Transcripción
Venezolanos. Nuestro periplo histórico, sociológico entre las dos naciones parte de algunas experiencias que yo tuve allá en los años en que viví en Bogotá. Entre 2010 y 2013 me permitiré algunas anécdotas iniciales de orden personal para explicar el contenido del programa. Allá estuve dando clases en la Universidad del Rosario y me interesé muchísimo, por supuesto, por la historia colombiana. Tuve la suerte de muy pronto ser invitado a la tertulia histórico-literaria de Alfonso Ricabrote.
Es una tertulia que tiene en Bogotá cerca de 30 años reuniéndose una y hasta dos veces por semana. Allí hice muchísimos amigos, entre quienes estaban profesores y colegas de la Universidad del Rosario, que me fueron facilitando mediante conversaciones y bibliografía las claves esenciales del mapa de la vida colombiana, tanto en lo político como en lo literario y en lo cultural. Imposible no mencionarlos: Camilo Gutiérrez Jaramillo, Mauricio Acero, Álvaro Pablo Ortiz, Enrique Serrano, Eduardo Barajas, Juan Londoño, Diana Plata, Juan Carlos Guerrero, Juan Esteban Constaín, y a viejos amigos de tiempos anteriores a esa estadía en Bogotá, como el poeta Darío Jaramillo Agudelo y también Juan Gustavo Cobo Borda.
De modo que en esos tres años hice una inmersión colombiana intensiva, buscando entender un país que para nosotros es fundamental. El país más importante para Venezuela desde el punto de vista histórico, por sus relaciones estrechísimas y por su historia común, es Colombia. De modo que conocer Colombia es también conocer Venezuela. Y lo mismo ocurre para los colombianos: acercarse a la vida venezolana, entender al país vecino, forma parte de la colombianidad.
Y yo diría que forma parte de la venezolanidad conocer, aunque sea someramente, a Colombia, a nuestros vecinos con quienes además tenemos una relación muy fluida. A partir de la década de la Violencia en Colombia, esa década que va de 1948 a 1957, emigraron muchísimos colombianos a Venezuela, y luego con la insurgencia de la guerrilla, a partir de 1964 y hasta hace muy pocos años, llegaron a Venezuela millones de colombianos desplazados que comenzaron a vivir entre nosotros. De modo que el venezolano en su vida diaria siempre encuentra un colombiano en el camino, de alguna u otra manera; para nosotros son muy frecuentes. No ha ocurrido lo contrario hasta hace pocos años.
Cuando la inmigración venezolana en Colombia se ha incrementado por las razones por todos conocidas, voy entonces a hablarles de algunas diferencias y similitudes que uno va encontrando entre Colombia y Venezuela, partiendo hasta de anécdotas o datos esenciales. Por ejemplo, lo primero que salta a la vista como una enorme diferencia entre un país y otro: en Colombia prácticamente no ha habido inmigrantes en comparación con la Venezuela del siglo XX. Por eso resulta tan extraño ir a una panadería en Bogotá y que no la atienda un portugués, o sorprende que en la oferta gastronómica bogotana, antioqueña o costeña conseguir un restaurante de comida china sea casi imposible porque prácticamente no los hay; hay poquísimos.
Y si a usted se le antoja en Cali o en Valledupar ir a comer comida italiana, pues va a ser muy difícil que tenga una oferta gastronómica importante, porque la inmigración italiana en Colombia ha sido ínfima, por no decir casi inexistente. Obviamente, Colombia no recibió las oleadas migratorias gigantescas que tuvo Venezuela, a partir sobre todo de la Guerra Civil española, cuando comienzan a llegar españoles a Venezuela, a partir de 1936-1937. Y después, con motivo de la Segunda Guerra Mundial y en la posguerra mundial, cuando empiezan a llegar miles y hasta millones de españoles, italianos del sur, portugueses, centroeuropeos, etcétera. Hay un larguísimo etcétera que incluye por supuesto a los colombianos de manera no solo destacadísima sino principal: el gentilicio mayoritario en Venezuela, en cuanto a inmigrantes, ha sido el colombiano, de eso no cabe la menor duda.
