Médicos Venezolanos
23 de octubre de 2019

Médicos Venezolanos. Villavicencio, Hernández, Rísquez y Dominici. Cap 2

Rafael Villavicencio (1838-1920), José Gregorio Hernández (1864-1919)  Francisco Antonio Rísquez (1856-1941)   Santos Aníbal Dominici (1869-1954)

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Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos. Un programa sobre el país y su historia. Hoy vamos con un médico de gran importancia para los estudios de Medicina y para la cultura venezolana. Me refiero a Rafael Villavicencio, un caraqueño que vivió entre 1838 y 1920.

Se gradúa de médico en 1860, cuando tiene 22 años, y se gradúa de farmacia en paralelo, en 1858, de modo que tuvo las dos titulaciones. Entre sus tareas fue médico del Hospital Militar y médico personal de José Tadeo Monagas, sobre todo durante la Revolución Azul. Esa revolución, que encabezaba José Tadeo Monagas en 1868, es la que lo lleva al poder, y luego muere en el ejercicio del poder, ya muy viejo el caudillo oriental.

Villavicencio estuvo con él en la campaña militar como jefe de ese hospital militar en campaña y después permaneció como médico personal de José Tadeo Monagas. Luego lo vamos a hallar en 1870, ya en tiempos de Antonio Guzmán Blanco, como ministro de Fomento. Un tiempo después fue presidente del Congreso Nacional en 1895.

Dos años después va a ser ministro de Instrucción Pública en 1897, esto es lo que equivale a un ministro de Educación. De modo que en el ejercicio de cargos y responsabilidades públicas Villavicencio destacó particularmente. Fue ministro de Fomento, ministro de Educación y presidente del Congreso Nacional.

Pero realmente eso no es lo que lo distingue como médico, sino como hombre público que también lo fue. Como médico fue profesor de patología y obstetricia en la Universidad Central de Venezuela, donde se había graduado, por cierto. También fue rector de la Universidad Central dos veces, en 1895 y en 1898.

También detentó la cátedra de Historia de la Medicina en la Universidad Central de Venezuela, junto con las que ya señalé, patología y obstetricia. Como le ha ocurrido a muchísimos venezolanos, padeció un exilio entre 1901 y 1907. Ese exilio lo va a vivir en Curazao, en esa isla tan importante para la historia de Venezuela, desde que los holandeses se la arrebataron a los españoles por allá en 1630 y pico.

En el orden cultural y científico, Rafael Villavicencio va a ser, junto con Adolfo Ernst, el introductor del positivismo en Venezuela. Esto es ya obra cultural de gran calado. Como ustedes recuerdan, las obras de Augusto Comte en la década del 1840 revolucionaron el mundo.

A eso se sumó la obra clásica de Darwin, La evolución de las especies, y eso fue dibujando lo que se conoció como el positivismo. ¿Cómo pudiéramos definir en pocas palabras al positivismo sin caer en una reducción, en una simplificación? Pues digamos que lo que se intentaba era traspolar las leyes de las ciencias naturales, llamadas ciencias duras, a las relaciones sociales.

Advertir leyes en la dinámica social, bien sea política, etnográfica, económica y sociológica. Porque, finalmente, Comte es el padre de la sociología. De modo que el positivismo era una suerte de traspolación del método científico a las realidades humanas y sociales.

Esto fue importante no solo en sí mismo, sino porque comenzó y contribuyó a que se pasara la página de las creencias, de las supersticiones. De las creencias fundamentadas en la fe y no en la investigación científica, en la experimentación, en la comprobación de los hechos. De modo que esto fue un paso importante en el mundo occidental del que Venezuela no estuvo al margen.

Y siempre hay que señalar que los introductores del pensamiento positivista fueron Adolfo Ernst y Rafael Villavicencio. En la Universidad Central de Venezuela, en la Facultad de Medicina, donde daban clase. Y donde tenían una audiencia cada vez más expectante y atenta a sus disertaciones sobre la manera como ellos concebían el mundo desde una perspectiva científica.

También Rafael Villavicencio va a fundar la cátedra de Filosofía de la Historia en la Universidad Central de Venezuela, porque no solo fue un médico sino que también se dedicó a los estudios históricos y lo hizo con un muy buen decir. De modo que escribía también con pertinencia. Por eso y sus trabajos es que fue electo individuo de número de tres academias venezolanas.

