Arturo Uslar Pietri
17 de abril de 2020

Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas. Cap 2

La última entrevista que concedió AUP en los meses finales de 2001.

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Transcripción

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Introducción y sucesión en tiempos de Medina

Este Ajuste de cuentas fundamenta esta serie en una larga conversación que sostuve yo con él entre agosto y diciembre del año 2000. El doctor Uslar murió en febrero del año 2001; cuando conversamos, repasamos toda su vida y sus hechos. Uslar era un hombre de 94 años rumbo a los 95 —no llegó, porque los cumplía en mayo del año 2001 y murió en febrero—. Es un hombre de 94 años, por eso titulé la entrevista así: Ajuste de cuentas, está pasando revista a toda su vida con base en unas preguntas que yo le voy formulando.

Estos diálogos ocurrieron en la biblioteca de su casa, allí en La Florida, la casa que habitó desde muy joven, desde que la construyó en los años 30, en las décadas de los años treinta cuando la urbanización La Florida estaba recién inaugurándose. Y también comenté en el programa anterior que esa casa fue diseñada por Carlos Raúl Villanueva.

Es una casa que está en pie. Ahí queda la Fundación Casa Uslar Pietri y allí están las estanterías de sus bibliotecas, porque él antes de morir legó toda su biblioteca, una biblioteca de cerca de 18.000 volúmenes, a la Universidad Metropolitana, donde se construyó el Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri. Allá están sus legados; sus libros y sus papeles están en la Fundación Polar, por cierto.

Bien, dicho esto, en el programa anterior estuvimos viendo el tema de la sucesión presidencial. No de Gómez a López Contreras y tampoco de López Contreras a Medina, sino la sucesión presidencial en tiempos de Medina y cómo fue, y en qué consistió, y qué dificultades encontró.

Allí hablamos en esa oportunidad. Él refiere el tema de Diógenes Escalante, cómo fue escogido, etcétera. Y yo le pregunto lo siguiente: el general Medina intentó deshacerla con el tachirense, pero civil, Escalante. ¿Era posible que Medina lo escogiera a usted? Yo me vengo refiriendo a lo siguiente: que se había formado una tradición no escrita según la cual el ministro de Guerra y Marina pasaba a ser el presidente de la República.

Recordemos que las elecciones no eran verdaderamente democráticas: eran elecciones de segundo grado y ocurrían en el Congreso de la República. Era muy difícil que el Congreso escogiera a alguien distinto al presidente que estaba gobernando. De modo que, así como Gómez tácitamente escogió a López Contreras y López Contreras escogió a Medina, ahora a Medina se le presentaba otra situación porque Medina no quería, no tenía la voluntad de escoger al ministro de Guerra y Marina. Y de hecho escogió a Diógenes Escalante, que era un civil, un embajador de Venezuela con largo periplo diplomático, que en ese momento era embajador de Venezuela en los Estados Unidos.

Pero sin embargo, siendo civil, tenía que ser tachirense, porque se había instaurado una suerte de gentilicio en el poder, que era la gente del Táchira. Y entonces eso es lo que yo le pregunto: ¿era posible que Medina lo escogiera a usted? Y fíjense, escuchen lo que me responde Uslar:

“Era muy difícil que me escogieran a mí. Yo no soy tachirense y la tradición de militar tachirense se imponía. Hubiera sido un atrevimiento, una osadía contra los instrumentos del poder. Un día me dijo Medina: ‘Vamos a hablar, Arturo, vamos a hablar de sucesión de presidencia. Tú deberías ser el presidente de Venezuela, tienes todas las condiciones para hacerlo, pero desgraciadamente, en las circunstancias actuales, yo soy el heredero de Cipriano Castro, a pesar de que mi padre murió peleando contra él y no sería posible que yo rompiera esa tradición. Vamos a ver en quién pensamos’”.

Hasta ahí las palabras de Medina que son referidas por Uslar. Y retoma al discurso Uslar. Entonces, de esa conversación surgió la candidatura de Escalante, y yo le pregunto en ese momento: ¿usted se la sugirió a Medina? Y Uslar responde: “No. Yo no se la sugerí, pero él asomó. Entonces lo llamamos a Washington y vino y pasó una de las cosas más trágicas que yo he presenciado en mi vida: ese proceso de pérdida de la personalidad de Escalante”.

