Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. En la continuación de esta serie de programas sobre Colombia y Venezuela que venimos haciendo, este es el quinto programa de la serie. En esta oportunidad vamos a comenzar abordando un tema muy interesante: la vida privada en Colombia. Esto lo vamos a hacer con base en una investigación titulada Historia de la vida privada en Colombia, cuyos editores fueron Jaime Borja Gómez y Pablo Rodríguez Jiménez, y que da cuenta de un largo período entre el siglo XVI y el siglo XX.
Van abordando, a través de distintos trabajos convocados por estos editores, 23 trabajos, distintos aspectos en un tiempo histórico dilatado de la vida privada en Colombia. Hay un primer ensayo de Luis Miguel Córdoba Ochoa que se titula La elusiva privacidad del siglo XVI, donde se señalan algunos aspectos sumamente interesantes. Hay un subcapítulo de ese trabajo que se tituló «La alteración de los hombres en el Nuevo Reino de Granada», y allí se apunta a una condición vivida por los primeros españoles en América que suele olvidarse. Me refiero a la soltería en la que llegaron a estas tierras, dice el autor Córdoba.
Las relaciones sociales que en ellos se desarrollaban eran de una absoluta novedad en comparación con los modelos peninsulares, puesto que eran hombres dominados por la presencia femenina indígena debido a la ausencia de mujeres españolas, por lo menos en las primeras décadas del siglo XVI. Allí se fue creando un modo mestizo o indiano de alimentarse, de vestirse, de amoblar las viviendas y de hablar. Esto es un detalle muy importante.
Por ejemplo, en el caso venezolano, gracias a estudios de José Liceo López en el Archivo de Indias, en Sevilla, sabemos que oficialmente se trasladaron alrededor de 5.000 peninsulares a Venezuela a lo largo de 300 años, un poco, pero también sabemos, de acuerdo con sus estudios, que de esos cinco mil apenas el 11% eran mujeres y muchas de esas mujeres eran monjas, de modo que eran célibes.
De modo que tanto en Venezuela como en Colombia el proceso de mestizaje comenzó de inmediato, porque estos hombres venían solos y solteros en su gran mayoría. Se nos olvida que la influencia no solo se produjo de Europa hacia América, sino también al revés, cuando ellos señalan que esos españoles también fueron influidos en su manera de alimentarse, de vestirse y de amoblar sus viviendas. Y hasta hablar, pues, también eso es cierto y muy cierto.
En esta nueva unidad de pareja, extraña para los españoles, en la que la indígena gobernaba el hogar y el español no intervenía de forma eficiente, de allí que no sean infrecuentes las relaciones en donde un español recién llegado se asombre de la extrañeza en las costumbres que exhiben los que ya están aclimatados en América. Esto es muy interesante, el que llega nuevo de España y ve a sus compañeros dice: bueno, pero ¿qué le pasó? Este hombre cambió, claro, cambió porque tiene años viviendo con una indígena. Y la indígena también coloca sobre la mesa y sobre el hogar sus costumbres, y él también está siendo cambiado de manera, si se quiere, imperceptible.
Muy interesante esta observación. Hay otro trabajo de Aida Martínez Carreño que se titula La deconstrucción del héroe: tres etapas en la vida de Antonio Nariño, los héroes de Colombia, y aquí se ofrecen varias sorpresas para quien no esté familiarizado con el periplo vital del personaje. Primero, Nariño llegó a amasar una fortuna importante antes de caer en desgracia. Segundo, Nariño no estudió o no cursó educación formal, era autodidacta; eso en el caso venezolano no hubiese sido extraño, pero en el caso colombiano sí lo era un poco más.
