Colombia y Venezuela
19 de octubre de 2019

Colombia y Venezuela. Cap 6 y último

Semejanzas y diferencias

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Rafael Arráiz Lucca en Venezolanos. En la continuación de esta serie sobre Colombia y Venezuela, este es el último programa, el sexto que hacemos, en el que hemos intentado un mínimo ensayo de historia comparada. Nos hemos dedicado también a personajes colombianos que han tenido mucha vinculación con nuestro país. Ese es el caso de hoy cuando continuamos con Gabriel García Márquez.

García Márquez, como ustedes saben, vivió en Venezuela. Vamos a ver este período, ese año y pico, en el que García Márquez vivió entre nosotros. Eso comienza con un avión que llega de Londres a Maiquetía el 23 de diciembre de 1957. Entre los pasajeros se encontraba un flaco de 29 años que respondía al nombre de Gabriel García Márquez y que era esperado por dos paisanos entrañables, los hermanos Plinio Apuleyo y Soledad Mendoza.

Hijos del embajador de Colombia en Venezuela, Plinio Mendoza Neira. Entonces, el director de la revista Momento en Caracas, Carlos Ramírez MacGregor, por insistencia de Plinio Apuleyo Mendoza, le colocó un pasaje a García Márquez para que se viniera a trabajar con ellos acá en la revista Momento. Los hechos se iban a precipitar muy pronto: recuerden que llegó el 23 de diciembre de 1957 y aquel reportero de 29 años tendría la oportunidad de relatar esos hechos. Es la secuencia que se inicia el primero de enero de 1958 y concluye con la huida de Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958, en la llamada Vaca Sagrada, como el pueblo designaba al avión presidencial. Ese avión va a despegar desde el aeropuerto de La Carlota aquí en el valle de Caracas.

Para ese momento, el hijo de Luisa Santiago Márquez, es decir, Gabriel García Márquez, vive en la urbanización San Bernardino, en un apartamento del edificio Roraima. Para entonces este joven había publicado La hojarasca en 1955 y había escrito El coronel no tiene quien le escriba, que va a publicarse por primera vez en la revista Mito de Bogotá. Era una revista muy importante del mundo cultural bogotano, publicada entre mayo y junio de 1958. Su autor va a estar aquí en Caracas escribiendo, en calzoncillos, como siempre decía él, asediado por la humedad caraqueña de la que se quejaba.

Va a estar escribiendo los relatos que formarían Los funerales de la Mamá Grande, publicados en México en 1962. Casi todos los relatos de este gran libro de cuentos de García Márquez fueron escritos en Caracas. No todos, pero una buena porción de ellos, y son varios los honores que enorgullecen a los caraqueños garciamarquianos. La escritura en este valle de los Toromaimas dejó relatos fundamentales: aquí García Márquez escribió "La siesta del martes", "En este pueblo no hay ladrones", "La prodigiosa tarde de Baltazar", "La viuda de Montiel" y "Rosas artificiales".

Yo incluso diría más: ya en estos textos se expresa el gran narrador que va a decantar luego, pero ya aquí hay relatos extraordinarios. Y hay una anécdota interesante: "La siesta del martes", escrita por García Márquez aquí en Caracas, fue enviada por él al concurso de cuentos de El Nacional en 1958 y el jurado no lo advirtió, ni siquiera lo mencionó entre los finalistas. Es muy curioso porque el jurado de ese cuento ese año estaba integrado por un gran amigo de García Márquez, Miguel Otero Silva, y por Juan Liscano y Juan Oropeza. Otero Silva y Liscano, imposible que no advirtieran la maestría de García Márquez, sin embargo no se dieron cuenta del relato.

Eso ha debido ser una decepción para aquel muchacho que venía a vagar por el mundo buscando palabras exactas y vivía aquí trabajando en la revista Momento con Carlos Ramírez MacGregor, gracias a la gestión de su gran amigo de todas las horas, Plinio Apuleyo Mendoza. Fue también aquí en Caracas cuando a él le surgió el proyecto que se va a materializar muchos años después: escribir una novela sobre el dictador latinoamericano, y esa va a ser El otoño del patriarca. A la caída de Pérez Jiménez, García Márquez se enfrascó en la lectura de todo lo que halló sobre el mito del caudillo latinoamericano y leyó la abundante bibliografía gomecista, pero también sobre caudillos recientes como Perón o Rafael Leónidas Trujillo, en la República Dominicana, entre otros.

