Francisco Rivera
Ensayista esencial venezolano
Transcripción
Les habla Rafael Arráiz Lucca desde Union Radio, y esto es Venezolanos, un programa sobre el pais y su historia. Hoy continuando con nuestra series de personajes venezolanos vamos a trabajar con un ensayista muy conocido en el mundo de los escritores y probablemente muy poco conocido en el mundo en general. Me refiero a Francisco Rivera, nacido en Caracas en 1930, profesor durante muchos años en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Vamos a acompañar entonces al ensayista desde la publicación de su primer título hasta el último que publicó. Nos vamos a ocupar de su obra ensayística y tan solo haremos mención a su importantísima labor como traductor y a su incursión en el género de la novela: publicó una novela.
De todas las traducciones que yo he leído de Constantino P. Cavafis, el gran poeta alejandrino, la mejor traducción al español es la de Francisco Rivera. Esto lo hizo Rivera traduciendo directamente del griego al español, sin lenguas intermedias; quizás por eso es que llega a tal excelencia. Esta fascinación de Rivera por el poeta alejandrino empieza hacia 1965 y lo traduce en 1975, diez años después.
También dentro de su obra de traductor son importantes las traducciones del poeta norteamericano Kenneth White, del inglés al español, y del poeta de lengua portuguesa Eugénio de Andrade, también traducido al español por Rivera.
Y la novela que señalamos, y no vamos a comentar sino a señalar solamente, es Voces al atardecer. Esa novela lo hizo merecedor del Premio Miguel Otero Silva de Novela, de la Editorial Planeta, en el año 1990.
Veamos ahora algunos datos biográficos mínimos del ensayista Francisco Rivera. Dijimos antes que había nacido en Caracas y ahora decimos que estudió bachillerato en el Liceo Fermín Toro, el legendario Liceo Fermín Toro, y luego cursó estudios en la Universidad de California, en Berkeley. En los Estados Unidos, en San Francisco, allí profundiza en lenguas y literaturas germánicas y romances. Primero va a estar en los Estados Unidos como alumno y luego como profesor. Va a estar allí durante 18 años, entre 1952 y 1970. En ese año regresa definitivamente a Caracas e inicia su carrera como profesor en la Universidad Central de Venezuela.
Estos años en San Francisco, en Berkeley, de Francisco Rivera van a ser determinantes para su vida y trabajo. Y además son determinantes por el mundo occidental porque son los años que Occidente le abre las puertas a Oriente, los años en que empiezan a sacudirse los fundamentos del racionalismo y el cientificismo a ultranza. Y durante este período de formación, que nosotros sepamos, nuestro autor se entregó completamente a la lectura y fue acercándose a las puertas de la traducción hasta que luego, en 1979, asume al ensayo como su género, un género donde, debemos decirlo desde ya, la obra de Rivera es ejemplar: es un maestro del ensayo en Venezuela y en América Latina.
Esa producción ensayística está recogida en cinco títulos que iremos viendo y en esos títulos se recogen 57 ensayos de diversa extensión. No se trata de haberme convertido en un obsesivo de las estadísticas con esto de los 57 ensayos, sino que ocurre que Rivera va recogiendo ensayos de uno y otro libro. Por ejemplo, en su título Inscripciones, de 1981, al que le sigue Ulises y el laberinto, de 1983. Y luego Entre el silencio y la palabra, de 1986. Para el momento en que publica este último, los dos títulos anteriores están agotados y el autor selecciona textos del primero, de manera de poner a circular unos ensayos que ya no se conseguían.
De modo que lo realmente inédito en ese último libro, Entre el silencio y la palabra, de 1986, son tres ensayos: uno que le da título al libro, Entre el silencio y la palabra; el otro, uno de los mejores ensayos que yo he leído, Malcolm Lowry, el eterno adolescente; y el otro, un ensayo luminoso: Fernando Pessoa y las miradas del otro.
Luego, su libro La muerte de los dioses, de 1990, recoge ensayos que no había publicado en ninguno de sus libros anteriores; ya son escritos entre 1985 y 1989. Y por último su más reciente título, La búsqueda sin fin, de 1993, incluye la anterior La muerte de los dioses y recoge algún texto de Ulises y el laberinto, en particular un ensayo sobre Hermann Hesse.