Yo hago el inciso: la historia comenzó con la pérdida de unos pañuelos en su habitación del Hotel Ávila. “Sí”, dice Uslar, “desde que llegó comenzó a dar síntomas de no estar bien, que se le atribuían a cansancio, pero ya vemos que era algo mucho más grave. Desde luego, inmediatamente se comenzó a decir que yo estaba detrás de eso, que yo estaba manejando los hilos para inutilizarlo a él y ser yo presidente. Eso es Venezuela”.

Le digo entonces: paralelamente viene corriendo el proceso de distanciamiento entre López Contreras y Medina Angarita, ya que el primero aspiraba de nuevo al poder. Y escuchen lo que responde Uslar:

“Así es. Incluso un día fue a verme a Miraflores Manuel Egaña, hombre a quien yo apreciaba mucho, y él se ofreció para arreglar una entrevista con López, cosa a la que yo me dispuse inmediatamente. Entonces hablé con Medina y él me autorizó. Antes me dijo Medina: ‘No vas a lograr nada, ya he intentado hablar con él del tema y está intransitable’”.

Fin de la cita que hace Uslar de Medina. El general Medina pensaba, con razón, que iban a quedar muy mal él y López en la historia: iban a quedar como dos compadres que se pusieron de acuerdo para pasarse el poder. Sin embargo, le digo yo, el general López quería volver a toda costa. “Bueno, también lo empujaban los amigos”, dice Uslar. Y este es un punto importante siempre en los análisis históricos: los amigos de quienes están alrededor de una figura del poder son minimizados y son determinantes. Influyen tremendamente en la voluntad de los políticos.

De nuevo le pregunto: ¿y la entrevista se dio finalmente? “Sí, claro que se dio. Yo le dije al general López que se decía que uno de los inconvenientes para que llegaran a un acuerdo él y Medina era yo. Y le dije que si eso era así, pues yo me retiraba, me iba de Venezuela en un cargo diplomático y así quitábamos el estorbo”. ¿Me dijo entonces? “No, Arturo, de ninguna manera. Eso lo dice la gente, pero no lo digo yo”. Eso fue lo que le dijo López Contreras a Uslar. Y luego, dice Uslar, le manifestó su confianza.

Yo le pregunto ahora: si no hubiese habido ese problema entre López y Medina, ¿el 18 de octubre no habría ocurrido posiblemente? Dice Uslar: “Los golpistas aprovecharon esa ruptura dentro del régimen”.

Y vuelvo y le pregunto: durante la presidencia de Medina, ¿el general López no tuvo influencia? Y fíjense lo que responde Uslar:

“Hubo un momento patético a raíz del primero de mayo. El general López nunca había querido declarar ese día como el Día del Trabajador porque era una fecha revolucionaria. Él quería que se celebrara el 24 de julio, que en verdad no tiene nada que ver. Medina resolvió que lo lógico era que se celebrara el primero de mayo, el Día del Trabajador, y a partir de allí se hicieron muy difíciles las relaciones entre López y Medina. Yo traté de mediar en todo lo que pude, pero no había manera. El juego se trancó”.

Yo le digo: el general López era muy anticomunista. Y Uslar dice: “Mucho”. Y el general Medina era más bien... y él no me deja terminar y dice: “Era un hombre ecléctico y muy abierto. Comunista no era, claro”.

Medina, y usted, ¿llegaron a conversar a fondo la posibilidad de hacer unas elecciones? Escuchen la respuesta: “Sí, como no. En esa época se habló de muchas posibilidades, pero el problema era complejo. Medina siempre me decía lo que le dije antes: ‘Arturo, mi padre peleó con un fusil contra Castro y ahora yo soy su sucesor’”.

Y empieza Uslar a pensar en voz alta sobre la situación y dice: “Medina era un hombre excelente. Un caso excepcional. ¡Un hombre de una gran limpieza de propósitos! No tenía odios”. Yo recuerdo cuando estábamos desterrados en Miami, una noche en una fiestica, yo estaba hablando con el general Medina y se acercó Irma, su mujer —se refiere a Irma Felizola de Medina— y se me quedó mirando y me dijo: “¿Usted sabe quién lo quiere a usted?” “¡No, Irma! ¿Quién?”, le repregunté. Y ella me dijo: “Pues ese señor con el que usted estaba hablando”.