Tercero, estuvo en la cárcel o en el exilio durante mucho tiempo: entre el exilio y la cárcel Nariño sumó 15 años. Cuarto, no fue mucho lo que la vida le permitió hacer si lo comparamos con otros héroes de época, ya que estuvo confinado por largos períodos. Y cuando intentó ser vicepresidente constitucional de la República de Colombia en 1821, dentro del marco de la Constitución de Cúcuta de aquel año, fue derrotado en elecciones parlamentarias por Francisco de Paula Santander. Interesante este sesgo en la vida de Antonio Nariño, que probablemente muchos ignoran.
Hay otro texto que se titula La vida privada de algunos hombres públicos de Colombia: de los orígenes de la República a 1880. Este es un texto de Víctor Uribe Urán y allí se abordan facetas de la vida íntima de Bolívar, Santander, Mosquera y Núñez. Cuando digo Mosquera me estoy refiriendo a Tomás Cipriano de Mosquera y a Rafael Núñez, que son personajes en la vida pública colombiana del siglo XIX. De Bolívar se precisa su relación con Bernardina Ibáñez, hija de don Miguel Ibáñez, padre de Nicolasa, que era la amante oficial de Francisco de Paula Santander, de quien el autor apunta que tuvo un romance adulterino con el general.
Y aunque el amor más conocido de Simón Bolívar fue el de Manuela Sáenz, el enamoramiento por Bernardina Ibáñez es muy conocido y se expresó con fervor. Bolívar, voy a citar palabras de Bolívar: "No pienso más que en ti y cuanto tiene relación con tus atractivos. Tú eres sola en el mundo para mí, tú, ángel celeste, sola animas mis sentimientos y deseos más vivos; por ti espero tener aún dicha y placer porque en ti está lo que yo anhelo". Bueno, un Bolívar romántico pocas veces se le cita y se le ventila este sesgo que fue muy importante en la vida de él.
Y por su parte, Santander tuvo un hijo antes de casarse con Sixta Pontón Piedrahíta; ese muchacho se le apodaba Pachito. En Colombia a los franciscos no les dicen Pancho sino Pacho, y Santander tuvo este niño con Paz Piedrahíta Sanz. En cambio, Bolívar, quien sostuvo unas cuantas relaciones amorosas, no tuvo descendencia, lo que nos lleva a pensar que no podía reproducirse, como lo han señalado algunas veces historiadores que precisan este hecho.
La vida íntima de Mosquera, que es el otro que se ventila en este trabajo, también es asombrosa. Nos informa Uribe Urán que a los 18 años ya tenía dos hijos naturales con dos afrodescendientes esclavas de las haciendas de su familia. Al año siguiente tuvo otro con una costurera en Cartagena. A los 21 años se casó con una prima hermana, Mariana Arboleda y Arroyo, con quien tuvo dos hijos.
Después ambos tuvieron que curarse de una enfermedad venérea que él le transmitió a su señora, y la cura se concentró mediante mercurio, zarza, goma arábica con sal prunela, trementina de Venecia, sal de Saturno mezclada con ruibarbo y agua de malva con linaza. He hecho una cita textual, por supuesto. Luego se distanciaron Mosquera y su señora, como por lo visto era costumbre. Mosquera tuvo tres hijas naturales más, dos de ellas de una misma madre que se llamaba Paula Luque.
No obstante, el propio Mosquera reconoció que la mejor amante que tuvo fue una mulata antioqueña llamada Susana Yamas, con quien estuvo muchos años e incluso se la llevó a Nueva York hasta que la abandonó en Barranquilla, donde, según Uribe, esta señora Susana erraba en soledad, olvidada. Luego, en 1869, Mosquera enviudó de su única esposa y se empeñó en casarse con una sobrina llamada María Ignacia Arboleda. Ella contaba 31 años y Mosquera tenía 75 años. Y un mes antes de cumplir 80 años, Mosquera tuvo un hijo con su sobrina.