Este es entonces el mapa de los libros de Francisco Rivera. Lo primero que se impone afirmar es que Rivera es un lector, pero es un lector atentísimo. Yo diría que más allá de lo atentísimo, obsesivo: lee con lupa cuando está leyendo para ensayar sobre lo que está leyendo. De aquí parte toda su indagación ensayística.
No estamos ante un divulgador de un credo o de un cuerpo ideológico; estamos ante un lector que quiere comprender y acompañar al autor en sus propósitos. Esto es lo que hace Rivera cuando comenta, por ejemplo, La máscara, la transparencia, de Guillermo Sucre, y sobre ese gran libro de Sucre afirma: “Está destinado a convertirse en texto de consulta obligatoria para todos los que se interesen en la evolución de nuestra poesía desde los ya lejanos años del modernismo hasta el momento presente”. Cierto, es así.
Y en ese primer libro, Inscripciones, también forma parte un ensayo que le dedica a la poesía de Roberto Juarroz, el gran poeta argentino, y allí en ese libro también están los primeros ensayos sobre José Antonio Ramos Sucre y otro gran poeta venezolano, Eugenio Montejo.
Hace poco se cumplieron diez años de la muerte de Montejo. Murió en Valencia, en el año 2008. Y así, como el primer trabajo sobre Kavafis, Pessoa, sobre los que, como veremos, vuelve Rivera en diversas oportunidades, el libro Inscripciones nos trajo la felicidad de contar con un ensayista literario maduro. Es decir, no estábamos ante un joven en formación que publicaba su primer libro, estábamos ante un profesor ya de muchos años dando clase, que publica su primer libro y tenía entonces 48 años. Es un caso extraño, sí, si se quiere. ¿Por qué tantos años para publicar un primer libro?, ¿qué pasaba?, ¿qué lo sustraía? No lo sabemos, pero lo cierto es que aquel primer libro ya es un libro de un ensayista decantado, maduro, y eso se agradece muchísimo.
Y desde ese título inicial el ensayista pone en juego una de sus mejores armas: la capacidad para esclarecer, auxiliado por los puentes, por las relaciones que es posible establecer entre unos autores y otros. Por ejemplo, el vínculo que él advierte entre Kavafis y Pessoa, Kavafis y Ramos Sucre, Miller y Borges, y el lector queda entonces atrapado en una trama de pesquisas francamente subyugantes.
Hay mucho sabueso de policía que investiga, que le pone la lupa al autor, que busca las letras pequeñas, las comas; busca caídas, busca situaciones. Eso hace del ensayo riveriano un ensayo sumamente preciso y uno, como lector del lector que es Rivera, va acompañándolo en esa metabolización del texto que él está trabajando.
Y esta dupla señalante de estos puentes que él establece los repite en distintas oportunidades. Entonces, en ese primer libro ya aparece una primera cita de Carl Gustav Jung, que como veremos más adelante será determinante en los análisis de Rivera, al igual que Mircea Eliade, el gran mitólogo de origen rumano.
De modo que este es Francisco Rivera y vamos a continuar en la próxima parte del programa viendo su trabajo ensayístico, aunque antes, en homenaje al gran traductor que también es, leeremos un poema traducido por Rivera, de Kavafis.
Ya regresamos. Les decía en la parte anterior del programa que comenzaríamos esta con la lectura de un poema de Kavafis, nada menos que el gran poema Ítaca, traducido por Francisco Rivera y publicado por primera vez en Monte Ávila Editores hace ya unos cuantos años. Esta traducción tiene varias ediciones; la primera edición es de 1978. Les leo entonces Ítaca, de Constantino P. Cavafis, traducido por Francisco Rivera:
“Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que sea largo el camino,
lleno de aventuras y experiencias.
A los lestrigones, a los cíclopes
o al fiero Poseidón nunca temas.
No encontrarás tales seres en el camino
si se mantiene elevado tu pensamiento
si exquisita es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
“Ni a los lestrigones, ni a los cíclopes
ni al feroz Poseidón has de encontrar
si no los llevas dentro del corazón,
si no los pone ante ti tu corazón.
“Ruega que sea largo el camino,
que muchas sean las mañanas de verano
en que con qué placer, con qué alegría
entres en puertos antes nunca vistos.