Y el proyecto de novelar la vida de Bolívar, curiosamente, no surge en estos años caraqueños sino tiempo después. Ciertamente tuvo que venir varias veces a Caracas en busca de información, pero eso va a ser varios años después. En marzo de 1958 García Márquez le pide permiso a Ramírez MacGregor para ausentarse cuatro días, vuela a Barranquilla y allá se casa con Mercedes Barcha el 21 de marzo de 1958. Se viene con Mercedes: la vida marital de los García Barcha comienza aquí, al pie del Ávila, en Caracas.

Y dice él que entre arroces quemados y el desorden característico del autor, poco tiempo después, por solidaridad con Plinio, que se peleó con Ramírez MacGregor, García Márquez renuncia a la revista Momento. A las pocas semanas consigue trabajo con Miguel Ángel Capriles como jefe de redacción de la revista Venezuela Gráfica, a partir del 27 de junio de 1958. Ya para entonces tomaba café en Sabana Grande y se relacionaba con los escritores del Grupo Sárdio. En aquel paréntesis laboral además se aficionó a bajar al litoral con grupos de amigos, entre quienes nunca faltaban el clan de los Mendoza: Soledad, Plinio y Elvira.

En ese entonces le tocaba lidiar con los chistes y comentarios sobre su cargo redaccional, porque la revista que dirigía se llamaba Venezuela Gráfica, pero la gente, por molestarlo, la llamaba Venezuela Pornográfica por las fotografías en paños menores que buscaban el favor de los lectores. Visto a la distancia realmente asombra que el jefe de redacción de Venezuela Gráfica haya sido el autor de Cien años de soledad, Premio Nobel de Literatura, etcétera. Las vueltas que da la vida, ¿no? Este año caraqueño de 1958 fue decisivo en la vida de García Márquez.

Pero no menos importante fue el siguiente. El 18 de enero del 59 tomaron García Márquez y Plinio un avión rumbo a La Habana. Allá iban a hacer un reportaje sobre los acontecimientos del primero de enero que habían llevado a un abogado al poder, Fidel Castro. Era la primera vez que se topaba García Márquez con quien mantendría una contradictoria y para muchos inexplicable amistad.

Al mes de haber regresado a Caracas, a Plinio le ofrecieron un trabajo en Bogotá y lo aceptó con la condición de que su compañero de fórmula laboral fuese su amigo Gabriel. A finales de febrero de 1959 levanta vuelo el avión que lleva a Gabriel y Mercedes a la capital de Colombia; no volvería a vivir en Caracas el autor de uno de los mejores relatos que se han escrito, para mi gusto: me refiero a "El rastro de tu sangre en la nieve". Pero vendría muchísimas veces más. García Márquez pasó años viniendo más de una vez al año a Venezuela, sobre todo a partir del momento en que el pájaro de la celebridad bajó y se posó sobre su cabeza para no abandonarlo jamás.

De todos estos hechos y de los muchos viajes a Caracas o las relaciones estrechas que sostiene García Márquez con muchos venezolanos trata una investigación periodística de Juan Carlos Zapata que se titula García Márquez nació en Caracas, no en Aracataca. Es una crónica muy sabrosamente escrita por Juan Carlos Zapata, llena de pequeñas historias que suelen revelar mucho más del personaje que las otras, petrificadas en la historiografía. En ese libro, Zapata va penetrando en el laberinto caraqueño del personaje. Caracas junto con Barranquilla, Bogotá, Cartagena, Barcelona, París, La Habana y sobre todo México son los ámbitos donde vivió este hombre al que le persiguen las premoniciones.

Este hombre que fue supersticioso, tímido en grado sumo y seducido por la comprensión de los resortes del poder. En la próxima parte del programa continuamos con este tema de García Márquez en Caracas. Ya regresamos.