Bueno, aquí no cabe la menor duda que las pulsiones sexuales y amatorias de Mosquera fueron únicas en la historia de Colombia, un caso destacadísimo del furor erótico hasta el final de sus días. Y nos preguntamos, ¿tuvo incidencia política este rasgo de la personalidad de Mosquera? Bueno, creemos que sí. Además, ningún rasgo biográfico de un personaje público, sobre todo si es tan acentuado como este, puede desdeñarse a la hora de estudiar su vida y obra.
He sabido que los procesos sociales solos no bastan para comprender la totalidad del fenómeno histórico; las biografías son muy importantes. Y estos datos sobre Mosquera, que pudieran parecer en el orden de la indiscreción chismosa, son realmente importantes para conocer al personaje y a su tiempo. En la parte anterior del programa veníamos hablando de la vida privada en Colombia, a partir de un libro, el libro Historia de la vida privada en Colombia. Y allí hay un ensayo de Camilo Monje intitulado Cafés y clubes: espacios de transitoria intimidad.
Este es un trabajo muy interesante, ya que en Colombia sus élites han sido dadas al ámbito del club con una pasión que la verdad que yo he visto pocas veces en otros lugares. Y Monje precisa que si el club es el lugar cerrado donde las élites se refugian y no pasan por la incomodidad de toparse con desconocidos, el café, por su parte, es el espacio de la clase media, que no tiene acceso al club y que sin embargo tiene iguales necesidades y pulsiones gregarias.
Y partiendo de los clubes clásicos colombianos me refiero al Club del Comercio en Bucaramanga, el Gun Club en Bogotá, el Jockey Club de Bogotá, el Club Unión de Medellín o el Club Barranquilla. No olvida el autor que también hay clubes de colonias de inmigrantes, aunque con propósitos distintos, ya que los propiamente colombianos es imposible desligarlos de la actividad política y la fascinación nacional por la distinción social y la solera de las familias viejas, por supuesto. Esto último en verdad se trata de un rasgo de las élites colombianas: cada integrante de ellas es un genealogista en potencia o en ejercicio. Hasta aquí esta aproximación a la vida privada en Colombia.
Veamos ahora un caso curioso, y es el paso por Colombia en algunas oportunidades del gran escritor argentino Jorge Luis Borges. Podemos decir que entre todos los países de América con los que Borges alimentó vínculos, el que mantuvo con Colombia fue sumamente particular. De varios de ellos da cuenta Juan Gustavo Cobo Borda en su libro Borges enamorado. Nos informa Cobo que el 2 de julio de 1939 don Camilo Cruz Vélez publicó una reseña en El Tiempo sobre la poesía de Borges, intitulada "El poeta de las claridades y los abismos de la muerte".
Entonces el argentino contaba 40 años y ya apenas había publicado tres poemarios, un libro de relatos, de modo que la atención de Cruz Vélez era precisa y sorprendente para la época. Ya en 1952, Jaime Tello, aquel entrañable colombiano que pasó más de la mitad de su vida en Venezuela y a quien conocimos, reseñaba la obra borgiana mientras las lecturas de sus libros eran práctica creciente entre los lectores cultos de Bogotá. Y en esta misma línea de atención colombiana, la obra de Borges, por iniciativa del profesor Ramón de Zubiría, la Universidad de los Andes en Bogotá, no la de Mérida, tomó una decisión pionera: en 1963 le confirió el doctorado honoris causa, dirigiéndose como la segunda universidad que se lo otorgaba. La primera universidad que le dio un doctorado honoris causa a Borges fue la Universidad de Cuyo, en Argentina. Y esta de Colombia fue la primera que lo reconoció fuera de su patria.
Luego vinieron muchos otros. Borges tenía doctorados de Columbia, de Oxford, de East Lansing, de Cincinnati, de Chile, de La Sorbona, etc. Y de aquella primera visita de Borges en 1963, a la que fue a Bogotá con su madre Leonor Acevedo de Borges, queda el recuerdo de una conferencia sobre Lugones y su participación el 14 de diciembre en la emisora HJCK, muy conocida en Bogotá, en un acto de inauguración de nuevos equipos.
