Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas. Cap 4 (último)
Último capítulo de la entrevista con AUP
Transcripción
Número de Productor Nacional Independiente de una serie que entonces quedó inconclusa. Me refiero a Arturo Uslar Pietri, Ajuste de cuentas. Con anterioridad grabamos tres programas y este de hoy va a ser el cuarto y último programa.
Como ustedes recuerdan, esta serie la vengo trabajando con base en una entrevista que sostuve con Uslar Pietri en los meses finales del año 2000: septiembre, octubre y noviembre del año 2000. Uslar vio el trabajo que hice a lo largo de todo el mes de diciembre, lo leyó en enero y murió en febrero, cuando contaba con 94 años.
De modo que esta fue la última larga entrevista que el doctor Uslar ofreció en vida. Veníamos hablando en el programa anterior sobre los amigos de Uslar. Él nos habló antes de Carlos Eduardo Frías, de Alfredo Boulton, un amigo y primo hermano de él, y ahora comenzamos a hablar de sus amigos de París.
Amigos de París y amistades
Y entonces Uslar afirmó lo siguiente: "Con Miguel Ángel Asturias tuve una amistad toda la vida. Era un hombre encantador, nos reuníamos en la terraza de La Coupole a conversar de lo divino y lo humano. Y allí también hice amistad con Alejo Carpentier. Recuerdo que un día nos pusimos a hablar de los haiku, esa forma poética, y comenzamos a hacer unos, y Miguel Ángel escribió uno muy largo y le dije: 'Chico, tiene que ser una cosa más restringida'.
"Y entonces escribió una cosa increíble, dijo: 'Timón adelante, barco atrasante'. Miguel Ángel tenía una cabeza de indio maya fabulosa. Él fue el que tradujo el Popol Vuh al español del francés".
Y entonces yo le digo: háblenos de otros amigos también, ya menos cercanos. Entonces Uslar comienza a recordar y dice: "Pedro Sotillo era un hombre excelente. Siempre recuerdo un cuento estupendo de Los caminos nocturnos. Él fue, como usted sabe, jefe de redacción y director durante muchos años del diario El Universal".
Luego sigue diciendo Uslar: "Con Antonio Arraiz mantuve una amistad de toda la vida. Escribí el prólogo a la segunda edición de Áspero y muchos años después fui el responsable de que Antonio se fuera para los Estados Unidos a vivir. Él estuvo de paso por Nueva York, donde yo estaba exiliado, y me comentó que le gustaría salir de Venezuela, que se sentía asfixiado".
"Entonces ocurrió una casualidad y fue un boliviano llamado Diomedes Pereira, que trabajaba en las Naciones Unidas. Me comentó que iba a renunciar a su trabajo, ¿y qué si yo lo quería? Pues yo le dije: no, que estaba muy contento con mis clases en Columbia University, pero que conocí a un venezolano que sí estaba interesado. Y le mencioné a Antonio, y así fue como entró a trabajar en las Naciones Unidas, y allí estuvo muchísimos años, me parece que del año 49 al 62, cuando murió de un infarto".
Antonio era un hombre excelente, un poeta muy venezolano, muy buena persona. En efecto, digo yo ahora, fueron trece años que trabajó Antonio Arraiz en las Naciones Unidas, y el cargo que tuvo, al que alude Uslar, fue director de las publicaciones en español de la Organización de las Naciones Unidas. Y murió allá en Westport, como bien dice Uslar, de un infarto.
Sigue diciendo Uslar Pietri: "Tuve mucha amistad con el profesor Rosenblat, uno de los hombres más útiles que ha habido en Venezuela, muy generoso también. Fue muy útil, e Isaac Pardo hizo cosas muy buenas; hace poco se publicó un libro de conversaciones con él. Allí dice cosas muy interesantes".
Yo le pregunto: ¿usted fue el que le puso el sobrenombre de Murciélago a Isaac Pardo? Y Uslar responde: "No, ¡no fui yo! Ese sobrenombre se lo pusieron cuando estuvo preso en Palenque siendo estudiante. Parece que él se levantaba muy temprano en la mañana y tenía una especie de sobretodo que le quedaba muy grande y se lo ponía, entonces con el viento lo comenzaron a llamar murciélago".
"De Guillermo Meneses y de Juan Liscano también he sido amigo, ambos excelentes escritores", dice Uslar, "pero con ellos no he tenido así una intimidad muy grande".
Bien, hasta aquí el capítulo de los amigos. Vamos a ver ahora un capítulo que titulé La casa por dentro. Por cierto, La casa por dentro es el título del extraordinario poemario de Luz Machado, uno de los grandes poemas y poemarios que se han escrito en Venezuela. Y como quería aludir a la intimidad de la vida doméstica de Uslar, titulé este capítulo La casa por dentro.