Me refiero a la Academia Venezolana de la Lengua, la Academia Nacional de la Historia y la Academia Nacional de Medicina. De modo que allí Villavicencio destacó muy particularmente y sobre todo en el aula. Todos los cargos públicos que mencioné al principio del programa revelan una personalidad importante, pero realmente lo importante de Villavicencio es su magisterio.

Y su magisterio alrededor del positivismo. Y cómo eso influyó determinantemente en la formación de los médicos, de los abogados, de los hombres públicos venezolanos. Recordemos que esta docencia del magisterio de Ernst y Villavicencio está ocurriendo particularmente durante esos 18 años de influencia de Antonio Guzmán Blanco.

Que por su parte se propuso una modernización de Venezuela en términos laicos y, sobre todo, una modernización muy al estilo francés. Recordemos que Guzmán Blanco es el introductor de la educación pública gratuita y obligatoria en Venezuela, que tuvo serios problemas con la Iglesia católica y que incluso amenazó con fundar una iglesia distinta a la que se rige por el Vaticano. Y además, Guzmán Blanco fue el constructor del templo masónico, ese que queda en el centro de Caracas y que allí está.

De modo que la Iglesia católica, muy apegada al dogma, estaba quizás un poco atrasada en cuanto a la modernidad de su tiempo. Repito, Guzmán Blanco fue un contradictor importante. Y fue en este ambiente cultural que supuso la influencia de Guzmán Blanco donde se desarrollaron también las ideas positivistas de Ernst y Rafael Villavicencio.

Siempre el ambiente por excelencia de la cultura venezolana, que era y sigue siendo la Universidad Central de Venezuela. Villavicencio también fue masón en grado 33, esto también es interesante porque era muy común en su tiempo que hombres sumamente distinguidos pertenecieran a la masonería, como también ocurrió con el precursor de la independencia de Venezuela, Francisco de Miranda, que era masón.

Sabemos que Bolívar participó de algunas reuniones masónicas, pero yo no creo que pueda decirse que lo fue plenamente. Pero Villavicencio sí lo fue y llegó al grado 33, de modo un masón con desempeño o una carrera. La masonería históricamente ha sido un espacio para el liberalismo, para las libertades.

Un espacio propicio, y durante el período de independencia más allá de eso fue un espacio incluso de solidaridad entre conjurados que buscaban la creación de los Estados modernos en América Latina y que formaban parte de la red masónica. Se protegían, se ayudaban. Esto se extendió, como vengo diciendo.

Y fíjense ustedes que un masón como Antonio Guzmán Blanco construye el templo masónico que ahí está en pie. Y también lo fue Rafael Villavicencio, pero lo distingue es haber sido junto con Ernst el introductor del positivismo en Venezuela, que fue importante no solo para los estudios médicos, sino para los estudios de derecho en aquel tiempo. Para la literatura en aquel tiempo, para quienes se dedicaban a la historia de aquella época.

Fue toda una corriente filosófica, política y científica que tuvo tal irradiación que pudiéramos decir que fue un acontecimiento cultural que se extendió en el tiempo. Recordemos que muchos de los ministros y embajadores de Juan Vicente Gómez eran positivistas que se habían formado a la vera de estos dos grandes maestros. Me refiero a Arkayas, Sumeta, José Gilford Tull, etcétera.

En la próxima parte del programa veremos otro gran médico venezolano. Ya regresamos.

José Gregorio Hernández, fallecido en Caracas en uno de los primeros accidentes automovilísticos que hubo en nuestro país en 1919. De modo que José Gregorio Hernández vivió cincuenta y cinco años. No me voy a referir a José Gregorio Hernández como venerable y a punto de ser canonizado, según las noticias muy gratas que nos vienen llegando en los tiempos más recientes.

Pero sí porque me voy a referir a José Gregorio Hernández, médico fundamentalmente, aunque imposible desvincularlo de su apostolado. Su personalidad está indisolublemente ligada a esa filantropía, a esa bondad que está a punto de canonizarlo. Entiendo que hay dos milagros en camino de ser perfectamente comprobados, si esto pudiera elevar a los altares a quien ya es venerable y siervo de Dios, que es José Gregorio Hernández.

También conocido como el médico de los pobres. Bueno, José Gregorio Hernández se gradúa en la Universidad Central de Venezuela en 1888, tiene 24 años. Y muy pronto consigue una beca para hacer un posgrado en París. En el siglo XIX, el sol, la estrella y el foco de atención de la medicina era París.