También de aquella estancia, presumiblemente en el Hotel Continental de la avenida Jiménez de Quesada, surgió un poema a que Borges tuvo la simpatía de dejar constancia de haberlo escrito allá en Bogotá. Ese poema se titula Elegía y está recogido en el poemario El otro, el mismo, y se los voy a leer porque es un poema bellísimo, realmente. Dice Borges: "En elegía, oh destino el de Borges, haber navegado por los diversos mares del mundo o por el único y solitario mar de nombres diversos; haber sido una parte de Edimburgo, de Zúrich, de las dos Córdobas, de Colombia y de Texas; haber regresado al cabo de cambiantes generaciones a las antiguas tierras de su estirpe, a Andalucía, a Portugal y aquellos condados donde el sajón guerreó con el danés y mezclaron su sangre; haber errado por el rojo y tranquilo laberinto de Londres; haber envejecido en tantos espejos, haber buscado en vano la mirada de mármol de las estatuas, haber examinado litografías, enciclopedias, atlas; haber visto las cosas que ven los hombres, la muerte, el torpe amanecer, la llanura y las delicadas estrellas, y no haber visto nada o casi nada sino el rostro de una muchacha de Buenos Aires, un rostro que no quiere que lo recuerde. Oh destino de Borges, tal vez no más extraño que el tuyo".
Bogotá, 1963, fue escrito allí, en ese hotel en la avenida Jiménez de Quesada, y habla de un Borges enamorado, sin duda, un Borges que ha visto el rostro de una muchacha de Buenos Aires. Y un rostro que no quiere que lo recuerde, es un bello poema, ¿no? Y como era su costumbre, entonces imaginamos a doña Leonor copiando el dictado de este poema en una habitación del Hotel Continental. Dos años después Borges contrae matrimonio, nupcias con Estela Canto, ya una señora entrada en años, como se dice, muy distinta a esta muchacha porteña que le hacía suspirar. Aquel matrimonio duró dos años y Borges no conservaba ningún recuerdo favorable de ese matrimonio.
Y en aquella visita se juntaron el entusiasmo del profesor Zubiría, con quien entonces era ministro de Educación en Colombia, Pedro Gómez Valderrama, y era su jefe de extensión cultural el poeta Fernando Arbeláez, ambos ya iniciados en Borges, y todos remaron juntos para traer al escritor. Bueno, hay que decir que en 1963 Borges todavía no era Borges, sino un autor argentino seguido por unos cuantos despiertos lectores, pero ni de lejos una celebridad mundial. Y en aquella oportunidad fue solo; esta vez su madre no lo acompaña a Medellín y era tan desprovisto que no fue nadie investido de alguna oficialidad a recibirlo al aeropuerto Olaya Herrera, sino cuatro estudiantes de bachillerato de cuarto año que habían leído El Aleph y querían conocerlo. Él llegó solo, ahí, medio ciego, al aeropuerto Olaya Herrera.
Esos muchachos se llamaban, porque algunos viven: Alfredo de los Ríos, Jorge Molina, Juan Gustavo Mesa y el estupendo poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo. Ellos sirvieron de guías en el taxi para llevar a Borges hasta el hotel donde pasó, lo entrevistaron los muchachos y, como siempre, hallaron la natural cortesía de Borges, quien respondió fascinado a las preguntas de los futuros bachilleres. Y estuvo de vuelta en Colombia en 1965, pero no hallamos ninguna constancia de ello. Sí hay constancia de una visita a Bogotá en 1978, cuando se le declaró ciudadano meritorio; entonces participó en una mesa redonda en la Biblioteca Nacional y en la que estuvo el que con el tiempo se dedicaría esmeradamente al estudio de su obra, Juan Gustavo Cobo Borda, que lo citamos antes.
