5 académicos de la Lengua. Briceño I, Venegas F, Díaz S, Subero, Bermúdez.
Todos interioranos.
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Unión Radio y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia. Hoy le vamos a dedicar el programa a cinco individuos de número de la Academia Venezolana de la Lengua. Tienen en común, además de ser individuos de número, el hecho de haber nacido fuera de Caracas. Son todos interioranos y todos culminaron su vida en la capital de la República. Vamos a hablar entonces de la vida y la obra, en orden de edad, de Mario Briceño Iragorri.
De Pascual Venegas Filardo, de Pedro Díaz Seijas, de Efraín Subero y de Manuel Bermúdez. A todos, por supuesto, los vamos a llamar don, que es como corresponde a los individuos de número de las academias nacionales. Comencemos con don Mario, que nació en Trujillo en 1897 y murió de un infarto en Caracas en 1958. El 6 de junio de 1958 lo que quiere decir que hace poco se cumplieron 60 años de la muerte de don Mario Briceño Iragorri.
Y si uno penetra en el bosque de sus obras completas, que están recogidas en 23 tomos y fueron publicadas por el Congreso Nacional de la República de Venezuela en 1989, advierte que sus aportes al conocimiento de la historia venezolana son sumamente valiosos. Sobre todo por el énfasis que colocó en el estudio del período colonial. Y al hacerlo enfrentaba a la llamada leyenda negra, cuyos cultores intentaron colocarlo a él como cabeza visible del otro extremo. La Leyenda Dorada.
Según la Leyenda Negra, nada le debía la Venezuela republicana a España y según la leyenda dorada todo le debía a la Venezuela independiente de la Madre Patria española. Y la verdad es que si no fuera porque las simplificaciones históricas están al orden del día uno se reiría de estos maniqueísmos de ayer. Pero está visto que estos maniqueísmos no cesan y siguen vivos en la Venezuela de nuestro tiempo. Y se zafa muy bien don Mario del tema del dorado y arguye con potencia a favor de estudiar el período colonial sin prejuicios, con cuidado, por supuesto, como ya entonces exigía la moderna ciencia histórica.
Tómese en cuenta que de los 500 años de incorporación al mundo occidental, durante 300 fuimos provincias del Reino de España y no hay manera de pasar por alto el período colonial. Y por ello abogaba Briceño Iragorri, aguándole la fiesta a los historiadores apologistas de la gesta independentista que se empeñaban en desconocer los antecedentes, señalando solo a los titanes guerreros y olvidando todo lo que ocurrió durante tres siglos del período colonial venezolano. Es imposible estudiar la historia de Venezuela sin atender al período colonial. Y yo creo que don Mario Briceño en esto fue un adalid.
Su libro Tapices de Historia Patria fue publicado en 1934 y su libro Introducción y Defensa de Nuestra Historia es de 1952. Recordemos que los estudios universitarios de historia se crean en Venezuela en la Universidad de Los Andes, en Mérida, en el año 1955, y en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, en 1958. Fue Briceño quien estableció las etapas, él les llamaba ciclos, de nuestra historiografía en un ensayo publicado en 1947. Ese ensayo se titula Nuestros Estudios Históricos.
Pero Briceño Iragorri murió justo el año en que en la Ciudad Universitaria de Caracas abriría sus puertas la Escuela de Historia y comenzaba a recibir pichones de historiadores profesionales. Aquellas reflexiones de Briceño siguen llamando la atención y en muchos casos parece que le respondieran al gran tergiversador de la historia desde su tumba cincuentenaria. Decía Briceño Iragorri: "Los padres de la patria no eran seres milagrosos aparecidos sobre nuestro suelo al conjuro de voces mágicas. Ni tampoco eran la expresión dolorosa de una raza que hubiera callado y soportado la esclavitud, un coloniaje impuesto por extraños conquistadores. Ellos eran, por el contrario, la superación de un pasado de cultura, que tenía su punto de partida en los conquistadores y pobladores llegados en el siglo XVI".