La casa por dentro
Y comienzo diciendo lo siguiente: la vida íntima del Dr. Uslar es poco conocida, entre otras razones porque en su vida pública no ha dado señales de que puertas adentro pase algo que suscite el más mínimo asombro. Sin embargo, en sus hábitos y en la estructura familiar reposan claves de significación para comprender la obra y personalidad de este venezolano que signa con su presencia todo el siglo XX en Venezuela.
Comienza a hablar Uslar, dice: "Yo me casé en 1939 con una mujer de la que guardo el más grato recuerdo. Mi mujer fue excelente". Yo le digo: en su poema Aniversario se recoge ese sentimiento. Por cierto, su mujer se llamaba Isabel Brown Cerdell de Uslar Pietri. Y entonces les digo que en ese poema se recoge ese sentimiento tan hermoso que tenía Uslar hacia ella, y él me responde: "Así es. Mientras más recuerdo a Isabel, más ternura siento por ella. Una mujer excepcional; no tenía un pelo de egoísmo. Era el ser más desprendido, más abnegado o leal que podía haber. A mí me hizo mucho bien.
"Me ayudó muchísimo su presencia, su ayuda. Era una mujer discreta, educada; conmigo fue excepcional. Hay que ver lo que fueron esos años que pasamos en el exilio de Nueva York y cómo me ayudó Isabel en todo".
Le pregunto entonces: sus batallas tuvieron lugar fuera de la casa, ninguna puerta adentro, ¿no? Y responde Uslar: "Siempre he tenido una vida privada muy serena. Nunca he tenido una vida conflictiva en lo personal, mi vida ha sido muy clara, muy diáfana. Tuve la suerte de encontrarme con mi mujer, que fue inmejorable. Con ella no tuve nunca ni una sola discusión".
Yo le digo: qué suerte, qué gran suerte, y él responde: "Sí, realmente que sí".
Le pregunto entonces: ¿a su mujer le gustaban los libros, sus libros? Y él dice: "Ella era muy poco intelectual. Era una muchacha venezolana de una familia muy tradicional, los Brown Cerdell. Su padre era don Carlos Brown. Cuando yo resolví casarme, recuerdo que fui a hablar con don Carlos, que era un hombre muy serio y respetable. Pues le dije: 'Mire, don Carlos, yo estoy muy enamorado de Isabel y me gustaría casarme con ella, si usted no tiene inconveniente'. Y él me dijo: 'No, chico, estoy muy contento por el matrimonio. Lo único que te aconsejo es que dejes la política'".
Yo le digo: bueno, usted no le hizo caso, y Uslar responde: "No, para nada".
Eso que la gente llama hobbies, distracciones, usted los ha tenido, doctor Uslar. Y él responde: "Hobbies nunca he tenido, eso de ponerse a criar pájaros y cosas por el estilo nunca me ha interesado".
Y le digo yo: ¿y a qué se dedicaba cuando se iba para su casa de la playa allá en La Costanera, en Caraballeda? "Llevaba libros. Me dedicaba al aire y aprovechaba la orilla del mar para llevar una vida más sana. Yo nunca he sido fiestero. Entre otras cosas, porque no tomo, o tomo muy poco".
Tampoco ha sido fumador. Le pregunto. "Sí, eso sí. En mi juventud fui fumador, pero lo dejé ya hace muchísimos años".
Y ha sido de buen dormir, doctor Uslar. Y me dice: "De muy buen dormir. Nunca he tomado una pastilla para dormir, nunca en mi vida. Además, toda mi vida he dormido siesta; por lo general duermo una hora y media después del almuerzo".
Bueno, esto es típico de esos personajes venezolanos de aquel tiempo. Hoy en día dormir la siesta es muy difícil, pero es común encontrar que casi todos ellos dormían siesta.
Y le pregunto: ¿con qué sueña? Y él me responde: "Sueño mucho, de repente sueño cosas con cierta continuidad, en las que me encuentro situaciones determinadas".
¿De alguno de esos sueños ha salido algún cuento suyo? Me dice: "No, sueño con mi infancia... No, sueño con cosas raras... Mi situación actual, pero en condiciones raras. Con gente que no conozco".
Y entonces le pregunto: ¿alguna vez imaginó que iba a tener una vida tan larga, no? "Aunque mi familia ha sido bastante longeva. Mi padre murió de 80 y tantos; yo tengo ya 94".
Le digo yo: muy bueno, ¿no?, ha visto tantas cosas. Y él dice: "Bueno, tiene su balance también. He visto cosas que no hubiera querido ver".