Esto por supuesto hoy en día ha cambiado mucho, pero durante buena parte del siglo XIX y en su totalidad fue así, y allá va a estar en París haciendo un posgrado entre 1889 y 1891. Va a estudiar en Francia microscopía, embriología e histología. Todo esto lo hace con el maestro Mathias Duval, y va a estudiar fisiología con Charles Riedier, quien si mi memoria no falla llegó a ganar el premio Nobel de Medicina.

También va a estudiar allá bacteriología con Isidor Straus. De modo que esta nómina nos habla de unos profesores del primer orden en el mundo más desarrollado de la medicina de entonces, que es París. Y finalmente, después de dos años becado, regresa.

Y lo designan profesor de histología normal y patología, y también de fisiología experimental y de bacteriología en la Universidad Central de Venezuela. De hecho, muchos consideran que el padre de la medicina experimental venezolana es José Gregorio Hernández. Bueno, los motivos y las causas para esa afirmación también fue el fundador de la cátedra de bacteriología en la Universidad Central.

Incluso algunos historiadores de la medicina, Plácido Daniel Rodríguez Rivera o Antonio Sanabria Leopoldo Briseño Calcaño, lo consideran algo así como el pionero de la medicina moderna, por el sesgo experimental del estudio que él introdujo. Esa medicina experimental lo califica de esa manera. Vamos a tener a José Gregorio Hernández entre los médicos fundadores de la Academia Nacional de Medicina en 1904, de modo que será uno de sus primeros individuos de número, como se llaman los integrantes de las academias nacionales.

En 1906, dos años después de integrarse a la academia y de continuar con su clase en la Universidad Central de Venezuela, va a publicar su libro Elementos de bacteriología. Este será el primer texto sobre este tema escrito por un venezolano y se convierte en un libro de texto en la Universidad Central. También en estos años va a publicar un trabajo intitulado de la siguiente manera: sobre la angina de pecho de naturaleza palúdica.

Y con este trabajo describe por primera vez en el planeta Tierra esta afección, repito, sobre la angina de pecho de naturaleza palúdica. Todo esto nos lo informa Antonio Sanabria, ese historiador y profesor de historia en la medicina, también los otros que señalé. En esos años también el doctor Hernández va a trabajar en el recuento globular, en la bilharciosis, la nefritis amarílica y en la terapia de la tuberculosis por medio del aceite de chalmogro.

Estas son algunas de las investigaciones y los trabajos que el doctor Hernández adelanta. En 1908 tiene el llamado de la vocación religiosa, imposible no señalarlo, y lo abandona todo. Y se va a vivir en la Cartuja de Lucca. Lucca es un pueblo o una ciudad de Italia, una ciudad medieval, amurallada, muy hermosa.

De allí han debido provenir mis más lejanos antepasados, porque mi segundo apellido es Luca, con doble C, exactamente igual como esa ciudad hermosísima de Italia, en la Toscana. Y allá va a estar un tiempo y después se muda a Roma en 1913. ¿Por qué José Gregorio Hernández no se ordenó sacerdote?

¿Qué pasó? Al parecer él tenía muchas dudas en relación con sus posibilidades para el sacerdocio. El llamado a la vocación religiosa lo tuvo porque, caramba, un médico de esta categoría, abandonarlo todo e internarse en la Cartuja de Lucca para darle cauce a su vocación y después mudarse a Roma tiene que ser algo muy poderoso como para no atender ese llamado. Sin embargo, no alcanzó la ordenación sacerdotal, que es como debe decirse.

Y abandonó y regresó a Venezuela, a seguir ejerciendo la medicina con aquel tono compasivo y amoroso que tenía el doctor Hernández, según el testimonio de muchísima gente. Que combinaba ese tono del que vengo hablando con una gran seriedad, porque era un hombre muy serio. Y con una personalidad muy curiosa, porque los biógrafos de José Gregorio Hernández, al lado de este personaje que vengo dibujando someramente, decían que se vestía muy bien.

Y tenía un interés particular por la elegancia en el vestir, cosa que es un dato que no cuadra con todo lo que vengo diciendo, pero sin embargo era así. Lo que revela una personalidad curiosa, compleja e interesante. Y la vida de José Gregorio Hernández va a terminar en aquel lamentable accidente donde casi no había vehículos, poquísimos automóviles. Él iba caminando por una calle de La Pastora, de San José, creo que de La Pastora, y no advirtió que venía un carro.