Y bueno, se han mezclado junto con los venezolanos y junto con esos centenares de miles de italianos de los pueblos del sur, canarios y gallegos. Pero también de asturianos, extremeños, vascos, catalanes, judíos, libaneses y sirios. Y una larguísima y variada nómina de inmigrantes que han hecho su vida en Venezuela, cuyos hijos y nietos son venezolanos. De modo que eso es muy distinto, sociológicamente, a lo que ocurre en Colombia, donde la inmigración fue muy reducida.
Y ustedes dirán: bueno, ¿pero cuál es el motivo? Obviamente, el motivo por el cual Venezuela fue un imán tan importante es el petróleo. Nadie abandona un país huyéndole a la pobreza, las penurias y a la falta de oportunidades para irse a otro donde tampoco hay oportunidades. Obviamente, en Venezuela las había, con una circunstancia muy particular: era un país despoblado en relación con el tamaño de su territorio y con un ingreso per cápita altísimo, porque la producción petrolera a partir de 1928 se hizo ya muy grande, superó las exportaciones de café y eso conducía a que el ingreso per cápita en Venezuela fuese altísimo.
Y si usted está en Europa, un país arrasado por la guerra, sin nada que comer, usted no se va a ir a lo pobre; busca un país donde haya oportunidades de crecimiento. Eso fue, quizás, lo que llevó a Eleazar López Contreras en su gobierno entre 1936 y 1941 a fundar el Instituto Técnico de Inmigración y Colonización, que buscaba la inmigración selectiva para un país despoblado. Si ustedes leen las memorias y cuentas de los gobiernos venezolanos durante todo el siglo XIX, van a hallar que uno de los principales problemas que se anuncia todos los años en Venezuela es que no hay gente.
No hay gente, es un país despoblado, y López Contreras, dentro del Plan de Febrero de modernización, crea este instituto para traer gente con calificaciones técnicas y profesionales. Y en efecto comienzan a llegar grandes contingentes alentados por la Guerra Civil española o por la Segunda Guerra Mundial. Y bueno, ya entre otras cosas para la década de los años cincuenta Venezuela cuenta con uno de los ingresos per cápita más altos del mundo.
Más o menos saquen estas cuentas. En Venezuela, en la década de los años cincuenta, había menos de siete millones de habitantes, y la explotación petrolera diaria en las décadas del año cincuenta era de dos millones de barriles, algo verdaderamente extraordinario, lo que llevaba a ese ingreso per cápita tan alto que hizo de Venezuela un imán. Ni tontos fueran los europeos que huían de la guerra y la posguerra para irse a un país que no tuviese las oportunidades que ofrecía Venezuela, que además los estaba recibiendo con los brazos abiertos porque necesitaba gente, y gente con oficios y profesiones calificadas. Y por las causas que fueron estas y otras, pues los venezolanos se vieron obligados a recibir a millones de inmigrantes.
Y según testimonios de esos mismos inmigrantes, no siempre fue miel sobre hojuelas el recibimiento. Por supuesto, emigrar es muy difícil: encontrar un trabajo, sobrevivir, pero la verdad es que estos inmigrantes se fueron aclimatando a Venezuela, sus factores nacionales. Y ese extranjero que llegaba y el criollo que lo recibía fueron dándose la mano, y fue creándose esta sociedad, vamos a llamarla plural, hecha de inmigrantes, tejida por la circunstancia migratoria que es Venezuela.
Y lo cierto es que la tolerancia con el forastero, la aceptación del forastero o del extraño se fue haciendo práctica en Venezuela, y eso ha sido así. Una anécdota: cuando comienza un curso en la Universidad Metropolitana, en Caracas, suelo pedirle a los alumnos que levanten la mano quienes tienen abuelos extranjeros, pues casi el 80% del salón lo hace. Hice lo mismo los años en que di clases en la Universidad del Rosario, en Bogotá, y pedía que levantaran las manos quienes tenían abuelos extranjeros: prácticamente nadie ha levantado la mano, muy pocos estudiantes, poquísimos. De modo que son dos combinatorias sociales radicalmente diferentes: Colombia y Venezuela.
En la próxima parte del programa seguiremos hilando sobre estas similitudes y diferencias entre ambos países. Ya regresamos.