Sí, doctor Uslar, pero su vida ha sido plena. "Sí, lo ha sido", me dice. "Yo no lamento nada de lo que he hecho en mi vida, y esto es difícil decirlo. Siento que hice lo más que pude dentro de lo que yo soy. Siempre me sentí con mucha obligación con el país. No sé por qué".
¿Cómo es la vejez?, le pregunto. "Lo va aislando a uno, le va atenuando los sentidos, la memoria se afecta muchísimo, se hace uno olvidadizo, de modo que tiene muchos aspectos negativos".
De Gaulle decía que la vejez era como un naufragio, pero usted la lleva con serenidad, ¿verdad?, le digo yo. "Sí... La verdad es que he tenido siempre mucho equilibrio en mi manera de ser, una condición de la sensibilidad. Nunca he sido un hombre de extremos y la violencia me parece horrenda, lo peor".
Y hasta aquí llega ese capítulo en la vida doméstica, La casa por dentro, de Uslar Pietri.
Y, de acuerdo con las respuestas, ustedes pueden intuir que me costó trabajo extraerle algunas respuestas, porque es un universo del que Uslar no hablaba y no habló prácticamente nunca. Quizás esta es de las poquísimas veces que responde una pregunta como esta, ¿con qué sueña? Yo creo que nadie nunca se lo había preguntado a Uslar.
Entonces sus respuestas son parcas, son precisas, son breves, quizás porque estábamos transitando un territorio que no le era familiar, al menos en el mundo de las entrevistas y de las respuestas.
Y vayamos entonces al capítulo once de ese libro, que se titula El laberinto de la creación. Y entonces digo yo: aunque para el doctor Uslar no es fácil hablar de su obra literaria, el tema es naturalmente insoslayable. Se siente más a gusto hablando de Venezuela que de sus tareas con la palabra; sin embargo, vencen las resistencias y se detiene este aspecto fundamental en su vida.
El laberinto de la creación
Y empieza a hablar Uslar diciendo: "Yo no soy producto de ningún plan, ningún proyecto que yo concibiera hasta ahora. Fui un producto de mi manera de ser y de entender y sentir la noción sobre lo que era el país. Yo creo que he sido uno de los escritores más venezolanos que ha habido, preocupado por el país toda mi vida. Me he valido de todos los medios. Por ejemplo, la labor que yo hice con la televisión no la ha hecho nadie en Hispanoamérica divulgando conocimientos de una forma sencilla y directa".
Le pregunto: en los años recientes, les recuerdo que estamos en el año 2000, ¿ha tenido entre manos algún proyecto literario? Y está hablando, además, les recuerdo, un hombre que tiene 94 años. Y responde Uslar: "No, por Dios. Ya no, no puedo hacerlo. No puedo dictar".
"Una obra de creación no se puede dictar. Se puede dictar un poema o una exposición sobre algo, pero una obra de creación literaria es algo muy íntimo, con otros mecanismos".
Debo aclarar que él está diciendo esto porque había perdido casi toda la visión. Solo podía leer por intermedio de una lupa gigantesca a la que se le anteponían unos gigantescos también anteojos. De modo que con esas dificultades de la visión era imposible que él escribiera en su máquina Remington, que fue la que usó toda la vida. Él no llegó a la computadora; por eso es que me está diciendo que él no podía dictar una novela, un cuento.
Podía dictar una carta o un poema o una exposición, como dice él, pero no una obra de creación literaria y ficción.
Le pregunto entonces en nuestro diálogo: la relación suya con otras manifestaciones artísticas ha sido principalmente con la pintura, ¿no es así? "Sí, siempre me interesé mucho por la pintura y por la fotografía. La música le ha sido más ajena".
Le digo: he oído mucha música, pero no la he estudiado en serio. Sigo oyéndola con mucha frecuencia. ¿Cuáles son sus compositores preferidos?, le pregunto. Y me dice: "Me gustan los románticos y los autores de principios del siglo. Stravinsky entre ellos... Los rusos...
"Pero estoy muy lejos de ser un experto o un melómano".
¿Hay algún libro suyo al que le tenga más cariño que a otro? —y fíjense lo que responde Uslar—. "Eso es algo muy difícil decir, desde luego, pero Barrabás, que fue mi primer libro, tiene una significación extraliteraria para mí".
Claro, ese libro se lo ayudó a publicar su padre. El padre pagó la edición, pues un primer libro o un libro de relatos. A eso se refiere con una significación extraliteraria para él porque fue el comienzo de su vida de escritor público.