El carro lo golpeó levemente y no murió por eso, sino al caer, cayó, entiendo yo, sobre la acera y el occipital, la cabeza le pegó en el filo de la acera, entiendo yo. Y bueno, tuvo una muerte instantánea. Aquello fue un acontecimiento que consternó dramáticamente a la ciudad de Caracas, porque el doctor Hernández era un hombre venerado por sus habitantes, porque era un médico extraordinario, un gran profesor.

Pero era un médico que iba a las casas, que se ocupaba de sus enfermos y sentía una poderosísima pasión por el ejercicio de la medicina. De modo que aquello fue una verdadera tragedia que conmocionó a la ciudad. Y, a partir de su muerte, comenzó ese proceso de mitologización de José Gregorio Hernández.

De mitologización en el sentido de convertirse en un mito, una leyenda urbana. Pero también comienza ese proceso dentro de la Iglesia católica, de tenerlo como un intercesor ante Dios. Un intercesor que los enfermos tienen ante Dios, le ruegan y le suplican a José Gregorio Hernández y José Gregorio Hernández intercede ante Dios y ha hecho curas milagrosas.

Al menos eso es lo que la Iglesia católica viene estudiando desde hace muchos años, porque estamos hablando de morir en 1919, o sea que estamos en el centenario de la muerte de José Gregorio Hernández. Y en estos 100 años de su muerte en Venezuela la devoción popular por José Gregorio Hernández no ha hecho sino crecer y crecer, y en los altares venezolanos está pues al lado de cualquier virgen, al lado de cualquier deidad africana, dentro de ese proceso sincrético que tienen los venezolanos.

En sus creencias allí está José Gregorio. Y por supuesto dentro de la Iglesia católica, donde a los sacerdotes que han llevado su caso afirman que muy pronto pudiera tenerse alguna confirmación de su santidad. Bueno, este fue José Gregorio Hernández, estos son sus aportes médicos. En la próxima parte del programa continuamos con esta serie de grandes médicos venezolanos.

Ya regresamos. Les recuerdo que esta serie la venimos haciendo en términos cronológicos, yéndonos por las fechas de nacimiento de los médicos. De modo que en el primer programa trabajamos, en su mayoría, médicos nacidos en el siglo XVIII. Y este, en el próximo y quizás en el cuarto estaremos trabajando médicos nacidos en el siglo XIX.

Como es el caso del eminente médico Francisco Antonio Rísquez, nacido en Juan Griego, un margariteñísimo, en 1856 y murió en Caracas en 1941. Una vida larga, muy fértil, muy fructífera. Vivió 85 años, se graduó de médico en la Universidad Central de Venezuela en 1876. Fue de los alumnos de Adolfo Ernst y de Rafael Villavicencio, dentro del espíritu del positivismo venezolano, que ha hecho tantas raíces y tantos frutos.

Una vez graduado, el doctor Rísquez regresa a Margarita y allá lo vamos a encontrar en 1877. Está ejerciendo la medicina en su isla natal y también va a fundar un periódico, o sea, el título se llamaba El Esfuerzo. Va a estar unos cinco años allá. Y en 1882 vuelve a sentir el llamado de Caracas y regresa a vivir aquí.

Pero se establece no propiamente en Caracas, sino en un pueblo en las afueras de Caracas. Ese pueblo se llama Petare, y allí va a ser el médico cirujano de Petare, así lo designan en 1883. Y, en una vida un poco trashumante que tuvo el doctor Rísquez, al año siguiente, en 1884, se va a ejercer la medicina a Río Chico, en el estado Miranda.

Y vamos a tenerlo de regreso en Petare en 1886. Y dos años después va a ocurrir una de sus primeras siembras importantes, y es que, junto al doctor José Manuel de los Ríos, funda la clínica de los niños pobres de Caracas. Como todos sabemos, el doctor de los Ríos se dedicó a la medicina, a la pediatría durante muchísimos años.

Y bueno, lleva su nombre el Hospital Pediátrico de Caracas José Manuel de los Ríos, pues esa primera clínica de los niños pobres de Caracas la va a fundar De los Ríos junto con Rísquez. Y entonces aquí viene otra etapa interesante en la vida de Rísquez, y es que en 1901 lo designan cónsul en Madrid y allá va a vivir 10 años. Pero no va a ejercer solo labores diplomáticas sino también la medicina.