En la parte anterior del programa veníamos hablando del año y unos cuantos meses que pasó Gabriel García Márquez viviendo en Caracas, la urbanización San Bernardino o el edificio Roraima. Si ese edificio existe allí debería haber una placa. Va a ser aquí en Venezuela, en Caracas, donde ocurra el primer encuentro de Gabriel García Márquez con Mario Vargas Llosa. Aquí es donde va a tejer una amistad de todas las horas con un gran amigo, Teodoro Petkoff.

También aquí va a hacerse muy amigo de Simón Alberto Consalvi, de Carlos Andrés Pérez y de la familia Otero, y de Luis Herrera Campins, de quien fue buen amigo también. En fin, aquí es donde se vincula con el más conocido, Raúl Leoni, porque recibe el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Es aquí cuando conoce también a Pedro León Zapata, el gran caricaturista que fue un amigo muy cercano y que va a ilustrar la portada de El otoño del patriarca. Muchos de estos hechos los recoge Juan Carlos Zapata en ese libro del que venimos hablando, y ahora veamos una noveleta de García Márquez que a mi juicio es una obra polémica; quizás su título no sea el más afortunado: me refiero al libro del año 2004 que se titula Memoria de mis putas tristes.

En esa misma línea de la novela breve, García Márquez había publicado La hojarasca en 1955, El coronel no tiene quien le escriba en 1961 y Crónica de una muerte anunciada en 1981. De modo que ese formato de la noveleta, como también la llaman los críticos literarios, no le era ajeno a García Márquez. Como tampoco le fue ajena la novela de largo aliento, como decir Cien años de soledad, El otoño del patriarca y El amor en los tiempos del cólera, una novela bastante voluminosa publicada en 1985. De modo que en esta novela hay un personaje femenino central que tiene 14 años; se llama Delgadina.

Siempre está dormida al lado de un viejo de 90 años y también hay otro personaje importante que es Rosa Cabarcas, una prostituta vieja con quien el personaje hablante mantiene una amistad cómplice desde sus tiempos juveniles, en los que se acostumbró a que el amor fuese una urgencia que las prostitutas podían apaciguar. Rosa Cabarcas lo asiste y, con la sabiduría de las mujeres de esa vida, es directa, descreída, graciosa e inteligente para conocer el laberinto erótico del alma humana. Es ella la que provee al viejo nonagenario la adolescente con quien pasar las noches cuidándole el sueño sin jamás ponerle un dedo encima, ni siquiera escuchar su voz ni asomarse al color de sus ojos. Quienes crean que en la noveleta se ventila el amor clásico del cliente habitual de las mujeres, un local, un lupanar o un burdel, se equivocan de plano.

En verdad la obra es una reflexión sobre la vejez y a la vez es una celebración de la vida. Aquel viejo se va despidiendo del mundo, contemplando un cuerpo joven que no puede ni tiene sentido poseer, sino mirar. Le queda la mirada y aquel cuerpo joven, en quien su inocencia no halla mejor estado que el sueño, en su absoluto silencio emite noticias de lo que ya pasó, la vida, la lozanía y el brillo. Todo eso para el viejo ocurrió.

El tema de la vejez es muy importante en la obra de García Márquez, de modo que la novela, que tiene un título que anuncia algo, no es. En verdad es una novela sobre la vejez, una reflexión sobre el envejecimiento. Y tiene un epígrafe de ese gran escritor japonés Yasunari Kawabata que dice lo siguiente...

"No debía hacer nada de mal gusto", advirtió al anciano Eguchi. "La mujer de la posada no debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida ni intentar nada parecido". Se ve que esta fue la imagen que le dio pie al relato, a la novela corta, y el tono de este libro, que el título lejos de recoger traiciona, es del epígrafe de Kawabata. Es decir, es la observancia, es la elegancia con que el narrador aborda el tema y el lector olvida que está siguiendo la historia de un viejo nonagenario que busca el amor de una prostituta adolescente.