En la parte anterior del programa estuvimos viendo algunas semejanzas y diferencias de orden sociológico entre Colombia y Venezuela, y seguiremos por este camino. La verdad es que el sentido cosmopolita y tolerante del venezolano es real, sin duda. Pero también hay que señalar que la maleta del venezolano ha estado lista para irse; no siempre se habla muy bien del país cuando uno se va. Bueno, las razones son conocidas, pero también es cierto el amor que yo vi y viví en Colombia por la propia Colombia.
El amor que tienen los colombianos por su país es muy importante, esto hay que señalarlo, y genera un fervor nacional muy particular. Creo, lo consigno, lo presento como tema de investigación, que tiene que ver con esto haber sido un país que no recibió grandes contingentes de inmigrantes, como sí lo hizo Venezuela. Toda moneda tiene dos caras: quizás esa circunstancia en Colombia según la cual hay muy pocos inmigrantes lleva a que todo colombiano, o muchos colombianos, tengan una gran pasión por la genealogía, independientemente de la condición social. Ahí hay un fervor muy particular para conocer las familias a las que pertenecen, y yo diría que la mayoría sabe de dónde viene su familia, a qué oficio se dedicaron, con quiénes están emparentados.
Incluso es muy común en Colombia hallarse dinastías de oficios: un barbero, hijo de barbero, nieto de barbero, bisnieto, tataranieto de barbero, y hay un gran honor en la familia al desempeño de un oficio en cuatro y cinco generaciones, lo mismo con un sastre. Esto es notable, realmente notable, y muy distinto a lo que uno observa en Venezuela. E insisto en aclarar que esto de la genealogía no es un interés exclusivo de las élites colombianas, que por supuesto lo tienen, sino que es un fervor extendido realmente. Recuerdo haber visto en televisión una oportunidad en la que los parientes de una beata —que no recuerdo su nombre—, los parientes, y yo no sé si ya había sido canonizada o probablemente, decidieron convocarse y reunirse.
Y tuvieron que reunirse en un teatro donde cabían 1.600 personas porque ahí aparecieron todo tipo de parientes; todo el mundo sabía del parentesco porque hay un fervor muy particular por las líneas familiares, e insisto, no tiene que ver solo con las élites colombianas. Y también esto está muy vinculado a los enclaves en Colombia; recuerden ustedes que las vías de comunicación por la geografía colombiana han sido escasas y hay unos enclaves muy particulares con un gentilicio muy marcado. Ser de Cali es muy distinto a ser bogotano, a ser antioqueño, a ser costeño o un llanero colombiano. Cada región de Colombia tiene unas particularidades y unas familias enraizadas allí durante 300-400 años, que le van dando cuerpo al gentilicio local, que es muy significativo en Colombia y que, si lo fuésemos a comparar con el caso de Venezuela, creo también habría mucha tela que cortar.
En Venezuela, por supuesto, tenemos gentilicios; no es lo mismo ser un zuliano o un cumanés, o un caraqueño o un maracayero, esto existe. Pero yo me pregunto si las diferencias entre los gentilicios venezolanos son tan marcadas como la diferencia entre los gentilicios colombianos, donde sí son muy, muy marcadas. Cuesta trabajo creer que un costeño, es decir, un habitante de Barranquilla, de Santa Marta o de Cartagena, pertenezca a la misma república como un bogotano. Son gente muy distinta; yo me pregunto: ¿son tan distintos un maracucho y una persona de Puerto La Cruz, un margariteño y un valenciano, son tan, tan diferentes?
Es un tema que creo que es interesante ventilar y ver cómo funciona este tema, ¿no? Y fíjense ustedes, hay un escollo insalvable en estas disquisiciones genealógicas en el caso venezolano. Por ejemplo, los extranjeros que llegaron a Venezuela en su mayoría quemaron sus naves en sus países de origen y sus hijos o nietos venezolanos saben poco o nada de sus antepasados, no tienen cómo saberlo, no tienen por qué se vino el abuelo de un pueblo del sur de Italia. Llegó aquí, construyó, se casó con otra italiana o una venezolana, que también era muy frecuente.
No hubo una tradición oral en la familia de recordar quién era el abuelo, ese señor, y probablemente su bisnieto ya no lo sabe; es difícil, porque muchos de los venezolanos, sus antepasados venían de otros lugares. En Colombia no ocurre esto casi, casi nada, porque la mayoría de los colombianos provienen de Colombia. Y eso me recuerda una pregunta que alguna vez le formularon a Jorge Luis Borges sobre los argentinos, y Borges, para qué decirlo, era genial. Le preguntaron: maestro, ¿de dónde descienden los argentinos? y Borges respondió: "De los barcos".