Y lo vamos a hallar como fundador de la Liga Antituberculosa en Málaga, que quiere decir que además se movió por España. Y lo tenemos de regreso en Venezuela en el año 1910. Y es entonces cuando va a asumir la cátedra de Patología General en la Universidad Central de Venezuela. Ahí va a iniciar su vida de profesor durante muchos años.

Y también, mientras vivía en Madrid, en alguna oportunidad que vino se le colocó la medalla, porque fue de los primeros individuos de número, los fundadores de la Academia Nacional de Medicina en 1904, al igual que José Gregorio Hernández, como dijimos la parte anterior del programa. Estuvo entre los individuos de número fundadores de la Academia Nacional de Medicina en 1904. Antes no comentamos que también se graduó de farmacéutico en 1898.

Esto era relativamente usual, que el médico del siglo XIX sintiera una gran necesidad también de manejar la farmacopea, ¿no?, y que estudiaran farmacia como tal. Y eso es lo que él también hace porque complementaba maravillosamente su formación de médico. Hay una participación del doctor Rísquez que es de importancia singular, y es que en 1912 va a ser un factor determinante para la creación de la Escuela de Enfermería en Venezuela.

Él se empeña en esto junto con otros colegas y sacan adelante la Escuela de Enfermería, que tan útil y necesaria ha sido a lo largo de tantos años, fundada en 1912. En 1914 lo vamos a tener como jefe de servicios del Hospital Vargas, todo esto combinado con sus cátedras en la Universidad Central. Y ese año de 1914 va a estar entre los fundadores del primer sanatorio antituberculoso que tuvo Venezuela.

Dije que está con otros colegas en esta tarea, y muy particularmente con ese eminentísimo doctor que fue Andrés Herrera Vegas, del que hablaremos en uno de estos programas. Herrera Vegas y Rísquez van a estar juntos en esta extraordinaria aventura, este emprendimiento, como dicen ahora, del sanatorio antituberculoso de Venezuela. Vamos a tener una figuración muy particular del doctor Rísquez cuando fue rector de la Universidad Central de Venezuela en los años 1935 y 1936.

¿Por qué digo que es muy particular? Porque en aquella manifestación estudiantil del 14 de febrero de 1936, cuando los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela hacen una primera gran manifestación pública que hubo en Venezuela, salen a la calle, caminan hasta la residencia presidencial, intentan dialogar y lo logran con el presidente de la República entonces, Eleazar López Contreras, que se estaba estrenando, porque estamos en el 14 de febrero del 36. Esos muchachos, esos estudiantes, esos líderes estudiantiles que avanzan encabezando una manifestación de miles de personas, como no había habido antes una en Caracas, están presididos y acompañados por su rector, que es Francisco Antonio Rísquez.

De modo que allí tiene una actuación estelar el doctor Rísquez, siendo ya un hombre muy mayor, porque en el año 36 el doctor Rísquez, rector, tiene 80 años, y ahí está, como decimos ahora, pateando la calle, encabezando una manifestación por las calles de Caracas. Y dicen los testigos en esa época que uno de los hechos que llevó a que el general López Contreras tuviese una particular deferencia con aquella manifestación que buscaba hablar con él se debía a la presencia de ese hombre ya muy mayor y muy querido que era el doctor Francisco Antonio Rísquez. De modo que allí estuvo.

Allí estuvo en uno de sus últimos servicios. Por otra parte, cuando uno revisa las obras escritas de Rísquez, uno se queda asombrado: estamos hablando de alrededor de 500 trabajos sobre temas médicos, eso que hoy en día llaman un paper y que él entonces llamaba una monografía o artículo. Quinientos trabajos publicados sobre temas médicos.

De modo que el doctor Rísquez estuvo trabajando toda su vida y lo tenemos a los 80 años de rector. Una vida ejemplar, extraordinaria de trabajo, ¿no? Y sin él proponérselo, además fue el fundador de una dinastía de médicos venezolanos que tiene muchas generaciones. Compañeros médicos generacionales son médicos y son Rísquez.

Estoy pensando en Diana, Jorge, Álvaro, Francisco, muchísimos, y son todos, yo creo que en unos casos son tataranietos, en otros casos son bisnietas. Y por supuesto sus nietos, porque él fue el padre de otro médico eminente que fue Jesús Rafael Rísquez. Pero a su vez Jesús Rafael Rísquez fue el padre de Rafael Rísquez Iribarren, por ejemplo, y de uno de los grandes psiquiatras que ha habido en Venezuela, el doctor Fernando Rísquez.