“Detente en los mercados fenicios
para comprar finas mercancías,
madreperla y coral, ámbar y ébano,
y voluptuosos perfumes de todo tipo,
tantos perfumes voluptuosos como puedas.
“Ve a muchas ciudades egipcias
para que aprendas y aprendas de los sabios.
“Siempre en la mente has de tener a Ítaca.
Llegar allá es tu destino.
Pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que ya viejo llegues a la isla,
rico de todo lo que hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te dé riquezas.
“Ítaca te ha dado el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
No tiene otras cosas que darte ya.
“Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Sabio como te has vuelto, con tantas experiencias,
habrás comprendido lo que significan las Ítacas”.
Este es el poema, y una gran traducción, extraordinaria de verdad, de Francisco Rivera. Todo el libro es un prodigio de exactitud; yo no dejo de celebrar que esta traducción de Rivera es, para mi gusto, la mejor que se ha hecho al español, y se han hecho muchas.
Bien, volvamos a Ulises y el laberinto, que es un libro bastante más breve que el anterior, que Inscripciones, y está signado por el interés que despertó en Rivera el trabajo de Gérard Genette. A su obra le dedica el ensayo que abre el libro, y el texto que cierra el libro se dedica a otro autor que imanta las páginas riverianas: me refiero a Mircea Eliade, aquí mencionado unas líneas antes en este programa.
En esta oportunidad el ensayista vuelve sobre la obra de Octavio Paz y vuelve sobre la obra de Eugenio Montejo. Comenta Inmediaciones y Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, este último uno de los libros monumentales del gran ensayista mexicano Octavio Paz. De esta obra dice Rivera: “Uno de los grandes libros en prosa de la cultura hispanoamericana del siglo XX”.
Y de Montejo, en esta oportunidad, abordó el tema de El cuaderno de Blas Coll. Antes había trabajado su poesía y entonces allí desentraña el gusto de Montejo por las máscaras y los heterónimos. Abre la puerta al universo de la heteronimia que luego profundiza en sus ensayos sobre Pessoa, parte de la propia decisión de Montejo de asumir un seudónimo, y allí parte Rivera para analizarlo. Recordemos que Montejo se llamaba Eugenio Hernández, es su nombre original, y muy joven asume el seudónimo de Eugenio Montejo.
Sobre Paz y sobre Montejo escribió estos dos ensayos, uno en Inscripciones y otro en este libro posterior a Inscripciones. Le dedica también a la obra del poeta mexicano José Emilio Pacheco algunos textos en su primer libro y no regresa a él. De modo que los autores más trabajados a lo largo de toda la obra de Francisco Rivera serán Cavafis, Pessoa y Jorge Luis Borges.
En el otro libro, Entre el silencio y la palabra, que es el que le da título al libro, pues vamos a hallar una suerte de arte ensayística donde Rivera busca iluminarse para sí mismo el fenómeno de la escritura, y él mismo explica lo siguiente —voy a leerlo—: “Desde el comienzo del viaje hasta la hora postrera estamos rodeados de oportunidades para preguntar y recibir respuestas. Para poder llegar a la luz hay que pasar por esa zona tenebrosa de la madrugada —near the end of interminable night, como decía Eliot en Little Gidding— en la que puede ocurrir el milagro de la palabra salvadora que surge del silencio”.
Por eso el libro se titula Entre el silencio y la palabra. Repito: “el milagro de la palabra salvadora que surge del silencio”.
En ese libro están los dos trabajos más amplios y profundos que Rivera ha escrito: nos referimos a Malcolm Lowry, el eterno adolescente, y Fernando Pessoa y la mirada del otro. Ambos fueron escritos en 1985. De todos hay que decir que van allá del análisis literario. Por eso es que son tan interesantes. En verdad, las conjeturas de orden exclusivamente literarias no son las definitorias del ensayo riveriano. Por lo contrario, uno de los valores más notables de su obra es traer ópticas, instrumentos y puntos de partida de disciplinas distintas a la literatura. En tal sentido se destacan la psicología arquetipal jungiana y el conocimiento profundo de la mitología.