Además me dijo: “Yo le quiero pedir disculpas públicamente porque yo hice todo para malponerlo a usted y hay que ver lo que una mujer puede, y no logré nada. De modo que ese hombre lo quiere mucho a usted”. Ahí deja de hablar Irma Felizola y vuelve Uslar y dice: “Inmediatamente le respondí que yo les pagaba con la misma moneda. Y hasta el momento de su muerte mantuve la misma relación con Medina: un hombre lleno de generosidad, de bondad, de rectitud”.

En la próxima parte del programa seguiremos escuchando la voz de Uslar pensando y hablando sobre Medina Angarita. Ya regresamos.

Medina, 18 de octubre y exilio

En la parte anterior del programa veníamos refiriendo lo que responde Arturo Uslar Pietri acerca de Medina Angarita. También referimos lo que pensaba Irma Felizola de Medina del propio Uslar.

Y sigue hablando Uslar en esta larga respuesta: “Medina ha sido el presidente más querido por el pueblo venezolano. Mire, una de las cosas más conmovedoras que yo he presenciado en mi vida fue el entierro del general Medina. Él había ordenado que sus restos no los llevaran a ningún edificio público, que lo llevaran directamente al cementerio. A las 10 de la mañana llegó un destacamento de tropa a rendirle los honores militares allí en su casa, en el Country Club. Mientras tanto fue congregándose gente en los alrededores y cuando fuimos a colocar el féretro en la carroza fúnebre, la gente se opuso y se lo llevaron en hombros, a pie, hasta el Cementerio General del Sur, cantando el himno nacional”.

“A mí me pidieron que escribiera una frasecita para ponerla en su tumba, que creo que está todavía allí, y dice la frase: ‘Sirvió a su patria con su vida y después de muerto la sigue sirviendo con sus ejemplos’”.

Una reya frase, realmente un gran homenaje de Uslar a Medina. Le pregunto entonces: ¿el golpe del 18 de octubre los tomó por sorpresa?, ¿no tenían noticias de lo que estaba tramándose? Usted era ministro de Relaciones Interiores, le digo yo a Uslar, y él responde: “No sabíamos la conspiración. Tal vez fue mejor así. Si hubiésemos tenido noticia, pues Medina hubiera tenido que tomar medidas represivas y hubiera quedado de otra forma en la historia. Pero claro, ese golpe le costó muy caro al país”.

Le pregunto: ¿qué pasa con usted inmediatamente después del golpe? ¿Qué ocurre con usted? “Me ponen preso en la Escuela Militar. A los días me manda a llamar Balmér Rodríguez, que era ministro del Interior, y me dice: ‘Yo lamento mucho todo esto, Arturo. Usted sabe que lo aprecio mucho, pero para hacer una tortilla hay que romper los huevos’. Le contesté: ‘Bueno, con tal de que la tortilla salga bien’”.

“Entonces me dijo que ellos querían sacarme de Venezuela y yo le contesté que no me quería ir, que yo quería ir a los tribunales a defenderme. Me dijo que esas acusaciones eran cosa de la política, que esas acusaciones no se las creía nadie, pero yo le riposté que tenía que defenderme”.

“¿Los aventaron entonces?”, le dije yo. “Sí. Así fue. Un poco después salimos el general López, Medina, Diego Nucete, otros y yo. En el momento en que íbamos a abordar el avión, un empleado del Ministerio del Interior le daba un sobre a todo el que iba entrando. Yo pregunté: ‘¿Esto qué es?’ y me respondieron: ‘Son mil dólares para sus gastos’. ‘Yo no estoy pidiendo limosna’, les dije”.

¿Y esta casa se la confiscaron? ¿No? La casa en la que estamos hablando, en la que ocurren estos diálogos. “Sí”, me responde Uslar. “Incluso, en un momento dado se la dieron a un instructor militar chileno y aquí en este cuarto, en el que estamos hablando, puso una lavandería”.

¿Y qué hizo usted con sus libros? Le pregunto yo. “Afortunadamente Francisco Narváez, que siempre fue muy buen amigo mío, se los llevó para su casa y ahí se salvaron”.