Sabemos que regresó de Medellín en esta vuelta al país, ya que el Instituto Metropolitano de la Alcaldía publicó un libro de fotografías y textos donde ya se le ve con María Kodama al lado. Y tres años antes, en El libro de arena, un libro de 1975, Borges recogió el único relato de tema amoroso que escribió en su vida pública y, como se sabe, en él lleva implícito un homenaje a Colombia. ¿Por qué? Porque los hechos ocurren en York y el personaje central se llama Javier Otálora, es un apellido típicamente colombiano y, en un diálogo del relato, que se ha hecho arcifamoso por razones obvias, se lee lo siguiente.
Nos presentan, dice Borges: "Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá, aclaré que era colombiano. Me preguntó de un modo pensativo: ¿qué es ser colombiano? No sé, le respondí, es un acto de fe, como ser noruego; asintió. ¡Villesa!". Bien, de modo que allí estuvo Borges en Bogotá y ahora permítanme unas líneas personales, una confesión personal.
La edición colombiana de la poesía y los cuentos de Borges, impresa por Lumen, me ha llevado al placer que me procuro con alguna frecuencia, que es regresar a la lectura de los textos de Borges. Creo además del gusto en su obra, volver sobre sus páginas terapéuticas nos redime de la lectura de tantas piezas lejanas a la perfección; leer a Borges es desintoxicarse. De modo que eso lo recomiendo cada cierto tiempo para desintoxicarse. Su habilidad para las enumeraciones es sublime, así como la elegancia con que coloca el adjetivo, y en estas tareas yo no recuerdo a nadie que iguale la destreza de Borges.
Sus obsesiones son conocidas, y la verdad es que en algunos casos son ingenuas. La fascinación por la batalla de Junín, donde participó su antepasado, revela el imán que le producía lo que él no era, es decir, un hombre de acción, un hombre sacudido por el dilema entre el coraje y la cobardía. La fuerza evocadora y melancólica de su palabra poética es notable, así como su capacidad plástica para colocarnos en ámbitos donde las imágenes potencian el espíritu. En su poesía, al igual que en sus relatos y ensayos, nada es gratuito.
Quiero decir con esto que todo vocablo responde a un objeto y a un plan que, por lo general, surge de la frecuentación de una tesis filosófica o una idea, una imagen subyugante o un planteamiento, o también una construcción fantástica enigmática imposible. Como todo autor culto que trabaja con las ideas, su obra comprende tanto el constructo intelectual como el de la imagen elocuente. En sus relatos y ensayos ocurre lo mismo, pero eso lo vamos a ventilar en la próxima parte del programa.
Ya regresamos. En la parte anterior del programa veníamos hablando de los vínculos de Jorge Luis Borges con Colombia, con Bogotá y Medellín, donde también estuvo. Y en esta parte del programa vamos a hablar del más venezolano de los autores colombianos, Gabriel García Márquez. Obviamente, quien además vivió en Venezuela y Caracas, como lo referiremos a lo largo de estos programas, este es el próximo que le dedicaremos. A él, y García Márquez vino a Venezuela, pues, infinidad de veces.
Yo creo que es incontable el número de veces que vino García Márquez a nuestro país y, bueno, como les digo, vivió un tiempo dilatado en Venezuela. Cuando digo dilatado estamos hablando del año 1957; aquí estaba Gabriel García Márquez y escribió sobre la caída de Marcos Pérez Jiménez, el 23 de enero de 1958. Y conocía muy bien a Venezuela y congeniaba muy bien, como suele ocurrirle a los costeños que conocen a nuestro país y que entienden que hay una sintonía cultural de costumbres, de inmediata.
Comencemos por los cuentos de García Márquez. Yo no me cuento entre los que despachan la obra de García Márquez fácilmente como si fuera de un nivel menor o sin importancia. De modo que, por lo contrario, García Márquez ha logrado lo que nadie o muy pocos alcanzan: que escribe maravillas y le gustan a la mayoría esas maravillas. Esto es un caso curioso: no todos los grandes creadores son recibidos por las grandes mayorías; ese sería el caso de los Beatles, para darles un ejemplo, o el caso de Shakespeare.