Y es a partir, entonces, del arquetipo del puer eternus, el niño eterno, el eterno adolescente, desde donde Rivera se acerca a la obra y la vida de Lowry. Se basa en la biografía de Douglas Day y bucea en la personalidad de Malcolm Lowry para afirmar lo siguiente: “Sinceramente no conozco en la literatura de nuestro siglo un caso más triste y más leccionador que el suyo”.
Bueno, en verdad Rivera pone en juego su formación para demostrar cómo el puer eternus, que no logra resolver sus trabas, hace con su vida un infierno. Eso es lo que quiere demostrar: que quien no supera el arquetipo del puer eternus hace de su vida un infierno. Y eso lo advierte él en la vida de Malcolm Lowry. De modo que la obra de Lowry no es el objeto exclusivo de análisis, es el propio Lowry el que es llevado hasta el quirófano por Rivera.
La operación ocurre con verdadera seriedad y el ensayista logra atraparnos en una red que sirve a una hipótesis obsesiva. Vuelve Rivera sobre un tópico que Jung trabajó en repetidas oportunidades: la crisis de la mitad de la vida, que ocurre según los especialistas entre los 35 y 40 años. Pero esto lo vamos a ver en un libro posterior de Rivera.
Contamos con un pasaje del ensayo donde nos acerca las fases de la creación; allí se detiene el autor para, entre otras razones, dejar en evidencia a Lowry. Voy a simplificar a grandes rasgos las etapas establecidas por Rivera: las etapas de la creación. Primero, la inspiración. Segundo, el trabajo de escritura. Tercero, corrección y revisión. ¿Qué es lo que dice Rivera? Que al puer eternus se le dificulta enormemente pasar de la primera.
Y es cierto: el puer eterno es todo inspiración, pero le cuesta mucho sentarse a escribir y le cuesta muchísimo, casi una tarea imposible, sentarse a corregir y revisar, para lo que se necesita haber superado la etapa del puer eternus. Este no puede ir más allá del rayo creador inicial. Esto es lo que sugiere Rivera que le ocurrió a Malcolm Lowry, pero como hizo, pues contó con la ayuda de su esposa para transitar la segunda y tercera etapa. En el fondo, Lowry termina por ser un pretexto de Rivera para navegar por las aguas psicológicas de la personalidad de un creador. Allí ausculta la naturaleza del artista, sus condiciones y dificultades, y descubre que en el inicio de una vida creadora nace un puer eterno, pero si no se supera el trayecto termina por devorar al artista.
Los lectores no pueden permanecer fríos frente a este ensayo. Ahí se ven muchos lectores que lo adversan irritadísimos y otros que quedan fascinados en esta red que teje Rivera, quedan absortos allí. La irritación se debe a que estaban esperando un análisis literario y lo que hace Rivera es un análisis de orden psicológico profundo de la personalidad del artista que no supera el arquetipo del puer eternus. En la próxima parte del programa seguiremos viendo la obra ensayística de Francisco Rivera. Ya regresamos.
Seguimos revisando la obra ensayística de Francisco Rivera, una obra verdaderamente fundamental. El tercer texto inédito del libro que venimos comentando, Entre el silencio y la palabra, suponemos, es el acercamiento definitivo del ensayista a una de las obras que más lo subyuga: la de Pessoa. Pero, al igual que hace con Malcolm Lowry, no solo la obra llama la atención de Rivera sino todas las circunstancias vitales del artista. Estamos invitados a un viaje largo por la peripecia, la obra, la fragua psicológica y la palabra.
Rivera afirma, en tal sentido, siendo este ensayo un intento de leer tanto la escritura pessoana como los rasgos de su biografía profunda, arquetípica, que aparecen en su obra. Bueno, es lo mismo que ha hecho con Malcolm Lowry. Y el ensayista encuentra, empezando, el mismo arquetipo del puer eternus, pero esta vez acepta calificar al arquetipo como una enfermedad.
Lo interesante de los hallazgos de Rivera es que lo conducen a un esclarecimiento de las causas de la heteronimia del poeta portugués. Afirma Rivera sobre Pessoa: “Pessoa seguía atrincherado en su psicología adolescente por horror a la vida, que es al mismo tiempo un profundo miedo a la constatación de nuestra mortalidad. Pessoa había seguido jugando con aquellas figuras imaginarias que, como niño solitario típico, él había creado”.