Y hay que señalar también que el solo intento de abogar por la comprensión de la historia como un fenómeno de continuidad y no de ruptura, a contramano de las tesis historicistas de su tiempo, ya superadas por la academia moderna, hace de la postura de Briceño una rara avis. Tan extraña como su empeño en tenerse como un escritor que seguía a un conjunto de dogmas de fe, circunstancia que en nada lo sustraía del pugilato intelectual. Es decir, el hecho de que Briceño Iragorri fuese un católico practicante lo dejaba al lado de la polémica pública. Muy por el contrario, defendía sus ideas con mucho ardor y con mucho énfasis desde ese universo cultural que es el catolicismo, con toda la doctrina de la Iglesia católica.
De hecho no he exagerado en tener a Briceño Iragorri como uno de los pensadores católicos fundamentales del período republicano. Allí lo acompañan, por supuesto, Cecilio Acosta, Fermín Toro también se le puede tener como un pensador católico y, en tiempos más recientes, uno de los que más esplende es precisamente Briceño Iragorri. Y basta leer sus páginas para comprender que era un polemista pugnaz, además. Con mucha frecuencia se metía en grandes polémicas para responderle a alguien.
Siempre lo hacía como guía ideal, con respeto, como tiene que ser, obviamente, un hombre de esta catadura, de este nivel, pero también lo hacía con un poco de mal humor a veces, por su carácter, por la molestia que le había provocado el polemista que había afirmado algo que a él, por algún motivo, lo molestaba. Y sacaba sus espadas conceptuales y la emprendía contra ese autor, ya fuese un periodista o articulista, etcétera. Pues Briceño Iragorri, con haber vivido 61 años y contar con una obra completa de alrededor de 23 tomos, es evidente que no dejó de trabajar un segundo de su vida en su obra escrita. En su obra intelectual.
Es verdaderamente asombroso, y relativamente poco tiempo, porque sesenta y un años hoy en día todavía se considera una persona que no ha comenzado a envejecer. Y hasta allí fue que llegó la vida de él, sin embargo hay obra de grandes dimensiones. Por supuesto, en este programa nos hemos concentrado en un aspecto de la vasta obra de Briceño Iragorri, a quien en algún momento le dedicaremos, por supuesto, más tiempo en este programa. Vamos a continuar en el orden cronológico ahora con Pascual Venegas Filardo, otro individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, nacido en Barquisimeto en 1911 y fallecido en Caracas en el año 2003.
Y habiendo nacido en la capital del estado Lara, a la que Juan Muñoz consideraba la Atenas de Venezuela, Venegas fue tomado por el acicate del conocimiento desde niño. Lo primero que llamó su atención fue el mundo circundante y allí que su vocación de naturalista toma cuerpo en Barquisimeto cuando, de la mano de José Saer de Gerd, se abocó al estudio de la botánica y la geografía. Y al mudarse a Caracas, cuando tenía 20 años, impartió clases de historia, de geografía y botánica. Ya entonces el estudio de los viajeros europeos y norteamericanos a la América del Sur se le hizo una grata necesidad.
Se graduó don Pascual de economista en la Universidad Central de Venezuela en 1944. Y casi de inmediato inicia su labor docente en esa casa de estudios y luego en la Universidad Católica Andrés Bello y en ambos espacios estuvo por más de 35 años dando clases. En una de las profesiones más nobles que puede ser el hombre, la enseñanza y formación del prójimo, del otro. Sus aventuras con la palabra están ligadas a la creación del grupo Viernes en 1936, cuando el país despertaba de aquellos silencios de Juan Vicente Gómez. En 1939 se publica su primer poemario, Cráter de Voces.
Y para entonces su trabajo de crítico literario ya había comenzado. Tarea en la que se comprometió durante más de 60 años en las páginas del diario en el que trabajó de manera ininterrumpida durante 62 años, en el diario El Universal. En la próxima parte del programa continuaremos con don Pascual Venegas Filardo. Ya regresamos. Les decía en la parte anterior del programa que en esta continuaríamos con don Pascual Venegas Filardo, pero también se impone una aclaratoria y es que el uso de don en las academias fue algo que propuso don Tomás Polanco Alcántara.