O el caso de un humorista tan fino y tan popular como fue Cantinflas. Y fue también el caso del cineasta de gran, gran valía y además de muchísimos espectadores como es Steven Spielberg, de modo que eso ocurre. García Márquez es uno de esos casos y en materia de cuentos, él los recoge, todos aquellos publicados entre 1947 y 1992. Su primer libro de cuentos es Ojos de perro azul. Y de sus libros de cuentos, a mi juicio, es el menos importante.
El menos importante, hay un cuento allí que sí anuncia lo que viene después: ese texto o ese relato se titula La mujer que llega a las seis. Yo no sé por qué no escogió ese cuento para que le diera título al libro y escogió Ojos de perro azul; quizás no lo hizo él sino el editor, como ocurre con frecuencia. La mujer que llega a las seis es un policial armado con ingenios de relojería, cocinados en los diálogos entre una mujer encantadora y un tonto que la sigue enamorado, detrás de la barra en que a diario atiende. Y este texto, al igual que casi todos los demás, tiene a la muerte por protagonista.
Es curioso constatar cómo la muerte obsesionó temáticamente a García Márquez desde sus comienzos. En su segundo libro de cuentos, Los funerales de la Mamá Grande, de 1962, allí ya aparece lo que se anunciaba en el monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. Ya en Los funerales de la Mamá Grande estaban los relatos La prodigiosa tarde de Baltazar, Un día después del sábado y el que le da el título, Los funerales de la Mamá Grande. Este ya es un libro de cuentos muy bueno.
También lo es La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, que fue publicado en 1972, si para esta época ya Cien años de soledad había salido al mundo a conquistar lectores. Pero La increíble y triste historia es un libro de relatos de gran, de gran recepción. Luego digamos que Doce cuentos peregrinos se publica 20 años después de la Cándida Eréndira, porque se publica en 1992, y ahí hay unos relatos extraordinarios, otros no tanto, a mi juicio.
Pero hablemos de los extraordinarios, me refiero a El rastro de tu sangre en la nieve. Y el otro extraordinario es El verano feliz de la señora Forbes. También es muy bueno Solo vine a hablar por teléfono, que es verdaderamente una pesadilla. Pero yo pienso que El rastro de tu sangre en la nieve le habría bastado a García Márquez para inscribir su nombre en la lista de los maestros del cuento, esto es una joya de principio a fin por donde se le mire. Es un relato prodigioso, de precisión y lenguaje de belleza, de modo que, pues queda allí esa recomendación: este es uno de los mejores cuentos que se ha escrito, en mi opinión.
Otro libro de García Márquez, que donde le brota por los poros la maestría periodística, es Noticia de un secuestro, un reportaje de 336 páginas y parte de la proposición que Maruja Pachón y Alberto Villamizar le hicieran a García Márquez del año 1993. Maruja Pachón estaba dispuesta a contarlo todo, y Alberto también, pero con el correr del relato el autor necesitó otros secuestros para completar la batería. Así fue como las tramas de unos y otro se fueron solapando y los lectores fuimos invitados a la situación límite de otros secuestrados en Colombia: Marina Montoya, Diana Turbay y Pacho Santos, Beatriz Villamizar de Guerrero, Jairo Bosch, Juan Vitta, Richard Becerra, Susana Líbano, Orlando Acevedo y, por supuesto, Maruja Pachón.
Y el narrador nos lleva por las circunstancias de la aprehensión de cada uno de ellos hasta que todos están a las órdenes del personaje escalofriante que va creciendo a lo largo de este relato, que es Pablo Escobar Gaviria, el jefe del cartel de Medellín, que urdió estos secuestros y que tuvo en jaque al gobierno de César Gaviria. Bueno, esto, los lectores de novela negra se dan un banquete con Noticia de un secuestro. Allí está lo mejor de la novela negra sin propiamente serlo; allí hay suspenso y verosimilitud, hay un perfil en los personajes, hay sorpresa.