Bueno, como vemos, el ensayista encuentra en la heteronimia una expresión del puer eterno en la medida en que este no puede enfrentar la realidad directamente sino a través de una máscara. En el mismo ensayo, basado en cartas, Rivera se acerca al supuesto ocultamiento de Pessoa, incluso dirime la cuestión si fue iniciado o no, y termina afirmando lo siguiente: “La verdadera vía alquímica y el esoterismo tradicional le venían grandes a un adolescente intelectualmente curioso que prefería soñar a realizarse en el mundo”.
Hasta aquí la cita. No obstante, es un hecho que Pessoa conoció a fondo el mundo de los iniciados y tenía al poeta como un médium intermediario entre los mortales y las distintas esferas de la divinidad.
Y bueno, sigue Rivera dándole vueltas al perfil psicológico de Pessoa para concluir señalando: “Pessoa fue realmente —y esto es más extraordinario que todo lo que se le ha inventado— un caso límite, o borderline. Se mantuvo durante años con un pie en la neurosis y el otro en la psicosis, sin volverse loco. ¿Cómo logró esto? No sabemos. Quizás la única respuesta válida sea que se mantuvo en la cuerda floja con el objeto de escribir algunos de los poemas portugueses más bellos del siglo XX”. Muy bien.
En La muerte de los dioses, otro libro de Francisco Rivera, recoge siete ensayos inéditos para el momento de publicación del libro. Reincide en Juarroz y reincide en Cavafis. Y todos los ensayos están guiados por la indagación en la psicología profunda. Un buen ejemplo de esto lo representa el texto Enfermedad, muerte y transfiguración, donde nuestro ensayista teje una red fascinante a partir de unos hechos capitales en la vida de Jorge Luis Borges. Rivera va a relacionar estos hechos con la llamada crisis de la mitad de la vida y nos lleva de la mano por los estudios más recientes sobre esta etapa vital.
Urde relaciones entre el suicidio de Lugones —Leopoldo Lugones es maestro de Borges—, la muerte del padre de Borges y un accidente que sufre Jorge Luis Borges y que lo lleva al borde de la muerte. Todo esto ocurrió cuando el autor de Ficciones contaba 38 años. Así es como Rivera halla en sus pesquisas noticias que abonan esa tesis: la tesis de que la mitad de vida es un período de grandes convulsiones psicológicas y es, a su vez, una oportunidad para renacer, reiniciar el trote por otros caminos.
En este título que venimos señalando, La muerte de los dioses, Rivera profundiza aún más en uno de sus centros temáticos: me refiero a la naturaleza psicológica del creador, las influencias externas al acto creador y los motivos que llevan a alguien a emprender el camino del artista. De modo que aquí estamos otra vez en aguas profundas. Allí se nos invita a repasar la crisis del Dios patriarcal y único y se nos sugiere abrir las puertas de la casa politeísta. Este tema que prácticamente ha determinado el siglo XX desde que Nietzsche decreta la muerte de Dios no es ajeno a Rivera; en lo absoluto le interesa mucho el tema del monoteísmo y el politeísmo.
Así llegamos a La búsqueda sin fin, su libro de 1993, donde encontramos varios títulos, varios ensayos quiero decir: una aproximación entusiasmada a José Bianco, prólogos a las traducciones de Eugénio de Andrade y Kenneth White, y un texto de su segundo libro intitulado El camino hacia sí mismo, que evidentemente afilia perfectamente al tema del capítulo.
La segunda sección del libro se titula Botellas al mar y ahí hay ocho ensayos sobre autores venezolanos que han despertado su interés: Antonia Palacios, Juan Liscano, Oswaldo Trejo, Luis Alberto Crespo, José Rafael Lovera, Óscar Rodríguez Ortiz, Miguel Gomes y quien habla. Allí todos estos autores son objeto de la perspicacia y la meticulosidad del investigador que es Francisco Rivera.