Para igualar el título de los académicos porque en una época siempre, pues, en la academia hay individuos de número que eran doctores, otros que no, algunos eran autodidactas, otros tenían maestrías, etcétera. Y él pensó que se hacía una diferencia, un tanto, vamos a decir, odiosa entre el que era doctor y el no. Y se buscó una denominación igualitaria para todos, que es la denominación de don. Que por lo demás es muy bonita. Dicha esta aclaratoria volvamos a don Pascual, que en paralelo con sus labores docentes y literarias nunca abandonó su pasión juvenil, la de editor.
Y durante décadas mantuvo la revista Poesía de Venezuela y cada publicación era una suerte de antología. En cada número él escogía los poemas que iba a publicar con una gran generosidad. Fue realmente algo extraordinario que duró muchísimos años, publicando además en un formato muy discreto, muy sobrio y muy hermoso. En lo personal yo tuve el honor de haber seleccionado y prologado una antología poética que publicó Monte Ávila Editores conjuntamente con la fundación Andrés Mata en el año 1999, una antología de su poesía. Y con ese motivo nos reunimos en varias oportunidades.
En aquel paraíso terrenal que tenía don Pascual, que era la biblioteca de su casa allá en La Florida. Claro, ya estaba muy viejo, tenía unos 90 años y su prodigiosa memoria, porque la memoria de Venegas Filardo era prodigiosa, no hay otro adjetivo. Pero bueno, sin embargo, pues las conversaciones en la medida de lo posible fluyeron y me ayudó a precisar algunas incógnitas que yo tenía en relación con su trabajo poético sobre todo. La publicación de algunos de sus libros, etcétera.
Don Pascual es un ejemplo de un hombre de cultura que no se realizaba solo en la escritura sino también en la edición, en la investigación, en el amor por la historia y por la geografía o por el naturalismo o por la docencia. Era un bibliófilo, un crítico literario, un poeta, de manera que muchos de sus trabajos, que son valiosos, constituyen un aporte al estudio de la cultura venezolana y son el fruto de la investigación de lo que otros también adelantaron. Y estas tareas, que como se sabe no conducen hacia el podio o la fama mediática, son por otro lado tanto más importantes que las del que se dedica exclusivamente a su propio trabajo creador. Quizás por esto se explique que la obra poética de Venegas Filardo sea breve e integrada por muy pocos volúmenes.
Porque realmente se ocupó mucho del trabajo de los demás y en su poesía el lector va a encontrar un océano de preguntas de carácter ontológico e intimista, y la naturaleza es el mar de fondo de sus viajes interiores. Hay un poema en el que Venegas evoca el río turbio de su infancia en Barquisimeto y dice lo siguiente en ese poema: "Eres siempre mi río, el río de mi infancia, el río del primer amor con sus mismas palmeras, con su macuto verde y su ticare gris, donde los duendes son el alma de los bosques y una niña encantada se convirtió en flor". Debo aclarar para evitar confusiones que la voz macuto, que es una voz indígena, por supuesto, no solo se le atribuye al Macuto del litoral de aquí de La Guaira sino que en Barquisimeto también hay un Macuto. Este Macuto del que habla Venegas es el de allá para que no tengamos confusiones topográficas.
Y como en este poema era cristiano, por supuesto, pues a don Pascual se lo llevó la corriente de la eternidad y a nosotros nos queda el privilegio de honrar su memoria. Él falleció en el año 2003 a los 94 años. Vayamos ahora a nuestro tercer individuo de número, académico de la lengua. Me refiero a Pedro Díaz Seijas, nacido en Valle de la Pascua el año 1921 y fallecido en Caracas en 2010 a la edad de 89 años.