Ahora, en el texto de la entrevista, yo escribo lo siguiente: con aquel vuelo, en noviembre de 1945, hacia el exilio, culminan los años del joven poderoso. Además de secretario de la Presidencia, el general Medina dispone sus servicios temporalmente al Ministerio de Hacienda y al Ministerio de Relaciones Interiores. Son los años en los que se alienta desde el poder la creación del Partido Democrático Venezolano, el PDV, que era el partido de Medina y de Uslar.

Uslar entonces lo ignora, pero los años de exilio que va a vivir en Nueva York serán definitivos para su obra de escritor. El destino le va a arrancar las esferas del poder político y lo va a acercar de nuevo a los libros, la universidad, a los espacios donde va a realizarse su vida intelectual.

Este capítulo que comienza ahora yo lo titulo El exilio: martirio y bendición y comienzo diciendo lo siguiente: si en 1929 la experiencia parisina fue voluntaria, en 1945 la neoyorquina no lo es. Pero nuestro autor confiesa haber tenido mucha suerte. Son los años en que comparte la docencia con la investigación literaria y la escritura. Trabaja un libro de ensayos, Las nubes, 1946; y en su segunda novela, El camino del Dorado, publicada en 1947, avanza su pasión venezolanista y publica Letras y hombres de Venezuela, en 1948.

Y en 1949 da a conocer su libro de cuentos Treinta hombres y sus sombras, y el libro de ensayos De una a otra Venezuela. Si revisamos su bibliografía, hallaremos un paréntesis en sus siete años de poder gubernamental. Así como caeremos en cuenta del cambio que significó el exilio en Nueva York para Uslar Pietri. Fíjense la cantidad de títulos que hemos referido en apenas cinco años y, en siete años ejerciendo el poder con Medina y con López, fue poquísimo lo que publicó, prácticamente nada.

De modo que el exilio, por eso lo titulo “martirio y bendición”. ¿Quién va a querer estar en el exilio, expulsado fuera del poder por la vía de un golpe de Estado civil-militar? Pero por otra parte, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga. Y esa circunstancia devolvió a Uslar a su vocación original, que era la literatura.

Y entonces vuelve a hablar él y dice esto: “En realidad yo tuve mucha suerte porque cuando llegué como desterrado a los Estados Unidos, en Columbia University estaba un hombre muy valioso, un español, don Federico de Onís, que había sido una figura muy destacada de la universidad española, y en esa época él era jefe del Departamento de Español de Columbia. Yo llegué sin recursos a ver qué hacía, incluso en un momento dado pensé en irme a la Argentina, pero en cuanto De Onís supo que yo estaba allí me llamó y me ofreció trabajo en la universidad. De modo que me quedé en Nueva York”.

“Comencé dando cursos de verano sobre literatura venezolana y después entré al departamento de español de Columbia. Allí estaba Germán Arciniegas, con quien trabé una amistad para toda la vida”, se refiere al gran escritor colombiano, que por cierto murió de 100 años.

“Una vez establecido allá, pues llegaron Isabel y mis hijos. Vivíamos en Riverside y me iba a pie a la universidad. Compartí el cubículo nada menos que con don Tomás Navarro, uno de los más grandes filólogos que ha tenido España. ¡Y eso fue muy bueno para mí!, pues establecía mi estancia con aquel hombre respetable, muy culto”.

Yo le pregunto: durante esos años que vivió fuera, ¿jamás pensó en quedarse definitivamente allá? “Siempre tenía en mente regresar a Venezuela y responde Uslar: siempre es patria, nunca lo pensé, nunca. Yo recuerdo una oportunidad que me vi con José Rafael Pocaterra, que vivía en Canadá en labores periodísticas y de enseñanza, y me dijo: ‘Pocaterra, pero chico, tú no has pensado en quedarte en los Estados Unidos, es un país para donde tus hijos van a crecer mejor, es un país organizado y poderoso’. ‘No, José Rafael’, le respondí yo, ‘sueño con regresar a Venezuela’”.