En el primer capítulo del libro, que se titula Semillas literarias, se ofrecen varias claves indispensables para la comprensión de todo el edificio riveriano. En el prólogo él comienza por decir: “¿Qué buscaba entonces? ¿Qué busco hoy? No lo sé a ciencia cierta. Conocimientos, tal vez muchos conocimientos al principio; a partir de un momento dado, digamos a partir de los 30 años, cierta sabiduría. La búsqueda no tiene una meta preestablecida. Intelectualmente buscaba, me imagino, así lo veo ahora, llegar a ser yo mismo”. Y esta última frase ilumina buena parte de lo que hemos visto hasta ahora: ¿qué son, si no, una búsqueda de sí mismo, las aproximaciones que hace Rivera a Malcolm Lowry, a Pessoa, a Kavafis, a Borges, a Kafka, a Hesse? ¿No está desentrañando sus propias razones profundas quien rastrea al fondo la razón profunda de los demás?
Ver el alma de los demás, ¿no es tratar de mirar la propia? Pues pareciera que sí, en verdad. En el trabajo que se titula “De ensayos y fragmentos”, él da una definición de la tarea y dice: “No sería aventurado afirmar, por lo tanto, que el ensayo, género híbrido por excelencia, centauro de los géneros —como creo recordar que lo llamó Alfonso Reyes— nace de ese deseo tan humano de poder servir a dos amos, como dicen los italianos, o como reza nuestro refrán, de poder estar en misa y repicando”.
¿Pero qué quiere decir con esto? Y más adelante termina de aclararlo señalando: “El ensayo hoy más que nunca sigue siendo fiel a sí mismo, sigue hallando una justificación, sigue encontrándose a mitad de camino entre la contingencia del discurso narrativo y la severidad del discurso filosófico o científico”.
Repito: “sigue encontrándose a mitad de camino entre la contingencia del discurso narrativo y la severidad del discurso filosófico o científico”. Extraordinaria definición del ensayo.
Al final de este capítulo de tintes autobiográficos está un ensayo que el propio Rivera califica como “un ensayo autobiográfico que me retrata fielmente”. Se titula De libros y bibliotecas y realmente sí que lo retrata. Y allí, echando mano a un recurso muy de él, Rivera habla a través del otro. Esta vez escoge al personaje que lo obsesiona, Peter Kien, de la novela Auto de fe, de Elias Canetti. Y este personaje afirma: “La mejor definición de patria es biblioteca”. Ahí está Rivera, no hay duda. Un hombre de libros que fue feliz en la biblioteca de la Universidad de Berkeley, en San Francisco.
Pues el encantamiento inicial concluye en relación con la función de los libros, dice lo siguiente: “La de servir de guías para la vida aquí y ahora; la de mezclarse armoniosamente con la vida y no la de sustituir a la vida, la de anularla. La de servir de guías”. Esa es la función de los libros según Francisco Rivera.
Buscarse a sí mismo: eso es lo que ha hecho Rivera con sus ensayos, pendular entre la palabra y el silencio y, además, crear una vasta red de vasos comunicantes; pudiéramos llamarla una suerte de hidrología literaria. Ese ha sido el camino de este lector que a su vez es un gran ensayista.
En la última parte del programa les referiré una entrevista que sostuve con él hace unos años y aporta unas respuestas verdaderamente notables. Ya regresamos.
En la parte anterior del programa anunciamos que en esta leeríamos algunas respuestas de Francisco Rivera a una entrevista que sostuve con él hace ya algunos años. Este primer tema que tocamos fue el de la literatura como iniciación. Yo le pregunto: ¿de todos sus ensayos publicados no había leído uno donde se involucrara tanto personalmente como en el dedicado a Lowry? Y entonces Rivera responde:
“El trabajo sobre Lowry fue indudablemente una gran experiencia para mí. Oscuramente siempre había querido hacer algo en ese terreno y nunca se me había presentado la oportunidad. Se trata de una revisión a fondo de problemas de creación, y empiezo confesando mi temprana admiración, no adoración, por Lowry. Hablo de lo que había en mí mismo de eterno adolescente porque todos tenemos dentro ese arquetipo, esa imagen colectiva. Además, no hay que olvidar que el arquetipo del puer es el que nos da ideas nuevas para desarrollarnos, para seguir viviendo y seguir renovándonos. Cuando Thomas Mann escribe al Doctor Faustus lo inspira el puer, el adolescente que todo individuo tiene a su disposición dentro de sí mismo.