Y el lector tiene la sensación de haberse colado en una escena sagrada en la que el viejo ama como nunca ha amado a nadie a una mujer que duerme, y que jamás advierte el amor que al viejo sentía por ella. Bueno, es una trama que apela a dicotomías que no dejan frío a nadie. Y aunque alguno pudiese decir que es fácil el recurso, lo cierto es que aun siéndolo nos deja ser tejidos por un urdidor maestro. Yo debo confesar que cuando leo alguna novedad garciamarquiana incurro en sus precisiones.

El mismo escritor ha inoculado en sus lectores una de ellas: la que prescribe el mismo García Márquez, que la novela se decide en las primeras líneas y el primer párrafo. Y la verdad es que a mí no me satisfizo la primera oración de este libro y sin embargo avancé este primer párrafo. Para ser precisos, dice lo siguiente: "El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen". Este no es el tono del libro ni esto que va a pasar en el libro; el libro se desdice completamente de esta frase y no tiene la riqueza de otras frases de García Márquez.

Él es maestro de los grandes comienzos. Por ejemplo, recuerden cómo comienza La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada: "Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de sus desgracias". Eso sí es una oración, un comienzo. Y cómo comienza Cien años de soledad, ustedes seguramente lo recuerdan: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".

Y cómo comienza El amor en los tiempos del cólera, él dice, allí se lee: "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados". Esos son grandes comienzos, por favor. Eso no se compara con este comienzo: "El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor loco con una adolescente virgen". No, esto es una caída y los lectores de García Márquez lo reclamamos en su momento. Con todo y esto, esta noveleta resplandece con fuerza en lo que ha sido el corazón de su maestría narrativa: el fulgor poético de su prosa, la maravillosa musicalidad de su verbo, la diástole y sístole, y avanzar por entre sus páginas sigue siendo una operación que no puede abandonarse hasta concluir.

Y haciendo una revisión general de la obra de García Márquez, yo diría que el primer libro donde se manifiesta el genio narrativo del extraordinario escritor colombiano es Los funerales de la Mamá Grande, un libro de 1962, muy superior a su primer libro de relatos, que es Ojos de perro azul, de 1947. Claro, han pasado quince años entre uno y otro y en el medio ha escrito centenares de crónicas y además tres novelas: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora. También ha hecho el tránsito típico de un muchacho de provincias colombianas, es decir, de su pueblo a la lluviosísima capital de Bogotá. También abandonó García Márquez los estudios de derecho y se ha consagrado al periodismo mientras tanto sueña con ser guionista de cine, que era su mayor ilusión.

Y escribe crítica cinematográfica en El Espectador, gran periódico colombiano, y publica en once entregas en la prensa un libro que después se va a ser icónico, casi un clásico en su obra, que es Relato de un náufrago. Es un libro de 1955 y después, como sabemos, se va a Europa como corresponsal del periódico. De este período bogotano de El Espectador viaja por diversos países hasta que llega a París, y en París está entre el año 56 y 57, luego se va a Londres a intentar aprender algo de inglés, cosa que no logra. Es entonces cuando recibe la invitación de su entrañable amigo Plinio Apuleyo Mendoza a venirse a Caracas, cosa que ya hemos referido en la parte anterior del programa.

En la próxima parte seguiremos viendo estos desplazamientos por el mundo que tiene García Márquez hasta establecerse en México, que fue un país donde pasó la mayor parte de su vida. ¡Ya regresamos!

En la parte anterior del programa estábamos hablando de las idas y venidas por el mundo de García Márquez y sus libros, y por supuesto del largo paréntesis que hicimos alrededor de su vida caraqueña, que no fue muy dilatada: estuvo del 27 de diciembre de 1957 a febrero de 1959, es decir, un año y dos meses. Y esa trashumancia ya de la pareja García Barcha, porque entonces ya se había casado con Mercedes Barcha, va a ser de la siguiente manera: vive seis meses en La Habana, después vive seis meses en Nueva York. Va a vivir en México por primera vez de 1961 a 1967 y va a vivir en Barcelona, España, de 1967 a 1975. Barcelona en ese tiempo, la cuna del mundo editorial hispanohablante, era prácticamente obligatoria para los escritores que querían una difusión continental.

