profesionales. ¿Cómo fue el tema de la vacuna contra la lepra? Vamos a leer unos párrafos de Elsa Rada. Dice: a partir de los estudios concluyentes realizados en los armadillos y en los cachicamos, pues, y luego de efectuar pruebas en animales y enfermos, se elaboró la primera vacuna preventiva contra la lepra al combinar la vacuna de tuberculosis BCG con el bacilo Mycobacterium leprae.
Y en 1984, la Organización Mundial de la Salud le dio el visto bueno y le encomendó al laboratorio Wellcome en Inglaterra que fabricara las vacunas bajo un código secreto y en las mismas condiciones en las que se trabajaba en Venezuela. Y autorizó la Organización Mundial de la Salud a aprobarla en personas sanas que habían estado en contacto con enfermos para así corroborar su efectividad, y para ello en 1985 en Apure, Táchira y Mérida fueron seleccionados como los estados piloto en los que se realizaron pruebas y estudios previo consentimiento de cada persona. Y se hicieron 29.113 contactos de familiares que cumplían con el perfil requerido.
Bueno, este es el proceso en el que se logra la vacuna contra la lepra en ese instituto que dirigió tantísimos años el doctor Convit. Y aquí hay una frase de él muy interesante, dice el doctor Convit: "En la lucha contra la lepra hacen falta más educación. Hay un componente social que debe ser resuelto, se trata de un cambio social que permita transformar a los pueblos con pobreza y falta de educación en pueblos educados, bien alimentados, con capacidad para resolver sus problemas, tener un trabajo y poder vivir con mayores facilidades". Por supuesto, al doctor Convit no se le escapaba el entorno social donde se desarrolla la enfermedad y a eso es a lo que está haciendo alusión.
Bueno, en la última parte del programa continuaremos con esta vida larga y fructífera del Dr. Jacinto Convit. Ya regresamos. En la parte anterior del programa estábamos hablando de Jacinto Convit y ahora vamos a leerles fragmentos de un texto escrito por él y publicado, escrito el 29 de julio del año 2007, se titula Mi querida Venezuela, dice: Convit, Venezuela te escribo con el objeto de rendirte cuentas sobre la utilización de gran parte de mi tiempo como médico a partir del mes de octubre de 1938, fecha en que obtuve el grado de doctor en ciencias médicas en la Universidad Central de Venezuela. Ingresé a la leprosería de Cabo Blanco como residente y esto representó un hito en mi vida profesional.
La que te dediqué con especial entrega desde su inicio, las condiciones en las que se encontraba dicha leprosería eran lamentables. Estaba concebida para realizar el aislamiento compulsorio de enfermos provenientes en toda tu geografía, ya que no se disponía de un medicamento efectivo para su tratamiento. Se contaba únicamente con el aceite de chaulmogra, de muy dudosa eficacia. Recuerden que esa leprosería de Cabo Blanco estaba en el litoral varguense.
Hoy en día no existe porque con la ampliación del aeropuerto de Maiquetía esa leprosería fue tumbada, pero ahí están las fotos en Cabo Blanco, que es ese cabo que también se modificó, me parece a mí, un poco con la ampliación del aeropuerto de Maiquetía. Eso quizás puede explicarlo mejor un guayreño como Fernando Camacho, nuestro director técnico, pero lo cierto es que ese leprocomio, como se le llamaba, él lo llama aquí leprosería, pues desapareció y también desaparecieron los leprocomios porque precisamente ahora el tratamiento no ocurre aislando a los enfermos.
Y les leo otras frases del doctor Convit: Venezuela tiene un grupo muy distinguido de investigadores científicos, no hay la menor duda de eso, gente que ha producido cosas importantes. El desarrollo de la ciencia condiciona la evolución del país. Un país que no tenga una ciencia evolucionada será siempre un país de tercera o cuarta categoría. Todas las grandes naciones le dedicaron a la ciencia un esfuerzo gigantesco y aún hoy lo hacen.
Y el último párrafo es bellísimo, recuerden que Convit está dirigiendo a Venezuela y le dice: te agradezco el haber sido formado en tu seno y el haber entendido en mi tránsito en la vida, asentado en ti, que es el trabajo compartido con equipo consciente y sostenido el más fructífero. ¡Qué belleza! Qué bonito, qué bonito esto que dice el doctor Convit.
En este libro colectivo, folleto colectivo también, hay un trabajo del Dr. Musi Mendoza y el doctor Musi nos informa de lo siguiente: su larga historia médica es una muy inspiradora y señera. Así, desde el día siguiente de su graduación se marchó al leprocomio de Cabo Blanco en el litoral guayreño, construido en 1906 en tiempos de Cipriano Castro. Allí había 1200 internos y estaba ubicado en espacio que hoy ocupa el aeropuerto de Maiquetía, y sitio que conocí desde mis tiempos de estudiante.
Caramba, 1200 internos, era muchísima gente la que vivía en el leprocomio de Cabo Blanco. Y al lado tenía el cementerio, por cierto, el cementerio de Cabo Blanco. Bueno, dice, nos recuerda el doctor Musi, toda esa vida de esfuerzos de trabajo del doctor Convit le valió en 1987 el Premio de Investigación Científica y Técnica Príncipe de Asturias, España. Los premios más altos que ha conseguido un venezolano: el Premio Ciencia y Tecnología de la República de México, el premio José Gregorio Hernández de la Academia Nacional de Medicina de Venezuela y el Premio Abraham Horowitz de la Organización Panamericana de la Salud.
Y en el año 2002 el otorgamiento por parte de la misma Organización Panamericana de la Salud, el título Héroe de la Salud Pública de las Américas. La vida del doctor Convit sin duda es conmovedora y muy poco lo que podemos referirles de una vida tan larga y con tantas realizaciones, pero resumimos en que estamos frente a un gran investigador, un hombre que alcanzó con su equipo, como él mismo lo dice, la creación de la vacuna preventiva contra la lepra. De modo que es uno de los grandes venezolanos de todos los tiempos.
Y dicen que Dios a veces se enamora de sus mejores hijos y les da largas vidas en muy buenas condiciones. Realmente no sabemos si eso es así, pero si eso es así, pues se enamoró de Jacinto Convit porque lo llevó hasta los 100 años en muy buenas condiciones. El doctor Convit prácticamente estuvo trabajando hasta el día antes de su muerte, en su laboratorio, un ejemplo verdaderamente para todos los venezolanos. Bien, en este programa entonces hemos hablado de Carmelo Lauría Boquicchio, Félix Pifano Capdevil y Jacinto Convit, tres grandes médicos venezolanos. En nuestro próximo programa abordaremos otros siempre en un sentido cronológico.
Esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Y habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca. Me acompañan a la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la Dirección Técnica Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com o en Twitter, arroba rafaelarraiz. Hasta nuestro próximo encuentro.