En 1950, ahora hablo yo, concluye uno de sus mejores ensayos, un modelo de ensayo antropológico: La ciudad de nadie, una exploración a fondo en el alma neoyorquina, ciudad que le brindó acogida, pero no por ello venció sus resortes críticos. La vigencia de este ensayo manhattaniano es asombrosa. En el último párrafo se lee esto, dice Uslar en el último párrafo de ese libro maravilloso, La ciudad de nadie:

“¿A dónde vamos? Al fondo del vagón está sentado el hombre que saca crucigramas de la revista. Cerca de mí, tendido en el asiento, ronca dormido el borracho. Al otro extremo una mujer vestida de oscuro aprieta su costado a una niña flaca de anteojos. Lo demás está vacío o está lleno de algo que no vemos”.

Qué belleza de párrafo. Un año antes ha vuelto de visita a Caracas; el nuevo régimen no se lo impide, pero el regreso definitivo será en julio de 1950.

Ya han pasado los duros años iniciales del exilio. Uslar ha sido sometido a una de las pruebas más duras: ha tenido el poder y lo ha perdido. Trance doloroso del que sale fortalecido. Se ha entregado a la docencia, a la investigación y a esa otra batalla todavía más ardua que la de la vida política: la batalla del escritor, la del que vence las resistencias y construye su trama de palabras.

Bien, en la próxima parte del programa entraremos en otro capítulo que yo titulo Vuelta a la patria. Recordemos que Uslar se ha ido en 1945, pasa cinco años en Nueva York y va a regresar a Venezuela en 1950 cuando está gobernando Carlos Delgado Chalbaud. Pero el interés de lo que va a desarrollar Uslar en Venezuela en esos años no tiene nada que ver con la política, como veremos en la próxima parte del programa. Ya regresamos.

Vuelta a la patria y vida pública

Decidimos, en el primer tramo de este programa, que en esta vamos a ver este capítulo intitulado en la entrevista Vuelta a la patria, haciendo alusión, por supuesto, al poema de Juan Antonio Pérez Bonalde.

Y comienzo diciendo lo siguiente: apenas llega al país, su amigo de infancia Carlos Eduardo Frías lo invita a formar parte de ARS, la empresa publicitaria que Frías había fundado hace algunos años, y así se inicia el período de más de una década en el que el trabajo en la publicidad le permite a Uslar hacer algunos ahorros para el futuro.

Dice entonces Uslar acerca de su regreso: “Cuando me dejaron regresar, inmediatamente me vine a visitar a mis padres, a quienes tenía casi cinco años sin ver. Pasé un mes en Caracas y esos días fue a verme Miguel Moreno, viejo amigo de la universidad, secretario de la Presidencia entonces, me dijo que la Junta Militar veía con buenos ojos que yo regresara y me preguntó si quería una embajada”.

“Le dije: ‘No, chico, estoy tratando de regresar a Venezuela y rehacer mi vida. ¿Cómo voy a aceptar un embargo y irme otra vez? Sería absurdo. Se los agradezco mucho, pero esta es la situación’. Entonces Carlos Eduardo Frías me invitó a trabajar con él en su publicidad y allí permanecí varios años”.

Yo le digo: ¿quién sabe cuántas campañas publicitarias fueron obra suya? Y él responde: “Sí, claro. Además, en ARS había un clima o ambiente muy bueno, más que una oficina de trabajo; era una reunión de intelectuales, de gente refinada, de venezolanos preocupados”.

Y entonces le digo: sus labores en la publicidad son acompañadas con la vuelta a la Universidad Central de Venezuela, donde funda la Cátedra de Literatura Venezolana. También su viejo compañero de aulas en el liceo San José de Los Teques, Miguel Otero Silva, le ofrece la dirección del Papel Literario de El Nacional, jefatura que ejerce hasta 1953. De este año igualmente es el comienzo de su labor pedagógica en la televisión, como sabemos, se empeñó durante casi 30 años.

Yo le digo todo esto para darle pie a que Uslar vaya contando y él dice: “Yo me di cuenta de que la televisión era un instrumento formidable, pero que había que saberlo utilizar. Y aquí la mayoría de las gente que trató entonces, entre ellos Caldera, creían que estaban dando una conferencia, y eso es fatal”.

“Yo me di cuenta de que había que tener una conversación y entonces empecé a hacer ese programa Valores humanos, que era un programa muy suelto, sin ningún atuendo magistral, en tono de conversación, y tuve mucho éxito, tuve mucha influencia. Y a mí me sirvió mucho”.