Claro, lo argentino: la inmigración en la Argentina ha sido descomunal, prácticamente la mitad o más de la Argentina proviene de Italia, de Rusia, de todas partes del mundo; es un país hecho de inmigrantes mucho más que Venezuela y mucho antes, porque la gran inmigración a la Argentina es un fenómeno de la segunda mitad del siglo XIX. Y desde las primeras décadas del siglo XX, cuando la economía argentina era prometedora, extraordinaria, con unas grandes perspectivas, esta pasión genealógica que yo advertí en Colombia en Venezuela es casi inexistente, muy poca. Es una diferencia interesante que lo que hace es revelarnos cómo el tejido social venezolano y el tejido social colombiano son diferentes. Y el elemento diferenciador esencial es la inmigración que recibió Venezuela durante casi un siglo, la nula inmigración que recibió Colombia durante casi un siglo y que ahora comienza a incrementarse, particularmente por la inmigración venezolana a Colombia, que creo yo que va a traer unos cambios sociológicos importantes allá porque el colombiano finalmente va a recibir al extraño, va a abrirle los brazos seguramente y se van a crear unas combinatorias muy particulares.
Además de que hay que añadir que muchos de los colombianos que están recibiendo a venezolanos allá conocen a Venezuela porque vivieron aquí, algunos sus parientes vivieron acá o incluso tienen familia que aún vive en Venezuela. Porque la circulación entre Colombia y Venezuela ha sido muy intensa. Dicen que una de las fronteras más permeables y flexibles del mundo es la frontera entre San Antonio del Táchira, San Cristóbal y Cúcuta. Esas son las fronteras donde históricamente pasan todos los días miles de personas; esto en América Latina no es frecuente, no hay mayores pasos fronterizos de esta densidad que el paso fronterizo tachirense y el Norte de Santander, que es como se llama este departamento de Colombia.
El otro factor de estas pinceladas sociológicas impresionistas, y digamos que un poco a la ligera que vengo haciendo aquí, es el tema también de la combinatoria social colonial. No tengo cifras en las manos, pero creo que la presencia africana en Venezuela fue proporcionalmente mayor que la presencia africana en Colombia. ¿Qué quiero decir con proporcionalmente mayor? Bueno, que los pobladores originarios de Colombia eran muchísimos más que los pobladores originales de Venezuela, entre otras cosas porque las sociedades originarias, el poblador originario colombiano o neogranadino como quieran llamarlo, ya había instaurado una sociedad agrícola.
En cambio, la mayoría de las etnias originarias venezolanas se dedicaban a la caza, la pesca y la recolección. De modo que en las sociedades agrícolas, como ya se sabe, una vez establecidas, además, su crecimiento poblacional se hace más intensivo, y eso fue lo que ocurrió en esa región de América Latina, en el América del sur. Cuando los españoles llegan en Colombia, había muchos más pobladores que en Venezuela; quizás eso explique que la necesidad de mano de obra africana fue más urgente en Venezuela que en Colombia. En todo caso, sin cifras en las manos, me atrevo a sugerir que en la combinatoria social colombiana la presencia africana es menor que en Venezuela.
En cambio, la presencia indígena originaria es mayor en Colombia que en Venezuela en términos proporcionales; creo que esto hay que tomarlo en cuenta para entender un poco las diferencias entre un país y otro. Bueno, también en Colombia esa sociedad colonial que llegó a su importancia, al tener un virreinato, esa sociedad colonial es, en comparación con la venezolana, más sólida, más estable e instituida, vamos a decirlo así. En Venezuela, dadas sus circunstancias, tuvo una institucionalidad colonial distinta a la colombiana. En la próxima parte del programa seguiremos con estas disquisiciones, estas comparaciones entre Colombia y Venezuela. Ya regresamos.