Yo desde niño escuché en mi casa el nombre de Pedro Díaz Seijas porque era un buen amigo de mi padre y desde niño interioricé que don Pedro era profesor y escritor. Y en la adolescencia comencé a familiarizarme con sus libros en la biblioteca de mi padre y a medida que crecía mi interés por literatura venezolana fui llegando a las obras de los estudiosos de ella y allí estaba la del profesor Díaz Seijas para ayudarme a comprender su desarrollo, sus pasajes más brillantes, sus opacidades. Los nombres que integran la literatura venezolana, las agrupaciones que le fortalecieron y sus libros fueron fuente primigenia de mi atención a la literatura del país.
Y años después fui haciendo mi propia amistad con don Pedro, ya sin la mano de mi padre que había pasado al otro mundo. Y entonces hallé un hombre amable, conversador, bien dispuesto para el diálogo. Conversé muchas veces con él en coincidencias, en organismos culturales, en el CONAC, en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y en Monte Ávila Editores. Incluso alguna vez trenzamos la relación editor-autor, que es una relación que une mucho y además es muy gratificante. Esa relación editor-autor ocurrió cuando yo dirigía Monte Ávila Editores y se afirma en la hoja de vida divulgada en la página web de don Pedro que nació en 1921, en Valle de la Pascua, el estado Guárico.
Pero yo creo que eso es un error, él ha debido nacer en 1916 y no en 1921, pero bueno, es algo que está sujeto a revisión. En todo caso egresó del Instituto Pedagógico de Caracas y de la Universidad Central de Venezuela donde hizo su maestría. Y en su largo desempeño docente brilla el hecho de haber sido el director fundador del Instituto Pedagógico de Barquisimeto en 1952, y también se lee que fue profesor de su alma mater y en muchos liceos nacionales. Ingresó a la Academia Venezolana de la Lengua en 1972 y también fue director de la academia durante varios períodos.
En su junta directiva fueron sus discípulos miles de venezolanos a quienes entusiasmó con el conocimiento de la lengua castellana y la literatura nacional. Su obra literaria se concentra fundamentalmente en el ensayo, y se distingue su Historia y antología de la literatura venezolana del año 1952 con varias ediciones y un texto referencial para los estudios. También podemos señalar sus trabajos sobre Cecilio Acosta, Jesús Semprún, Julián Padrón y Rómulo Gallegos, son trabajos de consulta. Y más recientemente hay un ensayo sobre Mariano Picón Salas y también hay una brevísima pero muy grata y sabrosa de leer biografía de Caracas, que se titula Caracas la Gentil. Yo creo fue su último trabajo y la verdad es que es una amena y completa, aunque breve, historia de la ciudad.
A mí me satisfizo particularmente leerla y tuve la oportunidad de comentarlo en muchos ambientes e incluso haber escrito algo sobre el tema. El profesor Díaz Seijas entonces se cuenta entre los primeros venezolanos que abordaron el estudio de la literatura nacional desde el aula de clases y el cubículo del investigador. Y esto fue posible, como sabemos, a que se haya fundado el Instituto Pedagógico Nacional en 1936 cuando gobernaba Eleazar López Contreras y cuando Mariano Picón Salas ayudó decididamente a la fundación de este instituto. Y el país pudo comenzar a transitar cierta modernidad en el abordaje de asuntos que antes solo se atendían desde las atalayas solitarias de los escritores.
En la próxima parte del programa veremos al margariteño Efraín Subero. Ya regresamos. Les decía en la parte anterior del programa que en esta revisaríamos la hoja de vida de ese distinguido margariteño que fue Efraín Subero, nacido en Pampatar en 1931 y fallecido en Caracas en el año 2007. Su bibliografía directa e indirecta pasa de 250 títulos y la mayoría de ellos se refieren a la obra de otros y en menor medida a la obra propia.
Esto que se dice fácil es de gran importancia ya que entraña una particular humildad, esa humildad que hallamos en Pedro Grases, también por consignar un solo ejemplo. Hay otros. Es la humildad del que se consagra con devoción al estudio de la obra ajena, restándole tiempo a la propia o mejor aún considerando que la propia es el estudio en la obra de los otros. Eso fue lo que hizo Efraín Subero durante décadas. Yo la única vez que lo visité en su casa-biblioteca allá en Los Castores, en San Antonio de los Altos, advertí que llevaba la vida de un hombre feliz.