Le pregunto entonces: ¿con cuál canal de televisión comenzó? “El primero fue Radio Caracas Televisión, pero después pasó a otro y a otro hasta que pasó por todos. El programa era muy visto y muy útil. Y me daba mucho trabajo prepararlo”.

Esto lo combinaba con todas las otras tareas que adelantaba. “La mayoría de los intelectuales venezolanos han sido muy desordenados o muy indisciplinados. Yo he tenido en cambio una gran ventaja: he sido muy disciplinado, he sido un amo muy duro conmigo mismo, me he exigido mucho. Nunca he sido complaciente”.

Pero, ¿usted está satisfecho de lo que ha hecho?, le pregunto yo. Y él dice: “Satisfecho hasta cierto punto. Uno siempre está pensando en lo que pudo hacer y no hizo”.

Ahora hablo yo de nuevo y digo: su vocación literaria encuentra ahora un nuevo género a explorar, el teatro. En 1957 se estrenan dos de sus obras: El día de Antero Albán y El dios invisible. La situación política nacional va en camino de una nueva precipitación, la caída de Pérez Jiménez. Es hecho preso el 12 de enero de 1958 por firmar el Manifiesto de los Intelectuales en contra de la dictadura. Uslar es hecho preso, como les acabo de decir, al final, el 12 de enero, y entonces él refiere esos momentos:

“Estábamos presos en la Cárcel Modelo y ese día se sintió mucho movimiento de soldados. Como estábamos cerca de la enfermería de la cárcel, le pedimos a un enfermo que tenía un radiecito y entonces nos enteramos de lo que estaba pasando. Y supimos que Pérez Jiménez se había ido en un avión. Toqué la puerta y se presentó un oficial y le dije: ‘Mire, el gobierno está caído. El presidente acaba de huir. Usted comprende que un grupo de hombres como nosotros encerrados aquí podemos ser útiles en otra cosa. Présteme un jeep para irme a Miraflores’”.

“El oficial me respondió que él no podía hacer eso, que iba a consultar. En efecto volvió con su superior, le expliqué lo mismo hasta que este me dijo: ‘Muy bien, doctor, pero salga usted solo’. Nos dieron un jeep y aquello era un espectáculo inolvidable: era un carnaval. Serían las 3 de la mañana, toda la gente estaba en la calle celebrando, con banderas, con sábanas, y así llegamos a Miraflores. Y como íbamos en un jeep militar nos dejaron pasar; de otro modo no hubiésemos podido”.

“Había mucha gente en el patio, sobre todo militares. En la sala o el comedor ahí estaba formándose la Junta de Gobierno, con el contralmirante Larrazábal. Larrazábal me saludó muy afectuosamente. Me preguntaron si yo quería hablar por radio y dije que sí. De modo que mi pobre mujer, que no sabía nada de mí, vino a enterarse de dónde estaba porque me oyó hablando”.

“Pero antes de hablar por radio les pregunté: ‘Bueno, ¿qué van a hacer ustedes? Si van a establecer una dictadura, no cuenten conmigo’. Larrazábal me respondió: ‘¡No, doctor! No somos hombres de esa clase’”.

“Luego estaba allí Alirio Ugarte Pelayo, que se me acercó y me dijo que si podía redactar el acta de instalación del gobierno y nos encerramos él y yo a redactar. Pero antes saqué del cuarto de edecanes donde estábamos un retrato de Pérez Jiménez y lo llevé al patio de Miraflores y tiré el retrato contra el piso y se volvió pedacitos”.

“Teníamos como modelo el acta del golpe anterior que decía: ‘Las Fuerzas Armadas, ante la situación tal, asumen...’. Entonces les dije que no, eso así no servía, y redacté así: ‘Las Fuerzas Armadas Nacionales, ante el reclamo de opinión pública y el clamor de la ciudadanía, han resuelto hacer esto y esto’. Así quedó”.

Yo le digo entonces: la verdad es que tuvimos suerte de que allí estuviera Larrazábal. “Pues claro”, dice Uslar. “Sin él aquello ha podido ser una cosa muy distinta. Pero el contralmirante era otra clase de hombre, era un hombre bueno”.

Y aquí viene otro capítulo en la entrevista que yo he titulado El llamado de la vida pública otra vez, y comienzo diciendo lo siguiente: con la instauración del régimen democrático en el país, Uslar vuelve a la vida política. La televisión lo ha convertido en una figura pública y en 1963 acepta la candidatura presidencial. ¡La campana suena como su símbolo de batalla!