Bueno, y en esta tela que vamos tejiendo de diferencias y similitudes, imposible no hablar de la democracia política colombiana, que cuenta con instituciones yo diría más sólidas que la democracia política venezolana. Pero también hay que decir que la democracia social venezolana es más profunda que la colombiana; esto pudiera afirmarse, pues yo creo que sí. Yo creo que la movilidad social en Venezuela en los últimos 100 años ha sido muy grande y a eso me estoy refiriendo cuando hablo de democracia social venezolana. Y también es muy probable que esa movilidad tenga su asidero o su fundamento en la riqueza petrolera, que allá no la ha habido, y eso conduce a que la movilidad social en Colombia se haga más difícil, que sea más cuesta arriba.
También hay que señalar que uno puede advertir en Colombia que haya una suerte de inercia de la sociedad estamental colonial. Es decir, uno todavía percibe en Colombia estamentos sociales muy, muy demarcados que vienen del período colonial. En cambio, en Venezuela la movilidad social, quizás aceitada por la riqueza petrolera, se ha dado más vinculada con la tenencia de dinero que con las pautas de abolengo o las tradiciones, que viene siendo lo mismo; esas pautas de abolengo o esas pautas de familias tradicionales en Colombia han pesado más que en Venezuela en todo el tejido del ascenso social. En otras palabras, pudiéramos afirmar que perviven restos de la sociedad estamental virreinal bogotana y en Venezuela, pues no, porque la sociedad estamental colonial venezolana fue mucho más débil desde este punto de vista.
Entre otras razones porque las vigencias de la cédula real de Gracias al Sacar en Venezuela fue profunda y gracias a esta cédula real muchos pardos o mestizos, como también se les llamaba, adquirieron derechos de ciudadanía como si fueran blancos. Y esto no ocurrió en Colombia con la intensidad que ocurrió aquí, entre otras razones porque el estamento de los pardos en Colombia era mucho más reducido que el estamento de los pardos en Venezuela. Que alcanzaban derechos de ciudadanía comprándole a la Corona Española esos derechos como si fueran blancos, no siéndolos. Esta es la cédula de Gracias al Sacar, una ficción jurídica fascinante, extraordinariamente curiosa, y que molestó muchísimo, por supuesto, a los mantuanos venezolanos, a los caraqueños, porque, bueno, le estaba dando los mismos derechos de ciudadanía a quienes por limpieza de sangre no les correspondían según las leyes y las costumbres de la época.
Pues en Colombia eso pasó muchísimo, muchísimo menos porque la influencia de los africanos en Colombia fue muy mitigada, a mi juicio, y porque la combinatoria quizás más acentuada en Colombia fue entre los blancos peninsulares y los indígenas, los pobladores originarios. De modo que por allí hay una diferencia interesante también, así como otra muy marcada de la presencia de la Iglesia Católica en Venezuela y en Colombia. Para que nos demos una idea, lo ilustro con algún dato: los jesuitas estaban fundando un colegio mayor, como se llamaba entonces, el Colegio Mayor de San Bartolomé, en Bogotá, en 1603. Después los expulsaron a los jesuitas de todos los territorios del Imperio español y cuando regresan, ese Colegio Mayor de San Bartolomé ya no se llama así sino la Universidad Javeriana de hoy en día.
Los jesuitas fundan una universidad en Venezuela, que es la Universidad Católica Andrés Bello, en 1953. Estamos hablando de trescientos y tantos años después de diferencia. Este es un simple dato; pudiera abundar en otras diferencias. ¿Por qué la presencia de la Iglesia Católica fue tan acentuada en Colombia y tan mitigada en Venezuela? Si me apuran y me piden una sola explicación, pues diría que allá había una presencia mayor porque había más gente.
¿Qué quiere decir esto? El papel de la Iglesia colonial era la evangelización. Entonces, ¿para qué se va a trasladar la Iglesia a sitios donde no hay casi gente? Tienes que trasladarte a sitios donde hay gente para convertirlos y para evangelizarlos o para sacarlos de paganismo, como ellos llamaban esa tarea; por eso la presencia ya era muy grande, lo mismo que las presencias de la Iglesia Católica en México y en Perú. Es decir, donde había mucha gente, pues la presencia de la Iglesia se incrementaba porque todo el proceso de conquista y colonización española en América es un proceso también católico.