Cuando ya relevadas las cargas docentes que mantuvo durante décadas se entregó exclusivamente a la investigación. Entonces me relató su envidiable sistema de trabajo, ¿vale? Apenas que pongan atención en aquel laberinto de su biblioteca, contaba con tres o cuatro pequeños escritorios ubicados en distintos lugares del laberinto y esos escritorios tenían unas lámparas dispuestas. Sobre cada escritorio descansaban los papeles de trabajo que estaba tejiendo en ese escritorio y solo en él. Y él se movía, no mezclaba una mesa con otra ni unos papeles con otros, es decir, en cada mesa estaba una investigación que él adelantaba.
Un sistema muy particular y en aquella biblioteca había tantos libros que casi no se podía pasar por los pasillos, porque también en los pasillos entre los anaqueles había torres de libros. Era una suerte de mínimo jardín edénico poblado como un bosque de papel, pero barroco también, por supuesto. Y cuando Efraín necesitaba descansar, salía a un patiecito que tenía al lado de esa biblioteca y en ese patio había un estanque muy pequeño con unos peces rojos y él se sentaba a verlos para descansar. Ese era un paraíso para él.
Y siempre que hablábamos me refería a labores pendientes, obras por rescatar, antologías por adelantar y lo hacíamos con frecuencia ya que nos tocaba sentarnos en sillones contiguos en la Academia Venezolana de la Lengua. Y él buscaba transferirme sus urgencias como si no quisiera irse al otro mundo sin dejar dicho esto y aquello. Amaba su trabajo y esto en verdad es la mejor enseñanza que puede impartir un maestro. En el fondo, ver, amar, es el mejor ejemplo que se puede dar.
Y forman legión los alumnos a quienes impartió asignaturas del profesor Subero en la Universidad Central de Venezuela, en la Universidad Católica Andrés Bello, en la Universidad Simón Bolívar. Hizo una carrera académica hasta llegar a ser doctor en letras y profesor titular. Dictó seminarios en posgrados de muchas universidades nacionales y en varias universidades norteamericanas y europeas y fue reconocido por sus pares condecorado, celebrados tanto por sus labores de investigador y profesor como su propia obra literaria. Incluso en el año 2002 la gran logia amazónica le entregó la banda de honor del orden ilustre americano Antonio Guzmán Blanco.
Yo no supe si Efraín fue mazón o no, pero lo condecoró la logia amazónica con su condecoración más alta. Y en el momento de su muerte yo escribí algo que voy a leerles, un párrafo decía: "Entonces en Pampatar están de luto, se fue uno de sus hijos más útiles". Y miren que ese pueblo ha dado muchos. El 16 de octubre de este año Efraín Subero habría cumplido 76 años, pero se fue con un número más redondo, 75. Me hará falta, ya me había acostumbrado a su vecindad en la academia, a sus sugerencias.
A su rapidez margariteña, a su querer de buen amigo, a su abundante anecdotario sobre la literatura venezolana, ámbito imaginario y espiritual al que le había dedicado todos sus años desde los ángulos del bibliógrafo, antólogo, ensayista, poeta, folclorólogo y periodista. Uno se emociona de recordar a Efraín porque fue un gran amigo y en su obra más reciente, creo que es la última que publicó en el año 2005, se titula El libro de la Navidad Venezolana. Allí entrega un compendio único sobre este acontecimiento cultural y religioso del mundo occidental que es la Navidad, y allí cuando Subero fija el criterio de la edición afirma algo que puede ser tenido como un autorretrato o un epigrama de sí mismo y de su obra. Dice Subero de aquella edición: "El compilador quiso ser exhaustivo y ecuánime".
Bueno, así fue Efraín Subero, exhaustivo y ecuánime. Un gran venezolano. En lo personal debo recordar que cuando a mí me eligieron como individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, quien me llamó por teléfono apenas había ocurrido la elección fue Efraín Subero. Y de modo que aquella llamada telefónica, tan emocionado de Efraín y tan emocionante para mí, se la llevó a ese gran amigo. A pesar de la diferencia de edad, el gran amigo que fue Efraín Subero, escritor e intelectual y gran margariteño, nació en Pampatar en 1931 y falleció en Caracas en el año 2007.