Antes, la escritura dramatúrgica sigue su curso. En 1960 se estrenan Chuo Gil y Las tejedoras, pero también insiste con el ensayo y la crónica de viaje. El artículo semanal en El Nacional prácticamente forma parte de su naturaleza. Desde 1948 lo ejerce sin caídas. La aventura electoral le trae el sabor a una extraña derrota: vence abrumadoramente en el centro del país y pierde en el interior. Gana su viejo compañero de aulas, Raúl Leoni.

Pero Uslar inmediatamente se enfrasca en otra aventura política: la creación de un partido que capitalice el caudal electoral logrado, el FND, Frente Nacional Democrático. Esta agrupación va a integrar un gobierno de amplia base con Acción Democrática y URD, Unión Republicana Democrática, pero a los dos años se retiran del pacto.

Ya Uslar se ha destacado en el Congreso Nacional como senador y hombre de consenso; entonces se le llamaba “el hombre Congreso” por su condición de fiel de la balanza en la correlación de fuerzas. Pero ya avanzando el período constitucional, la experiencia de la conducción en un partido político toca a su fin.

Y aquí habla Uslar: “La campaña electoral que realicé fue una enseñanza muy grande para mí. Recorrí Venezuela entera más de dos veces; en algunos lugares estuve muchas veces y aprendí mucho sobre Venezuela, sobre el carácter del venezolano. Gané en Caracas y en muchas partes, pero me robaron. No tenía suficientes testigos y se hicieron cosas atroces. En esa época se votaba con unas tarjeticas y el pobre infeliz que iba a votar llegaba a la mesa, decía su nombre y le entregaban un juego de tarjetica donde no estaba la mía. Entonces este hombre regresaba a la mesa y decía: ‘La tarjeta de Uslar no está’. Y un testigo de mesa decía: ‘Voto nulo’. Esto pasó muchísimas veces. Entonces se decía un chiste cruel: ‘Uslar ganó el electorado y perdió el electorado’. Me hicieron todo tipo de trampas, me quitaron miles de votos”.

Le digo entonces: en 1967 renuncia a la dirección del FND, convencido de que la suya no es la de un político profesional. Dos años después acepta un reto periodístico: la dirección de El Nacional en 1969, pero eso lo vamos a ver en la última parte del programa. Ya regresamos.

Decíamos en la parte anterior del programa que Uslar se presentó a las elecciones en 1963, sacó un buen caudal de votos, porcentaje cercano al 16%, si mi memoria no falla en este momento. Y después fundan el partido del Frente Nacional Democrático, pero muy pronto él mismo va a comprender que la vida del político creador de un partido no es la vida para la que Uslar tiene condiciones y se desentiende del tema.

El partido ya ha quedado fundado; por cierto, permanece muchos años en Venezuela, en el tiempo reduciéndose su caudal electoral, pero no fue que Uslar al separarse del partido desapareció, sino que siguieron allí. Y entonces se presenta la posibilidad de dirigir El Nacional, y aquí él responde lo siguiente:

“Yo estuve muy vinculado a El Nacional desde que nació por mi amistad con Miguel Otero. Recuerdo cuando iban a fundar el periódico, yo era secretario de la Presidencia, y Miguel me fue a ver para hablarme del periódico y me dijo: ‘Arturo, el director natural de este periódico eres tú, pero como no vas a renunciar a la secretaría de la Presidencia, no te lo ofrezco’”.

“Pero después me tocó. Sí, estuve en la dirección cuatro años y medio, hasta que no quise seguir. Renuncié y me costó mucho trabajo hacerlo porque no querían que me fuera”.

Yo le digo: ¿le consumía mucho tiempo dirigir el periódico, supongo? “Sí, tiempo consume, no hay duda, pero en realidad era una cuestión de organización, de establecer unos mecanismos. Lo primero que hice fue establecer el sábado como el día en que me reunía con los redactores a criticar el periódico de la semana. Discutíamos mucho y era muy útil. Yo siempre les decía a los redactores: ‘Escriban la mitad y les creerán el doble’. Aquí siempre ha habido una confusión entre literatura y periodismo, esas son cosas enteramente distintas”.