Es una empresa de la Iglesia Católica también. De allí que la presencia histórica de la Iglesia Católica en Colombia haya sido mucho mayor que la presencia en Venezuela y tiene que ver también con los virreinatos de los que hemos aludido antes. El Virreinato de Nueva España, que es como se llamaba el Virreinato de México, el del Perú y el de Bogotá, que tardó ciertamente porque es de 1723. Pero no es gratuito que España, perdón, México, Perú y Colombia fuesen virreinatos y lugares donde las culturas originarias eran poderosas, masivas, donde había mucha gente que incorporar a lo que los reyes católicos Fernando e Isabel llamaban la Cristiandad.
De modo que la Iglesia estuvo muy presente en los lugares donde las culturas originarias eran fuertes y, en algunos casos, multitudinarias como es el caso de México. Y eso obligaba a que el apostolado fuese muy, muy intensivo. Pero esto tiene mucha importancia porque la influencia de la Iglesia Católica imantó todo el modelaje cultural colombiano, porque no solo tuvo en sus manos la educación sino porque las relaciones entre los hombres, las relaciones sociales, estuvieron signadas por los valores y costumbres de la Iglesia católica. Y ustedes dirán, bueno, pero pasó algo distinto en Venezuela, quizás sí, ya que la presencia de la Iglesia fue menor, menos omnipresente.
De allí que sus principios pedagógicos de entonces, basados en la obediencia como valor máximo, en Venezuela entraron con menos potencia; el sistema circulatorio de las creencias y las costumbres, mientras en Colombia casi forma parte del ADN colombiano la obediencia como valor máximo del sistema pedagógico. Eso es un valor fundamental de la Iglesia Católica de entonces, que era una Iglesia católica, por supuesto, nada democrática. Hoy en día no pudiéramos decir que la obediencia es el principal valor de la Iglesia Católica en ningún lugar del mundo, pero en el período colonial americano lo era. Y eso allí está latiendo en Colombia: la obediencia como un valor importante, que en Venezuela lo era menos.
Innecesario también recordar que la Iglesia Católica del período colonial, lejos de propender a la tolerancia y a la convivencia, aupaba lo contrario; más bien era fundamentalista. La Iglesia católica colonial, por razones muy comprensibles, sustentaba lo que se llamaba el derecho divino de los reyes y se lo entregaba en bandeja de plata a la monarquía. Y, por supuesto, la relación entre la Monarquía y la Iglesia Católica era sumamente estrecha. Ya había argumentos jurídicos que la Iglesia le ofrecía a la Monarquía y la Monarquía los aupaba y los recibía con gran jolgorio, como este del derecho divino de los Reyes; es decir, que los reyes gobernaban porque era la voluntad de Dios.
De modo que no va a exagerar quien afirme que la presencia de la Iglesia entonces traía consigo principios monárquicos y absolutistas en proporción a la densidad de la población. Y eso, digamos, está bastante claro. En cambio, la ausencia de la Iglesia católica traía cierta laxitud que era vista desde las murallas del autoritarismo como una expresión de anarquía y esta, naturalmente, era motivo para su más enérgica condena y reparo, cosa que la Iglesia hacía de mil amores, por supuesto. Y el otro tema que también debemos ventilar es captar cuánto de la violencia que ha padecido Colombia durante décadas es consecuencia en alguna medida del autoritarismo e intolerancia reinante en la sociedad colombiana, pero esto es, digamos, entrar en unas profundidades que no podemos ventilar en un programa como este, porque es más bien un trabajo académico que requiere de una investigación muy particular, con unos datos y una información muy sólida.
Simplemente aquí consignamos, digamos, esa ventana, esa posibilidad: ¿qué relación hay entre la violencia y el autoritarismo pedagógico del autoritarismo reinante en la cultura de una determinada sociedad? En la última parte del programa, seguiremos viendo estos temas comparados o de historia comparada Colombia-Venezuela. Ya regresamos.
Hablábamos en la parte anterior del programa cómo el autoritarismo pudiese estar vinculado con la generación de violencia y, la verdad, es que no estaría descaminando quien penetre esta selva advirtiendo este talante fundamentalista e inquisidor de la Iglesia Católica colonial, que por supuesto no tiene nada que ver con la Iglesia católica actual. Por otra parte, los problemas venezolanos no tienen fuente en los excesos que haya podido producir la Iglesia en el modelaje cultural de la sociedad venezolana; no lo creo para nada. Nuestros problemas quizás partan precisamente de la falta, en un orden político y jurídico, de una visión institucionalizada del mundo. Pero bueno, toda moneda tiene dos caras.