Yo recuerdo que nos conocimos, yo por supuesto ya había escuchado su nombre miles de veces en mi casa porque él era muy amigo de Rafael Clemente, mi padre, pero nosotros nos conocimos en Monte Ávila Editores cuando Efraín estaba haciendo una antología de ensayos de Arturo Uslar Pietri, que fue uno de los autores que Subero trabajó más. Entonces él fue el autor de aquella antología de Uslar Pietri, se llama Medio Milenio de Venezuela. Allí revisa Subero uno a uno toda la obra ensayística de Uslar y organiza una antología. Se le presenta a Uslar, que está bien, es correcto, lo representa, que además está bien estructurada, bien organizada.
Y en este trabajo que estuvo meses Efraín Subero, cuando lo terminó lo llevó a Monte Ávila Editores, donde yo estaba, y allí comenzó nuestra amistad. Estamos hablando del año 1989, de modo que allí lo conocí y comenzó una fértil amistad entre nosotros. Yo por supuesto valoro mucho la obra de estos hombres, cuya obra es el análisis y la comprensión y organización de otros autores. Esto a mí me emociona por lo que significa ir desde un yo hacia los otros, por lo que supone como tarea colectiva trabajar para los demás.
Todo es verdaderamente hermoso y allí Subero tiene la palabra así como lo actuó antes don Pedro Grases, por supuesto, algunos otros venezolanos, pero no son demasiados, ¿no? No son demasiado los que se han enfocado en eso. Por último, de los cinco individuos de número vamos a hablar entonces de Manuel Bermúdez, ese llanero apureño nacido en 1927 y fallecido en el 2009. Y vamos a hablar de él a partir de un libro que a mí me gustó mucho, de Manuel Bermúdez, que se titula Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure.
Título muy interesante. Fue publicado este libro por la Universidad Pedagógica Experimental Libertador en Caracas en el año 2005. Y a mí me recordó inmediatamente la antología Spoon River de ese gran poeta norteamericano Edgar Lee Masters e incluso Bermúdez no olvida citar a este autor en algún momento de su obra para recordarnos que no se le escapaba el referente. Y este libro, la antología de Spoon River, fue un libro fundamental para quienes nos iniciamos en la poesía venezolana en los años ochenta alrededor del grupo Guaire y del Grupo Tráfico porque esa antología de Spoon River está compuesta sobre la base de epitafios. Cada poema es una lectura de la lápida, el cementerio y un pueblo. Sin embargo, Bermúdez trabaja con los vivos, no con los muertos, aunque en algunos casos no deja escapar la oportunidad de relatar alguna muerte fantástica como la de Angelito Reyes que falleció de mal de rabia tres días después de que su mono amaestrado rompiera las cadenas y le cayera a mordiscos por la espalda.
En la última parte del programa continuaremos con este libro y algunos aspectos de la vida de ese buen amigo que fue Manuel Bermúdez. Ya regresamos. En la parte anterior del programa hablábamos de Angelito Reyes, este personaje del libro de Manuel Bermúdez, Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure. Y este es el personaje que plantea una de las situaciones más risibles y graciosas en el libro. Me refiero a la relación que se establece entre Angelito y su mono Pepe, que en mucho recuerda a la relación de Armando Reverón y su mono Pancho.
Este mono Pepe solía ser una extraña operación que espantaba a Ángela, la hermana de Angelito. Se las pasaban encaramados en una mata de mamón comiendo mamones, pero antes de ingerirlos se los colocaba en el ano, cosa que desagradaba a la hermana presenciarlo. Angelito le explicó que lo que hacía el mono no era descabellado sino respondía a un hecho pasado. Un día se comió un mamón doble y se le atracaron las pepas en el conducto rectal, provocándole dolores y la expresión de no pocos aspavientos. Angelito tuvo que proceder a extraerle una pepa doble con una espátula, de allí el acto reflejo del mono, que más que expresión escatológica era de inteligencia, había una relación directa entre el mamón y el ano.