Allá estuvo él durante ocho años y se mudan en 1975 al barrio San Ángel Inn, en la Ciudad de México. Allí va a vivir García Márquez 39 años y va a pasar algunas temporadas en una casa que se construye en Cartagena. Va a pasar temporadas en una casa que le facilita el gobierno cubano en La Habana y va a pasar temporadas en Bogotá, en un apartamento que poseía allá también.

De modo que es curioso porque pasó más de la mitad de su vida fuera de Colombia y, sin embargo, siempre fue un colombiano raigal absoluto. De hecho, en una oportunidad, en el año 2013, conversando con su gran amigo Plinio Apuleyo Mendoza, en Bogotá, le pregunté a Plinio por qué su amigo se fue de Colombia y no regresó a vivir aquí jamás, y él me respondió: "Porque si se queda aquí no escribe nada". Es cierto: la verdad es que son tantas las solicitudes que tiene un escritor de la impronta de García Márquez en su país de origen, que la soledad y el silencio indispensables para la escritura se le hubiesen hecho imposibles. Y la vida se les hubiese ido en reuniones, conferencias, presentaciones de libros, entrevistas, televisión, radio, etcétera.

Para el escritor es fundamental la soledad y el silencio, y eso sí se lo daba México, porque México es paradójico, porque es sumamente abierto con los extranjeros pero, por otro lado, un extranjero jamás deja de ser un extranjero en México, y eso también le pasaba a García Márquez. Él vivió allí, pero los mexicanos nunca lo consideraron un mexicano, no lo era realmente. Entonces él no participaba intensamente en la vida política o social mexicana sino que vivía allí un poco al margen de ese mundo, liberado de una cantidad de solicitudes para poder sentarse a escribir. Algo similar le ocurrió a Vargas Llosa.

Recuerdo una entrevista en la que le preguntaron: "¿Y usted por qué vive en Londres?" Y dijo: "Si no viviera en Londres no podría escribir porque aquí en Londres nadie sabe quién soy yo, y si saben quién soy yo, no me dirían la palabra porque no está permitido socialmente dirigirle la palabra a alguien que uno conoce". Entonces, en ese sentido la gente no se pasa por eso, pero para los escritores es indispensable preservar su tranquilidad para poder escribir. En Venezuela hay un caso curioso, y es el de Miguel Otero Silva.

Miguel Otero Silva, que era un hombre multimillonario, se compró un castillo en Italia y se iba a escribir en ese castillo de Arezzo. Se iba a escribir porque en Caracas era imposible que escribiera. Quien sí lo logró, curiosamente, fue Arturo Uslar Pietri, pero con una disciplina férrea: las mañanas eran para él y su secretaria, a quien él le dictaba lo que estuviese escribiendo. Y las tardes eran para recibir a las centenares de personas que solicitaban audiencia con él para visitarlo, pero si te preservas todas las mañanas puedes preservarte, no atender llamadas telefónicas y sentarte a escribir, por lo que es indispensable la soledad y el silencio.

Hay una biografía de Dasso Saldívar, muy buena, que señala que Cien años de soledad la comenzó a escribir García Márquez en México en julio de 1965, tenía entonces 38 años, y la concluyó catorce meses después. Entonces su día se dividía de la siguiente manera, para que tengan esto tan interesante registrado por su biógrafo: de las ocho y treinta de la mañana a dos y treinta de la tarde se dedicaba a escribir la novela sin parar, con apenas unos cafés de por medio. A las dos y media almorzaban con su mujer y sus hijos, que son dos, Rodrigo y Gonzalo. En ese momento esos muchachos estaban regresando al colegio; entonces después de almorzar dormía una siesta breve.