De modo que Rísquez además fundó una dinastía. Por supuesto, esto él no sabía que iba a pasar, pero por algo pasó, quizás en esa familia el ejemplo de este hombre de grandes dimensiones marcó las voluntades y las vocaciones de todos estos descendientes suyos. Vamos entonces a la última parte del programa, donde veremos a otro de los grandes médicos venezolanos. Ya regresamos.

En esta última parte del programa vamos a hablar de Santos Aníbal Dominici Otero, que nació en 1869 y falleció en 1954, una vida larga también, 85 años. Y se graduó en la Universidad Central en 1890. De inmediato se va a hacer un posgrado en la Sorbona, en París, para graduarse allá en 1894. Y regresa a Caracas en 1895.

Y es entonces cuando fundan el Instituto Pasteur de Venezuela. Este fue un instituto que, para la historia de la medicina, entiendo yo que es importante. Y allí va a dictar la cátedra de Bacteriología y Parasitología. En la Universidad Central va a fundar la cátedra de Anatomía Patológica.

Ese año de 1895 publica sus primeros trabajos sobre el paludismo, que son unos trabajos de la mayor importancia, según pude pulsar en todas las referencias sobre la medicina y la historia de la medicina en Venezuela. En esos años del siglo XIX va a ser el introductor de la vacuna antivariólica en Venezuela. Al igual que el doctor Rísquez va a ser también rector de la Universidad Central de Venezuela, pero en 1899 y 1901. Del doctor Rísquez lo fue unos cuantos años después.

Y en 1903, el doctor Dominici, se escribe Dominicy y se pronuncia Dominici, va a ser expulsado del país por razones políticas. Gobernaba Cipriano Castro, y va a regresar a Venezuela, escuchen bien, en 1936. O sea que estuvo 33 años fuera de Venezuela, 33 años fuera de Venezuela, una etapa en el exilio y otra etapa como embajador.

Embajador que fue en Alemania, Inglaterra, en los Estados Unidos, en Irlanda y Bélgica. De modo que durante mucho tiempo estuvo fuera del país, venían como suelen hacerlo los embajadores para no perder el contacto. Y cuando regresó definitivamente a Venezuela en 1936, el general López Contreras lo designa ministro de Sanidad, un nombramiento sumamente merecido.

Fue por otra parte una forma de reconocer sus servicios públicos como embajador durante tanto tiempo, y fue una manera de regresar a su país para ejercer una responsabilidad de tanta importancia en el mundo de la salud pública como es el Ministerio de Sanidad. Luego lo vamos a tener en 1943 incorporándose a la Academia Nacional de Medicina, con un trabajo titulado sobre esquistosomiasis humanas y en especial de la bilharciosis americana. Como he dicho antes, los trabajos sobre el paludismo del doctor Dominici son sumamente importantes y le valieron el reconocimiento de sus colegas, probablemente el ingreso a la Academia Nacional de Medicina.

Y buena parte de su trabajo fue sumamente reconocido. De hecho llegó a ser presidente de la Academia Nacional de Medicina en el período 1944-1946. También publicó trabajos sobre la Flebitis Latente, y todos estos trabajos van a ratificar la vocación científica del doctor Dominici, combinada con una vocación por el servicio público, importante porque se desempeñó como embajador muchos años.

En esa época no se llamaban embajadores sino ministros plenipotenciarios, bueno, lo que equivale a un embajador hoy en día. Y fue un hombre sumamente destacado. Leopoldo Briseño Calcaño lo define como un caballero andante de la medicina. Fue una de las glorias del siglo pasado y un venezolano para quien la patria fue un permanente ejercicio de responsabilidad.

Claro, esto lo está escribiendo Briseño Calcaño en ese diccionario biográfico médico hispanoamericano que me ha servido mucho para la investigación y la hechura de los guiones de estos programas, o sea que no dejo de agradecerle. Bueno, este fue el doctor Dominici, es el cuarto médico del programa esta semana. La próxima semana continuaremos con otros ilustres médicos venezolanos.

Pues hoy, como ustedes han podido escuchar, nos hemos paseado por la vida y obra de Rafael Villavicencio, de José Gregorio Hernández, de Francisco Antonio Rísquez y de Santos Aníbal Dominici. Como siempre ha sido un placer hablar para usted, esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica, Fernando Camacho.

A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arráiz. Ha sido un gusto hablar para ustedes hasta nuestro próximo encuentro. ¡Suscríbete!

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