Y la intuición de que una mano oculta mueve las fichas como si jugara a ajedrez para ganar, por supuesto. Y en la página de agradecimientos García Márquez desliza una confesión al referirse a quienes entrevistó para hacer su trabajo y dice: "Su dolor, su paciencia y su rabia me dieron el coraje para persistir en esta tarea otoñal, la más difícil y triste de mi vida". Pero bueno, no fue en vano, porque la verdad es que Noticia de un secuestro, una suerte de exorcismo del horror que sufrió Colombia en aquellos años, y también es hacer de aquel horror una historia que solo admite calificativos extremos, horrible, conmovedora también. Y en buena medida nos llevan de la mano por las fuerzas insospechadas que tiene el agente en situaciones más infames.
Bueno, y al poder de los ajedrecistas y del gánster que inundan las páginas del libro, así como el rostro de la muerte, no en balde ha sido una de las obsesiones centrales en toda la obra de García Márquez, como señalamos antes. De modo que... pocas veces García Márquez se permite reflexiones nacidas al margen del relato, pero son perfectamente pertinentes y es cuando cobra especial interés a la famosa curiosidad que siente García Márquez por el poder, sus mecanismos y sus protagonistas. Y al referirse a Diana Turbay Quintero, la hija del expresidente Julio César Turbay Ayala, que está familiarizada con los resortes del poder, García Márquez expresa literalmente: "El poder, como el amor, es de doble filo. Se ejerce y se padece, al tiempo que genera un estado de elevación pura, genera también su contrario: la búsqueda de una felicidad irresistible y fugitiva, solo comparable a la búsqueda de un amor idealizado, que se ansía pero se teme. Se persigue pero nunca se alcanza".
Qué maravilla de definición. Bueno, y si bien en El amor en los tiempos del cólera, esa gran novela, García Márquez profundiza la naturaleza del amor y en la aventura de la pareja, en El otoño del patriarca y en El general en su laberinto, pues García Márquez se asoma a los vericuetos del poder, que para él es casi decir lo mismo que la soledad. El método escogido por García Márquez, en Noticia de un secuestro, recuerda mucho a lo que hizo Truman Capote en A sangre fría, ya que tienen en común el gesto de abrirnos las puertas de la criminalidad y la psicología de los asesinos. Y en ambos libros queda demostrado un viejo adagio que dice: la realidad es superior a la imaginación. O dicho de otro modo, los infiernos imaginados nunca son peores que los reales, y eso es lo que demuestra este libro, Noticia de un secuestro.
En la próxima parte del programa seguiremos comentando la obra de Gabriel García Márquez, el más venezolano. Vamos a referirnos ahora a las memorias de García Márquez, Vivir para contarla. El primer tomo, el segundo tomo nunca se publicó. Esto fue publicado en el año 2002, de modo que estas memorias están estructuradas alrededor de ocho capítulos que suman 579 páginas, y el primer capítulo se centra en la rememoración del personaje central de su vida, su madre, quien falleció el 9 de junio del año 2002, cuando contaba 97 años.
¡Qué longevidad! Y según su hijo, Gabriel dijo el mismo día y casi a la misma hora en que puso el punto final de estas memorias, ese día murió la madre. Estas cosas que a García Márquez le pasaban con mucha frecuencia... Y allí, en este primer capítulo, trabaja el ámbito de su pueblo natal, Aracataca, una suerte de decantación de casi toda su obra, así como la figura del padre, algunos personajes del pueblo y su impronta en la casa familiar. El segundo capítulo brilla por las fulgurantes e entrañables estampas que hace de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez, que es el inspirador del coronel Aureliano Buendía, y allí se detiene también en la influencia femenina.