Y salía a caminar por el barrio San Ángel en México y regresaba a escribir de cinco a ocho y media de la noche, y a esa hora se reunía con las parejas de amigos, los vecinos en la zona. Siempre estaban allí su amigo de siempre Álvaro Mutis y Carmen Miracle, la esposa de Mutis. Estaban Jomi García Ascot y María Luisa Elío, que eran unos catalanes muy amigos del... por cierto, a ellos dos está dedicada Cien años de soledad. Y cuando él terminó Cien años de soledad a mediados de 1966, García Márquez debía seis meses de alquiler.

Había empeñado el carro, Mercedes, su mujer, había empeñado todas las joyas familiares, y los Mutis y los García se preguntaban hasta cuándo habría que arrimarles la canoa a los García Márquez, hasta cuándo podían ayudarlos. Y después de aquello, pues la vida no hizo sino sonreírle a García Márquez. El nombre de su abuela era Tranquilina Iguarán Cotes de Márquez, y él reconocía que la fuente principal de toda su obra era ella. Tranquilina Iguarán Cotes de Márquez, que era a la que le había echado todos estos cuentos que él recoge, y el relato del comienzo de su nueva vida de celebridad planetaria.

Yo se lo escuché varias veces a un amigo suyo que vivió muchos años en Caracas, el gran escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. Tomás Eloy Martínez vivió aquí en Caracas entre 1976 y 1983. Y él contaba que estuvo presente la tarde de agosto del año 1967 cuando García Márquez entró al Teatro Colón de Buenos Aires a un concierto y el público lo reconoció al caminar por la platea, y todos los espectadores se levantaron de sus asientos a aplaudirlo durante quince minutos. Y dice Tomás Eloy que se vio descender del techo la fama, y que lo que vio fueron unas mariposas amarillas que celebraban el advenimiento de uno de los más grandes escritores de la historia, como fue Gabriel García Márquez.

Ya entonces Cien años de soledad era un éxito asombroso de ventas en la Argentina. Y comenzaba la leyenda de un hombre que conoció la inmortalidad en vida, lo que es un hecho sumamente extraño, una rareza. También debemos recordar lo siguiente: a La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, en 1972, le siguió El otoño del patriarca en 1975, y luego un libro maravilloso que es Crónica de una muerte anunciada en 1981. Y al año siguiente, en 1982, a Gabriel García Márquez le conceden el Premio Nobel de Literatura, tiene 55 años y ha desarrollado uno de los esfuerzos más tenaces en su vida, como fue conseguir tiempo y espacio para escribir.

Y a partir de ese momento el carácter se le agria un tanto a García Márquez porque ya no puede pasear por ninguna parte sin que alguien le reconozca y la vida se le va convirtiendo en una pesadilla, muchas veces lo dijo. Y los compromisos de viaje son interpelantes, muchos de esos compromisos son tremendamente fastidiosos para él y cada vez se le hace más difícil hallar tiempo y espacio psicológico para escribir, sin embargo lo logra y publica una novela realmente formidable, que es El amor en los tiempos del cólera. Una estupenda novela, por cierto. En el momento en que él recibe el Premio Nobel de Literatura introdujo un cambio al protocolo y no lo recibe de paltó ni de frac sino de liqui-liqui, el traje típico venezolano y también de algunos colombianos, al menos del llano colombiano y la costa colombiana también.

Bien, en las últimas partes del programa continuamos y cerramos esta serie sobre Colombia y este programa íntegramente dedicado a Gabriel García Márquez y Venezuela. Ya regresamos...

Decíamos en la parte anterior del programa que fue una batalla titánica la que libró García Márquez por preservar su trabajo, que requiere soledad y silencio, y sin embargo vivir en el mundo, porque tampoco se podía convertir en un ermitaño o un asceta. Y bueno, comentábamos que esto se profundizó a partir de 1982 cuando recibe el Premio Nobel de Literatura. Y después publicó El amor en los tiempos del cólera y una novela de tema venezolano, El general en su laberinto. 1989 es una novela muy sabrosa de leer sobre Simón Bolívar; lo que sí ocurre con la novela es que no se distingue del mito bolivariano.