Le pregunto: ¿hay algunas obras que le hubiera gustado escribir y no lo hizo? "¡Ah, bueno! Eso, sin duda alguna... Una vez me metí en política, eso me perturbó mucho, y después cuando hacía programas de televisión pues ya se me hacía muy difícil estar investigando".
Se estableció una disciplina para la escritura. Y él dice: "¿Una disciplina en particular? No. Siempre he sido disciplinado por naturaleza. Prefería escribir en la mañana o tarde. En la mañana era más fácil porque había menos compromisos... En las tardes siempre había invitaciones, reuniones y visitas".
Le pregunto: cuando escribió novela, ¿se hacía un plan general de obra previo, o estas se iban dando de acuerdo con la navegación? Y aquí él me responde algo verdaderamente asombroso. Él dice: "En general las novelas mías no son novelas. En realidad son reconstrucciones históricas. Así es El camino del Dorado y Las lanzas coloradas".
Le pregunto: supusieron una investigación muy acuciosa. "En algunos casos sí, incluso algunos de mis cuentos son así; otros, no. Recuerde que mi obra cuentística es muy extensa. Yo debo dejar alrededor de 70 u 80 relatos en total". Es cierto: son ochenta y tantos relatos.
¿Cómo valora sus obras de teatro?, le pregunto. Y él me dice: "Me gustan mucho. Por ejemplo, creo que Chuo Gil es de lo mejor que yo he hecho".
El teatro es muy difícil porque es algo participativo; uno es dueño de su prosa hasta un punto, pero en el teatro no. ¿Tiene previsto algo en relación con sus obras completas? Fíjense, una pregunta de Estado, de magnitud. Y él responde: "No, nada más".
Yo insisto. Le digo: se deben organizar temáticas o genéricas. Y él dice: "Creo que llegará el momento en que alguien se ocupe de eso. No estaba pensando en ese tema".
Le vuelvo a preguntar: ¿tiene alguna sugerencia para esa persona? Y me dice: "En la Fundación Polar hay un grupo que se ocupará de la divulgación de mi obra. Ellos tienen todos mis originales y mis documentos. Hay una inmensa cantidad de material allí".
Háblenos de sus gustos literarios. Por ejemplo, ¿la lectura del Quijote lo ha acompañado? Y me dice: "Nunca fui muy lector del Quijote. La prosa cervantina siempre me sonaba un poco teatral. Claro que es un grandísimo escritor, pero me interesan mucho más las novelas y los entremeses de Cervantes".
¿Y Quevedo?, le pregunto. "¡Ah no! Quevedo es el más grande escritor de lengua española. Ese es un monstruo. No solamente La vida del Buscón, que es muy buena, sino Los sueños. Esta es una de las grandes obras en la literatura de todos los países y de todos tiempos".
Gracián, me dice, muy valioso. ¿Borges? "Conocí a Borges", me dice Uslar. "Era un hombre muy grato, muy fuera del mundo. Su ceguera lo aislaba mucho, siempre andaba como en una especie de monólogo. Ficciones es un libro extraordinario, una de las grandes obras en la literatura castellana".
¿Y los filósofos, Dr. Uslar? "Yo no he estado adscrito a un pensamiento filosófico. He sido un poco vagabundo", me dice el doctor Uslar, con una sinceridad desconcertante, si se quiere, incluso hasta pudiera decirse que es una humildad extrema.
Y así es como llegamos al último capítulo, que se titula El color del futuro. Yo comienzo diciendo: a lo largo de estos diálogos finiseculares, el fuego en la actualidad política venezolana estuvo siempre presente, siempre con las perspectivas del que le ausculta para otear el futuro. Preguntas que desde joven así asediaban a Uslar: ¿hacia dónde vamos?, ¿cómo construimos un futuro mejor?
El color del futuro
Y Uslar comienza diciéndome sobre el futuro, es un hombre de 94 años: "Yo no soy optimista. Soy muy pesimista. Es que uno no ve qué puede pasar con Venezuela. Desde el punto de vista del azar, pues puede pasar cualquier cosa, pero desde un desarrollo más o menos lógico no se ve. No hay propuesta para Venezuela, no hay partidos políticos. Los aparentes dirigentes que hay son gente de muy segundo orden. Estamos muy corrompidos.
"No nos podemos comparar con otros países cercanos; con Colombia no nos podemos comparar, ni con el Perú mismo, y no digamos con la Argentina, Uruguay o Brasil, que es esa inmensidad".
Bien, en la próxima parte del programa les leeré las últimas reflexiones del Dr. Uslar, con las que concluyen este diálogo y el libro que se titula Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas. ¡Ya regresamos!