“Mientras escribí este ensayo, me di cuenta de que yo estaba pasando por un proceso de iniciación y en la medida en que me daba más y más cuenta de eso más difícil me resultaba escribir el texto. Tuve que enfrentarme con situaciones que había sufrido en carne propia, que había observado en otros escritores, no solo en Lowry, sino también en Pessoa y en Rulfo. Me di cuenta también de que una buena parte de mis escritos había surgido de esa necesidad profunda que hay en el ser humano de evolucionar por medio de un viaje a los infiernos, o como se quiera llamarlo. Por eso te voy a leer un párrafo de una carta que acabo de recibir de México, firmada por un joven poeta, actualmente secretario de redacción de la revista Vuelta, Aurelio Asiain, donde me dice: ‘No es frecuente el espectáculo: tu libro es el espectáculo de un comentarista para quien la literatura leída o escrita no es solo profundamente deleitable sino que se define sobre todo por su carácter iniciático. No creo equivocarme si digo que para ti la literatura es religante’”.
Fin de la cita de Asiain. Y sigue diciendo Rivera: “Yo te diría que tanto el ensayo sobre Lowry como el de Pessoa representan para mí momentos iniciáticos”. Esto es sumamente interesante.
Y yo le digo entonces: en ambos textos se percibe claramente que una de las piezas básicas de su instrumental es la experiencia psicológica que posee, particularmente jungiana. Y responde Rivera: “Jungiana y posjungiana. Me he mantenido en contacto con el pensamiento posterior, he estudiado a James Hillman. Y aquí, en Venezuela, en la Escuela de Letras de la Universidad Central, tenemos a un excelente terapeuta: Rafael López Pedraza, de quien hemos hablado en otros programas”.
Cambiando de tema, yo le pregunto: ¿de usted no se conocen opiniones que no sean literarias?, ¿debe tener observaciones políticas y sociales que nos interesaría conocer? Y responde Rivera: “Tienes razón. Mi pasión siempre ha sido la literatura, desde muy joven vivo esa pasión, lo cual no me impide decirte que creo en la democracia, que la democracia es el único sistema capaz de ser mejorado, de aceptar transformaciones, de permitirle al ser humano cometer errores. Cometemos errores graves todo el tiempo, pero también poder enmendarlos. Las dictaduras, vengan de donde vengan, son abominables precisamente por su incapacidad del cambio, por su rigidez, por sentirse y proclamarse únicas poseedoras de la verdad”.
Y luego unas dos últimas preguntas. Le formulo la siguiente: háblenos un poco de los escritores hispanoamericanos que en el terreno de la crítica y el ensayo influyeron en usted en su adolescencia. Y dice: “Hay tres figuras con las que estoy endeudado: Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y Mariano Picón Salas. Fueron, sin saberlo, mis mejores profesores mientras cursaba bachillerato. Plenitud de España, del dominicano, me reveló ese mundo maravilloso que es la literatura renacentista española. El deslinde de Reyes me hizo reflexionar por primera vez acerca de la función de la literatura; Viaje al amanecer de Picón Salas me enseñó qué buena prosa tenía que contener una buena dosis de poesía”.
Y le pregunto: ¿cuándo descubrió que su destino literario era el del ensayo? “Desde muy joven, precozmente lo supe. A los doce años, cuando descubrí las Rimas y leyendas de Bécquer en un cuaderno escolar, me puse a escribir comentarios acerca de esos textos tan misteriosos y que, debido a su misterio, me resultaban más reales que la vida que llevaba. Desde entonces creo nunca he dejado de ejercer el oficio más atractivo que conozco: el de lector”.
Bueno, hasta aquí este programa sobre la vida y la obra de ese extraordinario ensayista venezolano que es Francisco Rivera. Hoy, a sus 87 años —nació en 1930—, ha sido para mí un gusto particular este programa porque admiro muy profundamente su obra ensayística.
Esto es Venezolanos y habló para ustedes Rafael Arráiz Lucca. Me acompañan en la producción Inmaculada Sebastiano y Víctor Hugo Rodríguez; en la dirección técnica, Víctor Hugo Rodríguez y Fernando Camacho. A mí me consiguen en mi correo electrónico rafaelarrais arroba hotmail.com y en Twitter arroba rafaelarrais. Ha sido un placer hablar para ustedes. Hasta nuestro próximo encuentro.