No, no es una novela crítica del mito bolivariano, sino por el contrario lo alimenta, decididamente. Lo que ocurre es que es una obra extraordinariamente escrita. Tres años después publicó Doce cuentos peregrinos, en 1992; para mi gusto ahí están dos de sus mejores relatos, uno que se titula "El verano feliz de la señora Forbes" y otro que se titula "El rastro de tu sangre en la nieve". Luego publica una novela menor, para mi gusto, que se titula Del amor y otros demonios en 1994, y dos años después publica un reportaje simplemente magistral que es Noticia de un secuestro, publicado en 1996.

Y los últimos veinte años de su vida publicó poco: publicó aquella noveleta de la que hablamos en este programa en el año 2004 y publica sus memorias en el año 2002. Esas memorias también las comentamos en algunos de estos programas y son muy, muy importantes. Allí trabaja él sus primeros 27 años de vida, y uno se pregunta: ¿dejó escritos los tomos que abarcan su peripecia entera? No lo sabemos.

Bueno, la viuda, Mercedes Barcha, tiene la palabra, o sus hijos, si llegó a escribir esos tomos, que no lo sabemos. Si llegó a escribirlos algún día se publicarán, esperamos que haya sido así. A mí me sorprendería que no los hubiese escrito, sorprendería mucho. ¿Cuál es el legado literario de García Márquez? Bueno, imagínense, uno de los grandísimos narradores de habla hispana de todos los tiempos, y mantuvo la prosa del lenguaje poético.

Aquí está una de las claves de García Márquez: elevó la cotidianidad de su infancia costeña colombiana al estrato de un mito, un mito completo, e hizo brillar en sus mejores páginas la imagen y la música. Y ustedes saben que estos son los dos pilares del lenguaje de la poesía. Por cierto, el discurso de recepción de García Márquez del Premio Nobel fue sobre La soledad de América Latina.

Esto no es gratuito. Además singularizó enfáticamente la narrativa latinoamericana ante el mundo occidental y oriental. Talones de Aquiles de García Márquez: en el aspecto literario yo no señalaría ninguno, en el aspecto político sí, le fascinaban los hombres de poder, incluidos los dictadores. Bueno, nadie es perfecto.

También hay que señalar que García Márquez no fue un intelectual en los términos clásicos, es decir, su formación filosófica y política era realmente menor porque él mismo no se la procuró. Y tampoco se puede afirmar que García Márquez fuese un hombre de ideas, eso descarga un poco de responsabilidad a García Márquez. ¿Quién fue entonces si no fue un intelectual? Pues un artista, un narrador, un creador, un constructor de universos, de personajes. Un demiurgo que le dio vida a un mundo hasta entonces no verbalizado: estamos hablando, por supuesto, de Macondo.

Y por otra parte sobran ejemplos históricos que señalan que un hombre que tiene grandes intuiciones creadoras en el ámbito de la política, sus visiones son menores. Menores incluso: alguien puede ser un autor de una obra maestra y desde el punto de vista ideológico padecer de una gran ceguera. De hecho Octavio Paz, ese gran ensayista mexicano, decía que hay una ceguera peor que la ceguera física y es la ceguera ideológica porque no nos permite ver. Bien, este fue García Márquez, el último programa dedicado a Colombia y Venezuela en esta serie de seis programas.

La semana que viene comenzamos con otra serie muy distinta y hasta aquí llega esta serie de seis programas. Ha sido un verdadero gusto hablar para ustedes. Soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica, Fernando Camacho.

A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com. Me consiguen en Twitter, arroba rafaelarraiz. Con esta serie hemos querido acercarnos a Colombia. Soy de los que cree que para conocer a Venezuela hay que verla desde Colombia y que para conocer a Colombia hay que verla desde Venezuela.

Son países muy distintos pero que dialogan y se entienden muy bien desde una costa y la otra. Se complementan en muchísimos sentidos; no dejo de señalar las enormes diferencias que hay entre los dos países, pero también señalo el pasado común y las circunstancias comunes durante siglos que hemos vivido. Somos vecinos y los vecinos no tienen alternativa, es decir, seremos siempre vecinos, y a los vecinos hay que entenderlos, conocerlos y, si es posible, amarlos. Hasta nuestro próximo encuentro.

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