Decíamos en la parte anterior del programa que comenzamos en esta leyendo los últimos cuatro párrafos de respuestas de Arturo Uslar, esa larga entrevista del año 2000. Dice Uslar: "Estoy muy angustiado con esto que está pasando en este país. Este es un momento muy malo y peligroso.
"Hay mucho dinero, muchísimo dinero, pero no hay orientación. La educación es un desastre, la política espantosa. No hay debate, el país está sin rumbo o destino, sin clase dirigente. Hay aventureros, pícaros, gente que tira la parada.
"Ahora hablamos de revolución, es muy curioso. La idea de revolución desapareció del mapa. En este momento no queda ningún poder revolucionario en el mundo, menos en Venezuela, claro, y en Cuba. Lo trágico es el nivel de la gente que nos gobierna. Yo oía a Chávez el domingo: ¡qué cantidad de disparates dijo y con qué autosuficiencia, con qué arrogancia!".
"Este es un país muy infortunado. Era difícil que aquí las cosas hubieran pasado de otra manera porque este fue siempre un país pobre y atrasado, aislado, lleno de inestabilidad, de golpes de Estado, de eso que llaman revoluciones. Y además apareció esa riqueza inmensa del petróleo en manos del Estado que provocó una distorsión total".
"Si alguien se atreviera a hacer un estudio sobre la idea de revolución en Venezuela, se vería lo que ha costado y lo que ha significado. Lo que contiene y expresa es lamentable. Ya le digo, yo estoy en un estado de ánimo muy malo. No tengo esperanzas. Estoy como el infierno de Dante. Aquí no hay de dónde agarrarse. Es lastimoso: un país sin clase dirigente, aluvial, improvisado e improvisador. Hay que ver lo que hubiera sido este país con esa montaña de recursos si el gobierno hubiera tenido un poquito de sentido común".
Bien, hasta aquí esta conversación del año 2000 con Arturo Uslar. Evidentemente no es un hombre que esté en su momento de mayor entusiasmo. Y a los 94 años se le ha diagnosticado un cáncer y va a morir apenas mes y medio después de estas palabras. De modo que hay un talante depresivo en sus afirmaciones; es muy comprensible, por cierto. No es inventada esa desesperanza: también tiene fundamento.
Y bueno, vamos a concluir esta segunda parte del programa de este último capítulo, el cuarto, comentándoles una entrevista anterior que yo sostuve con él. Esta es una entrevista breve hecha en 1986 para la revista Imagen, y en esa época yo era jefe de redacción de la revista, el director era Juan Calzadilla y Uslar estaba cumpliendo 80 años. Y toda Venezuela celebró el cumpleaños de Arturo Uslar, incluso el presidente de la República, que era entonces Jaime Lusinchi. Se le dio un gran almuerzo en Miraflores y se publicó una edición especial de Las lanzas coloradas. La Presidencia de la República, quiero decir, una edición especial de Las lanzas coloradas ilustrada por Pedro León Zapata, una edición bellísima.
Bien, entonces, con motivo de sus 80 años yo comencé por preguntarle lo siguiente: en el mundo literario venezolano algunos comentan que usted se ha prestado por demasiado tiempo a la actividad política. Se dice que esta circunstancia le ha restado tiempo a su labor como escritor. Este comentario nos remite a la vieja discusión sobre el papel del intelectual, del escritor en la sociedad.
Y entonces él dice lo siguiente, y su respuesta es esta: "En primer lugar, quiero decirle que a mí me parece completamente injustificado que se diga que las otras actividades me han robado el tiempo para la literatura, porque más bien he escrito demasiado. Creo que soy el escritor venezolano que ha escrito más sin exageración; tengo, imagínense usted, más de 45 libros publicados, entre los cuales hay cinco libros de cuentos, seis novelas, más de 30 volúmenes de ensayos. He publicado más de 1.200 artículos de prensa; he hecho más de 1.200 programas de televisión. No sé cómo hubiera podido hacer más, ¿verdad? Creo que honestamente soy el escritor venezolano que ha producido más, sin duda alguna. No conozco otro que tenga ese volumen; de modo que es injustificado decir que las otras actividades me han robado el tiempo".
"En cuanto a ese viejo debate que tantas veces se ha planteado del escritor y su tiempo, del escritor y la sociedad, del escritor y la política, es un debate muy mal planteado. Siempre es muy mal resuelto, por lo consiguiente. El escritor debe ser un hombre de su tiempo o un hombre de su sociedad, esté con ella o en su contra. No creo que haya existido nunca un escritor que no sea de su tiempo, aunque los que creen que no son de su tiempo lo son, y de una manera flagrante, y que no haya habido nunca un escritor que haya escrito fuera de la consideración del medio en el que se mueve, como adhesión, reacción o sorpresa, como interpretación de mil modos".