Y en Venezuela disentir ha sido práctica común que se tolera fácilmente, mientras en Colombia disentir es un agravio, como alguna vez me lo explicó mi amigo el narrador Enrique Serrano. Por otra parte, esto conduce a que las palabras pesen mucho allá, quizás pesan más las palabras allá que aquí. Tienen más densidad, y quizá esto sea natural, porque si lo que digo puede ser fuente de una ofensa grave, pues cuido mi lenguaje; si lo que digo puede recogerse o tolerarse, pues mi lenguaje es tan impreciso, va a importar menos mi lenguaje si lo que estoy diciendo se tolera con mayor facilidad. Pesa menos lo que digo.
En otras palabras, se pudiera decir haciendo una caricatura y en extremo maniqueísta, se pudiera decir que allá hay gravedad y aquí hay liviandad, vamos a decirlo así para entendernos, aunque esto tiene muchos matices y no es exactamente de esa manera. La verdad, optar por un extremo u otro no es el caso, pero yo diría que si me ponen a optar entre la gravedad y la liviandad, pues me quedo en el medio. Creo que la gravedad es importante y también, finalmente, el equilibrio o la armonía siempre es el camino deseable. Y bueno, quizás por este respeto que tienen en Colombia por el significado de las palabras, es porque quizá los modales sean allá tan importantes.
Porque si se respeta la carga que llevan sus palabras en su poder ofensivo, es también para valorar lo que llevan de amabilidad. Si uno se alarma con la violencia del lenguaje que hiere, también celebra con felicidad el lenguaje que es un cariño, que es afectuoso; de modo que quizás por eso los modales cuentan mucho allá y me pregunto si será también porque los agravios, los daños o perjuicios van acompañados de un "me muero de la pena" o "qué pena con usted", que son expresiones muy, muy colombianas, pero que suavizan lo que te están diciendo. Por ejemplo, usted va a un lugar en el que, bueno, va buscando un determinado tipo de comida, supongamos, y tiene ese deseo montado durante cuadras caminando porque va a llegar al tal sitio y va a comerse algo que le gusta, que le han dicho que ahí está. Y la manera de decirte que no hay es: "No hay, qué pena con usted, me muero de la pena".
Es una forma como de endulzarte la negación. De modo que los modales están allí muy presentes; es como que si el lenguaje pesara. Y claro, hay mucha gente que ve esto como una violencia enmascarada: las formas, los modales de la urbanidad. Y en Venezuela pasaría realmente casi lo contrario.
Uno dice lo que piensa sin ningún cuidado ni ninguna consideración por las formas, y eso tampoco es lo correcto, porque no es manera. Yo creo que ni un extremo ni el otro. Muchos venezolanos suelen ver en las formas colombianas hipocresías y no ven modales o no ven atenuación, sino solo ven hipocresía, mientras muchos colombianos ven la rudeza venezolana una expresión de la barbarie, de la barbarie costeña o caribeña que ellos lo ubican, la barbarie sobre todo en la zona caribeña. Que, por cierto, ellos no aluden al Caribe; para ellos la costa caribeña colombiana es la costa atlántica: siempre me he preguntado ¿por qué?, ¿por qué hablan de la Costa Atlántica cuando ese es del Caribe?, porque no lo mencionan; es algo extraño, pero no he logrado saber por qué ocurre eso allá.
Los modales colombianos no son solo hipocresías. Son también modales, formas de convivencia, y también hay respeto por las formas porque estas son esenciales para esa cultura cundi-boyacense, que quiere decir cundiboyacense, esa meseta de Cundinamarca que abarca Bogotá y va terminando ya en Tunja, cuando se termina la meseta cundiboyacense y la tierra se desplaza hacia el llano colombiano y el llano venezolano. Bien, en nuestro próximo programa continuaremos con este ensayo de historia comparada o de sociología comparada, con este ensayo para discernir entre el gentilicio colombiano y el venezolano. Habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia.
Y como siempre me acompaña en la producción Inmaculada Sebastiano, y Fernando Camacho en la dirección técnica, Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter arroba Rafael Arráiz. Ha sido un gusto hablar para ustedes hasta nuestro próximo programa de esta nueva serie sobre Colombia y Venezuela.