Dice lo siguiente: "Pienso que mi intimidad con la servidumbre pudo ser del origen un hilo de comunicación secreta que creo tener con las mujeres y que a lo largo de la vida me ha permitido sentirme más cómodo, seguro, entre ellas que entre hombres". Muy importante. Y allá en esa época van a surgir también los primeros integrantes del grupo literario y periodístico de Barranquilla, que va a ser fundamental para la educación de su sensibilidad. Las puertas de William Faulkner, el autor que confiesa haber influido más en su obra, se abren entonces para García Márquez, así como las páginas de los primeros relatos del autor argentino medianamente conocido entonces, pero muy conocidos por García Márquez, Jorge Luis Borges.
Bueno, y luego viene la iniciación sexual de García Márquez, como solía ocurrir en aquellos tiempos, con las mujeres y la vida alegre de Barranquilla. Allá también se educa con los jesuitas de Barranquilla. También relata su primer viaje a Bogotá y también relata una lectura capital para él, para su formación: La metamorfosis, de Kafka, y él dice que definió un camino nuevo para mi vida desde la primera línea. Y en aquella primera estadía bogotana también prendió el fuego del periodismo por intermedio de Elvira Mendoza, hija de Plinio Mendoza Neira, hermana de la venezolana Soledad Mendoza y hermana del itinerante y gran periodista y escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza.
Dice García Márquez sobre Elvira: "Con el reportaje de Elvira tomé conciencia del periodista que llevaba dormido en el corazón y me hice al ánimo de despertarlo". Y además de aquellos tiempos viene una creencia que se mantiene incólume en García Márquez, dice: la creencia de la supremacía del cuento sobre la novela. Sin embargo, lo que más se lee en el mundo son novelas y no cuentos, pero yo pudiera entender esto y, digamos, casi que lo comparto. La supremacía del cuento sobre la novela.
Y las páginas más electrizantes del libro las recoge en la experiencia del asesinato del líder del Partido Liberal, Jorge Eliezer Gaitán. Aquello desencadenó el incendio de media Bogotá y abrió un capítulo a la violencia colombiana que, según algunos, se encuentra en continuidad luego. El 9 de abril de 1948 fue el Bogotazo, a partir del asesinato de Gaitán. En estos días, también además de la amistad que nace con Plinio Apuleyo, nace la amistad con Camilo Torres en el sexto capítulo; asoma ya al escritor y se revela el trasfondo verídico de Crónica de una muerte anunciada y también aparece por primera vez la joven Mercedes Barcha, con quien contraerá nupcias pocos años después.
También sus hermanos, que son muchos, 10 hijos después de Gabriel. En la parte siguiente de este libro aparece Álvaro Mutis, que fue una presencia importante a lo largo de toda la vida de García Márquez y de Mutis. Fueron entrañables amigos durante muchísimos años y si llegase a aparecer el segundo tomo, que no apareció, hubiésemos sabido de la vida caraqueña de García Márquez, pero ese tomo no, no sé.
Yo no sé si lo escribió o si lo escribió y decidió no publicarlo, en todo caso. Allí estaría la vida de García Márquez en Caracas, que va a ocurrir a lo largo del año 57 y parte del año 1958. Pero todo eso, la vida caraqueña de García Márquez, lo vamos a referir en nuestro próximo programa. Hasta aquí el Venezolanos de hoy, dedicado en esta serie de Colombia y Venezuela, en su mayor parte, a García Márquez, como les he dicho, el más venezolano de los escritores colombianos, porque conoció mucho a Venezuela, vivió aquí, escribió algunos de sus mejores cuentos entre nosotros, en un apartamento en San Bernardino, en Caracas, y le fue un país muy, muy cercano toda su vida.
Ha sido como siempre un placer hablar para ustedes. Soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Y me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, y en la dirección técnica, Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arráiz. Hasta nuestro próximo encuentro.