"Lo que se ha discutido mucho, sobre todo en los últimos años —ya hoy en día eso pasó de moda— era aquello que llamaban el compromiso, si el escritor debía estar comprometido con un credo político o una ideología política, un partido político. Creo que no. Desde luego, todo escritor tiene una ideología y, como todos los seres humanos, tiene la manera de entender el mundo y de entenderse a sí mismo, pero lo que no puede el escritor es convertirse en el apéndice propagandista de una ideología, porque renunciar a lo que se es. El escritor es una conciencia libre, fundamentalmente, y el gran papel que puede hacer en una sociedad es ser una conciencia libre: ni estar en contra ni estar a favor. Él, desde su ángulo, ve lo que cree que es la verdad, y decirla y retratarla y reflejarla, y combatir lo que cree un error, siempre que lo haga no como un apéndice de un movimiento político, siempre que lo haga como una expresión de su conciencia".
"Un escritor es la conciencia de su tiempo, aunque esté escribiendo poesía pura o abstracta. Por ejemplo, la poesía de Paul Valéry es una poesía totalmente de su tiempo y en la que es muy fácil ver por alusión o por emisión lo que estaba sucediendo en Francia, de su tiempo.
"De modo que el compromiso del escritor trajo consecuencias atroces. Afortunadamente eso se zanjó; hoy en día ya nadie habla de literatura comprometida, por lo contrario, se le nombra con un sentido peyorativo, pero en una época esa era la moda.
"Hoy en día no tiene sentido. Ya es evidente que los escritores, con su capacidad mayor o menor y su sensibilidad, son fatalmente intérpretes de la conciencia de su tiempo desde su propio ángulo personal. No tienen manera de escapar de eso".
Yo le pregunto entonces: ¿su diálogo con la poesía ha sido fecundo? Pero ¿por qué no lo ha llevado a tener una mayor producción poética? Y él me responde: "Ahora va a salir un nuevo libro de poesía. Pero las razones son probablemente obvias: nunca me he sentido poeta, ni creo que mi obra central es la de un poeta. He visto mi poesía como un complemento, como un remate natural, como una desembocadura inevitable de una reflexión. Hay cosas que a mí me interesa decir, que las he dicho en el ensayo, en la ficción, pero que para llegar a lo que sería la síntesis final, el sumo o el extracto, la clave final, no hay otra manera de encontrarlo sino con la poesía. Y por eso lo hago como una salida final, como un escape de una cosa que no hallo cómo decir de otra manera".
Usted, le pregunto yo, que ha desarrollado tantas facetas, ¿en cuál se siente más cómodo? Y Uslar, yo recuerdo que la pregunta lo inquietó un poco e incluso diría que hasta lo molestó un poquito, y respondió esto: "No creo que uno se sienta cómodo en ninguna. No soy un transformista, un hombre que se para en un escenario y aparece como un faraón y luego aparece como un burgués del siglo XIX y luego como un personaje del Renacimiento. No se trata de sucesivas reencarnaciones o metamorfosis. ¡No!
"Quien me dicta siempre lo que he hecho ha sido la vida y las respuestas a mi vida, a lo que es mi vida y esa exigencia de mí. Me ha planteado cosas a las que he tenido que responder por la necesidad de expresión que está en mí".
"No han sido el producto de una persona que se pone un plan de virtuosismo a tocar con la mano derecha o la izquierda. No, es que de repente estoy tocando a cuatro manos porque era eso lo que había que hacer, era eso lo que correspondía. No tengo en mi vida compartimientos estancos: una hora en que soy escritor, otra político, periodista. ¡No! Todo esto está mezclado en una cosa que soy yo y mis intereses, mi obsesión, mis fantasmas, lo que usted quiera".
"Por otra parte, no he ido a la política para ser un político profesional, y me hubiera aterrado serlo. No porque tenga desprecio por los políticos profesionales".
Yo le digo: cuando usted era ministro a los 33 años, ¿a esa edad tenía claro que no quería ser político profesional? Y él dice: "En esta época han podido ocurrir muchas cosas. Es posible que si no hubiera ocurrido el golpe de Estado en 1945 y el régimen que venía funcionando hubiera seguido evolucionando, habría salido de allí una Venezuela muy distinta a la de hoy en día. Me hubiera sido a mí muy difícil escapar porque estaba muy involucrado, y quizás no hubiera podido hacer mi obra literaria como la hice. Eso es posible, pero a la hora en que se plantea la política como una profesión eso a mí siempre me ha aterrado. La política no puede ser una profesión, como ser escritor tampoco puede ser una profesión".