Por supuesto semejante joya no es gratuita para el semiólogo, era Manuel Bermúdez. Hay mucho significado en ella, como en los retratos de otros personajes que están en la Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure. Otro personaje es escatológico, Juan Bolívar, que se dedicaba durante la noche a medir con una vara las cantidades de excrementos de los pozos sépticos de las casas de los ricos del pueblo y cobraba 50 bolívares por llevarse las heces en una lata aceitera, medida que concordaba con la vara. Imposible no ver en la metáfora aquello de una vara que es la medida de todas las cosas. Y, qué casualidad, la anécdota ocurre entre este señor Juan Bolívar y un turco pichirre a quien Bolívar le ha medido la cantidad de heces de su pozo séptico, pero no quiere pagar lo que importa llevárselo. Es una de las anécdotas del libro.
Y este libro, en cierto sentido, es un homenaje a una obra capital de las artes visuales universales, me refiero a Las Meninas de Velázquez. Porque Bermúdez crea un personaje que se llama Pedro No Me Importa, que halla la enciclopedia tirada en el piso de las inmediaciones de Notre Dame, en París, y que a partir de allí funciona como hilo conductor, lector y comentarista de la obra. Una suerte de alter ego del autor, detrás de todo el aparato inventado está Bermúdez, el narrador. Así como Velázquez se asoma a lo lejos en el cuadro viendo al espectador que está viendo lo mismo que ve Velázquez. Por eso Las Meninas es una obra múltiple: el pintor que se pinta mirando pintar y la enciclopedia de Bermúdez también, ya que al ser relatada por quien la lee se torna también en la novela de quienes experimentan su lectura.
De allí que pueda afirmarse que la obra es triple. Es una enciclopedia alfabética. Es una novela de su lector y es experiencia de quienes somos llevados de la mano por ambos sucesos. Y esta enciclopedia bermudiana es apureñísima y salva a cualquier peligro costumbrista moviéndose entre dos orillas semánticas, entrelazándolas: los personajes de un pueblo llanero más macondiano que Macondo, por cierto, y un intérprete culto que lea a esos personajes. Y entre ese personaje, Pedro No Me Importa, y sus personajes rústicos se mueve como pez en el agua ese semiólogo y escritor venezolano y profesor excepcional que fue Manuel Bermúdez, el irrepetible Manuel Bermúdez.
En lo personal yo no recuerdo si el profesor Bermúdez me fue presentado en un pasillo de la Universidad Católica Andrés Bello hace 50 años o 40 años, o si no me fue presentado nunca y ambos asumimos que éramos amigos desde siempre. Esto me parece lo más lógico porque todos sabemos que hay una corriente tácita entre algunos venezolanos, una corriente que nos permite dirigirnos la palabra por primera vez como si estuviésemos retomando un diálogo que comenzó hace años cuando en realidad ese diálogo no había comenzado nunca. Así fue mi amistad con Manuel Bermúdez, yo no sé cuándo comenzó pero me dio la impresión de que cuando la iniciamos estábamos retomando una amistad que venía de hace muchos años. Esta suerte de puente de plata que salva a los rigores de cierto formalismo, igualmente se tiende entre el autor del libro raro y el universo de sus lectores.
Es el libro raro, es la Enciclopedia rústica de personajes insignificantes de Apure. Y hasta aquí el programa de hoy donde he hablado de cinco individuos de número de la Academia Venezolana de la Lengua que tenían eso en común. En diferentes momentos de sus vidas, algunos coincidieron alrededor de la mesa ovalada de la academia y otros no. Todos nacieron fuera de Caracas y todos murieron aquí. Como siempre ha sido un gusto hablar para ustedes, soy Rafael Arráiz Lucca y esto es Venezolanos, un programa sobre el país y su historia.
Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Fernando Camacho. En la dirección técnica, Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarraiz@hotmail.com y en Twitter, arroba Rafael Arraiz. Hasta nuestro próximo encuentro.