“Entre las anécdotas que recuerdo está una que tenía con Lorenzo Fernández. Él estaba en campaña y se decía que padecía una enfermedad. Un buen día me llama muy temprano en la mañana diciéndome: ‘Dr. Uslar, por el amor de Dios, perdone que lo moleste, pero no hay derecho’. Ese día el periódico publicaba una foto de Fernández saliendo de una clínica. Le contesté que no sabía cómo había pasado eso, que tenía razón, que iba a informar sobre el asunto. Averigüé y pasó una de esas cosas increíbles: la foto la habían mandado, de COPEI. ¡Esta es la política, señores!”.

Y ahora le digo yo lo siguiente: hasta 1974 estuvo Uslar al frente del periódico, pero estas labores no lo apartaban de su vocación literaria y de su pedagogía televisiva. Comienza a ser distinguido con premios internacionales y doctorados honoris causa, publica un poemario, Manao, en 1972, su primer poemario, y prosigue su tarea de ensayista obsesionado con la naturaleza del americano.

Y en 1975, el entonces presidente de la República, Carlos Andrés Pérez, le ofrece la embajada de Venezuela ante la Unesco en París, y Uslar acepta. Vuelve a la ciudad que le abrió las puertas en su juventud y va a decir Uslar sobre esta experiencia:

“El trabajo en la embajada ante la Unesco fue muy grato. Ese es un organismo dedicado a la ciencia, la cultura y la educación, con un panorama universal. Allí estuve cuatro años y medio y cuando llegué estaba al frente un hombre muy fino, muy culto, era musulmán, se llamaba Amadou-Mahtar M'Bow, y se portó muy bien conmigo. Logré que se creara el premio Simón Bolívar y tuve mucho cuidado de que el fondo del premio fuera permanente. Esa distinción tuvo mucha importancia en 1983, cuando el bicentenario del nacimiento del Libertador”.

“En ese período fui vicepresidente del Consejo Ejecutivo de la Unesco y Venezuela no había tenido un cargo de esa magnitud en la organización, desde los tiempos en que Parra Pérez lo tuvo. Además fui presidente de la sección de Derechos Humanos. Unos años muy buenos para mí, muy útiles”.

En 1974, digo yo ahora, pensando, reflexionando en voz alta, Uslar tiene 68 años; es la edad a la que acepta esta embajada que se la ofrece Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno y allá va a estar. Bueno, va a ser una actuación muy destacada para Venezuela. Su embajada ante la Unesco, este organismo internacional que, como ustedes saben, tiene sede en París.

Y ahora digo yo lo siguiente: en 1979 regresa a Venezuela, dando por concluida su tercera y última etapa fuera del país. Las tres etapas en las que Uslar vivió fuera de Venezuela suman 15 años, más o menos: los cuatro años y medio cuando era un muchacho entre 1928 y 1934 en París; el exilio de cinco años en Nueva York entre 1945 y 1950; y ya una situación más grata, que es la embajada de Venezuela en París ante la Unesco entre 1974 y 1979.

Año en que regresa a Venezuela a su programa de televisión y está terminando, dándole los toques finales, a su novela La isla de Robinson, una vieja deuda, porque Simón Rodríguez siempre fue un personaje muy apreciado por Uslar y le dedicó la novela entera.

En 1985 aceptó la presidencia de la Comisión Presidencial para el Estudio del Proyecto Educativo Nacional, corre el gobierno de Jaime Lusinchi, y ahí una de sus obsesiones centrales encuentra posibilidades de articularse, aunque fue poco lo que logró esa comisión presidencial.

Bien, hasta aquí el programa de hoy, hasta 1985. En los próximos dos programas seguiremos avanzando con la vida y obra de Arturo Uslar Pietri en esta larga entrevista que me concedió entre septiembre y diciembre del año 2000, y estos diálogos tuvieron lugar en su casa de La Florida, cuando Uslar ya era un anciano de 94 años, pero con la cabeza perfecta.

Bien, ha sido como siempre un placer hablar para ustedes. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho, en la dirección técnica Giancarlo Caravaggio. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz arroba hotmail.com y en Twitter arroba rafaelarraiz. Hasta nuestro próximo encuentro, que sería el capítulo 3 de Arturo Uslar Pietri: ajuste de cuentas.

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