"Ser escritor es necesidad existencial. Hay hombres que tienen una necesidad biológica de expresarse, de buscarle un sentido al mundo que los rodea, pero eso no se aprende ni se ejerce como una profesión. No se puede decir: 'Yo voy a ser escritor y voy a vivir de ser escritor'. Esa es una decisión muy sospechosa; revelaría que hay poca calidad en quien toma una decisión de esa clase".
Le apunto entonces: debe haber algunos aspectos no realizados de su personalidad, algunos hitos, algunas frustraciones. Y él me dice: "Le voy a decir lo siguiente: entre las cosas que tengo se cuenta una muy buena salud mental, ¿verdad?, soy muy equilibrado, por serlo. No soy ni nostálgico ni añorante ni ansioso. Siempre he sido un hombre que se ha propuesto hacer las cosas y las ha tratado de hacer. No tengo remordimientos. En cada época de mi vida he sido un personaje distinto".
"Si usted me dice a mí hoy en día por qué no reescribo Las lanzas coloradas, le diría a usted: ¡que no! Por varias razones. Primero, haría una novela distinta. Y segundo, esa ya no es una obra mía. Esa es la obra del joven de 24 años que hoy en día no soy yo. En el registro civil sigo siendo la misma persona, pero psicológicamente, emocionalmente, no soy la misma persona. Entonces no tengo derecho a tomar esa obra ajena. Es como si cogiera una obra suya y me pusiera a rehacerla".
Le digo: con la explicación que ha dado, ¿puede inferirse que usted no tiene fantasmas? Y ahí Uslar vuelve y saca la espada y me dice: "De fantasmas vivo lleno. De fantasmas que son formas de llamado, formas de búsqueda... Mire, lo que me ha mantenido vivo ha sido siempre: tengo un proyecto abierto, un presente actual viviente y exigente. El tema presente sin volverse hacia el pasado ni sin estar imaginando futuros hipotéticos, sino: ¿qué hago yo ahora con esta hora que me han regalado y que tengo aquí?"
"Vivo lleno de emoción por un libro que estoy haciendo. Si usted me pregunta cuál es el libro más importante suyo, le diré: el que estoy haciendo".
Y entonces les repregunto: ¿qué relación, a través de la lectura o personal, tiene usted con las generaciones posteriores a la suya? "Desgraciadamente poca, y no por culpa mía. Ya con la generación suya la situación puede ser distinta, porque ya usted me ve a mí allá en una situación que no lo afecta ni poco ni mucho, pero las generaciones inmediatas reaccionan violentamente".
"En Venezuela hubo una revitalización muy grande de una actitud literaria que le costó muy caro al país y a muchos escritores. De tal modo, eso trajo una gran reacción contra mí. Si usted se pone a leer textos del 50, 60, 70, casi usted verá: no existo. Escritores que no me nombran, y entonces fabrican escritores venezolanos de méritos muy dudosos, que no han salido nunca de la parroquialidad venezolana, pero que ellos exaltan. Y esa es una manera de negarme a mí. Ahora esto ya ha pasado. Felizmente ha pasado, pero todo eso estableció la dificultad de acercarme a ellos. Eran ellos los que me cerraban las puertas, ¿no yo?".
"Recuerdo aquella escena en la Universidad Central, grotesca y dolorosa para mí, cuando un homenaje a Mariano Picón Salas. No me dejaron hablar, sacaban unas pancartas que decían 'Uslar pétreo' y 'asesino'. Eran tiempos difíciles".
Sí, le digo yo, tiempos pasados. Y él sigue diciendo: "Veo con mucha ansiedad y curiosidad aquello que está saliendo en Venezuela. Tengo la impresión, en primer lugar, de que están desorientadas, están atrasadas, demasiado parroquializadas. No están viendo hacia el mundo, sino hacia el pequeño grupo, escribiendo para diez personas. Y eso es muy peligroso.
"Cuando nosotros éramos jóvenes escritores teníamos una visión universal, pensábamos que éramos importantes a nivel mundial, queríamos ser traducidos al alemán, ser conocidos en París o Madrid. Nosotros teníamos la vista puesta afuera. Cuando escribí Las lanzas coloradas, lo hago pensando en un escenario mundial y no estaba pensando que mis amigos de la parroquia San José me iban a celebrar. Logré que esa novela, dentro del año de su publicación, fuera traducida al alemán y recibiera comentarios muy elogiosos en todas partes. Yo tenía la vista puesta en algo más ambicioso".
Yo le cambio el tercio y le pregunto: aparte de los poemas que Monte Ávila le publicará próximamente, ¿qué otro proyecto literario tiene? Estamos en 1986 y él tiene 80 años. "Bueno, ahora sale este libro de ensayos en España, que debe llegar pronto. A mí no me gusta hablar de cosas que voy a hacer porque es muy fácil decir, pero estoy muy entusiasmado con una novela que quiero hacer, que es muy distinta a todo lo que he hecho hasta ahora. Les quiero decir que para mí el gran problema es el tiempo, porque hago demasiadas cosas. Hago mucho más de lo que debería hacer: hago un programa de televisión semanal, escribo 72 artículos anuales, y usted sabe que esos artículos míos están sindicalizados, se están publicando en 30 diarios de habla española. Después he escrito un artículo mensual para la agencia EFE, en un espacio que se llama Grandes firmas. Y además escribo cuatro artículos anuales para la revista Visión, doy conferencias y escribo libros, voy a actos públicos. De modo que estoy agobiado, ¿cómo hago? Me convierto en un caballo de circo".
Yo le digo: eso es desesperante. Y él me dice: "Sí, es una pesadilla".
Le digo entonces lo siguiente: de Jorge Luis Borges ha sido muy difícil obtener una respuesta sobre su visión del mundo o de su ideología; solo en una de las infinitas entrevistas que ha concedido recuerdo haber sentido a Borges proclive a declararse anarquista. ¿Usted comparte en algo la posición de Borges? Y entonces él dice: "No estoy de acuerdo con ningún gobierno o con lo que dijo Jorge Luis Borges".
Y entonces Uslar dice: "A mí nunca me ha preocupado si soy un hombre de derecha, de izquierda o de centro; esas etiquetas no me importan. Reacciono como creo que debo reaccionar frente al escenario del mundo. De repente lo que digo puede coincidir con una posición de derecha o con una izquierda; eso no me preocupa jamás. Nunca me han preocupado esas especies de lealtades ideológicas. Si usted me pregunta cuál es su visión del mundo, le diría: todavía no he terminado de tenerla. Porque qué es lo que he hecho viviendo: enterarme de quién soy y cómo es el mundo que me rodea, pero esa tarea no ha terminado y solo terminará el día en que me muera. No tengo una concepción del mundo. Sería una cosa estúpida que lo dijera. Si la tuviera, sabría lo que no sabe nadie. Tengo unos atisbos, algunas perplejidades frecuentes".
Parece, le digo yo, que en su vida y en su obra siempre ha habido una resistencia a alinearse. Y él responde: "Es cierto. Lo único que he mantenido toda mi vida es que soy enemigo de los gobiernos autoritarios. Soy partidario de la libertad de conciencia, no de eso que la gente llama libertad, porque la libertad no existe, pero el sagrado derecho a disentir, a decirle a usted: no estoy de acuerdo con lo que usted dice y por eso no me vayan a matar o expulsar del país. Esta es la semilla en todo lo valioso que tenemos los hombres. Ahora cuando se establece un conformismo en el que hay que estar de acuerdo con algo, se llega a algo desnaturalizante: es la muerte de la personalidad".
Yo le pregunto: ¿lo único revolucionario es el individualismo? Y él dice: "Así es, porque no somos otra cosa que individuos. El progreso del mundo se les debe a los disidentes". Con esta expresión yo titulé esta entrevista: El progreso del mundo se debe a los disidentes.
Y le hago una última pregunta: dentro de las ideologías actuales, donde todo tiende a la serialización, a la estandarización, eso que usted dice no debe gustarle a muchos. Y él responde: "Eso ha cambiado muy radicalmente, mire usted. Eso que llaman el fin de las ideologías es algo exagerado, pero lo que sí ha terminado es la dictadura de las ideologías. Ya no hay ideología dominante en el mundo; ya no hay riesgo de pensar y atenerse a las consecuencias. Hoy en día la gente que viene de las posiciones más definidas ideológicamente le ha dado la espalda a eso y están buscando por su lado cómo expresarse, y a mí me parece eso sano. Me parece bueno".
1986: ese fue el fin de esta entrevista. De las dos entrevistas que sostuve con el doctor Uslar en su vida, ojalá hubiese sido más, pero esas fueron las oportunidades que tuve, y felizmente hice esa larga entrevista en el año 2000, que se publicó en 2001 y que terminó siendo la última entrevista y en alguna medida una suerte de testamento, porque ahí dijo, como ustedes los que han seguido estos programas habrán advertido, que dice cosas que no había dicho antes.
Bien, concluimos entonces el cuarto y último capítulo de Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas.
Habla para ustedes Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Giancarlo Caraballo. A mí me consiguen por mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com y por Twitter arroba rafaelarraiz. Ha sido un gusto hablar para ustedes como siempre en esta reanudación de los programas.